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miércoles, 13 de abril de 2016

San Hermenegildo, Mártir

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Muerto Liuva, rey de los Visogodos, el año 571, su hermano Leovigildo, á quien había asociado á la corona, viéndose ya único dueño de casi toda España y de aquella parte de la provincia Narbonense que estaba sujeta al dominio de su nación, resolvió hacer hereditaria en su familia la corona que hasta aquel tiempo había sido electiva. Mandó, pues, reconocer por sucesores suyos á sus dos hijos Hermenegildo y Recaredo, y él mismo los puso en posesión de una parte de sus estados; á Hermenegildo consignó la Andalucía, y á Recaredo señaló el reino de Aragón con todas las provincias celtíberas.

Era Hermenegildo el príncipe mas cabal que se conocía en su tiempo; su talla majestuosa, su aire noble y desembarazado, su entendimiento vivo y penetrante, su prudencia, su valor, y sus modales finos y cortesanos en medio de una nación bárbara, le hacían dueño de todos los corazones. Tuvo la desgracia de ser arriano, como toda la casa real, aunque fuese sobrino de san Leandro y de san Isidoro, arzobispos de Sevilla, que eran hermanos de la reina Teodosia, madre de nuestro santo.

Muerta esta princesa, el rey Leovigildo casó en segundas nupcias con Gosvinda, viuda de Atanagildo su predecesor, princesa tan contrahecha de entendimiento como de cuerpo, de genio acre y maligno, violenta, furiosamente colérica, y sobre todo muy encaprichada en el arrianismo. Viendo Leovigildo debilitado el partido de los católicos con la derrota de los griegos, á quienes había echado á fuerza de armas de todas las plazas que ocupaban á lo largo de la costa, dedicó toda la atención á buscar para el príncipe Hermenegildo una esposa que asegurase con su alianza la paz que acababa de dar á sus pueblos, y contribuyese también á la felicidad del reino con sus prendas personales.

Fijó su elección en Ingunda, hija de Sigisberto, rey de Austrasia en Francia, y de Brunequilda, y nieta por su madre de Atanagildo y de Gosvinda, princesa no menos distinguida por su rara virtud, que por su alto nacimiento y extraordinaria hermosura. Era católica; y esta sola circunstancia hubiera sido bastante para romper desde luego aquel tratado, si Ingunda por su parte no se prometiera, con el auxilio de la gracia, reducir á la fe á su esposo Hermenegildo, y su suegra Gosvinda no esperara conquistar con artificio ó con violencia á su nuera Ingunda, obligándola á abrazar el partido del arrianismo.

Desposóse Hermenegildo con Ingunda el año de 579, la cual apenas llegó á España, cuando hechizó á toda la corte. Sola Gosvinda, á quien las bellas prendas de la joven princesa se la hacían mas odiosa, concibió bien pronto zelos, que pasaron por fin á ser odio y furor desenfrenado. Con todo eso la pareció conveniente disimular por algún tiempo, y hacer todo lo posible para pervertir la religión de su nieta. Con esta idea la hacía á los principios mil caricias, para ablandar su constancia y alterar su fe; pero viendo que no la salía bien este medio, recurrió á las injurias y á las mayores violencias. No había especie de mal tratamiento que no la hiciese, hasta bañarla una vez en sangre con los golpes que la dio, y en cierta ocasión la precipitó de un empellón en un estanque donde la faltó poco para ahogarse.

Sufría Ingunda esta persecución con una paciencia y una dulzura digna de la religión que profesaba; pero como el pálido color de su semblante y los cardenales de los golpes no podían ocultarse á Hermenegildo, llegando á entender por ellos la crueldad de Gosvinda, tomó la resolución de retirarse con su esposa á Sevilla, capital de sus estados. Aprovechóse Ingunda de esta ocasión para convertir á su marido, y trabajó tan dichosamente en esta grande obra, auxiliada de su tío san Leandro, que al fin tuvo el consuelo de verla efectuada. Instruyó el santo prelado á Hermenegildo en las verdades de la fe católica, que ya tenía el príncipe en el corazón.

Con la oportunidad de cierta ausencia del rey Leovigildo, se ejecutó la ceremonia de su abjuración y su bautismo; y habiendo recibido con el sagrado crisma de la confirmación aquel valor y aquella constancia con que se forman los héroes del cristianismo, ya no deseó otra cosa mas que tener alguna ocasión en que dar públicas pruebas de su fe. No tardó mucho tiempo en ofrecérsele; porque habiendo llegado á noticia de Leovigildo su mudanza de religión, y que hacía pública profesión de la católica, entró en tan furiosa cólera, que no dando oídos mas que á su pasión y á los violentos consejos de Gosvinda, la cual no cesaba de encender mas y mas el fuego de la indignación, desde luego le despojó del título de rey que le había concedido, resuelto también á quitarle sus bienes, y aun la vida, si no renunciaba á la religión que había abrazado.

Pero antes de llegar á estos extremos, le pareció conveniente tentar los medios de la suavidad, y le despachó un señor de su corte con la carta siguiente: «Hijo mío, mas quisiera hablarte que escribirte; porque si te tuviera á la vista, ¿qué podrías negar á lo que te pidiese como padre, y te mandase como rey? Traeríate á la memoria las muchas y grandes señales que te he dado del tierno amor que te profeso, de las que sin duda te has olvidado desde que ascendiste al trono, donde te coloqué yo mucho antes que pudieses tú pensar en ocuparlo. Esperaba tener en ti un compañero que me ayudase á conservar el florido imperio de los Godos en el estado en que se ve hoy por mis victorias; pero nunca soñé pudiese llegar el caso de encontrar en la persona de un hijo mío un enemigo mas peligroso que todos los que he vencido. No te contentas con que yo haya partido contigo mi corona; quieres reinar solo; y á este fin, abandonando la religión de tus abuelos, has abrazado la de los Romanos, que son los mayores enemigos del estado. No ignoras que la nación de los Godos comenzó á florecer desde que comenzó á ser arriana. También sabes que ninguna cosa enajena tanto los ánimos y los corazones como la diversidad de religión, y consiguientemente que nada pudiste hacer mas ofensivo para el mío, que declararte católico. Acuérdate, pues, hijo mío, que soy tu padre, y que soy tu rey: como padre te aconsejo, y como rey te mando que vuelvas prontamente en ti, y restituyéndote, sin perder tiempo, á tu primera religión, merezcas con tu pronto rendimiento mi clemencia. No haciéndolo así, te declaro que me obligarás á tomar las armas; y en tal caso jamás tienes que esperar misericordia.»

Habiendo recibido Hermenegildo esta carta del rey su padre, respondió á ella con el mayor respeto: «Que sabía bien lo que debía á su padre y á su rey; pero que tampoco ignoraba lo que debía á su Dios; que esperaba desempeñar estas dos obligaciones de manera que, sin faltar al rendimiento y á la obediencia que debía al uno en lo que no se opusiese á lo que mandaba el otro, conservaría hasta la muerte la religión que había abrazado, persuadido de que fuera de ella no podía haber salvación; que le suplicaba no le considerase delincuente por haber renunciado á la superstición arriana luego que el Señor le abrió los ojos para conocer la verdad; que se tendría por dichoso si sellase su religión con su sangre, sin quedarle ya mas que desear que la conversión de toda su nación y de toda su familia.»

La cristiana magnanimidad de Hermenegildo irritó el ánimo suspicaz y caviloso del padre arriano. Sirvióle de pretexto la conversión de su hijo para excitar una cruel persecución contra la Iglesia. Habiendo hecho Hermenegildo que su esposa Ingunda pasase al África con su hijo, niño de pocos meses, para ponerlos á salvo de los arrianos, creyó que podía quedar él con seguridad en Sevilla. Pero Leovigildo, después de haber corrompido á fuerza de dinero y de estratagemas la mayor parte aun de los mismos católicos que se habían declarado por el santo rey, resolvió ir á sitiarle en Sevilla.

Pudo defenderse Hermenegildo; pero temiendo exponer la ciudad, y respetando, por decirlo así, la sangre de sus vasallos, se retiró al campo de los Romanos, no sabiendo la traición que habían cometido, dejándose corromper con el dinero de su padre, contra la fe de los tratados. Conociólo cuando apenas había entrado en su campo, y corrió á refugiarse en Córdoba; pero no teniéndose allí por seguro, tomó consigo trescientos hombres escogidos, y se encerró en la ciudad de Oseto, plaza entonces muy fuerte, cuya iglesia era muy célebre en España, y respetable aun á los mismos Godos por los grandes milagros que obraba Dios en ella. Sitiaron y tomaron la plaza las tropas de Leovigildo, que perseguía furiosamente á su hijo, resuelto á quitarle la religión ó la vida. Apurado el santo rey, viéndose sin otro recurso, se refugió en la iglesia.

No quiso Leovigildo sacarle de ella por fuerza, y permitió que su segundo hijo Recaredo, príncipe joven que amaba tiernamente á su hermano, y era muy parecido á él en muchas de las bellas prendas que le adornaban, pasase á hablarle de su parte, asegurándole el perdón, con tal que se rindiese y sujetase á su padre. Procedía Recaredo de buena fe, y así representó á Hermenegildo que ya no se hablaba de religión, sino únicamente de pedir perdón al rey, que se daría por satisfecho con sola esta demostración de rendimiento. Creyóle el santo mancebo; vino luego con él á arrojarse á los pies de su padre; recibióle este con grandes demostraciones de cariño; abrazóle, hablóle con palabras blandas y amorosas, hasta que insensiblemente le fué conduciendo á su campo, donde mandó que le despojasen de las insignias reales, y cargado de cadenas le llevasen prisionero al castillo ó alcázar de Sevilla.

En la prisión volvió segunda vez á las promesas y á las amenazas para obligarle á abrazar el arrianismo; pero hallándole siempre invencible, mandó que le encerrasen en un calabozo destinado para los reos, y que le tratasen con todo el rigor imaginable. Entró el príncipe en aquel triste calabozo con mayor alegría que cuando había ascendido al trono. No mirándose ya sino como soldado de Cristo, se dispuso con oración, con ayunos, y con otras penitencias para entrar en el combate que debía sostener bien pronto, en defensa de la divinidad de aquel Señor á cuyos ojos combatía. Vistióse un áspero cilicio, no usó de mas cama que de la desnuda tierra, y añadió otras mortificaciones voluntarias á los trabajos de su rigurosa prisión.

Llegó la fiesta de la Pascua, y pareciéndole á Leovigildo que el rigor de los malos tratamientos habría cansado la constancia de Hermenegildo, le envió un obispo arriano para que de su mano recibiese la comunión. Horrorizóse el santo príncipe al oír la proposición del insolente hereje; y tomando el tono de héroe de la religión y de soberano, le afeó su impiedad y atrevimiento, declarando resueltamente que quería vivir y morir en la religión católica, y le arrojó de su presencia mandándole que no se volviese á poner en ella.

Informado Leovigildo de la invencible firmeza de Hermenegildo, entró en una furiosa cólera, y en el mismo punto mandó á algunos soldados de su guardia que fuesen á quitarle la vida. Ya esperaba Hermenegildo que su animosa confesión de la fe le valdría la corona del martirio; y así se disponía para el sacrificio, ofreciéndose víctima de su Dios en las aras de sus ardientes deseos. Estaba de rodillas, derramando su corazón en fervorosísimas ansias, cuando entraron los bárbaros en el calabozo, y abriéndole la cabeza con una hacha, le dejaron muerto en el suelo. Al punto manifestó Dios la gloria del santo mártir, así con músicas celestiales que se oyeron por toda aquella noche al rededor del santo cuerpo, como con las celestiales luces que iluminaron toda la prisión.

San Gregorio el Grande, que dejó escrito el triunfo de su martirio, atribuye á sus méritos y á su poderosa intercesión con Dios la conversión del rey Recaredo su hermano, y de toda la nación de los Godos de España á la religión católica, que se siguió poco después de su glorioso triunfo. Por lo que toca á Leovigildo, añade el santo pontífice, sintió vivísimamente haberse dejado llevar tanto de su furor; pero este arrepentimiento natural no llegó á convertir aquel obstinado corazón. Conoció la verdad; pero pudo mas con él la razón de estado, y el miedo de que no le despojasen del trono si mudaba de religión, y así murió en el arrianismo.

Sucedió el martirio de san Hermenegildo la noche del Sábado Santo, 13 de abril de 586. Su santo cuerpo está en Sevilla, á excepción de la cabeza, que fué llevada á Zaragoza cuando los Moros se apoderaron de la Andalucía. En el Escorial, y en el colegio de los jesuitas de Sevilla, que tiene la advocación del mismo san Hermenegildo, se conserva también parte de sus preciosas reliquias, como en las ciudades de Ávila en Castilla la Vieja, y de Plasencia en la Extremadura.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.