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lunes, 11 de abril de 2016

S. Leonis I Papæ Confessoris et Ecclesiæ Doctoris

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San León, mas grande aun por su eminente santidad y por todas sus heroicas virtudes, que por las grandes cosas que hizo en beneficio de la Iglesia, las cuales le merecieron con justicia el epíteto de Magno, nació al mundo hacia el fin del siglo cuarto, siendo emperador el gran Teodosio. Fue Romano de nacimiento, hijo de Quinciano, originario de Toscana; y así por su mucha delicadeza, como por su cortesana educación y urbanísimo carácter, se cree que su familia fuese de alguna distinción. Crióse en el seminario del clero romano, donde era costumbre en aquel tiempo criarse la juventud que se destinaba al estado eclesiástico, formándola en la virtud, no menos que en las ciencias. Desde luego se distinguió León por la solidez y por la viveza de su ingenio, y por la pureza de sus costumbres; de manera que en poco tiempo fué ejemplo y aun admiración de todo el clero. Conócese bien por las obras de su mano, que han llegado hasta nosotros, lo mucho que adelantó en las bellas letras; pero sobre todo en el estudio de los cánones y costumbres de la Iglesia. Como le destinaba Dios, dice un concilio general, para triunfar del error y para sujetar á la fe á tantos enemigos suyos, le previno con tiempo, adornándole con las armas de la ciencia y de la verdad.

Siendo todavía acólito, fué escogido para llevar á los obispos de África las letras apostólicas del papa Zósimo, en que condenaba á los heresiarcas Pelagio y Celestino; y con esta ocasión trató á san Agustín, y contrajo estrecha amistad con él. De vuelta de este viaje fué hecho diácono de la iglesia romana; y el papa san Celestino, conociendo la sublime elevación de su ingenio, su elocuencia, su virtud y su gran capacidad, le hizo su secretario. Este empleo dilató bien pronto su fama hasta las provincias mas remotas de la Iglesia. A él, como á primer ministro de la santa sede, acudió san Cirilo, patriarca de Alejandría, para informar al papa de los ambiciosos pasos de Juvenal, patriarca de Jerusalén; pudiéndose decir que sobre los hombros del diácono León descansaba todo el peso de los negocios mas importantes de la Iglesia universal.

Con ocasión de la herejía del impiísimo Nestorio, la tuvo nuestro santo de mostrar su ardiente zelo por la persona adorable de Jesucristo, y por la honra de su santísima Madre. Obra suya fue la principal parte de lo mucho que trabajó el papa Celestino en este gran negocio; suyas fueron las cartas que escribió el papa á san Cirilo y á los padres del concilio general efesino; y él fué el que movió á Casiano, su amigo particular, á escribir de la encarnación del Verbo contra la impiedad de Nestorio.

Habiendo sucedido á san Celestino el papa Sixto III, en el año de 432, se halló san León en estado de prestar mas importantes servicios á la Iglesia, por la entera confianza que debió al nuevo pontífice, cuya inocencia vindicó valerosa y ardientemente en presencia del emperador Valentiniano III, al mismo tiempo que con su vigilancia, sagacidad y penetración descubría los malignos artificios de Julián, obispo de Eclana, principal apoyo y protector de los pelagianos. Sucedió por este tiempo aquella fatal división entre Aecio y Albino, generales del ejército romano en las Galias, que amenazaba lastimosa ruina al imperio y á la Iglesia con la inundación de los bárbaros, si san León, enviado por el papa Sixto, no la hubiera impedido. Ganóse de tal manera con su prudencia el corazón de aquellos dos generales, que, terminadas amigablemente sus diferencias, los puso acordes en los intereses de la religión y del estado, y les persuadió á que empleasen todas sus fuerzas contra los enemigos de la Iglesia y del imperio.

Mientras se empleaba León en esta importante legacía, murió en Roma el papa Sixto, dejando expuesta la Iglesia á terribles embarazos, por el furor de los herejes que se multiplicaban cada dia, por la crueldad de los bárbaros que iban penetrando en todas las provincias del imperio, y por la relajación de sus mismos hijos, cuyas costumbres eran poco correspondientes á la religión que profesaban. No se hallaba otro que fuese capaz de remediar tantos males sino nuestro León; y así, aunque estaba ausente, fué elegido por papa con unánime consentimiento y con aplauso universal, el dia 28 de julio del año 440. En vano se resistió, gimió, suplicó, dilató su vuelta á Roma: vióse, en fin, precisado á obedecer. Ningún emperador entró jamás en la capital del mundo con tantas aclamaciones. Fué consagrado el domingo 8 de setiembre, seis semanas después de su elección; y en el sermón que predicó este mismo dia al pueblo romano, acreditó que hasta entonces no había concedido el Señor á la silla apostólica un sucesor mas digno de san Pedro.

Instruido perfectamente del estado de la Iglesia, empleó toda su aplicación en el remedio de sus necesidades. Parecióle que debía dar principio por la reformación del clero romano, cuyo ejemplo debía servir de modelo á todo el clero de la cristiandad. No contento con excitarle á la virtud con sus ejemplos, le exhortaba continuamente con sus palabras, pasándose pocos dias sin que predicase al pueblo; y correspondiendo el fruto á su apostólico zelo, en breve tiempo se vió mudado el semblante de la ciudad de Roma. Pero considerándose padre común de todos los fieles, hacia en las demás partes el mismo fruto con sus cartas, que en Roma con sus sermones; y no había ángulo en toda la cristiandad adonde no llegasen los efectos de su solicitud pastoral.

Desde los primeros años de su glorioso pontificado resucitó en todas partes la disciplina eclesiástica; dió reglas á los fieles muy propias para todo género de estados y condiciones, é hizo florecer la piedad cristiana con muy brillante esplendor en todo el mundo.

Nunca tuvo la Iglesia tantos enemigos juntos que combatir, y nunca logró tan gloriosas victorias de todos ellos por la vigilancia, por la magnanimidad y por el zelo prudente, activo é ilustrado del santísimo pontífice. Los maniqueos huyendo de la dominación de los Vándalos en África, habían venido á Italia á inficionarla con sus errores y con sus disoluciones; al tercer año de su pontificado exterminó León esta infame secta, desterrándola, no solamente de Italia, sino de todo el mundo cristiano.

Penetrando bien todo el pestilencial veneno del pelagianismo, se aplicó con el mayor ardor á libertar la Iglesia de Dios de esta ponzoña; y mandó venir á Roma á san Próspero de Aquitania, para que estando cerca de su persona, le ayudase mejor á combatir contra estos herejes, á quienes los prósperos sucesos habían hecho insolentes, y el número los hacia formidables. Escribió epístolas, compuso libros, celebró concilios, les hizo una mortal guerra; y en fin tuvo el consuelo de ver triunfar la verdad católica de aquel pernicioso error. Fué condenado y privado de su silla episcopal, como hereje, el obstinado Juliano, cabeza de aquel partido, y murió desgraciadamente en un país extranjero. Los presbíteros de Marsella, ó los semipelagianos, encontraron siempre en el pontífice León un invencible defensor de la doctrina de la Iglesia; y aunque era tan amigo de Casiano, como lo era mucho mas de la verdad, hizo que san Próspero escribiese contra una de sus conferencias, que era la décimatercia; él mismo escribió á los presbíteros de la Provenza, y no perdonó á diligencia alguna para abolir en el mundo hasta el nombre de los pelagianos.

Renovándose en España la herejía de los priscilianistas, apenas llegó el aviso al gran León, cuando refutó con la mayor fuerza sus principales errores, en las cartas que dirigió á los prelados españoles sobre este asunto. Ordenó á los metropolitanos que convocasen concilios provinciales para exterminar este monstruo; y logró verlo aniquilado casi al mismo tiempo que aparecido.

Como el Señor le había escogido para que hiciese triunfar la fe en todo el universo, permitió que en su tiempo se levantasen contra la Iglesia los mayores y mas peligrosos enemigos. Eutiques, abad de un monasterio de Constantinopla, aprovechándose del público horror con que se miraba la impiedad blasfema de Nestorio, se precipitó en el extremo contrario, confundiendo en Cristo las dos naturalezas. Procuró sofocar este monstruo en la misma cuna san Flaviano, patriarca de Constantinopla, condenando en un concilio esta detestable herejía juntamente con su autor. Pero Eutiques no se sujetó á su sentencia; antes bien, astuto y solapado como todos los heresiarcas, se anticipó á escribir á san León, diciéndole: que el nestorianismo levantaba la cabeza, y que él habia querido combatir el error, pero que habia sido condenado por un conciliábulo de nestorianos, de cuya sentencia apelaba á la de la santa sede. Era, sin duda, cauteloso el artificio; pero el pontífice era muy sagaz y prudente para dejarse fácilmente preocupar. Despachó luego sus legados, y escribió á Flaviano aquella admirable epístola sobre la encarnación del Verbo, que después sirvió de regla á los padres del concilio de Calcedonia para explicar este divino misterio; y no perdonó á medio alguno para conseguir que triunfase la verdad.

Informado de las perniciosas opiniones de Eutiques, de la pureza de la fe de san Flaviano, y de todo cuanto habia pasado en el conciliábulo que se llama el latrocinio de Éfeso, no se pueden explicar los desvelos, los cuidados, los medios que aplicó el solícito pontífice para extinguir este incendio. Convocó un concilio en Roma; escribió á los emperadores Teodosio y Valentiniano, á las emperatrices Placidia y Eudoxia, para interesarlos en la causa de la religión; y muerto ya el emperador Teodosio, se aprovechó de la piedad de la emperatriz Pulcheria y del emperador Marciano, para que se juntase el célebre concilio general calcedonense, en que el mismo santo papa presidió por medio de sus legados. La verdad triunfó allí del error, Eutiques fue condenado, y el concilio se concluyó con solemnes gracias y públicas aclamaciones al muy grande santísimo pontífice León.

Mientras la fe triunfaba en el Oriente por el infatigable zelo del vigilantísimo pontífice, gemía en el Occidente la Iglesia por la irrupción impetuosa de los bárbaros. Atila, rey de los Hunos, había penetrado por la Panonia en las provincias del imperio con un ejército formidable, arrasando las campiñas, quemando las iglesias, y entrando á sangre y fuego en todas las poblaciones. Aquileya, Pavía, Milán habían experimentado ya la barbarie de este conquistador, que se hacia llamar el azote de Dios; y toda la Italia era presa infeliz de este tirano, que no encontrando quien hiciese resistencia al arrebatado torbellino de sus armas, pasado el Po, iba á conquistar todo el imperio romano, apoderándose de su casi desarmada capital. En tan lastimosa consternación acudió Roma á su amantísimo Pastor, y llena de confianza en el gran poder que su eminente santidad le daba con el Señor, le pidió, le rogó, le conjuró con los gritos, con los llantos, con los alaridos de todo el pueblo, que él solo saliese á servir de dique al torrente impetuoso de los bárbaros.

Movido León de las lágrimas y clamores de su pueblo, poniendo toda su confianza en aquel Señor que tiene en sus manos los corazones de los reyes, se encargó de tan dificultosa como arriesgada comisión. Hallábase Atila al frente de su ejército sobre las riberas del Mincio en las cercanías de Mantua. Púsose León en su presencia, y le habló con tanta valentía, con tanta majestad, y al mismo tiempo con tan dulcísima elocuencia, que aquel bárbaro rey, azote de Dios y terror de todo el género humano, olvidado de su fiereza, se humilló delante del siervo de Dios; y ajustada la paz, retrocedió por donde había venido, volviendo á pasar el Danubio. Reconoció todo el universo esta maravilla, y León tributó al Dios de los ejércitos toda la gloria. Aprovechándose de las buenas disposiciones en que halló á su pueblo de vuelta á Roma, hizo que se rindiesen al Señor solemnes gracias con públicas procesiones, desterró todos los espectáculos profanos, reformó las costumbres en todos los estados, renovó la piedad, resucitó la devoción del pueblo con la Reina de los santos y con las reliquias de los mártires, á cuya intercesión atribuía la libertad milagrosa de la afligida ciudad.

Apenas comenzaba á respirar el santo papa de tan tristes sobresaltos, cuando tuvo noticia de las nuevas inquietudes que causaba en la Iglesia el orgullo de Anatolio, patriarca de Constantinopla, que no había cesado de revolverlo todo desde el concilio calcedonense, para mantener los pretendidos privilegios de su silla, y dominar sobre toda la iglesia del Oriente. Como san León se había opuesto á esta usurpación de primacía, Anatolio no perdonaba medio para indisponerle con el emperador; y previendo nuestro santo las funestas consecuencias de estos malos oficios, envió á Juliano, obispo de Cos, para que residiese cerca de la persona del emperador en calidad de apocrisiario ó nuncio suyo: costumbre que observó después la silla apostólica en las cortes de los mayores príncipes. Escribió el papa al emperador y á la emperatriz, los cuales hicieron fuertes y repetidas instancias en favor de Anatolio; pero el santo se mantuvo siempre inflexible, y el emperador se rindió presto á la eficacia de sus razones.

Siempre infatigable, siempre atento, y siempre vigilante á las necesidades de la Iglesia, escribió á los monjes de Palestina sobre los artículos de fe decididos en los cuatro concilios ecuménicos; dispuso una regla ó ciclo pascual, que dispensó á los Latinos de recurrir á los Griegos y á los Orientales para la celebración de la Pascua; reformó la disciplina eclesiástica en la mayor parte de las iglesias de Occidente; escribió á Doro, obispo de Benevento, á Teodoro, obispo de Frejus, y otra tercera epístola á todos los obispos de Campania y de las dos provincias; y como todas estas epístolas están llenas de instrucciones prácticas tocante á la disciplina eclesiástica y á la administración de los sacramentos, se las ha llamado Decretales.

Queriendo la emperatriz Eudoxia vengar la muerte del emperador Valentiniano su marido, y hacer que el tirano Máximo se arrepintiese de sus crueldades y violencias, el año de 455 llamó á Italia á Genserico, rey de los Vándalos, el cual entró en Roma sin resistencia, y por espacio de catorce dias permitió el saqueo de la ciudad á las tropas. A ruegos y lágrimas del santo pontífice León mandó el bárbaro rey que no se quemase la ciudad, que se perdonase á la sangre de los ciudadanos, y que fuesen privilegiadas del saqueo las iglesias principales. En medio de eso fué lamentable la desolación. Procuró el santo pastor que su rebaño se aprovechase de ella; hizo reconocer á los Romanos que la causa de tantos males procedía de su ingratitud para con Dios, del poco aprecio que habían hecho de sus consejos, de su profanidad, del licencioso desorden de sus costumbres y de su obstinada impenitencia.

Llevó consigo Genserico un número prodigioso de cautivos; y como se había apoderado de las riquezas de Roma, los privó al mismo tiempo de los medios que podían tener para su rescate. Consolólos el santo pontífice con sus cartas, y procuró socorrerlos también con sus limosnas, fortificándolos tan firmemente en la fe, que de cautivos, al parecer desgraciados, los convirtió en dichosísimos y zelosos misioneros de la religión, á la cual redujeron tan grande número de bárbaros, que san León se vió precisado á enviar pastores para gobernar aquel rebaño que había adquirido Jesucristo por su ministerio.

Su vigilancia y su zelo le hacían infatigable en los trabajos. Apenas se puede comprender cómo podia un hombre solo hacer tantas maravillas. Alimentaba continuamente al pueblo con el pan de la divina palabra; quitaba la máscara al error, y lo confundía con su doctrina; era el alma de todos los concilios; proveía á las necesidades de todas las iglesias del mundo; detenía con sola su presencia los ejércitos de los bárbaros; desarmaba con su elocuencia la ferocidad de los mas fieros conquistadores; restituía con su tesón la disciplina eclesiástica á su antiguo vigor; hacia florecer con su vigilancia la piedad cristiana hasta en los mas remotos ángulos de toda la cristiandad.

Él fué el primer pontífice que dejó á la Iglesia un cuerpo de obras seguido. Ciento noventa y seis sermones sobre las principales fiestas del año, y ciento cuarenta y una cartas que explican con precisión, con elocuencia y con maravillosa claridad la mayor parte de los misterios de la religión, dan á conocer el carácter de este gran papa. Pero con aquella magnanimidad de ánimo, con aquella vasta comprensión de espíritu, con aquella universalidad de conocimientos, quizá no habrá habido en el mundo hombre mas humilde. Basta leer los sermones que hacia todos los años en el dia aniversario de su consagración, para juzgar si es posible unir mayor santidad y mayor mérito con humildad mas profunda.

Después del saqueo de los Vándalos renovó toda la plata en todas las iglesias de Roma; reparó las basílicas de san Pedro y de san Pablo; estableció capellanes en los sepulcros de los santos apóstoles; enriqueció las iglesias antiguas, y erigió otras nuevas. En fin, después de veinte y un años de pontificado, aquel papa, verdaderamente grande, azote de los herejes, padre de los pobres, luz del mundo cristiano, admiración de todo el universo y ornamento de la silla apostólica, consumido de los trabajos y de las penitencias, y colmado de merecimientos y de gloria, fué á recibir en el cielo, del Padre de las misericordias, el premio que estaba preparado á su eminentísima virtud. Murió en Roma el dia 11 de abril del año, á lo que se cree, de 461, á los sesenta de su edad, poco mas ó menos, dejando la Iglesia del Señor en un estado muy floreciente.

Lloráronle todas las iglesias del mundo; pero lloróle muy particularmente Roma, que no solamente le veneraba como á su pastor, sino también como á su libertador y como á su padre. Fué depositado y enterrado su cuerpo con solemne pompa en la basílica de San Pedro, y su culto comenzó á celebrarse desde el siglo sexto en la universal Iglesia, así latina, como griega.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.