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martes, 5 de abril de 2016

San Vicente Ferrer, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Vicente Ferrer, tan célebre en toda la Iglesia, y uno de los mayores ornamentos del orden de Predicadores, nació en Valencia de España el año de 1357, de una familia muy antigua, pero no menos acreditada por su piedad y por su caridad con los pobres, que por el esplendor de su nobleza. Vino al mundo nuestro santo dotado de tan noble natural y de tan bellas inclinaciones, que fue su infancia un preludio de aquel admirable zelo y de aquella eminente santidad que hicieron después su carácter. Desde luego fueron los pobres el objeto de su inclinación y de sus cariños. No podían dar al niño Vicente mayor gusto que encomendarle repartiese con su tiernecita mano la limosna. Los juegos con los otros niños de su edad eran siempre sobre cosas de devoción, y todos sus entretenimientos se reducían á hacer oración y á leer libros devotos. Fue niño poco tiempo, y nunca se deslizó en los vicios de la juventud.

Era de ingenio vivo y penetrante y de memoria feliz. A los doce años comenzó la filosofía, y dos años después la sagrada teología, en la cual hizo tan grandes progresos, que á los diez y siete años sabía más que sus maestros. Como iba creciendo en sabiduría, iba también creciendo en santidad. El estudio no le impedía la devoción. Favorecióle el cielo con el don de lágrimas en una edad poco susceptible de estas piadosas impresiones. La materia más frecuente de su meditación era la pasión de Cristo, y casi desde la cuna se distinguió por su devoción y ternura con la santísima Virgen.

Acabados los estudios á los diez y siete años de su edad, le declaró su padre el intento que tenía de colocarle bien en el mundo, caso que no le llamase Dios al estado eclesiástico ó religioso; pero quedó gustosamente sorprendido cuando oyó de boca de su hijo la resolución en que estaba de abrazar el instituto de santo Domingo, donde florecían la sabiduría, el zelo y el más ejemplar fervor. Lleno el piadoso padre de un ternísimo gozo: «Ahora sí, hijo mío, le dijo echándole los brazos al cuello; ahora sí que entiendo un sueño que tuve pocos días antes que nacieses. Soñé que entrando en la iglesia de los padres predicadores, se llegaba á mí un religioso, y me daba la enhorabuena de que tendría un hijo que con el tiempo sería una de las más brillantes lumbreras de su orden, y cuyo zelo igualaría al de los apóstoles de los primitivos tiempos de la Iglesia.» Al oír estas palabras respondió Vicente: «Pues, padre y señor, no dilatemos el cumplimiento de un vaticinio tan dichoso para mí: siendo tan clara la voluntad del Señor, sería muy delincuente cualquiera dilación.»

Admirado y enternecido el padre con la generosa resolución de su hijo, él mismo le condujo al convento de predicadores que había en la ciudad. Presentóle al prior, quien le recibió como un don venido del cielo, cuyo valor conocía muy bien. Aun no siendo más que novicio, se dudaba hubiese en la comunidad religioso más perfecto. Desde luego se propuso por modelo la vida de su santo fundador, y sin ponderación se puede asegurar que salió la copia parecida al original. Después de hecha la profesión religiosa, solo se dedicó á corresponder á la perfección de su estado: y así por la santidad de su vida, como por la eminente doctrina que adquirió en la carrera de los estudios, fue sin disputa uno de los hombres más sabios y más santos de su siglo.

El estudio interrumpía poco ó nada su oración. «Si quieres estudiar con fruto, dice el mismo santo en su tratado de la vida espiritual, procura que la devoción acompañe siempre al estudio. Consulta más con el Espíritu Santo que con los libros, y pide incesantemente á Dios la inteligencia de lo que lees. Cansa, fatiga el estudio: pues descansa de tiempo en tiempo en las sagradas llagas de Jesucristo: algunos instantes de reposo en su sagrado corazón dan nueva fuerza, nueva luz al entendimiento. Interrumpe la aplicación con breves, pero fervorosas jaculatorias: no des principio ni pongas fin á la tarea del estudio sin la oración: porque la sabiduría es don del Padre de las luces, y de ningún modo es obra de nuestro ingenio ni de nuestro trabajo.»

A los veinte y cuatro años de su edad le nombraron los superiores para que leyese filosofía á los frailes del convento, y lo hizo con tanto crédito, que desde luego se declararon por discípulos suyos setenta estudiantes seculares. A vista de aquel primer ensayo de la sublimidad de su talento, juzgaron los superiores que para un genio tan grande era corto teatro Valencia. Enviáronle primero á Barcelona, y después á Lérida, donde estaba entonces la universidad de Cataluña. Allí recibió el grado de doctor, siendo de edad de veinte y ocho años, por mano del cardenal Pedro de Luna, legado á la sazón de la silla apostólica en España.

Vuelto á Valencia, el obispo, el cabildo y la ciudad le obligaron á explicar en público la sagrada escritura, y á hacer un curso de teología; y como tenía un talento eminente para el púlpito, no permitieron que lo tuviese escondido. Comenzó á predicar, y comenzó á convertir. No había obstinación que se resistiese á la fuerza y á la eficacia de sus sermones; y las grandes conversiones que hizo, dieron luego á conocer que Dios había enviado al mundo un nuevo apóstol. Componía los sermones á los piés de un crucifijo; y se conocía bien que su elocuencia no podía nacer de otra fuente ni principio. Pero por mucho que se multiplicasen sus ministerios exteriores, jamás interrumpía su continua oración. De tal manera se dedicaba al trato con los prójimos, que nunca perdía el recogimiento interior. Crecía su humildad con su reputación, y aumentaba la penitencia con los trabajos apostólicos. Las exenciones y privilegios personales de los doctores, de los maestros y de los predicadores, no hablaban con fray Vicente: ignorábalas enteramente por lo que tocaba á su persona, y no sabía distinguirse sino por los ejercicios de mayor penitencia y de mayor humillación.

Dicho se está que un zelo tan asombroso y una virtud tan sobresaliente, habían de llenar de rabia al demonio, y que éste no había de dejar en reposo á nuestro santo. A ningún medio perdonó para derribarle: hizo cuanto pudo para vencerle, ó á lo menos para cansarle. Permitió Dios, para probar su fidelidad, y para templar la vanagloria que le podía resultar de verse tan aplaudido, que fuese combatido de las más vergonzosas tentaciones. No le daba treguas el ángel de Satanás; y fuera de las sugestiones y de los torpísimos objetos que fingía aun á sus mismos ojos corporales, ponía en movimiento todos los demás artificios para dar en tierra con su pureza. Incitó á una mujer joven á fingirse enferma, la cual, habiendo hecho llamar á nuestro santo para que la confesase, empleó todos los medios que supo inventar la pasión y la torpeza para seducirle: pero apenas conoció Vicente el lazo, cuando huyó de él con precipitada fuga. Quiso la irritada mujer vengar el desaire de su ciega pasión, levantando al santo la más sensible calumnia; pero solo sirvió para hacer más vergonzosa su confusión, y más gloriosa la reputación de Vicente.

A esta victoria se siguió otro nuevo ataque. Halló modo de entrar y esconderse en la celdilla del santo una infame mujer pública: entró en ella Vicente, y hecha su acostumbrada oración, se puso á estudiar serenamente, cuando se le presentó aquella mala mujer llena de desenvoltura. No se evitaba el escándalo con la huida; y lleno el castísimo Vicente de una gran confianza en la misericordia del Señor, la habló con tanta fuerza y eficacia, que al punto la convirtió. Lloró, gimió, afligióse; y naciendo su dolor de un sincerísimo arrepentimiento, edificó tanto en adelante á toda la ciudad con el ejemplo de su vida, como antes la había escandalizado con sus desórdenes.

El año 1394, muerto el papa Clemente VII, fue nombrado por papa en Aviñón el cardenal Pedro de Luna, que tomó el nombre de Benedicto XIII, mientras Bonifacio IX, sucesor de Urbano VI, ocupaba la santa silla en Roma. No había un año que el santo estaba de vuelta en Valencia, cuando Benedicto le llamó á Aviñón, le hizo su confesor, y le nombró por maestro del sacro palacio. Todo lo que tenía aire de dignidad era muy contrario al genio del humildísimo Vicente; pero creyendo oír la voz del vicario de Jesucristo en la de un hombre á quien España y Francia reconocían entonces por legítimo papa, obedeció; pero no sin sentir un vivísimo dolor de ver el escandaloso cisma que afligía á toda la Iglesia. Era tan oscuro y tan difícil de resolver el derecho que todos los concurrentes pretendían tener al pontificado, que fueron muy excusables muchos y grandes santos por haber seguido de buena fe los diferentes partidos.

Pero no fue inútil la asistencia de nuestro Vicente cerca de la persona de Benedicto. No contento con gemir incesantemente en la presencia de Dios, le exhortaba continuamente al desinterés y á la unión. Hizo muchos viajes á Cataluña, Aragón, Francia, al lado del emperador Sigismundo y del rey Carlos VI, y no contribuyó poco á que se convocase en Constanza un concilio general. Había cerca de diez y ocho meses que estaba en Aviñón, cuando se vió asaltado de una violenta y maligna fiebre que le redujo á los últimos extremos. Estando ya para espirar, se le apareció Cristo, y le mandó que, dejando la corte de Benedicto, fuese á predicar como apóstol por todas partes. Su curación repentina y milagrosa fue prueba visible de la verdad de la aparición. Ofrecióle Benedicto el obispado de Valencia y el capelo de cardenal; pero ninguna cosa fue capaz de deslumbrarle, ni de detenerle, y partió con potestad de legado apostólico para predicar en todas partes el Evangelio.

Pero, habiendo sabido que Gregorio XII y Juan XXIII, para poner fin al cisma, y dar paz á la Iglesia, habían renunciado sus pretensiones, y se habían sometido á la decisión del concilio, hizo cuanto pudo para reducir á Benedicto á que imitase el mismo ejemplo; y no habiendo podido conseguirlo, se separó de su comunión, y desde entonces le trató como á cismático.

El sumo pontífice Martín V le nombró de nuevo misionero apostólico por todo el universo, y bien pronto se le vió recorrer países inmensos, y hacer mudar de semblante á casi toda la Europa. Dió principio á su misión por España, el año de 1417. Obró tantas maravillas su zelo así en el pueblo como en el clero, que las conversiones asombrosas que hizo en los reinos y provincias de Cataluña, Valencia, Murcia, Granada, Andalucía, León, Castilla, Asturias y Aragón, le merecieron el glorioso título de apóstol de la España.

Después entró en Francia, donde todavía fue más abundante la mies. El Languedoc, la Provenza y el Delfinado correspondieron maravillosamente á sus apostólicos trabajos, y en cierta manera se puede decir que hicieron honra á su zelo por la reforma general de costumbres en todos los estados. Pasó á Italia, y corrió con iguales felicísimos sucesos toda la ribera de Génova, el Piamonte, la Lombardía y la Saboya. Penetró por Alemania, predicó en todo el alto Rin, y con tanto fruto en todas partes, que ya solo se le conocía por el nombre de Apóstol de toda Europa.

No es posible referir individualmente los viajes apostólicos, los excesivos trabajos, el asombroso fruto y todas las maravillas de este gran santo. Solo con dejarse ver, se sentían movidos á compunción los más endurecidos pecadores, acabando después su conversión la divina gracia, que siempre acompañaba á su triunfante elocuencia. El más ordinario asunto de sus sermones eran las verdades más terribles de la Religión: la muerte, el infierno, y sobre todo el rigor del juicio final. Predicaba con tanta fuerza y con tanto zelo, que llenaba de terror aun á los corazones más insensibles. Predicando en Tolosa sobre el juicio universal, todo el auditorio comenzó á estremecerse con una especie de temblor semejante al que precede á una furiosa calentura. Muchas veces interrumpían el sermón los llantos y los alaridos de sus oyentes, viéndose el santo precisado á callar por largo rato, y á mezclar sus lágrimas con las del auditorio. En no pocas ocasiones, predicando, ya en las plazas públicas, ya en campaña rasa, se veían quedar muchas personas inmóviles y pasmadas, como si fueran estatuas. Un insigne pecador cayó á sus pies muerto de dolor al acabar de confesarse. En fin, todos decían á una voz que no era posible oír á Vicente y perseverar en pecado.

No se puede dudar que le comunicó Dios el don de lenguas. El prodigioso número de Judíos, Moros, Sarracenos, Turcos y Esclavones que sacó de la infidelidad, sin hablar de los millares de herejes, cismáticos y pecadores obstinados, que convirtió en España, Francia, Italia, Alemania, Países Bajos é Inglaterra, prueba concluyentemente que sin milagro no era posible se dejase entender de tantas y tan diferentes naciones. Los pueblos salían en tropas á recibirle como á enviado del Señor. Seguíanle cuando iba de un lugar á otro, y alguna vez se contaron más de diez mil personas que iban tras él al pasar á otra ciudad. Hubo vez que se juntaron en campo raso al rededor suyo hasta ochenta mil: tal era el ansia con que concurrían á oírle. En sola España convirtió á la fe veinte y cinco mil Judíos y más de ocho mil Sarracenos: las demás conversiones no pueden reducirse á guarismo.

Luego que se divulgaba el lugar adonde había de ir á hacer misión san Vicente, se anticipaban los mercaderes á celebrar una especie de feria de géneros pocas veces vistos, llevando cargas enteras de cilicios, disciplinas, cadenillas, rallos, capotillos de cerdas, y otros instrumentos de penitencia. Al don de lenguas acompañaba el de milagros. Con todo eso se puede afirmar que la eficacia que el Señor comunicaba á sus sermones no nacía menos de la fuerza de sus ejemplos y de la santidad de su vida, que de la virtud de sus milagros, y de la vehemencia de sus discursos.

En sus largos viajes, en medio de sus mayores fatigas, y entre los más penosos ministerios de ese apostólico zelo, jamás aflojó en la más exacta observancia de la regla que había abrazado. Por espacio de cuarenta años ayunó todos los días de la semana, excepto el domingo, reduciéndose los miércoles y viernes á pan y agua, sin dispensarse jamás en esta rigurosa abstinencia por sus excesivos trabajos. Su cama eran unos sarmientos ó un poco de paja: todas las noches despedazaba su cuerpo con sangrientas disciplinas. Ni las enfermedades eran bastantes para obligarle á mitigar sus crueles penitencias. Ninguno le hizo exceso en el apostólico desinterés con que predicaba y ejercía todos los demás ministerios; tanto que pudiera parecer como característica en él la virtud de la pobreza. Desde el púlpito se iba derecho al confesonario, y nunca supo qué cosa era acepción de personas. Haciéndose todo á todos, ganaba millares de almas para Jesucristo.

Correspondía su devoción á su mortificación y á su zelo. Siempre que se dejaba ver en el altar, se derretía en tiernas lágrimas; celebrando el santo sacrificio de la misa con tanta fe, con tanto respeto, y con tan visible amor á Jesucristo, que los infundía en todos los circunstantes. La tierna devoción á la santísima Virgen fue, digámoslo así, la devoción de su cariño, y la que inspiraba con mayor cuidado á todos sus penitentes. Tal era el ministro que había escogido Dios para llevar por el mundo su divina palabra.

Llegando á noticia del rey de Inglaterra las maravillas que obraba el Señor por su fiel siervo, le escribió una carta en términos muy respetuosos, y le despachó un gentilhombre para suplicarle se hiciese el gusto de extender hasta su reino los efectos de su apostólica caridad. Mandó equipar un navío á sus reales expensas, y le envió á las costas de Francia para que se embarcase en él nuestro santo, á quien hizo en su recibimiento más honores que los que haría á un soberano. Predicó en las principales ciudades de Inglaterra, donde hizo tantos prodigios como había hecho en todas partes.

Habiendo vuelto á Francia, corrió muchas provincias de aquel reino, y siempre con igual fruto. Hallándose en Bourges el año de 1419 recibió cartas de Juan V, duque de Bretaña, en que le suplicaba pasase á hacer misión á sus estados. En todas las ciudades de aquel ducado se le hizo el propio recibimiento que se pudiera hacer al mismo sumo pontífice. El pueblo, los magistrados, y hasta los mismos obispos salían á larga distancia á recibirle. Cuando se acercó á la capital, salieron el duque y la duquesa con toda la corte hasta media legua, y le condujeron como en triunfo á la ciudad. En toda la Bretaña, y en toda la Normandía se conoció muy presto la general reformación de costumbres en la nobleza, en el clero y en el pueblo; y fue en medio de estas asombrosas conversiones que san Vicente consumó el sacrificio de su apostólica vida.

Consumido al rigor de tantas penitencias y trabajos, había mucho tiempo que vivía como de milagro, cuando cayó malo en Vannes. Los cinco compañeros de su orden que se llevara consigo de España, y que jamás se separaban de su lado, le hicieron grandes instancias para que se dejase trasportar á Valencia, deseando que el lugar de su nacimiento y de su profesión religiosa fuese también el de su sepultura. Pero quiso Dios oír las oraciones de los vecinos de Vannes, que no podían sufrir se les robase aquel preciosísimo tesoro. En fin, á los 5 de abril del año de 1419, miércoles de la semana de Pasión, aquel gran santo, tan célebre en todo el mundo cristiano por el inmenso número de conversiones y de milagros, tan singularmente venerado de los pueblos y de los grandes, consultado tantas veces de los sumos pontífices y de los mismos concilios, dotado del don de profecía, y hecho la admiración del universo, murió en Vannes casi á los setenta años de su edad, y á los cincuenta y dos de su profesión religiosa.

Juan, duque de Bretaña, le mandó hacer magníficas exequias. La duquesa quiso lavarle los pies ella misma, y Dios hizo muchos milagros con el agua con que se los lavó. Cuéntanse hasta ochocientos y sesenta los que hizo el santo en vida; los que ha hecho después de muerto son innumerables, y se aumentan cada día. Canonizóle el papa Calixto III el año de 1455; pero la bula de su canonización no se expidió hasta dos años después por su sucesor Pío II. Todas las alhajuelas que le sirvieron en vida, son hoy digno objeto de la mayor veneración de los fieles, y el Señor obra grandes milagros por estas preciosas reliquias. Su sagrado cuerpo se conserva hasta el día de hoy en Vannes con tanta veneración como magnificencia.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.