sábado, 2 de abril de 2016
San Francisco de Paula, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Francisco de Paula, ornamento y maravilla de su siglo, nació en Paula, ciudad pequeña de Calabria, el año de 1416, de una de las más honradas y más virtuosas familias de aquella ciudad. Jacobo Martolilo, por otro nombre Salicon, y Viana de Fuscaldo, sus padres, se persuadieron que este hijo era fruto de un voto que habían hecho al Señor bajo la invocación de san Francisco de Asís, cuyo nombre le pusieron; y pocos días después, habiendo advertido que el niño tenía en un ojo una nube que le embarazaba la vista, haciendo promesa al Señor de vestirle por un año el hábito del mismo san Francisco en uno de sus conventos, luego se le desvaneció la nube.
Quiso la piadosa madre criar por sí misma a su hijo, y cuidar de su virtuosa educación. Dejóla poco que hacer la divina gracia, porque el niño Francisco había nacido tan naturalmente inclinado a la virtud, que todos sus entretenimientos eran hacer oración, y estarse en las iglesias. Anticipóse la devoción a la razón, comenzando desde su más tierna infancia aquella penitente vida que continuó hasta la muerte. No contribuyeron poco a fomentar su piedad los buenos ejemplos que observaba dentro de su casa. Sus virtuosos padres, contentos con un hijo y con una hija que les había dado el cielo, vivieron en adelante como hermano y hermana, atendiendo únicamente al cuidado de su salvación y a la crianza de su corta familia. Era Francisco todo su consuelo; pero fue preciso privarse de él por cumplir la promesa que habían hecho.
Luego que cumplió trece años, le entregaron a los religiosos de san Francisco en el convento de san Marcos, a una legua de la ciudad de Paula. Desde luego observaron los frailes en el niño Francisco una gran prudencia en toda su conducta, un entendimiento juicioso y maduro, una docilidad, un rendimiento que no tenía semejante; y añadiéndose a todo esto una devoción que asombraba a los más fervorosos, llegó a ser la admiración de todo el convento. Hicieron cuanto pudieron para no perder aquel tesoro, pero eran diferentes los designios de la divina Providencia.
Habiendo cumplido Francisco el voto de sus padres, les pidió licencia para ir en peregrinación a Asís, a Nuestra Señora de los Ángeles, y a Roma. De vuelta visitó los monasterios más célebres que encontró en el camino, y llegado a Paula, suplicó a sus padres le permitiesen retirarse a cierto sitio solitario que estaba en una heredad suya distante quinientos pasos de la ciudad. Condescendieron con sus fervorosos deseos, aunque no tenía más que catorce años, bien persuadidos de que era el espíritu de Dios el que le llamaba al desierto.
Pero su misma fama turbó presto su amada soledad. Concurrían tropas de ciudadanos de Paula a ver aquel nuevo Juan Bautista en el desierto; esto le obligó a retirarse a otro más desviado, y como a enterrarse vivo en una gruta, que él mismo abrió en una roca sobre la orilla del mar. Allí resucitó en su persona el joven anacoreta la abstinencia, los rigores y el fervor de los antiguos, y aun se adelantó a sus penitencias. Su cama era el duro suelo de la misma roca; su comida yerbas y raíces que arrancaba de un vecino bosque; su bebida el agua que iba a buscar a un arroyuelo bien distante de su gruta; el vestido vil y grosero, con un áspero cilicio a raíz de sus delicadas carnes; su ocupación leer libros espirituales, contemplar y orar continuamente. Esto es cuanto se ha podido saber de aquella vida escondida, que duró hasta que la Providencia le envió algunos discípulos que fuesen imitadores y testigos de sus virtudes.
El año de 1435, no pudiendo resistirse a los incesantes ruegos que le hicieron algunos jóvenes para que los admitiese por discípulos y les permitiese vivir en su compañía, consintió en que se fabricasen tres celdillas, y se erigiese una pequeña capilla, adonde un clérigo de una parroquia vecina venía regularmente a decirles misa y administrarles los sacramentos, juntándose en ella todos a cantar alabanzas a Dios. Esta fue como la cuna de aquella ilustre religión que con el tiempo fue la más hermosa porción del rebaño de Jesucristo, y el más bello ornamento de su iglesia; de aquella orden que, singularizándose entre las demás por su especial cuarto voto de abstinencia, confunde la delicadeza de tantos tibios cristianos que pretenden tener legítimos motivos para dispensarse en el ayuno y manjares propios de la cuaresma; de aquella orden en fin tan fecunda en hombres insignes, que se difundió por todas las cuatro partes del mundo, aun en vida de su fundador, y que conserva hoy, después de trescientos años, todo el fervor del primitivo instituto, y realza la humildad de su nombre con el relieve de tantas virtudes.
No tenía a la sazón nuestro santo más que diez y nueve años; pero su eminente santidad, y las maravillas que el Señor obraba por él, aumentaron tanto el número de sus discípulos que se vio precisado a pensar en edificar un monasterio que fuese capaz de alojarlos a todos. Quiso poner la primera piedra Pirro, arzobispo de Cosenza. Como la humildad de nuestro santo hubiese formado muy estrecho el plan, apareciósele de repente un religioso de san Francisco, aconsejándole hiciese un convento más capaz y de extensión más proporcionada, y habiéndole dejado todas las dimensiones, desapareció: lo que hizo creer piadosamente al papa León X que el religioso que se había aparecido había sido el mismo san Francisco de Asís.
No se puede ponderar el ardor con que todos los pueblos del contorno concurrían a porfía a adelantar la obra del monasterio. Venían a trabajar tropas enteras de artesanos por su propia devoción, sin ser gravosos a Francisco ni a su comunidad. Los jóvenes de primera distinción y aun las mismas señoras y damas principales llevaban sobre sus delicadas espaldas las espuertas y el ripio para el cimiento, y servían a los albañiles, a quienes después pagaban los jornales. Pocas fueron las personas que no quisiesen tener parte en este maravilloso edificio; pero nada lo adelantó tanto como los milagros que obró el Señor por intercesión de nuestro santo.
Uno de los testigos del proceso hecho en Cosenza para su canonización, depone que habiéndose hecho llevar al santo para que le aliviase de un vehemente dolor que sentía en un muslo y le impedía andar y tenerse en pie, Francisco, después de haberle asegurado que aquel dolor era castigo del cielo por el poco respeto que había tenido a su madre, le mandó que llevase a la obra una viga de enorme peso que muchos hombres apenas pudieran mover. No pudo contener la risa el enfermo al oír semejante proposición; pero el santo le dijo: Por caridad haced lo que os mando, que bien podéis. Obedeció sin réplica, cargó sin dificultad con la viga al hombro, llevóla a la obra, y quedó del todo sano.
Vinieron a decir a Francisco que un horno de cal se había abierto por diferentes partes con la violencia del fuego, y estaba próximo a desplomarse. Corre al horno, entra en él intrépidamente, anda entre las llamas cerrando las rendijas, repáralo todo, y se sale con grande serenidad sin la más leve lesión. Parece que poseía el don universal de milagros. Desprendido del monte, un corpulento peñasco venía a desgajarse sobre el edificio, y a sepultarlo entre sus ruinas. Levanta Francisco las manos al cielo, y se suspende el peñasco en lo más pendiente de la escarpada montaña. Falta agua a los que trabajan en la obra; hace oración, y brota una copiosa fuente, que jamás se ha secado.
Concluido en fin el portentoso edificio a fuerza de milagros, estableció en él la disciplina regular sin aflojar en el primitivo rigor de penitencia que había entablado en la primera ermita. Y aunque no quiso obligar a sus religiosos a una vida tan austera como la que él hacía, pues había mucho tiempo que se mantenía con solas legumbres, prohibiéndose aun el uso del pescado, mandó que por cuarto voto se obligasen todos a una perpetua abstinencia de carne y de lacticinios.
No dudando el arzobispo de Cosenza que era obra de Dios el nuevo instituto, permitió a Francisco que fundase conventos en toda la extensión de su diócesis. Los obispos circunvecinos le dieron el mismo permiso, y en poco tiempo vio el santo establecidos sus hijos en Paula, Paterno, Especia y Corigliano. Deseosos los sicilianos de entrar a la parte en la dicha de los calabreses, pidieron a Francisco enviase a su isla algunos religiosos. Fue el mismo santo en persona, e hizo muchas nuevas fundaciones; y como el don de milagros le acompañaba por todas partes, hizo tantas maravillas como pasos. El patrón de un navío muy interesado no quiso admitirle a bordo; él tendió su manto sobre las ondas, y en este nuevo género de embarcación pasó con sus compañeros el famoso estrecho de Sicilia.
Pareciera que Francisco tenía la llave de todos los corazones para registrar hasta los pensamientos más secretos; que estaba a un mismo tiempo en todos los lugares del mundo para ser testigo ocular de los sucesos más distantes; y que tenía todos los tiempos presentes, tan detallada era hasta en las más mínimas circunstancias la relación que hacía de lo venidero. Profetizó la toma de Constantinopla; mandó en nombre de Dios al rey de Nápoles que atacase a los turcos y los echase de Calabria, no obstante la gran desigualdad de sus fuerzas; una completa victoria verificó la profecía. Pronosticó al rey de España que expelería los moros de sus estados, y que él mismo recobraría el reino de Granada.
Movida la hermana del santo de una ternura mal regulada, estorbó a un hijo suyo que entrase en la religión de su tío: muere el muchacho dentro de pocos días, tráenle a enterrar a la iglesia del convento, cántanle el oficio de difuntos, y cuando iban a meterle en la sepultura, ordena el santo que lleven el cadáver a su celda: hace oración, y le resucita. La pobre madre llena de dolor vino el día siguiente al convento a consolarse con su santo hermano; confesó que era justo castigo del cielo, y que si no hubiera estorbado a su hijo que fuese religioso, sin duda viviría. Y bien, la dijo el santo, ¿darías ahora tu consentimiento? ¡Ah, hermano mío, respondió la afligida madre, y cómo que le daría; pero ya viene tarde! San Francisco le dice que aguarde un poco; súbese a la celda, da el hábito al sobrino, baja con él, y preséntasele a la madre. Este fue el célebre padre Fr. Nicolás de Aleso, que acompañó a su tío en el viaje de Francia, donde murió con gran fama de santidad.
Pierde el fuego en sus manos toda su virtud: ase ascuas sin sentir la menor lesión, para probar a unos legados del sumo pontífice que Dios es el principal autor de su instituto. Todos los elementos han oído su voz, han obedecido sus órdenes, se han sujetado a cuantas disposiciones él quiso, como si Dios le hubiese establecido árbitro absoluto del mundo. A vista de tantas maravillas no hay que admirar hubiese hecho en todas partes tan portentosas conversiones. ¿Quién se había de resistir a un profeta tan poderoso en obras y en palabras?
Informado el papa Sixto IV de los prodigios que obraba aquel hombre extraordinario, y de los progresos que hacía su instituto en Sicilia y en Calabria, quiso verle; y examinada su regla, la aprobó solemnemente por una bula expedida en 25 de mayo de 1474, nombrando a Francisco por general de toda la orden. No es posible comprender cómo un hombre solo podía atender a tantos negocios y cuidados, capaces de cansar las fuerzas de muchos. Consultado de todas partes como oráculo del mundo cristiano, a todo responde siendo él solo como el alma de su tierna religión, prodigiosamente multiplicada, dispone y arregla todos sus concertados movimientos; buscado de grandes y de pequeños para alivio en sus dolencias, y para consuelo en sus aflicciones, a todos atiende, a todos socorre, a todos consuela; y en medio de esta continuación trabajosa de fatigas, pasa las noches en oración, sin más cama que una tabla, y una piedra por cabecera.
Su vida es un perpetuo ayuno: despedaza su cuerpo por medio de sangrientas disciplinas con un azote armado de puntas de hierro; su vestido no es más que un cilicio encubierto. Su corazón estaba tan abrasado en el amor de Jesucristo, que le bastaba poner los ojos en un crucifijo, o levantarlos al cielo, para salir fuera de sí arrebatado y extático; y su devoción a la santísima Virgen era tan fervorosa y tan tierna, que solo con oír el dulce nombre de María, eran sus ojos dos copiosas fuentes de lágrimas amorosas.
No era fácil estuviese defendida de la persecución aquella santidad tan eminente. Un célebre predicador, más aplaudido que discreto, mal informado de su divino instituto, declamó públicamente contra él; pero apenas le habló dos palabras nuestro santo, cuando le convirtió en uno de sus mayores panegiristas, y fue después insigne protector de toda su religión. Fernando I, rey de Nápoles, y sus dos hijos el duque de Calabria y el cardenal de Aragón, dejándose impresionar con demasiada facilidad de los que miraban con desafecto a Francisco, dieron orden de prenderle. El capitán a quien se encargó la comisión, apenas se puso en presencia del santo y fue testigo de los milagros que obraba, arrojándose a sus pies, le rogó pidiese a Dios por él y por los príncipes, e hizo bien pronto cambiar de opinión a toda la corte.
Extendiéndose fuera de Italia, la fama de su santidad y de sus milagros llegó a la corte de Francia. Hallábase a la sazón el rey Luis XI gravemente enfermo en el palacio de Plesis, cerca de Tours; y habiendo experimentado inútiles todos los remedios naturales, acudió por último recurso al ermitaño de Calabria. Fue menester más de un breve pontificio para hacerle ir a la corte. Su viaje fue una serie de maravillas; siendo acaso la mayor y la más admirable de todas su inalterable humildad en medio de tantas honras. No pudieran hacerse mayores a un legado de la santa sede, que las que recibió en la corte del rey de Nápoles. Con todo eso habló a aquel príncipe con libertad de profeta, y le hizo derramar lágrimas de arrepentimiento por muchas cosas que había hecho.
El papa Sixto IV le recibió en Roma como a un ángel del cielo; consultóle sobre gravísimos negocios de la cristiandad, y para honrarle le hizo sentarse a su lado. Quiso conferirle los sagrados órdenes, pero en este punto se mostró inflexible su profunda humildad. De todas las amplias facultades con que le brindó su santidad, solo aceptó la de poder bendecir velas y rosarios. Resistiéndose el pontífice a confirmar el cuarto voto de perpetua abstinencia en su orden, cogió el santo la mano al cardenal Julián de la Rovera, que se hallaba presente, y dijo: Santísimo Padre, este hará lo que V. Santidad no quiere hacer; como lo hizo en efecto cuando fue elegido papa, veinte y dos años después, con el nombre de Julio II.
Al acercarse a los pueblos, salían en tropas a recibirle, y pocos se retiraban de su presencia sin ser testigos de algún milagro. Cuando entró en Bormes, en la costa de Provenza, halló la ciudad desolada con una cruel pestilencia; pero no solo quedaron sanos todos los que estaban enfermos, sino que después acá parece que el contagio ha respetado a aquella ciudad por los méritos del santo.
Fue recibido en Francia como un hombre enviado de Dios. El Delfín, que fue después Carlos VIII, salió hasta Amboise a recibirle. Habiendo llegado al palacio de Plesis, el rey con toda la corte le salió al encuentro, y le recibió con tanto honor y respeto, dice Comines, como si fuera el mismo papa. Echóse a sus pies, y le pidió de rodillas alcanzase de Dios que le alargase la vida. Pero el santo le respondió como prudente, y como profeta: Señor, la vida de los reyes tiene sus límites como la de los demás hombres; V. M. me ha hecho venir para que le alcancemos de Dios vida más larga, y el Señor me trae para disponer a V. M. a una santa muerte.
El rey, a quien hasta entonces el pensamiento solo de la muerte asustaba y aun estremecía, oyó la fatal sentencia con admirable rendimiento a los decretos del cielo. Mandó que alojasen al siervo de Dios en un cuarto dentro de palacio, para poder hablarle con más comodidad y con mayor frecuencia: cada día pasaba con él dos o tres horas, y cuanto más le trataba, más convencido quedaba de su extraordinaria santidad; y resignado en fin perfectamente a las disposiciones del Señor, murió en sus brazos con demostraciones muy cristianas, después de haberle encomendado sus tres hijos, y pedido el sufragio de sus oraciones por el descanso de su alma.
Carlos VIII aun hizo más singulares honras a nuestro santo que las que le había hecho su padre. Nada hacía sin su consejo, no solo en las cosas tocantes a su conciencia, pero aun en los negocios pertenecientes al estado; tan cierto es que la virtud es respetable aun a los mayores monarcas. Quiso que fuese padrino de su hijo el Delfín, y le pusiese nombre. Fundó un hermoso convento de su orden en el parque de Plesis, otro en Amboise en el mismo lugar adonde había salido a recibir al santo cuando vino a Francia; y hallándose en Roma este príncipe el año de 1495, fundó en aquella corte el tercer convento de la misma orden, con la advocación de la Santísima Trinidad, queriendo que los religiosos que viviesen en él, fuesen siempre de la nación francesa.
Mostróse el santo por toda su vida sumamente agradecido a la bondad del rey y a sus grandes beneficios; y le alcanzó de Dios con sus oraciones dos insignes victorias, una en la batalla de San Aubin, y otra en la famosa jornada de Fornoue. A san Francisco de Paula debe en parte la corona de Francia el ducado de Bretaña, por el matrimonio del rey Carlos con Ana, heredera de aquel opulento estado, en cuya negociación se empleó el santo con feliz suceso. Luis XII, sucesor de Carlos VIII, aun quiso exceder a sus predecesores en las demostraciones de amor y de beneficencia a nuestro santo, de que le dio pruebas ilustres y gloriosas.
Pero lo más asombroso en la vida de este hombre extraordinario, fue la inalterable uniformidad de su maravillosa conducta; fue tan pobre, tan humilde, tan mortificado, tan recogido en medio de la corte del papa y de los reyes, como en la soledad de su primera ermita. Durante su residencia en el convento de Plesis, acabó de retocar y dar la última mano a las tres reglas que compuso; a saber, para los religiosos, para las religiosas, y para la tercera orden; teniendo el consuelo de verlas primeramente aprobadas por el papa Alejandro VI, y después solemnemente confirmadas el año de 1506 por Julio II, como el santo lo había profetizado.
Pero el humilde y santo fundador, lejos de dar su nombre a la orden, quiso que sus hijos se llamasen como él, los mínimos de todos; nombre que en nuestra santa religión les da más honra, que los más magníficos dictados. Y como la caridad, que tenía tan frecuentemente en la boca, y continuamente en el corazón, fue el móvil de todas sus acciones, quiso que fuese también en parte el carácter de sus hijos; de suerte que, de las dos virtudes más queridas de nuestro santo, la humildad cristiana y la caridad, la primera dio el distintivo a la orden, y la segunda la sirvió de símbolo, según las altas disposiciones del cielo.
En fin, el año de 1507, aquel hombre portentoso, tan universalmente venerado, y tan profundamente humilde; aquel profeta, aquel nuevo taumaturgo, que renovó en su tiempo los mayores prodigios de los pasados siglos; aquel gran santo, cuyas asombrosas virtudes fueron otros tantos milagros, después de haber visto extendida su religión en Italia por la benevolencia de los sumos pontífices, en Francia por la piedad de los reyes, en España por el celo del rey don Fernando el Católico, y en Alemania por la veneración que le profesaba el emperador Maximiliano I; habiendo sido como el oráculo universal del orbe cristiano y la admiración de los pueblos; colmado de merecimientos; después de una enfermedad de pocos días, que para él fue una continua oración; habiendo juntado a sus religiosos y encomendádoles mucho el amor de Dios, la caridad y unión entre sí, la fidelidad a la santa regla, y especialmente al cuarto voto de perpetua abstinencia, se hizo llevar a la iglesia el jueves santo, se confesó y recibió el viático, los pies descalzos y con un dogal al cuello; y habiendo hecho que le restituyesen a su pobre celda, el día siguiente, 2 de abril, rindió dulcemente su espíritu en manos de su Criador, siendo de edad de noventa y un años; prodigiosa duración de vida, que puede reputarse por nuevo milagro en un cuerpo tan extenuado con los trabajos y con la penitencia.
Fue conducido el cadáver del santo a la iglesia del convento, donde estuvo expuesto tres días, sin poder darle sepultura hasta la tarde del lunes siguiente, por el inmenso concurso que acudió a venerarle. Enterráronle en fin; pero el jueves de aquella misma semana, la duquesa de Borbón, hija de Luis XI, y la condesa de Angulema, madre de Francisco I, le hicieron sacar de la sepultura, y le condujeron a una bóveda de cantería ricamente adornada, que habían mandado labrar debajo de su magnífica capilla. Allí estuvo el santo cuerpo expuesto por muchos días tan entero, tan fresco y tan flexible como si estuviera vivo; y allí fue donde un célebre pintor, sacando primero el molde de su rostro, hizo aquel retrato tan parecido que se conserva hasta el día de hoy en el Vaticano.
Desde luego comenzaron los fieles a experimentar los efectos de su poderosa intercesión en la multitud portentosa de milagros. Los pedazos de su hábito, y todas las pobres alhajuelas que habían servido al santo, fueron instrumentos de innumerables maravillas. Toda la Europa, pero especialmente la Francia y la Italia, comenzaron desde luego a solicitar con las más vivas instancias su canonización. Julio II dio principio a las informaciones, León X le beatificó el día 7 de julio de 1513, y finalmente, el día 1 de mayo de 1519, fue canonizado con extraordinaria solemnidad.
El año de 1562 los hugonotes asolaron la provincia a sangre y fuego; y como principalmente empleaban su sacrílega rabia en las reliquias de los santos, que con diabólico furor reducían a cenizas, entraron como desatadas furias en la iglesia del convento de Plesis; abrieron el sepulcro del santo, y encontrando el precioso cadáver entero y sin lesión, vestido de su hábito, echáronle una soga al cuello, arrastráronlo impíamente por la iglesia y por el convento hasta llevarlo a la pieza que servía de hospedería, y allí le quemaron con el leño del gran crucifijo de la iglesia, que habían arrancado. Había el santo profetizado esta horrible impiedad de los hugonotes, señalando hasta el año en que había de suceder, como algunos meses antes que sucediese se lo declarara al padre visitador José de Tellier un religioso de la orden que había recibido el hábito de mano del mismo san Francisco.
Pero no quiso Dios privar enteramente a los fieles de tan precioso tesoro; consumió el fuego la carne, mas la mayor parte de sus huesos fue preservada por los católicos celosos que se mezclaron disimuladamente entre los herejes, y se distribuyeron después en diferentes iglesias. Al convento de Plesis, y a la iglesia de Nuestra Señora la Rica, que es parroquia de Tours, tocó una porción de estas sagradas reliquias; las demás se conservan con singular veneración en las iglesias de los Mínimos de Nigeon, de la plaza real de París, de Ais en Provenza, de Nápoles, de Génova, de Madrid, de Barcelona y de Paula, donde se guarda hasta el día de hoy como preciosísima reliquia el pobre, viejo y raído hábito que dejó allí el santo cuando pasó a Francia, por el cual cada día obra el Señor portentosas maravillas.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.