sábado, 19 de marzo de 2016
San José, Esposo de la Bienaventurada Virgen María
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San José, esposo de la santísima Virgen, y en cierto sentido padre del Salvador del mundo, nació en la Judea hacia los cuarenta ó cincuenta años antes del nacimiento de Cristo. No se sabe con certeza el lugar de su nacimiento; pero es probable que fué Nazaret, población corta de la Galilea inferior, donde tenía el santo su habitación. Era de la tribu de Judá, y de la familia real que había reinado desde David hasta la cautividad de Babilonia. Y aunque estaba del todo oscurecido el esplendor de esta regia casa, se conservaba su nobleza en los descendientes de ella, todos de sangre real, bien que sin rentas y sin empleos que la hiciesen brillar en el mundo: nobleza en fin deslucida, que estaba como sepultada en la pobreza y en el estado humilde de los que la poseían.
Dos evangelistas han escrito la genealogía de san José, y ambos prueban concluyentemente su descendencia del real tronco de David, aunque por diferentes ramos: tan necesaria era esta circunstancia para que en la persona del Salvador se reconociese al verdadero Mesías. San Mateo le hace descender de David por Salomón y por los demás reyes de Judá; y san Lucas por Natán, hijo de David. Aquel le hace hijo de Jacob, este de Helí. La opinión mas antigua, y la mas común entre los santos padres, es la que Julio Africano, autor que vivió hácia el fin del segundo siglo, asegura haber sabido por tradición de boca de algunos parientes del mismo Salvador: es á saber, que Jacob y Helí fueron hermanos uterinos; y que habiendo muerto Helí sin tener hijos, Jacob se casó con la viuda para suscitar á su hermano sucesión según la ley, y que de este matrimonio nació san José. Predicando el famoso Gersón el dia de la Natividad de nuestra Señora, á presencia de los padres del concilio de Constanza, dijo se podía creer piadosamente que san José había sido santificado en el vientre de su madre: Pía credulitate credi potest.
Habiéndole destinado la divina Providencia para ser esposo de María, tutor y amo de cría del Salvador, quiso que fuese de sangre real, pero pobre. Habiendo resuelto el Señor nacer en la humildad de un establo, y pasar toda la vida en la necesidad y pobreza, ¿cómo había de escoger por padre á un hombre rico que viviese en la esplendidez y abundancia? Descubriéronse pocas ó ningunas señas de niñez en sus primeros años; porque prevenido desde la cuna con dulces bendiciones del cielo mas que ningún otro santo, crecía en prudencia mas que adelantaba en edad. Como el Señor le había hecho únicamente para sí, reinó perpetuamente él solo en su corazón. Nunca padeció quiebra ni alteración su pureza; la principal ocupación de su juventud era la mas exacta observancia de la ley, y todos los ejercicios de la mas religiosa devoción. Era de profesión carpintero; pero aunque en el oficio fuese deslucido y humilde, jamás hubo en el mundo hombre ni mas noble ni mas brillante á los ojos de Dios, dice san Epifanio; ninguno se acercó ni con mucho al mérito y á la eminente santidad de este gran patriarca.
Como Dios proporciona sus gracias á los empleos, dice santo Tomás, los dones sobrenaturales corresponden siempre á la excelencia y á la santidad del estado á que nos destina. Pues, habiendo escogido el Señor á san José para ser en la tierra, digámoslo así, el archivo de sus mayores secretos, agente y secretario del Altísimo en el misterio de la encarnación, esposo de María y protector de su virginidad, tutor y ayo del mismo Jesucristo, y en este sentido padre suyo, comprended, dice san Bernardo, cuánto sería el resplandor de sus virtudes, cuánta la multitud de sus dones sobrenaturales, y cuán sublime su elevación y excelencia. Había llegado san José á aquel supremo grado de perfección, que expresa el Evangelio en una sola palabra, llamándole el varón justo, esto es, el hombre que posee todas las virtudes en grado eminente; cuando queriendo el Verbo tomar carne en las entrañas de una virgen, Dios escogió á María para ser su madre, y á José para ser esposo de ella.
Como la santísima Virgen se había consagrado á Dios en el templo casi desde la misma cuna, tocaba aun mas á los sacerdotes que á sus padres buscarla un esposo que fuese digno de ella; y aquellos escogieron á José, que sobre ser de la misma casa de María, estaba conceptuado por el hombre mas modesto, por el mas prudente, por el mas religioso de su tiempo. Es constante que san José, prevenido de una gracia especial casi desconocida en aquellos tiempos, había resuelto guardar perpetua virginidad; y es probable que no habiendo ley alguna que obligase á casarse las mujeres solteras, nunca hubiera consentido la santísima Virgen en el matrimonio con san José, si con luz superior no se la hubiera manifestado su eminente santidad, y el deseo que tenía de conservarse perpetuamente virgen como ella. Y aun por eso no encuentra dificultad san Agustín en comparar la virginidad de san José con la de María: Habet Joseph cum Maria conjuge communem virginitatem.
El cardenal san Pedro Damiano está tan persuadido de que san José fué siempre virgen, que quiere se cuente esta verdad en el número de aquellas de que no es lícito dudar: Ecclesiæ fides in eo est, ut non modo Deipara, sed etiam putativus pater atque nutritius virgo habeatur. Y á la verdad, reflexiona santo Tomás, si el Salvador no quiso encomendar su madre á un discípulo que no fuese virgen, ¿cómo es verosímil que permitiese se desposase con ella un hombre que no lo fuese? Los que creyeron que san José había sido dos veces casado, y que de su primera mujer había tenido á Santiago, á Simón, y á los demás que en el Evangelio se llaman hermanos y hermanas del Salvador, no hicieron reflexión á que la madre de estos parientes de Cristo vivía todavía en tiempo de la pasión, y que esta se decía también hermana de la santísima Virgen, por la costumbre tan sabida de los Judíos, entre los cuales se trataban de hermanos los parientes mas inmediatos.
Celebróse en Jerusalén el purísimo desposorio, en el cual, como se explica el célebre Gersón, no tanto fueron dos esposos cuanto dos virginidades las que contrajeron matrimonio: Virginitas nupsit. No hubo ni habrá en el mundo matrimonio mas feliz, porque ni le hubo ni le habrá mas santo; y si María recibió en José un custodio y un protector de su virginidad y de su honor, José, dice san Juan Damasceno, recibió en María la dignidad mas augusta que puede imaginarse en la tierra siendo esposo suyo: Virum Mariæ: hoc est prorsus ineffabile, et nihil præterea dici potest. Santo Tomás es de sentir que inmediatamente después de los desposorios hicieron los dos santísimos esposos, de común consentimiento, voto de perpetua castidad, pareciéndole que dos personas tan santas no podían dispensarse en un acto de religión tan perfecto.
A pocos días de desposados se apareció el ángel san Gabriel á la Virgen María en su pobre casa de Nazaret; y habiéndola saludado en términos de profunda veneración por la dignidad de madre de Dios, á la que sabía que dentro de un instante había de ser elevada, la descubrió todo el misterio de la encarnación, intimándola que aquel Dios que quería hacerse hombre para redimir al género humano, la había escogido para madre suya. Vivía san José con la Virgen mas como ángel que como hombre, y verosímilmente quiso el Señor que ignorase lo que pasaba, para que su misma duda fuese una sensible prueba de la milagrosa concepción del Salvador, y de la virginidad de la madre. Esta se guardaba bien de descubrir á su casto esposo el misterio que el Espíritu Santo quería estuviese reservado hasta su tiempo, cuando el mismo José advirtió el preñado de la purísima esposa.
El superior concepto que tenía de su elevada santidad, no le permitía admitir ni aun la mas leve sospecha que manchase su reputación, y antes se inclinó á creer que era sin duda aquella doncella de quien decía Isaías que había de nacer el Salvador. Con efecto, lo creyó así, dice san Bernardo; y movido de aquella especie de humildad y de respeto que mas tarde obligó á san Pedro á decir: Señor, apartaos de mí, porque soy un gran pecador, pensó José en dejar á su esposa María. Accipe et in hoc non meam, sed patrum sententiam, añade el santo abad: Esta no es sentencia particular mia, es sentencia de los santos padres. No sabía el casto esposo á qué partido determinarse: apartarse de ella, era desacreditarla; y no se creía bastante santo para morar con ella.
En esta perplejidad se le apareció un ángel, y le dijo: José, acuérdate que eres de la casa de David, de la que ha de nacer el Mesías; y no creas sea sin designio que el Señor te dió á María por esposa; el niño que tiene en sus entrañas, y que ha concebido por la virtud del Espíritu Santo, es el Salvador del mundo, el Hijo único del Padre eterno, el Mesías prometido; y Dios te ha escogido para ser su tutor, su amo de cría, y en este sentido su padre. No receles, pues, de quedarte con María tu esposa; eres destinado para guarda fiel de su virginidad y de su honor, y si se quedara sin esposo, no podría ser madre sin detrimento de su reputación. Pondrás el nombre de Jesús al infante que naciere, para dar á entender á los mortales que este es el que viene á redimirlos y á salvarlos, ofreciéndose en sacrificio por los pecados de los hombres.
Instruido ya José del mayor de todos los misterios, no miró desde aquel punto á la Virgen mas que como á madre del Redentor, creciendo en él la respetuosa veneración con la ternura. San Buenaventura es de sentir que la acompañó en la jornada que hizo para visitar á su prima santa Isabel; y á la verdad, no parece verosímil que hubiese dejado ir sola á la santísima Virgen en viaje tan largo y tan penoso. Cerca de seis meses después, se vió precisado san José á pasar á Belén con la santísima Virgen; pues en virtud del decreto que publicó el emperador César Augusto, mandando registrar los nombres de todos los vasallos de su imperio, debía registrar el suyo en aquella ciudad donde estaba el solar de la casa de David cuyo descendiente era. Así sonaba en el designio de los hombres, pero en el intento del cielo iba á aquel lugar para que María diese á luz en él al Verbo encarnado, al Mesías prometido, como lo tenían vaticinado los profetas.
Padeció José en Belén todo el dolor y toda la amargura que podía padecer un corazón tan grande y tan tierno como el suyo, porque á pesar de todas sus diligencias no pudo hallar otro albergue que las ruinas de una casa vieja que servía de establo. Adoró á la divina Providencia, y se rindió con profundo silencio á sus soberanas disposiciones. En este humilde lugar vió nacer en la mitad de la noche al Salvador del linaje humano; pero ¡cuáles fueron los extraordinarios favores, cuáles las interiores dulzuras con que el divino Infante colmó el alma de san José, á quien miraba y amaba como á padre! No fué menos sensible el gozo de nuestro santo cuando vió llegar aquella dichosa tropa de pastores, que enviaba el cielo á adorar al Salvador, ni sirvió de menor motivo á su gozosa admiración la venida de los Magos pocos días después: unos reyes que venían del Oriente para tributar rendimientos al que, desconocido en su misma patria y desechado de los suyos, se había visto reducido á nacer en un establo.
Cuarenta días después del nacimiento del niño Jesús, tuvo san José la dicha y el consuelo de conducirle al templo de Jerusalén. Fué testigo ocular de las maravillas que allí pasaron; pero apenas dió la vuelta á Belén, cuando un ángel le advirtió el impío intento que tenía Herodes de quitar la vida al divino Infante, y le ordenó que se retirase á Egipto con el hijo y con la madre. No difirió un punto el obedecer, en virtud de aquella perfecta sumisión que profesaba á las disposiciones de la divina Providencia; y sin dar lugar á vanos discursos ni cavilaciones de la prudencia humana, partió al instante para Egipto, donde permaneció, hasta que, muerto Herodes, volvió á aparecérsele el ángel del Señor, y le ordenó que con el hijo y con la madre se restituyese á Palestina.
El Evangelio da bastante fundamento de creer que san José pensaba fijar su habitación en Jerusalén ó en Belén, como en lugares oportunos para la educación del Mesías; pero habiendo sabido que aquellas dos ciudades estaban sujetas á la dominación de Arquelao, hijo de Herodes, y temiendo que el nuevo rey heredase la desconfianza y la crueldad de su padre, se retiró, con aviso del cielo, á Nazaret, donde había hecho menos ruido el nacimiento del Salvador, y donde no había tanto que temer, por ser el mismo san José mas conocido. En esta afortunada ciudad vivía aquella santa familia, la mas augusta y la mas respetable que hubo ni ha de haber jamás en el mundo, en una profunda, pero venerable oscuridad; sustentando san José al niño Jesús y á su madre con su trabajo, y obedeciendo este divino Salvador á san José como á padre suyo.
Siendo san José religiosamente observante de la ley, inviolablemente iba todos los años á Jerusalén en compañía de la santísima Virgen para celebrar la fiesta de la pascua; y habiendo llevado consigo al niño Jesús, cuando ya había cumplido doce años, al volverse á Nazaret le echaron menos. Es indecible la aflicción y la inquietud de la Virgen y de san José los tres días que le anduvieron buscando. Habiéndole hallado finalmente en el templo en medio de los doctores, no se pudieron contener sin quejarse amorosamente del dolor y de la pesadumbre que les había causado con su ausencia. Hijo mío, tu padre y yo te hemos andado buscando, le dijo la santísima Virgen; pero con la respuesta del Salvador se les enjugaron las lágrimas, y comprendieron el misterio.
El Evangelio nada mas nos dice de san José, sino que vueltos á Nazaret, el niño Jesús le era sujeto como á su padre. Pero ¿qué cosa mayor se pudiera decir, ni que fuese capaz de dar mas alta idea del extraordinario mérito y eminente santidad de san José, escribe el sabio Gersón, que el decir que el Hijo de Dios le fué sujeto, y que le amó, le estimó y le honró como á padre suyo? Quæ subjectio, sicut inæstimabilem notat humilitatem in Jesu, ita dignitatem incomparabilem signat in Joseph et Maria. Vivió todavía algunos años san José retirado y desconocido, en compañía de la Virgen y del Salvador. Ninguna familia poseyó mas ricos tesoros: ¿qué cosa se puede imaginar mas santa, mas perfecta, ni mas digna de nuestro culto?
No se sabe de fijo el año en que murió este santo patriarca; pero se cree con bastante probabilidad que ya había muerto cuando el Salvador del mundo comenzó á predicar. Lo que parece cierto es que si san José viviera cuando murió el Salvador, no hubiera este encomendado su madre al evangelista san Juan poco antes de espirar. Es fácil comprender cuán preciosa sería la muerte de este gran santo, á quien el Hijo de Dios quiso excusar el dolor que le causara la suya. ¡Qué muerte mas dulce, qué muerte mas preciosa en los ojos del Señor, qué muerte mas santa que la del que mereció tener á su cabecera al mismo Jesucristo, ser asistido por la santísima Virgen hasta su muerte, y espirar en manos del Hijo y de la Madre! ¡Qué multitud de espíritus celestiales no acompañarían aquella bendita alma hasta dejarla depositada en el limbo!
Es cierto que cuando Cristo resucitó, resucitaron también muchos santos, y piadosamente se cree que san José fué de este número; porque, habiendo hecho el Señor tantos milagros para descubrir y para exponer al culto de los fieles las reliquias de tantos santos, no es probable hubiera querido privar de esta honra á las de san José, si su sagrado cuerpo hubiese quedado en la tierra. Aunque la Iglesia profesó siempre singular veneración á este gran santo, con todo eso no fué tan público su culto en aquellos siglos llenos de tinieblas y poco tranquilos, en que solo el nombre de padre de Jesucristo hubiera podido hacer en los gentiles una impresión menos ventajosa al cristianismo, y servir de pretexto á los herejes que negaban su divinidad. Hasta que gozó de paz la Iglesia, no comenzó á hacerse familiar á los fieles la devoción de san José. Hállase su nombre al diez y nueve de marzo en los martirologios latinos escritos mas de ochocientos años ha, y aun es mas antigua su fiesta en la iglesia griega.
Los magníficos elogios que el sabio Gersón, cancelario de la universidad de París, hizo de san José en el concilio de Constanza, y lo que dice de la confianza que todos los fieles deben tener en la poderosa intercesión de este gran santo, acreditan su zelo y su piedad. Escribió diferentes cartas para que se celebrase con mayor solemnidad la fiesta de san José. La primera fue dirigida al duque de Berry en el año de 1413; la segunda al chantre de la iglesia de Chartres, y la tercera á todas las iglesias. Gregorio XV y Urbano VIII la hicieron fiesta de precepto, prohibiendo en ella las obras serviles y las funciones públicas de los tribunales. No hay religión alguna en la Iglesia de Dios que no profese particular devoción á san José; no hay cristiano que no tenga en este gran patriarca una tierna y amorosa confianza. Los muchos milagros que obra el Señor por su intercesión en toda la cristiandad, y los singulares favores que experimentan todos los que le invocan, muestran visiblemente que nada niega el Salvador al que siempre amó como á padre, y al que quiere que nosotros honremos como á tal.
Pero lo que mas ha contribuido en estos últimos tiempos á promover la devoción á san José, fué la singularísima que le profesó santa Teresa de Jesús, dejándosela como en herencia á sus hijos y á sus hijas, en quienes vive hoy con toda edificación el espíritu y la piedad de su santa madre. En el capítulo sexto de su vida dice lo siguiente: «Tomé por abogado y señor al glorioso san José, y encomendéme mucho á él; vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con mas bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, los peligros de que me ha librado, así de cuerpo como de alma: que á otros santos parece les dió el Señor gracia para socorrer en una necesidad, á este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas; y que quiere el Señor darnos á entender que, así como le fué sujeto en la tierra, y como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas á quien yo decía se encomendasen á él, también por experiencia; ya hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad.
»Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía... Quería yo persuadir á todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea mas aprovechada en la virtud, porque aprovecha en gran manera á las almas que á él se encomiendan. Paréceme ha algunos años, que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida; si va algo torcida la petición, él la endereza para mas bien mío... Solo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no lo creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse á este glorioso patriarca, y tenerle devoción; en especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas... Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino.» Hasta aquí son palabras de santa Teresa.
En muchas iglesias se celebra con grande solemnidad, el día veinte y dos de enero, la fiesta de los desposorios de san José con la santísima Virgen, y ya en el siglo décimocuarto se celebraba en la Iglesia esta festividad. Hay en varias partes fundadas muchas congregaciones y cofradías, con el título de san José, para asistir á los agonizantes. ¿Y qué santo mas poderoso para ayudarnos en aquel crítico momento? En la santa capilla de Chambery se muestra un báculo ricamente engastado, que se dice por piadosa tradición haber sido de san José; y en Perusa de Italia se venera el anillo de sus santos desposorios, acreditando al parecer la verdad de esta reliquia los favores que cada día se reciben del cielo por la devoción á ella.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.