jueves, 17 de marzo de 2016
San Patricio, Obispo y Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Patricio, apóstol de Irlanda, nació en Escocia, en el territorio de la ciudad de Aclud, hoy Dumbriton, hacia el año 377 del nacimiento de Cristo. Su padre, llamado Calfurnio, y su madre Conquesa, parienta de san Martín, arzobispo de Tours, le criaron con tanta piedad, y le imbuyeron tan desde luego en los principios de la Religión, así con su doctrina como con sus ejemplos, que el niño Patricio en nada hallaba gusto sino en la oración.
Asegura el monje Jocelin, en la vida que escribió del santo, que Dios le comunicó el don de milagros desde la misma cuna. Con todo eso, la divina Providencia, que quería irle disponiendo muy de antemano para el apostolado, permitió que fuese esclavo en aquel mismo país de donde con el tiempo había de ser apóstol. A los diez y seis años de su edad le cogieron unos salteadores de caminos irlandeses, juntamente con una hermana suya llamada Lupita, y le llevaron cautivo á Irlanda. Vendiéronle á un paisano, y en los cinco ó seis años que duró su cautiverio aprendió la lengua y las costumbres del país.
Encargóle el patrón á quien servía la guarda del inmundo ganado de cerda, y en medio de los montes hacía vida de un perfecto solitario. Adoraba á Dios postrado en tierra cien veces de día y otras tantas de noche, sirviéndole de lecho la dura tierra, y de sustento unas insípidas raíces. Había cerca de seis años que Patricio santificaba su esclavitud con estos piadosos ejercicios de penitencia, cuando se le apareció un ángel en figura de un gallardo mancebo, y mandándole cavar en un lugar que le señaló, le hizo encontrar una cantidad de dinero, con la que compró su libertad.
Vuelto á Escocia, pasó otros cuatro años en casa de su padre. Por las muchas visiones que tuvo en este tiempo, conoció que le llamaba Dios á trabajar en la conversión de los pueblos de Irlanda, y desde entonces hizo ánimo de dedicarse á ella. Habiéndose embarcado con sus padres para ir á Bretaña, fué cogido por unos piratas que le vendieron á unos Pictos, gentes de su país, los cuales le pusieron presto en libertad. En fin, tercera vez fué hecho esclavo y conducido á Burdeos, donde le compró un amo tan benigno, que compadecido de su desgracia y prendado de su apacibilidad y de su paciencia, le envió libre á su país, donde no se detuvo mucho tiempo.
Resuelto á consagrarse todo á Dios, pasó á Francia, y se retiró al monasterio de Marmoutier, que había fundado san Martín. Allí recibió la tonsura eclesiástica y monacal, hizo la profesión, y en tres años que vivió en el monasterio fué modelo de la perfección religiosa. Creciendo su zelo al paso que crecía su piedad, volvió á la Gran Bretaña, suspirando siempre por la conversión de los Irlandeses.
Habiendo ocurrido varios embarazos que le estorbaron el viaje de Irlanda, volvió á Francia, pasó á Italia, y ocupó siete años en visitar los santuarios y monasterios de las islas vecinas. Tres años le detuvo en su compañía san Senior, obispo de Pisa; y cautivado así de su ardiente zelo por la conversión de los gentiles, como de su eminente santidad, le ordenó de sacerdote.
El nuevo carácter le inspiró nuevo deseo de ir cuanto antes á trabajar en la conversión de los Irlandeses; volvió á pasar el mar sin otra misión que la de su zelo, y así no le bendijo el Señor. No quisieron oírle aquellos pueblos, y se vió precisado á volver á Francia tercera vez.
Paró en Auxerre en casa de su obispo san Amador, bajo cuya disciplina se conservó hasta su muerte, que sucedió tres años después; y continuó otros tres años bajo la del célebre san Germán su sucesor, y en la escuela de este gran prelado adquirió nuestro santo las cualidades de un santo pastor y de un grande apóstol.
No dudando san Germán que Dios había escogido á Patricio por apóstol de Irlanda, le aconsejó que se fuese á echar á los pies del papa Celestino I, para recibir de su mano el destino de aquella misión. Recibióle el pontífice con mucha benignidad, alabó su zelo, aprobó su ánimo; pero, como acababa de enviar á san Paladio á aquel país, le pareció conveniente suspender la ejecución, y así le mandó que esperase.
Mientras tanto se volvió Patricio á Auxerre á gozar de la compañía de san Germán, quien teniendo noticia de la muerte de Paladio, le volvió á enviar á Roma con cartas de recomendación. Fué recibido del papa con mayores muestras de estimación que la primera vez; y habiéndole consagrado él mismo por obispo de Irlanda, le despachó á aquella isla colmado de bendiciones, y con poderes de legado apostólico.
Volvió por Auxerre el nuevo apóstol, y recibiendo allí las saludables instrucciones que le dió san Germán para desempeñar felizmente su misión, pasó á Irlanda el año 432. Las milagrosas conversiones que hizo desde luego en el país de Cambria y Cornualle, le determinaron á entrarse en la provincia de Lagenia, donde san Paladio no había hecho fruto alguno. Apenas predicó en ella la fe, cuando tuvo el consuelo de ver convertidas en menos de un año mas de las dos terceras partes de la provincia; y habiendo dejado en ella algunos misioneros compañeros suyos para cultivar aquella nueva viña, pasó el nuevo apóstol á la provincia de Ultonia, donde fué la miés tan abundante y tan feliz, que fundó el monasterio de Sabal, cerca de la ciudad de Duna, nombrando por primer abad á su discípulo Dunio. Este monasterio, tan célebre desde entonces por tanto número de santos monjes, fué presto un seminario de hombres apostólicos.
Aumentándose la miés, fué preciso que se aumentasen los obreros. Jamás ha habido nación que mostrase mayor ardor para abrazar la fe de Jesucristo. Apenas se dejaba Patricio ver en alguna ciudad ó en algún pueblo, cuando los mismos gentiles se daban priesa á echar por tierra los templos que ellos mismos habían levantado, compitiéndose á porfía en hacer pedazos los ídolos.
Leogar, el príncipe mas poderoso del país, y el mas encaprichado en las supersticiones paganas, empleó todas sus fuerzas, y se valió de todos los artificios de los magos para detener los rápidos progresos de la fe, y para poner límites á las victorias que nuestro santo conseguía cada día del paganismo; pero todos sus artificios no sirvieron mas que para hacer mas floreciente la religión cristiana, y mas célebre el nombre de san Patricio.
Un numeroso ejército de gentiles, que venía á echarse sobre los cristianos congregados por el santo en una espaciosa llanura, fué enteramente dispersado por los truenos y por los rayos que cayeron sobre él estando el cielo muy sereno. Deshizo todos los embustes y prestigios de los hechiceros; el principal de ellos, llamado Locho, que con artificios semejantes á los de Simón Mago se levantaba por los aires á presencia del rey, fué precipitado, y cayó muerto á los piés de san Patricio.
Convirtióse á la fe Conallo, hijo de Leogar, mas prudente que el padre, y con el tiempo fue un héroe del cristianismo; imitaron su ejemplo dos hermanas suyas; y lo que acaso no se había visto jamás, los magos ó hechiceros, que eran en gran número y muy poderosos en la corte, abrieron los ojos á la luz de la fe, fueron bautizados, y con el tiempo se acreditaron de fervorosos cristianos.
Hecha ya cristiana toda la Ultonia, pasó Patricio á las provincias de Media, de Cannacia y de Momonia; corrió con increíbles fatigas toda la Irlanda, y no dejó rincón de aquella tan vasta como bien poblada isla, que no alumbrase con las luces de la fe, y donde no levantase muchas iglesias. No podía hacerse sin grandes milagros la conversión de tantos pueblos duros, poco tratables y groseros: hízolos nuestro santo.
Obedecían á su voz los vientos y las tempestades; desvanecíanse las dolencias en haciendo sobre los enfermos la señal de la cruz; muchos de sus discípulos gozaban el mismo don; no había cosa secreta para Patricio, y hasta la misma muerte soltaba la presa á la voz de su oración.
Pero creciendo cada día inmensamente el número de los fieles, era menester proveer de nuevos pastores al nuevo rebaño; lo que obligó al santo á hacer otro viaje á Roma el año 444. Recibióle el gran pontífice san León como lo merecía un apóstol. Y habiendo arreglado con el papa todo lo concerniente á la recien nacida iglesia, dió la vuelta á su querido rebaño; y como si la Irlanda sola fuese poco teatro para el ardor inmenso de su zelo, se detuvo en la costa occidental de la Gran Bretaña, donde predicó la fe con el mismo feliz suceso, y fundó también algunos monasterios.
Vuelto á Irlanda con la recluta de nuevos operarios, los distribuyó en las provincias de Lagenia, de Media, de Cannacia y de Momonia; ordenó gran número de obispos para las nuevas diócesis de Laghlin, de Fernes, de Douna, de Kilmor, de Galloway, de Limerick, de Media, de Cashel, de Thoam, de Waterford; y restituyéndose á Ultonia, levantó la célebre iglesia de Armagh, erigiéndola en silla metropolitana y primada de toda Irlanda.
Pasó después á las islas adyacentes, y todas las conquistó para Jesucristo. Hizo cuarto viaje á Roma para obtener de la silla apostólica la confirmación y repartimiento de los obispados que había erigido, los títulos y privilegios de las iglesias como los había arreglado, y á su vuelta de este viaje celebró en Armagh el primer concilio.
Apenas fuera creíble que nuestro santo pudiese obrar tantas maravillas, sin rendirse al peso de tantos trabajos, si no se supiera que para los hombres apostólicos están reservadas gracias muy particulares y auxilios muy extraordinarios. Pero lo que se hace mas inverosímil, siendo con todo eso muy verdadero, es que tantas y tan portentosas fatigas no bastaron á saciar el ardiente deseo que tenia de padecer por Jesucristo, ni pudieron satisfacer la amorosa ansia que tenia por la penitencia.
Traía siempre un áspero cilicio, ayunaba rigurosamente todo el año, hacía á pié todos los viajes; y aunque oprimido de la solicitud pastoral y del gobierno de todas las iglesias de Irlanda, todos los días rezaba el Salterio entero con mas de doscientas oraciones, y se postraba trescientas veces cada día para adorar á Dios, haciendo cien veces la señal de la cruz en cada hora canónica.
Tenía distribuida la noche en tres tiempos diferentes: el primero le empleaba en rezar cien salmos, y en hacer doscientas genuflexiones; el segundo le ocupaba en rezar cincuenta salmos metido en un estanque de agua helada hasta la garganta; y lo restante estaba destinado para tomar un poco de reposo sobre una dura piedra.
Estos fueron los principales medios de que se valió san Patricio para ganar á Jesucristo tantos pueblos, y para convertir los pecadores y los idólatras. Pero no solo convirtió á la fe á aquellos pueblos, sino que también los cultivó, los pulió, los civilizó. Halló Patricio en aquella isla los pueblos tan bozales, tan groseros, que apenas sabían hablar, y ninguno de ellos sabía escribir; el santo los enseñó, los industrió, y en poco tiempo los hizo capaces de aprender no solamente las mas bellas artes sino también las mas elevadas ciencias.
En fin, colmado de merecimientos, respetado aun de los mismos gentiles, y lleno de alegría, viendo el floreciente estado en que dejaba en Irlanda el reino de Jesucristo, á los ochenta y cuatro años de su edad (aunque algunos historiadores le dan ciento y treinta), pasó á recibir en el cielo la corona de sus trabajos, el año 460 ó 464.
Murió en su monasterio de Sabal, habiendo edificado trescientas y sesenta y cinco iglesias, consagrado otros tantos obispos en los veinte y cinco ó treinta años que él lo fué, y ordenado casi tres mil presbíteros. Fué sepultado en la iglesia de la ciudad de Douna, donde fué honrado de los pueblos, que concurrían en tropas á venerar su sepulcro, haciéndole muy célebre el Señor con innumerables milagros; hasta que en tiempo de Enrique VIII, rey de Inglaterra, fué destruida la iglesia de Douna por Leonardo Grey, marqués de Dorset, y virrey de Irlanda, el cual pagó el delito de su sacrilegio sobre un cadalso, en que le cortaron la cabeza el año 1544.
En la provincia de Ultonia se ve aun el día de hoy una pequeña isla hacia el medio de un lago que forma el Liffer, donde dicen estaba el célebre Purgatorio de san Patricio. Es una cueva donde se da por cierto que el Santo pasó toda una cuaresma en el ejercicio de las mayores penitencias, y donde padeció inimaginables tormentos por parte de los demonios, que hicieron todos los posibles esfuerzos para espantarle y para retraerle de su zelosa resolución y propósito de trabajar en la conversión de aquellos isleños. Hízose muy célebre esta cueva, así por haber morado en ella san Patricio, como por lo que en ella había padecido; y muchos santos varones, movidos de devoción, se retiraban á ella algunos días para dedicarse á ejercicios de oración y penitencia, lo que precisó á edificar al rededor de ella algunas celdas, que se llamaban las celdas de los santos.
Créese que, para dar alguna idea de las penas y de los premios de la otra vida á aquella gente extremadamente grosera, que no acertaba á concebir lo que no la entraba por los sentidos, alcanzó de Dios nuestro santo que en aquella cueva experimentasen algunos sensiblemente lo que no podían comprender; y como todos los penosos ejercicios de penitencia que allí se hacían, se dirigían á purificar las almas de sus culpas, se dió á la cueva el nombre de Purgatorio de san Patricio.
Hubo antiguamente en aquella isleta un célebre monasterio de canónigos reglares de san Agustín, cuyo prior tenía la llave de la cueva, hasta que en el año de 1494, el papa Alejandro VI, teniendo noticia de los muchos abusos que se habían mezclado en las mortificaciones arbitrarias, ordenó, por breve expreso, que se cerrase y se cegase la cueva, y que se destruyese todo aquel sitio, sin que jamás se volviese á admitir á ninguna persona á aquel género de pruebas.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.