sábado, 12 de marzo de 2016
San Gregorio Magno, Papa y Doctor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Gregorio, á quien con justicia se da el distinguido título de Magno, y es universalmente reconocido por uno de los más santos pontífices y de los más célebres doctores de la Iglesia, nació en Roma hacia la mitad del siglo sexto. Su padre Gordiano era persona de mucha distinción en aquella corte, así por su empleo de senador, como por su antigua nobleza; y su madre Silvia no lo era menos por su rara piedad. Habiendo nacido de una familia tan ilustre y tan santa, no podía echar menos la más cuidadosa educación, aunque su rica índole le dejó poco que hacer. Un ingenio excelente, las inclinaciones nobles y cristianas, y un ardiente amor al estudio, le constituyeron en poco tiempo la admiración del senado. Señalóse tanto en él, así por su rara sabiduría, como por su nerviosa elocuencia y prudencia extraordinaria, que el emperador Justino II, sin reparar en sus pocos años, le confirió el empleo de prefecto, esto es, de gobernador de Roma, atendiendo en esto más á su mérito que á su calidad.
No se entibiaron ni descaecieron sus piadosísimos dictámenes con esta primera dignidad del imperio romano en Italia; pero aunque sus fines no podían ser más sanos, ni sus motivos más puros, ni más irreprensible su conducta, conoció presto que es sumamente dificultoso conservar la inocencia en medio de las grandezas mundanas, y aplicar bastantes defensivos para librarse de su contagio. Crecía con los honores el deseo de ponerse á cubierto de los peligros, y le parecía más á propósito para la salvación la vida particular. Facilitóle Dios el camino con la muerte de su padre Gordiano, que con una rica herencia le dejó entera libertad para disponer de su persona, especialmente después que su madre santa Silvia se retiró á la casa de Cela-Nova para vivir allí como viuda cristiana.
Fundó y dotó seis monasterios en Sicilia, donde tenía gran parte de su patrimonio, y otro séptimo en Roma, en su casa paterna, dedicado á san Andrés, el cual subsiste hoy, y lo ocupan los padres Camandulenses. Hecho esto, renunció el oficio de prefecto, vendió lo que restaba de su hacienda con todos sus preciosísimos muebles, y repartió el precio entre los pobres; y dejando enteramente el mundo, tomó el hábito de monje en su monasterio de San Andrés, bajo la disciplina del santo abad Valencion. Comenzó con tanto fervor, y entabló una vida tan estrecha, que arruinó su salud. Pero ni sus frecuentes enfermedades, ni sus habituales indisposiciones le impedían el orar casi continuamente, y el estar leyendo, dictando ó escribiendo.
Informado el papa Pelagio II de las grandes prendas de virtud y sabiduría de Gregorio, le ordenó diácono de la iglesia de Roma, y le envió con carácter de nuncio á Constantinopla, para que negociase con el emperador Tiberio algún socorro contra los Longobardos. Apenas llegó á la corte, cuando temiendo distraerse en ella, hizo venir á Maximiano, abad de San Andrés, con algunos otros monjes, para vivir con ellos dentro del palacio del emperador como pudiera en el monasterio. En este viaje y estancia en Constantinopla conoció y trabó estrechísima amistad con san Leandro, arzobispo de Sevilla, á cuyas instancias compuso aquella excelente obra de las Morales sobre Job. Tuvo muchas conferencias con Eutiques, patriarca de Constantinopla, que estaba imbuido en este error de Orígenes, que después de la resurrección no había de ser palpable nuestro cuerpo. Convencióle san Gregorio de su error, y el patriarca se desengañó tan de veras, que estando para morir tomaba el pellejo de su brazo con la mano, y decía: Creo que todos hemos de resucitar en esta misma carne.
Volvió san Gregorio á Roma á fin del año 585, y habiéndose retirado á su monasterio de San Andrés, le obligaron á encargarse de su gobierno, haciéndole abad, por haber sido promovido Maximiano al obispado de Siracusa. Hizo florecer en él la observancia religiosa con tanta perfección, que habiendo sabido que un monje tenía guardadas sin licencia tres monedas de oro, no solo mandó que ninguno del monasterio le visitase durante su última enfermedad, sino que no obstante haber muerto muy arrepentido de su pecado, no quiso que se le diese sepultura eclesiástica, ordenando le enterrasen en un muladar juntamente con las tres monedas de oro, y que en vez de responso cada monje cantase al rededor de la sepultura aquellas palabras que pronunció san Pedro contra Simón Mago: Pecunia tua tecum sit in perditionem: que tu dinero perezca contigo. Usó el santo de esta severidad para escarmiento de los demás; pero después mandó celebrar treinta misas por el alma de aquel monje, el cual en la última de ellas se apareció glorioso al santo abad, dándole las gracias por su caridad y por su rigor; siendo este el principio de las treinta misas que llaman de san Gregorio.
Murió de peste el papa Pelagio el año 590; y el clero, el senado y todo el pueblo romano de unánime consentimiento pidieron al diácono Gregorio por su sucesor. Solo él desaprobó y se resistió á su elección. Pero en vano escribió al emperador Mauricio para que no la aprobase; en vano se escapó fugitivo y disfrazado, ocultándose en la gruta de un intrincado bosque; buscáronle, encontráronle, condujéronle á Roma, y fué consagrado el día 3 de setiembre del mismo año con aplauso universal. Esta suprema dignidad fué para él nueva obligación de aspirar á más elevado grado de virtud. San Isidoro, arzobispo de Sevilla, que vivía en aquel tiempo, llama á nuestro santo grandísimo en humildad. Con efecto, fué asombrosa en este grande pontífice; todas las calamidades públicas las atribuía á sus pecados. Quiso dar razón del motivo de su fuga cuando le eligieron papa, á Juan, obispo de Ravena, y le dirigió su excelente libro del Cuidado pastoral. Lleno del mismo espíritu que san Pablo, explica en él las tremendas obligaciones del cargo episcopal, de que se tenía por indignísimo, siendo así que era el más perfecto modelo de santísimos prelados.
No es fácil de explicar el tierno y afectuoso cuidado con que este santo pastor miraba por todo su rebaño, ni la grande extensión ó infatigable solicitud con que se dilataba su vigilancia á toda la Iglesia. Extendíase su atención hasta los últimos términos del reino de Jesucristo; nada se escapaba á la inmensidad de su zelo. Todo lo que podía contribuir á la gloria y servicio de Dios, y á la salvación de las almas, todo lo reputaba por grande y por digno de sus atenciones. Al ver las menudencias á que descendía en los reglamentos que continuamente publicaba para la reformación de Roma, se pudiera pensar que estaba enteramente ocupado en componer las costumbres de aquella sola ciudad; y con todo eso, al mismo tiempo admiraba toda la Iglesia su solicitud, y experimentaba sus efectos.
Reprimió la audacia de los Lombardos, contuvo sus correrías, trabajó con felicidad en su conversión, y restituyó la paz á toda Italia. Redujo los donatistas y los demás cismáticos de África, á pesar de su obstinada pertinacia, y los puso en razón por medio de Gaudencio, gobernador de las siete provincias africanas. Destruyó en España y en toda la Europa las miserables reliquias del arrianismo. Tuvo el consuelo de ver los frutos de su ardiente zelo por la conversión de los judíos, habiendo pedido el santo bautismo la mayor parte de ellos en Sicilia y Cerdeña. Pudo tanto con los Griegos el elevado concepto que formaron de su eminente santidad y de su raro mérito, que logró ver extinguidos todos los cismas particulares y todas las turbaciones que después de tanto tiempo afligían á las iglesias de Oriente y detenían el curso á los progresos del Evangelio.
Pero el empeño más glorioso de su pontificado, y también el más ventajoso para toda la Iglesia, fué la conversión de los Ingleses, que con justa razón le mereció el título de apóstol de Inglaterra. Es verdad que la Gran Bretaña había abrazado el cristianismo muchos años antes en tiempo de su rey Lucio; pero después que los Ingleses y los Sajones, pueblos idólatras salidos de la Germania, se habían apoderado de aquella isla, había vuelto la idolatría á tomar posesión de toda ella, apagada casi del todo la luz del Evangelio. Siendo aun Gregorio monje, y habiendo visto en Roma á unos esclavos ingleses de pocos años, de hermoso aspecto y de bella disposición, se lastimó mucho de la desgracia de aquellas almas cuando supo que eran gentiles. Pidió y consiguió del papa Pelagio que le enviase por misionero de aquella nación; y había ya salido de Roma para predicar en Inglaterra á Jesucristo, cuando el papa lo mandó volver, por los clamores del pueblo romano, que embarazaron sus apostólicos intentos, mas no pudieron entibiar el ardor de su zelo.
Viéndose ya pastor universal de toda la Iglesia, envió á Inglaterra á san Agustín, prior de su monasterio de san Andrés, con algunos otros monjes, y escribió á los reyes de Francia, de Borgoña y de Austria, á los arzobispos de Arles, de Aix, de Viena, y al gobernador de la Provenza, exhortándolos á favorecer aquella santa empresa. Habiendo llegado los misioneros á Aix, casi desmayaron del todo á vista de la pintura que les hicieron de los Ingleses, y de las imaginarias dificultades del viaje, que les abultaron. Pero san Gregorio los alentó con la carta que les escribió, protestándoles que él mismo iría á trabajar en aquella grande obra si pudiese, y prometiéndoles feliz suceso de sus trabajos. Con efecto, derramó el Señor tantas bendiciones sobre aquella misión, y fué la mies tan abundante, que aunque se juntaron á los misioneros muchos sacerdotes franceses, dentro de poco tiempo se vió el santo papa precisado á enviar nuevos operarios, y en menos de tres años vino á ser la Inglaterra una de las más florecientes porciones de la Iglesia.
No se limitó el zelo de nuestro santo á la conversión de la Gran Bretaña. No hubo nación en todo el mundo cristiano, no hubo apenas iglesia particular, que no experimentase los efectos de la vigilancia, de la aplicación y de la caridad de este gran pontífice. Pero lo que es más digno de nuestra admiración, y se puede tener como especie de milagro, es que este gran santo pudiese hacer tantas maravillas en tan poco tiempo, estando continuamente enfermo; porque se puede decir que los cortos intervalos de su quebrantada salud, no eran más que tránsitos de una enfermedad á otra; y con todo eso jamás cesó de escribir, de instruir, de predicar, de velar, no solo sobre las necesidades espirituales, sino también sobre las temporales de los pueblos.
Pero todas estas vastas y laboriosas ocupaciones no le estorbaron vivir durante todo su pontificado con la misma regularidad y con la misma abstinencia que si estuviera en el monasterio. Sus ayunos eran continuos, y sus rentas no parecían suyas, sino de los pobres. Todos los días tenía por convidados en su misma mesa á muchos de ellos, y el Señor le dió á entender con repetidos milagros cuán grata le era esta caridad. Iba un día á lavar los pies á un pobre peregrino, según su santa costumbre, y el pobre de repente desapareció. Aquella misma noche se le apareció el Señor, y le dijo: Gregorio, otros días me recibes en mis miembros, pero ayer me recibiste en mi persona. Tenía escritos en un libro los nombres de todos los pobres de la ciudad de Roma, de los arrabales y lugares circunvecinos, á quienes señalaba una limosna diaria según su necesidad. Habiendo sabido que en cierta aldea se había encontrado muerto á un pobre, se afligió tanto, temiendo que aquel pobre hubiese muerto de hambre por culpa suya, que en tres días se interdijo el ejercicio de toda función sagrada en penitencia de su imaginada culpa.
Sustentaba en Roma á tres mil religiosas; y solía decir que estaba muy obligado á las lágrimas y á las oraciones de aquellas santas vírgenes, porque con el mucho poder que tenían con Dios, habían divertido á otra parte las armas de los Lombardos, y habían restituido la paz á la Italia. A cierto obispo de un exterior muy compuesto, pero poco liberal con los pobres, le escribió: Que las rentas del prelado eran de los menesterosos; que importaba poco vivir con gran retiro y tener mucha oración, si no se hacían muchas limosnas; y que el obispo debía mirar á los pobres como si fueran hijos suyos.
Constituido por Dios como padre común de todos los fieles, extendía su vigilancia á todas sus necesidades. Reprendió á Januario, obispo de Cáller, por haberse valido del poder que Dios le había dado, para vengar una injuria particular. Escribió á Desiderio, arzobispo de Viena, que no perdiese el tiempo, alhaja preciosísima, en leer libros inútiles y profanos; y dió una severa reprensión á Natal, obispo de Salona en Dalmacia, porque desatendiendo el cuidado de su iglesia, pasaba los días en convites y en ostentosas profanidades. A Pimenio, obispo de Amalfi, le envió á decir que no le había Dios hecho obispo para que estuviese continuamente fuera de su obispado; y así, ó que le renunciase, ó que tratase de guardar la debida residencia. Era exactísimo su zelo, pero nunca amargo, siendo la suavidad parte de su carácter; y como era estremadamente humilde, fué siempre apacible, dulce, y sumamente sufrido.
Promulgó una ley el emperador Mauricio, prohibiendo que ningún soldado tomase el hábito de monje. San Gregorio tomó la pluma, y le escribió en estos términos: Sería hacerse reo delante de Dios el no hablar con sinceridad á los príncipes. La ley que prohíbe á los soldados abrazar el estado religioso, confieso, Señor, que me estremece por lo que toca á vos; porque es cerrar á muchos el camino del cielo. ¿Pero quién soy yo, que hablo así á un grande emperador, sino un gusano de la tierra? Con todo eso no puedo dejar de hablarle de esta manera, viendo que el emperador se opone á Dios.... Ved aquí lo que Jesucristo os dice por mi boca: De secretario te hice capitán de guardias, después cesar, después emperador, y padre de otro emperador: ¿y tú desvías á tus soldados de mi servicio? ¿Qué tendréis que responder cuando el soberano Dueño os pida cuenta de vuestra administración?
Hizo poco fruto en el emperador esta prudente representación; y Juan, patriarca de Constantinopla, llamado el Ayunador, contribuyó mucho á enconarle contra nuestro santo. Había sido monje el patriarca, y había ascendido á aquella silla por la recomendación que le daba un exterior modesto y mortificado; pero á espaldas de este exterior afectado y penitente ocultaba un insoportable orgullo, á cuya persuasión tomó el título de patriarca universal, mientras san Gregorio, único vicario de Jesucristo, no usaba otro en sus cartas, que el de siervo de los siervos de Dios. Tuvo mucho que padecer el santo pontífice, así por parte del emperador, como de los que eran enemigos de la Iglesia; pero siempre se mostró más grande en medio de las contradicciones. Oprimido de enfermedades, ejercitado con persecuciones, consumido de los cuidados que le daba la solicitud de la Iglesia universal, no por eso cesaba de escribir y predicar.
A vista del gran número de cartas que escribió á todo género de personas, llenas todas de aquel espíritu de Dios que animaba todas sus acciones; y al considerar la multitud prodigiosa de sus admirables obras, llenas de una elocuencia varonil, pudiera parecer que san Gregorio había vivido ochenta años en un desierto, ocupado únicamente en meditar, en leer y en escribir. Fuera de las Morales sobre Job, de que ya hemos hablado, y están divididos en treinta y cinco libros, compuso los Diálogos sobre la vida y milagros de los santos de Italia. Trabajó esta obra á instancias de sus hermanos, como el mismo santo lo dice, esto es, de Pedro su amigo antiguo, y de algunos otros monjes de su monasterio de San Andrés, que vivían familiarmente con él. Las demás obras de san Gregorio son el Pastoral, veinte y dos homilías sobre Ezequiel, cuarenta homilías sobre los evangelios, el Antifonario, el Sacramentario, y ochocientas y cuarenta cartas, divididas en doce libros.
Esta multitud asombrosa de ocupaciones, á cual más pesada cada una, no le embarazó para aplicar su atención á otras cosas menores. Fundó un seminario de músicos ó cantores, y se dedicó á reformar el canto de la Iglesia, componiendo el que ahora se llama canto llano, ó canto gregoriano. Su zelo, siempre industrioso por la salvación de las almas, inventó é introdujo las letanías y procesiones, que instituyó para aplacar la ira de Dios que afligía á la ciudad de Roma con una cruel peste. Reformó la profanidad, desterró los abusos, y restituyó á su antiguo esplendor la disciplina eclesiástica, secular y regular.
Tantos y tan apostólicos trabajos acabaron en fin aquella débilísima salud; y el día 12 de marzo del año 604, cerca de los sesenta de su edad, á los trece, seis meses y tres días de pontificado, fué este gran santo á recibir en el cielo el premio debido á sus gloriosas fatigas. Fué enterrado su cuerpo con los honores correspondientes, junto á la sacristía antigua de la basílica de san Pedro. Los papas Clemente VIII y Paulo V hicieron trasladar sus reliquias á la nueva iglesia de san Pedro del Vaticano. El monasterio de san Medardo de Soisons se gloría de tener algunas de san Gregorio desde el año 826; y la ciudad de Sens juzga estar en posesión de su santa cabeza. Todo el universo rinde solemne culto á san Gregorio. Hasta los mismos Griegos, aunque tan poco devotos de los santos de la iglesia latina, le han hecho lugar en su liturgia; y en el año 747 se estableció en la Gran Bretaña la fiesta de san Gregorio, como principal apóstol de Inglaterra, desde que los Ingleses y los Sajones entraron á ocupar el lugar de los Bretones.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.