jueves, 10 de marzo de 2016
Los Cuarenta Santos Mártires
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Al mismo tiempo que el emperador Constantino hacía triunfar la iglesia de Jesucristo en su imperio de Occidente, su cuñado Licinio perseguía en todo el Oriente con bárbara crueldad á los cristianos. Vencido este por Constantino en el año de 314, y obligado á cederle la Iliria y la Grecia, entró en tanto furor, que no pudiendo ejercer su venganza en el vencedor, descargó toda su cólera sobre los cristianos, á quienes en todas partes protegía el piadoso Constantino, y les hizo una cruel guerra. Al principio procedió con algún reparo, y para perseguirlos buscaba algún pretexto político fundado en razón de estado; pero después se declaró abiertamente contra la Religión, y para ofender mas á Constantino resolvió exterminar de todo su imperio á los cristianos.
Fue horrible y sangrienta la persecución en todo el Oriente. Inventáronse nuevos tormentos; hubo pocos ministros de Jesucristo que no rubricasen la fe con su sangre; pocos cristianos que no fuesen, ó sepultados en espantosos calabozos, ó desterrados á países bárbaros é incultos, ó coronados con el martirio. Los mártires mas ilustres que debe la Iglesia á esta sangrienta persecución, fueron los cuarenta soldados de Sebaste. San Gregorio Niseno los llama defensores de la fe y torreones de la ciudad de Dios; siendo pocos los santos padres que no les consagren también semejantes ó mayores elogios.
Hacia el fin del año 319, quitándose la máscara Licinio, y declarándose enemigo capital de los cristianos, expidió un decreto, mandando á sus gobernadores que obligasen á rendir sacrificios á los ídolos á todos los vasallos de su imperio. Uno de los que se mostraron mas zelosos en cumplir las órdenes del emperador, fué Agricolao, gobernador de Capadocia y de la menor Armenia, que tenia su residencia en la ciudad de Sebaste. Apenas se publicó en la ciudad el decreto de Licinio, cuando cuarenta soldados de la guarnición, todos jóvenes, todos bien dispuestos, todos de valor, y todos distinguidos en la tropa por sus señalados servicios, fueron á presentarse al gobernador, y le declararon intrépidamente que eran cristianos y que ningunos suplicios serian capaces de moverlos á abandonar la religión que profesaban.
Llegó á este tiempo Lisias, general de las tropas; y pareciéndole que su autoridad y sus razones podrían bastar á reducirlos, les representó que habiendo merecido por sus bellas acciones los elogios y el favor del soberano, no solo perderían su fortuna desobedeciendo sus órdenes, sino que seguramente se precipitarían en las mayores desdichas, padeciendo por fin de ellas una muerte ignominiosa. Pero la pronta y generosa respuesta de los héroes de Jesucristo convenció desde luego así al general como al gobernador, que primero perderían la vida que la fe. No espereis, respondieron á una voz, ni deslumbrarnos con vanas promesas, ni intimidarnos con grandes amenazas. No queremos honras á que está aneja una eterna ignominia, ni nos apacentamos con fantásticas quimeras. Toda nuestra fortuna, toda nuestra dicha, y toda nuestra gloria es morir por Jesucristo, único y verdadero Dios; porque esos vuestros ídolos son un pedazo inanimado de metal ó piedra, tan distantes de ser dioses, que ni por hombres los puedo reconocer quien fuere racional.
El gobernador, que era naturalmente colérico y cruel, mandó que al instante los desarmasen, que los cargasen de hierro, y que habiéndoles despedazado á azotes, los aplicasen á la tortura. Fué asombro hasta de los mismos paganos la alegría con que padecieron estos tormentos; pero no eran mas que preludio del cruel martirio que les esperaba. Siete dias estuvieron los santos mártires cargados de prisiones en un oscuro calabozo, aumentándose cada dia su aliento y su fervor. Al cabo de este tiempo, desesperando el gobernador y el general de poderlos reducir, los condenaron todos á muerte.
Era hacia el fin del invierno, que en aquel país es rigurosísimo, y se aumentaba entonces el rigor con un frigidísimo norte que soplaba á la sazón. Sentenciólos el juez á que muriesen todos al rigor del frío, exponiéndolos desnudos á la inclemencia del hielo. Luego que los santos mártires tuvieron noticia de la inicua sentencia que se habia fulminado contra ellos, se hincaron todos de rodillas, y rindieron gracias al Señor por la merced que les hacia de derramar su sangre y dar su vida por su gloria. Después de esto, esforzándose unos á otros, se decían mutuamente: ¡Cuántas veces hemos despreciado la muerte en medio de los combates! ¡en cuántas funciones hemos expuesto atolondradamente nuestra vida en servicio del emperador! ¡Qué gloria, qué dicha, amados compañeros, padecer ahora en defensa de la justicia y de la verdad, y poder morir por aquel Señor que por redimirnos á nosotros ofreció su vida y derramó su sangre hasta la última gota! Levantando después todos las manos y los ojos hácia el cielo, exclamaron fervorosos: Cuarenta entramos en el combate, número misterioso; haced, Señor, que todos cuarenta seamos coronados.
Acabada esta oración, los sacaron de la cárcel cargados de prisiones, y los condujeron al lugar del suplicio. Era este una laguna fuera de la ciudad, pero tan inmediata á ella, que casi bañaba sus murallas. Un frío de los mas agudos y de los mas violentos que jamás se habían conocido, tenia tan helada esta laguna, que pasaban por encima del hielo los caballos y los carros con toda seguridad. En ella habían sido condenados los santos mártires á pasar la noche; mas porque la tentación hiciese mayor guerra á la constancia, había mandado el tirano que en frente se encendiese una grande hoguera, y que estuviese prevenido un baño de agua caliente, con orden de pasar á él inmediatamente á los que, cediendo al rigor del frío, quisiesen renunciar la fe por salvar la vida.
Apenas llegaron á la orilla de la laguna, cuando ellos mismos se desnudaron con apresurada alegría, y corrieron al suplicio con tanta intrepidez, que asombró á los asistentes; pero turbóse este gozo con un funesto accidente. Ya el rigor del frío había abierto en grietas los cuerpos de los santos mártires: nada mas horrible, ningún dolor puede discurrirse mas vivo y mas agudo. Los guardas se habían quedado dormidos al calor de la hoguera: solo velaba el carcelero junto al baño caliente, cuando á media noche vió, con mucho asombro suyo, iluminado todo el espacio de la laguna que ocupaban los santos mártires, como si fuese mediodía. Levantó los ojos para examinar de donde podía venir aquel resplandor brillante, y advirtió una tropa de ángeles, contando hasta treinta y nueve, que cada uno traia en la mano una corona. Fácilmente comprendió que el Dios de los cristianos, único Dios verdadero, era el que enviaba aquella tropa celestial para coronar la constancia y la fidelidad de sus generosos siervos.
¿Pero qué es esto? se decía él á sí mismo: los que han combatido tan generosamente por la fe son cuarenta, y las coronas no son mas que treinta y nueve. Así discurría el carcelero, cuando reparó á un infeliz apóstata que vencido del frío había ya renegado de la fe, y arrastrando por el hielo venia haciendo señas con la mano para que le sacasen, y le metiesen en el baño, declarando con esta demostración que estaba pronto á rendir adoración á los ídolos. Alargóle la mano el carcelero; pero apenas entró en el baño el infeliz, cuando espiró miserablemente, pasando del agua caliente á las eternas llamas del infierno.
Mas la bondad del Señor, que no queria fuese sin efecto la oración que le habían hecho los santos mártires, ni que el demonio triunfase por mas tiempo de su conquista, se dignó reemplazar prontamente al que se habia perdido; porque movido el carcelero de las maravillas que acababa de ver, y convertido de repente, se apresuró á ocupar la plaza que estaba vacante. Despierta á los compañeros, declárales con valerosa intrepidez que es cristiano, y que renuncia con todo el corazón á las supersticiones gentílicas; despójase él mismo de sus vestidos, pide en alta voz á los santos mártires que rueguen á Jesucristo le conceda la gracia de morir en su compañía; corre esforzadamente á la laguna, y ocupa el lugar del soldado reprobado, mereciendo recibir aun visiblemente su corona. Fué universal, fué indecible la alegría de los santos campeones al ver acción tan generosa; y la fe viva, la magnanimidad del nuevo compañero consoló luego el dolor de que estaban penetrados por la perdición del apóstata infeliz.
Aun daban señas de vida los santos mártires, cuando amaneció el dia siguiente; de lo que informado el gobernador, mandó que todos fuesen quemados para que acabasen de espirar con nueva especie de agudísimos dolores. Sácanlos de la laguna, y arrójanlos á todos en diferentes carros para conducirlos á la hoguera. Solo reservaron á Meliton, que como el mas joven, era también el mas robusto de todos; y habiendo resistido mas á la violencia del frío, conservaba todavía bastantes espíritus vitales. Parecióles á los guardas que separado de sus compañeros seria mas fácil el vencerle. Pero su madre, que siendo cristiana no le habia perdido de vista en los tormentos, elevándose sobre los movimientos de la naturaleza y la flaqueza del sexo, le cogió ella misma entre sus brazos, y le puso en el carro; y conociendo en la dulce alegría de sus ojos, ya medio apagados, el gusto que le daba en no apartarle de sus ilustres compañeros: Anda, hijo mío, le dijo, ve á dar fin á tu sacrificio con la vida, para dar principio á otra dichosa, que no se acabará por toda la eternidad.
Fueron echados los santos mártires en una grande hoguera, y aunque el gobernador dió orden para que sus cenizas fuesen arrojadas en el rio, los cristianos, ya á fuerza de dinero, ya con otros arbitrios, tuvieron modo para recogerlas; extendiéndose después tanto estas preciosas reliquias, dice san Gregorio Niseno, que apenas hay país en la cristiandad que no esté enriquecido con este tesoro, y donde no se profese singular veneración á los cuarenta mártires. Sus nombres, según se hallan en las actas mas antiguas, son los siguientes: Quirion, Cándido, Domno, Meliton, Domiciano, Eunoíco, Sisino, Heraclio, Alejandro, Juan, Claudio, Atanasio, Valente, Heliano, Ecdicio, Acacio, Vibiano, Elio, Teódulo, Cirilo, Flavio, Severiano, Valerio, Cudion, Sacerdon, Prico, Eutiquio, Eutiques, Smaragdo, Filoctémon, Aecio, Nicolás, Lisímaco, Teófilo, Xanteas, Angeas, Leoncio, Hesiquio, Cayo y Gorgonio.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.