viernes, 24 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

miércoles, 9 de marzo de 2016

Santa Francisca Romana, Viuda

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Santa Francisca, que con razón puede proponerse por modelo de virtud á todas las mujeres cristianas de cualquier estado y condición que sean, nació en Roma el año 1384. Así su padre Pablo de Bruxis, como su madre Jacobina Rofrendesqui, eran de casas ilustrísimas y antiquísimas. Apenas nació al mundo cuando se conoció bien que nacía destinada únicamente para el cielo. La paciencia, la dulzura de su natural, el amor á la pureza en una edad en que apenas se había desarrollado su razón, pronosticaban cuánto había de sobresalir con el tiempo en todo género de virtudes. Nunca tomó el gusto á los entretenimientos pueriles, y mucho menos á aquellas melindrosas delicadezas que nacen al parecer con las doncellitas de su calidad. Desde niña repararon todos el amor que profesaba á la soledad, al retiro y á la oración. Valíase de cien pueriles industrias para recatar de los ojos de sus padres y de su aya las mortificaciones que hacía, y á los once años tomó la resolución de encerrarse en un monasterio y de consagrarse á Dios enteramente; pero sus padres, que tenían otras ideas, sin consultar su inclinación, la casaron, cuando apenas contaba doce años, con un caballero romano, joven, rico, noble y de prendas muy sobresalientes, llamado Lorenzo de Poncianis.

Empeñada ya, y ligada al matrimonio, solo pensó en santificarse en él. Persuadida de que la verdadera devoción consiste en cumplir perfectamente con las obligaciones de su estado, dedicó toda su aplicación á no omitir alguna de las correspondientes á aquel en que se hallaba colocada por la divina Providencia. Su primer cuidado fué estudiar el genio y la inclinación del marido, imponiéndose una estrecha obligación de estarle siempre rendidamente sujeta, evitando con el mayor desvelo cuanto pudiese ocasionarle algún disgusto, y turbar la paz y la buena armonía entre ambos. Pocos matrimonios se han visto mas felices, porque se han visto pocos tan santos. La estimación, el amor y el respeto eran recíprocos; la paz y la unión inalterables: cuarenta años vivieron juntos, sin que en todo este tiempo hubiese habido la menor desazón ni la mas mínima tibieza.

El principal objeto de su atención era su familia. Habiéndola dado Dios un hijo y una hija, estuvo muy lejos de fiar á otros el cuidado de su educación, persuadida de que esta era la primera obligación de una madre cristiana. Desempeñóla tan cabalmente, que su hijo murió en olor de santidad á la edad de nueve años; y la hija, que solo tenía cinco cuando murió, estando para espirar, exclamó que estaba viendo á su hermano resplandeciente como un sol, que la convidaba á que fuese á gozar de la misma gloria.

Acordándose de lo que dice el apóstol en su carta á Timoteo, que el que no cuida de los suyos, especialmente de los que tiene dentro de casa, en cierta manera renuncia la fe, y es peor que un infiel, es imponderable la atención con que velaba sobre sus domésticos, el agrado y la bondad con que trataba á los que la servían. Mirábalos como á hijos, y á todos les servía ella como amorosa madre. Cuando caía enfermo algún criado suyo, nunca permitía que le llevasen al hospital. Si vamos á los hospitales, decía la santa, á servir á los pobres extraños, ¿por qué no hemos de servir dentro de casa á nuestros criados enfermos? Conservando siempre el mismo espíritu de oración y de retiro, decía que su casa era su convento; y á la verdad, así lo parecía, según el orden, la regularidad y la piedad que reinaba en ella. Trabajaba con sus criadas en horas señaladas; ella misma las hacía la lectura de un libro espiritual, y la oración todas las noches. Aunque la exhortación mas eficaz era la de sus grandes ejemplos, con todo eso de cuando en cuando convocaba á toda la familia para hacerla sus pláticas espirituales, especialmente en las vísperas de los días festivos; y aunque su grande caridad la inclinaba á proveer á todos abundantemente de todo lo necesario, la mayor actividad de su zelo se aplicaba principalmente en cuidar de la salvación de sus almas.

Desde el primer día de su boda se puso entredicho á la concurrencia de espectáculos, festines y diversiones mundanas, sin hacerla fuerza el verse moza, rica, y de nobleza tan calificada. Solía decir que por ser rica y por ser noble no dejaba de ser cristiana; esto es, que no por eso se consideraba menos obligada á vivir según las reglas del Evangelio; y en conclusión, que habiéndose de seguir unas máximas, ella no conocía otras mejores que las de Jesucristo. Siempre vistió lana, consintiéndolo su marido; y aunque los cuartos de la casa estaban adornados con la decencia correspondiente á su estado, no se veía en ellos cosa alguna que pudiese ofender la modestia cristiana. Nada tenía de austera, de ceñuda ni de desabrida su devoción; antes bien su dulzura, sus apacibles modales, y aun su misma complacencia, hacían mas amable la virtud; siendo su ejemplo de tanta edificación en Roma, especialmente con las personas de su sexo y calidad, que retiró de las vanidades del mundo á muchas matronas romanas, inspirándolas el mismo amor á la virtud que ella tenía. No pocas la acompañaron en una especie de congregación instituida bajo la dirección de los padres del oratorio del monte Olívete, donde la santa emulación que excitó entre las congregantas, despertó la caridad y el ejercicio de las obras de misericordia que se hacían en toda la ciudad.

Aunque era tan grande el amor que profesaba á la oración, en la cual regularmente recibía singularísimos consuelos, sabía interrumpirla sin impaciencia y sin enfado siempre que la obligación la llamaba á otra parte; mostrando el Señor cuán grata le era esta disposición de ánimo, por un suceso milagroso. Rezaba un día con su acostumbrada devoción el oficio parvo de la santísima Virgen, y en un solo verso la interrumpieron cuatro veces, dejándolo todas cuatro sin dar la mas leve seña de impaciencia. Cuando volvió la cuarta vez á comenzar el mismo verso, lo halló escrito con letras de oro; lo que no se hubiera sabido si la persona que se hallaba allí casualmente, y fué testigo de la maravilla, no la hubiera publicado.

El tiempo que la sobraba de la oración, de los ejercicios espirituales y del cuidado doméstico de la familia, lo dedicaba enteramente á las obras de misericordia. Era obedientísima á su director, el cual pudo moderar sus penitencias, pero no el deseo de hacerlas y de padecer. Decía que la vista de Cristo crucificado la estaba continuamente reprendiendo su grande delicadeza; siendo así que no era fácil tratarse á sí misma con mas rigor de lo que ella se trataba.

Caminaba santa Francisca á jornadas largas en el camino de la perfección, cuando el Señor, que hasta entonces la había colmado de extraordinarios favores, derramando en su alma aquellas dulzuras abundantes que hacen gustar con anticipación los destellos de la gloria, quiso darla parte en su cruz, para que viese el mundo que la virtud de nuestra santa era un fruto que se daba en todas las estaciones, y que no dependiendo de la abundancia ni de la prosperidad, era superior á todas las desgracias.

El año de 1413 entró en Roma Ladislao, rey de Nápoles, durante el cisma que afligía y destrozaba la iglesia. Vió Francisca saqueada su casa, confiscados sus bienes, y desterrados de la ciudad á su marido y á su cuñado Palucci. Padeció esta desgracia con admirable constancia; y porque no pudo contener las lágrimas cuando vió que la arrancaban á su marido y á su hijo, toda la vida lloró este, á su parecer, excesivo sentimiento, y le trató como un gran delito del amor propio. Nunca respondía otra cosa á los que concurrían á consolarla, sino: el Señor me quitó lo que me había dado, pues sea su nombre bendito. Su serenidad inalterable, su perfecta resignación y su tranquilidad fueron el mayor elogio de su virtud, admirando y cautivando á los mismos que habían tenido mas parte en sus desgracias.

Pasada aquella tempestad, se levantó el destierro al marido, se le restituyeron los bienes, y volvió á su antigua prosperidad la familia. Aprovechóse santa Francisca de la buena disposición en que se hallaba su esposo, y le persuadió fácilmente á que en adelante viviesen como hermano y hermana, entregándose del todo á la oración y al ejercicio de las obras de misericordia. Viéndose ya con mayor libertad para dedicarse á sus devociones, alargó las riendas á su fervor y á su zelo. Comía una sola vez al día; prohibióse casi del todo, no solo la carne, sino también el pescado; la ropa exterior y la interior eran de lana, sin volver á usar el lienzo; acostábase vestida, y no dormía mas que dos horas por noche. Traía á raíz de las carnes un saco de cerdas ceñido con un aro de hierro, que introduciéndose por ellas, la lastimaba mucho, causándola agudísimos dolores. La vista sola de estos instrumentos de penitencia, que aun se conservan con grande veneración en su monasterio de las oblatas, hace estremecer. Por mucho tiempo bebió en un cráneo, para vencer su delicadeza y repugnancia. Tenía singularísima devoción á la pasión de Cristo, y pidió con instancias á este divino Salvador, que la hiciese experimentar toda la amargura de su dolorosa pasión todas las veces que meditase en ella. Fuéla concedida esta gracia, y muchas veces la tuvieron por muerta por la vehemencia de los dolores que padecía.

Reducida á la familia precisa, y desembarazada en parte de su cuidado, vivía mas en los hospitales que en su casa. Ningún pobre vergonzante, ninguna doncella necesitada, y por lo mismo expuesta á mayor peligro, ningún infeliz se escondía á su vigilancia, á su solicitud, á su caridad y á su zelo. A vista de la virtud amable de nuestra santa, con sus discretas y piadosas conversaciones, pero mucho mas con sus ejemplos, perdieron el gusto del mundo muchas doncellas y viudas jóvenes, por la mayor parte personas de calidad. Inspiróla, pues, el Señor el pensamiento de fundar un monasterio de las oblatas, esto es, de vírgenes y matronas, que, deseosas de renunciar las vanidades del mundo, se dedicasen enteramente á servir á Dios. Como por parte del marido nunca hallaba embarazo en estas piadosas ideas, antes bien encontraba siempre en él toda la docilidad que podía desear, emprendió aun en vida suya la fundación del monasterio, que fué y es el día de hoy uno de los mas ilustres y de los mas santos de la Iglesia; donde gran número de doncellas y señoras de la primera nobleza resucitan en sus personas el generoso desprecio de las vanidades y de las grandezas mundanas, y con el ejercicio de las mayores virtudes retratan fielmente á nuestros ojos las de su santa fundadora, cuyo espíritu conservan con singular perfección.

Fundó santa Francisca este piadoso monasterio el año de 1425 bajo la regla de san Benito, añadiendo algunas constituciones particulares, que ella misma escribió de su mano y que fueron aprobadas cinco ó seis años después por el papa Eugenio IV. Esta nueva orden fué puesta bajo la protección de la santísima Virgen. Fué tanto el número de doncellas que abrazaron desde luego este devoto instituto, que fué preciso edificar otro monasterio mas capaz. Dióselas el nombre de oblatas, porque en lugar de hacer profesión, como las demás religiosas, solo hacen oblación.

Pocos años después perdió santa Francisca á su cuñada Vannoccia, mujer de Palucci, compañera inseparable suya en la mayor parte de las obras de caridad, é imitadora fiel de sus virtudes. A la muerte de la cuñada se siguió la de Lorenzo Poncianis su marido, que sucedió el año de 1436. Viéndose con esto desembarazada nuestra santa de todo lo que podía detenerla en el mundo, se fué á encerrar en su monasterio de las oblatas, para acabar sus días en el ejercicio de la penitencia bajo la regla que ella misma las había dado. Pidió de rodillas á sus propias hijas que la recibiesen, no como fundadora, sino como la mas inútil criada de la casa. Tomó el hábito de religiosa, y el mismo día de san Benito del año de 1437 hizo su oblación; y desde aquel punto no había ministerio tan humilde, no había oficio tan bajo, que no juzgase la venía muy ancho, teniéndose por muy honrada en que se lo permitiesen ejercitar. Humillábase continuamente delante de las mas mínimas hermanas, y se reputaba por indigna de estar en su compañía. Salía ella misma fuera de la ciudad á buscar la leña necesaria para la casa, trayéndola unas veces acuestas, y otras sobre un jumento, que conducía por las calles mas públicas de Roma, no habiendo para Francisca mayor gusto que cuando la hacían creer que todos la despreciaban.

Ya no hay que admirar que colmase el Señor de favores tan extraordinarios á una alma tan humilde. Veíanla en la oración ordinariamente arrebatada; y en estos maravillosos éxtasis, la revelaba el Señor los misterios mas oscuros, ilustrándola con luces sobrenaturales. Concedióla el don de profecía, el de penetrar los corazones, y también el de los milagros. Comúnmente veía al ángel de su guarda en figura de un niño hermosísimo vestido de blanco, y tan resplandeciente, que la iluminaba en medio de la noche, y solamente se la ocultaba cuando por algún pensamiento inútil ó por alguna palabra ociosa la castigaba Dios, privándola de este insigne favor.

El oficio de superiora, que se vió obligada á admitir, no alteró su humildad ni su recogimiento, y solo sirvió para manifestar mas su santidad por gran número de milagros. No hallándose en toda la casa mas que tres mendrugos de pan para ochenta religiosas, luego que echó la bendición á la mesa hubo bastante para todas. Trabajando un día en cierta viña con las hermanas, y no encontrándose agua para apagar la sed que las afligía, se vieron las cepas cargadas de racimos frescos, aunque era por el mes de enero. Respetábanla las tempestades y las lluvias, sin tocar á su persona cuando la cogían á campo descubierto. El príncipe de las tinieblas hizo los mayores esfuerzos para espantarla, para acobardarla, y aun para engañarla; pero en vano, porque los mas furiosos ataques de los espíritus malignos se convertían en mayor confusión de ellos mismos, quedando siempre victoriosa nuestra Francisca.

En fin, su vida fué una cadena de virtudes y de prodigios, por donde fácilmente se comprenderá qué preciosa fué su dichosa muerte á los ojos del Señor. Prevínola de su cercanía una violenta fiebre que la acometió, y puso en consternación no solo á sus hijas, sino á toda Roma; sola Francisca estaba llena de gozo viendo acercarse el feliz momento que la había de unir con su Dios. Pronosticó que moriría el jueves, como sucedió el día 9 de marzo de 1440, á los cincuenta y seis años de su edad. Los milagros que obró en vida y muerte, determinaron al papa Paulo V á canonizarla el año de 1608, con una solemnidad correspondiente á la gran veneración que todo el mundo cristiano profesaba de muy largo tiempo á esta celebérrima santa.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.