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martes, 8 de marzo de 2016

San Juan de Dios, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Juan de Dios fué portugués, y nació en Montemayor la Nueva, á 8 de marzo de 1495. Fueron sus padres unos pobres oficiales, pero temerosos de Dios, y muy inclinados á la hospitalidad. Habiendo hospedado en cierta ocasión á un pobre sacerdote que iba camino de Madrid, el niño Juan, que á la sazón tenía solos nueve años, con impulso pueril tuvo gana de seguirle; y escapándose de su casa, se arrimó al sacerdote, el cual hallándose embarazado con aquel chico, le dejó en el camino en la villa de Oropesa en Castilla. Viéndose Juan desamparado, se acomodó con un pastor, que le recibió por zagal. Portóse con tanta fidelidad y con tanta cordura, que se granjeó el cariño de todos sus compañeros; pero cansado de aquella vida simple y campestre, sentó plaza de soldado en una compañía de infantería, y marchó á Fuenterrabía, que tenía sitiada Carlos V con intento de volverla á recobrar de los franceses.

Hasta entonces había conservado el candor de la inocencia; pero la licencia militar, y el mal ejemplo de sus camaradas le precipitaron presto en los mayores desórdenes. Salió un día destacado en una partida que iba á forrajear, y le hicieron montar una yegua dura de boca y espantadiza, la cual se encabritó á la vista de los enemigos, y le arrojó contra unos peñascos, maltratándole el cuerpo con tan violento golpe, que comenzó á echar sangre por boca y por narices, quedando sin movimiento, sin sentido y sin habla por espacio de dos horas. Volvió en sí; y reconociendo el peligro, se puso como pudo de rodillas, é invocó á la santísima Virgen, á quien había profesado una tierna devoción desde su infancia, aunque se había olvidado mucho de ella desde que estaba en la milicia. Acabada su oración, se sintió con fuerzas, y pudo arrastrando el cuerpo retirarse al campo. Allí fué socorrido; y á pesar del escarmiento no por eso mejoró de costumbres.

No habiendo bastado á convertirle este primer aviso, tuvo otro que fué mas eficaz. Habíanle mandado guardar cierto bagaje, que se había quitado al enemigo; y él por descuido, ó por demasiada confianza, se le dejó hurtar. Irritado el capitán, y queriendo hacer un ejemplar castigo para escarmentar la negligencia de otros, hizo que le sustanciasen la causa, y le sentenció á horca. Ibase ya á ejecutar la sentencia, cuando, movido de compasión, un oficial general intercedió por él; concediósele la vida, pero con la condición de ser arrojado ignominiosamente del campo, y que jamás volviese al ejército.

Viendo que el oficio de soldado le había probado tan mal, se restituyó á Oropesa; volvió á buscar á su amo antiguo, y volvió también á su antiguo oficio de pastor; pero igualmente se volvió á cansar presto de aquella vida ociosa y holgazana. Supo que el conde de Oropesa hacía levas por el duque de Alba para ir á Hungría contra el Turco; alistóse en ellas, pasó á Hungría; pero habiéndose retirado los Turcos, fueron despedidas las tropas españolas. Desembarcó Juan en la Coruña, y allí tuvo noticia de que su madre había muerto de pesadumbre poco después que él la había dejado; y que muerta esta, su padre, retirándose del mundo, había acabado santamente su vida en un convento. Esta noticia le enterneció hasta hacerle derramar lágrimas, y se puede contar esta por la primera época de su conversión.

Avergonzado de su irresolución, y encendido en fervorosos deseos de hacer penitencia, hizo una confesión general muy dolorosa, y para asegurar mejor su salvación, determinó pasar al África en busca del martirio. Embarcóse en Gibraltar, y en la misma embarcación halló á un caballero portugués que iba desterrado á Ceuta con su mujer y cuatro hijas. Viendo la miseria á que se hallaba reducida aquella pobre familia, y tocado de aquel inagotable fondo de compasión y de caridad con que había nacido, y que fué siempre su distintivo y su carácter, no solo se ofreció á servirla de criado, sino que iba á trabajar de peón en obras públicas para ayudarla á mantenerse con el triste jornal que ganaba. Estuvo algún tiempo en Ceuta, hasta que, desengañado por su confesor de que eran ilusiones aquellos deseos del martirio, resolvió volverse á España.

Embarcóse, y en la navegación padeció una furiosa tempestad, que atribuía á sus pecados. Arribando á Gibraltar, para mantenerse el tiempo que allí se detuvo, vendía estampas y libritos de devoción. Yendo un día á cierto lugarcito vecino, se le apareció el Hijo de Dios en forma de un hermoso niño, que caminaba á pié con los piececitos descalzos. Compadecido Juan, se quitó los zapatos, y se los alió al niño; pero este no los quiso admitir, diciendo que eran grandes para sus piés. Entonces Juan se echó al niño sobre los hombros, comenzó á caminar, y como le pesase mucho la carga, bajó al niño, y se sentaron los dos junto á un arroyo. Escogió el niño Jesús aquella ocasión y lugar para darse á conocer, y mostrándole en la mano una granada abierta, de cuyo centro salía una cruz, le dijo: Juan de Dios, Granada será tu cruz; y al punto desapareció. Quedó Juan inundado en un dulcísimo consuelo; mas por entonces no comprendió el misterio.

Teniendo noticia del concurso y de la solemnidad con que se celebraba en Granada la fiesta de san Sebastián, determinó pasar á aquella ciudad, pareciéndole que con esta ocasión despacharía en ella sus estampas. Picóle la curiosidad de oir el sermón del famoso maestro y santo padre Juan de Ávila, llamado el apóstol de Andalucía; y el Señor, que le había llevado allí, encendió en su corazón un arrepentimiento tan vivo, y una contrición tan perfecta de sus pecados, que sin poderse contener llenó la iglesia de sollozos y de gritos descompasados; y soltando las riendas al dolor, se daba recios golpes de pecho, se mesaba la barba, se arrancaba los cabellos, daba fuertemente con la cabeza contra las paredes; y saliendo por las calles y las plazas, iba gritando como hombre fuera de sí: Señor, Misericordia! Todos se persuadieron de que había perdido el juicio; y teniéndole por loco, le fué siguiendo el populacho. Los muchachos le tomaron por su cuenta; y persiguiéndole á pedradas, le fueron llevando hasta su posada, adonde llegó todo ensangrentado, y no sosegó hasta que dió cuanto tenía, repartiendo entre los muchachos toda su pobre tienda.

Desprendido ya de todo, volvió segunda vez á correr por las calles como si estuviera demente. Compadecidas algunas personas caritativas, le cogieron y le llevaron al maestro Ávila; quien retirándole aparte, supo de él el motivo que tenía para prorrumpir en aquellas locuras aparentes. Comprendió aquel gran maestro todo el mérito de tan heroica simplicidad; admiró el valor de aquel humilde penitente, y no ofreciéndosele por entonces que aquello pudiese tener otras consecuencias, se contentó con exhortarle á una gran confianza en la misericordia de Dios, y con prometerle su asistencia y su protección para cuanto se le ofreciese. Consolado Juan con las palabras del siervo de Dios, y persuadido siempre de que por mas que se humillase, nunca sería tanto como merecían sus pecados, apenas salió de su presencia, cuando volvió á sus voluntarias locuras.

Pareció á los que cuidaban del hospital que era necesario recogerle; encerráronle en un cuarto, y le dieron cruelísimos azotes, saltando el santo interiormente de alegría, viendo cumplidos sus deseos con aquella amarguísima penitencia. Hubiera durado mas, si noticioso el maestro Ávila del lastimoso estado en que se hallaba su penitente, no le hubiera mandado cesar en aquel género de mortificación, ordenándole que cesase también en su aparente demencia. Obedeció Juan, y su repentina mudanza hizo conocer á todos el verdadero motivo de aquella asombrosa humillación. Quedaron todos atónitos; pero nada los edificó tanto como la heroica caridad con que se quedó en el mismo hospital para cuidar los enfermos.

Como la tierna devoción que profesaba á la santísima Virgen era cada día mayor, hizo una romería al santuario de nuestra Señora de Guadalupe, donde al calor de las singulares gracias que recibió crecieron mucho los incendios de su caridad; y por consejo de su santo director el maestro Ávila, prometió á Dios pasar toda la vida en servicio de los pobres. Vuelto á Granada, alquiló una casa donde recogió todos los enfermos abandonados y todos los pobres que encontraba por las calles. Viendo el caritativo cuidado que tenía de ellos, y el socorro espiritual y temporal que les solicitaba, se animó tanto la caridad del pueblo y de la nobleza, que en poco tiempo fué aquella primera casa la admiración de toda la ciudad.

En ella tuvo principio la religión de la hospitalidad, que en estos últimos tiempos ha suscitado Dios para renovar en la persona de sus hijos la mas fervorosa y la mas edificativa caridad de los primitivos siglos de la Iglesia. Confirmó esta religión tan útil al bien común el santo pontífice Pío V, el año de 1572, y en breve tiempo se propagó y extendió hasta los últimos ángulos del mundo cristiano, siendo edificación y asombro de los fieles por la asistencia espiritual y temporal con que consuela á tantos infelices desvalidos.

Mientras tanto aquel primer asilo de los pobres pasó á ser en pocos años, por el zelo y por la caridad de nuestro santo, el mas grande y el mas famoso hospital de toda Europa. No es posible explicar el afán, los cuidados, el desvelo que le costó criar, digámoslo así, aquella grande obra, sin otros fondos que los de la Providencia. Servía día y noche á los enfermos con inmensa fatiga, barría las salas, hacíales las camas, curábales las heridas, asistíalos, consolábalos, instruíalos, nada omitía, nada perdonaba su vigilante zelo, su ardentísima caridad. Vino á ver el nuevo hospital el señor arzobispo de Granada, y quedó tan gustoso y satisfecho, que lo tomó debajo de su protección, queriendo también contribuir á lo que en él se gastaba. Todo estaba maravillosamente dispuesto y prevenido; la limpieza de las salas, el orden en el modo de servir, la abundancia de muebles y de las provisiones, la caridad, la modestia y la paciencia de los que, movidos del ejemplo del hermano Juan, concurrían debajo de su obediencia á asistir á los enfermos.

Pero no se limitaba precisamente á su hospital la universal dilatación de su inmensa caridad. Extendíase á todos los pobres vergonzantes; socorría las necesidades de las doncellas pobres, que por serlo corría peligro su castidad; y con sus santas industrias sacaba del mal estado á las mujeres perdidas. Después que recibió algunos compañeros que lo ayudasen en la caridad y en los trabajos, él mismo salía con la talega á pedir limosna para sus pobres. Cierto aire de santidad, que naturalmente respiraban sus palabras y modales, y hasta el mismo desaliño del vestido, le granjeaba la veneración universal. La fórmula ordinaria con que pedía, era esta: Tened, hermanos, caridad con vosotros mismos, y haced bien por amor de Dios.

Pero aunque era generalmente venerado de todos, no por eso dejaban de producirle muchas ocasiones de padecer y de humillarse su caridad y su zelo. Pidiendo en cierta ocasión limosna para su hospital á un hombre disoluto, en vez de limosna le dió una recia bofetada. El santo con admirable paciencia y dulzura le presentó el otro carrillo; acción que no solo confundió, sino que fué bastante para convertir á aquel hombre arrebatado. Aunque eran excesivos sus trabajos, no por eso era menor su rigurosa penitencia. Dormía en el suelo sobre una estera, sirviéndole de almohada una dura piedra; ayunaba todos los viernes á pan y agua, y los demás días se mantenía con solas legumbres; de manera, que su vida era un perpetuo ayuno. Andaba siempre con los piés descalzos y con la cabeza descubierta á todas las inclemencias; su vestido era siempre el que traía el mas vil y andrajoso de entre los pobres, á quien diera el suyo; y en medio de una vida tan mortificada, se acusaba continuamente de que era muy regalona.

Hallábase á la sazón presidente de la chancillería de Granada el señor obispo de Tuy; y conversando un día con el hermano Juan, le preguntó cuál era su apellido. El santo le respondió con sinceridad y con modestia: El niño Jesús, que se me apareció camino de Gibraltar, me llamó Juan de Dios. Pues Juan de Dios te llamarás de aquí adelante, le respondió aquel prelado; y porque la decencia cristiana hace mas amable la virtud, quiero que desde hoy dejes esos andrajos, que quizá serían causa de que muchos se desviasen de ti. Yo te he mandado hacer el hábito que te conviene, y es mi voluntad que te lo pongas, y en adelante lo traigas. Admitiólo el santo con humildad; y haciendo el obispo traer el hábito, lo bendijo y se lo vistió con su mano, siendo este el modelo del hábito que hoy día traen los religiosos de san Juan de Dios, llamados los hermanos de la caridad.

Aunque nuestro Juan parecía estar en una continua acción, se puede asegurar que no por eso era menos continua su oración, porque jamás perdía á Dios de vista. Fué dotado del don de la contemplación, y le favoreció el Señor con las mayores gracias, dispensándole también el don de profecía y el de los milagros. Jesucristo y la santísima Virgen le honraron muchas veces con su corporal presencia. Hallándose un día en oración, vió á esta soberana Reina con una corona de espinas en la mano, que le dijo: Juan, por las espinas y por los trabajos has de merecer la corona que mi Hijo te tiene reservada en el cielo; y al mismo tiempo sintió agudísimos dolores; pero sin detenerse un punto, respondió lleno de amor y de ternura: Señora, mis delicias serán los trabajos, y no quiero mas flores que las espinas de la cruz.

Encontró un día en la calle á un pobre, que al parecer estaba para espirar; cargósele á las espaldas, llevólo al hospital, y metióle en la cama. Lavóle los pies; y al tiempo de besárselos como acostumbraba, reparó que los tenía taladrados al modo de un crucifijo; levantó los ojos para mirar al pobre, y conoció que era el mismo Cristo, el cual le dijo: Juan, todo lo que haces con mis pobres, lo recibo yo como si lo hicieras á mí mismo; sus llagas son las mías, y lavas mis pies siempre que lavas los suyos. Dicho esto, desapareció la visión, y Juan se halló cercado de una llama tan resplandeciente, que asustados los enfermos, comenzaron á gritar: Fuego! fuego! que se quema el hospital!

No daba paso hacia la caridad, que no fuese acompañado de grandes maravillas; pero al fin, como eran limitadas sus fuerzas, cedieron al rigor de sus penitencias y al trabajo de su perpetuo afán caritativo. Cayó malo; y viéndole doña Ana Osorio, mujer de don García de Pisa, rodeado de pobres, que afligidos inconsolablemente por la pérdida de su amoroso padre, cercaban su humilde cama, penetrando su compasivo corazón con dolorosos alaridos, pidió licencia al arzobispo para llevársele á su casa. Mandólo el prelado, y fué preciso á Juan obedecer, no obstante la repugnancia que sentía en morir fuera de su amado hospital. El mismo arzobispo le administró los sacramentos, que recibió con tanta devoción, que se la comunicaba á los presentes. Tomó de su cuenta aquel piadosísimo prelado el mantener sus hospitales, y pagar las deudas que había contraído para sustentar á los pobres.

Finalmente el día 8 de marzo de 1550, conociendo Juan que se acercaba la hora de su dichoso tránsito, pidió que le dejasen solo: salieron del cuarto los que le asistían; levantóse de la cama, hincóse de rodillas, abrazóse con un crucifijo, y diciendo estas amorosas palabras: Jesús, Jesús, en vuestras manos encomiendo mi espíritu, entregó su alma en las de su Criador. Al oir dichas palabras, los que se habían retirado, entraron en el cuarto, y le encontraron muerto. Quedóse el santo cadáver de rodillas, y sin arrimo, hasta que le sacaron de allí para amortajarle. Cumplía entonces nuestro santo cincuenta y cinco años, siendo muy digno de notarse que hubiese muerto el mismo día que nació.

Concurrió á su entierro el señor arzobispo vestido de pontifical, con todo el clero secular y regular; el cadáver lo llevaban alternativamente los religiosos de san Francisco y los Mínimos; rodeábanlo veinte y cuatro jurados de la ciudad, y cerraba la pompa fúnebre el presidente con toda la chancillería, yendo después en el acompañamiento toda la nobleza con una increíble multitud de pueblo. Duraron sus solemnísimas exequias por espacio de nueve días, en cada uno de los cuales se pronunció una oración fúnebre en elogio de sus heroicas virtudes.

Los continuos milagros que obró el Señor para acreditar la virtud de su fiel siervo, determinaron al papa Urbano VIII, habiendo precedido largas informaciones, á expedir la bula de su beatificación el año de 1630, y en el de 1690 el papa Alejandro VIII hizo la ceremonia de su canonización con grande solemnidad en la iglesia de san Pedro. Veinte años después de la muerte de san Juan de Dios, habiéndose abierto su sepultura de orden del arzobispo de Granada, se halló el santo cuerpo entero, y sin corrupción, no habiendo sido embalsamado. El año de 1660, Felipe IV, rey de España, á instancia de su hermana doña Ana de Austria, reina de Francia, obtuvo un hueso del brazo derecho de nuestro santo para el hospital de la Caridad de París, el que envió á su serenísima hermana engastado en un preciosísimo relicario, y fué llevada la santa reliquia á la iglesia del hospital con devoción, pompa y solemnidad extraordinaria.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.