lunes, 7 de marzo de 2016
Santo Tomás de Aquino, Doctor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santo Tomás, ornamento grande del estado religioso, una de las más brillantes lumbreras de todo el mundo, y uno de los mayores santos y de los más esclarecidos doctores de la Iglesia, fue italiano: debió su origen a una de las más nobles familias de todo el reino de Nápoles. Landulfo, su padre, era de la ilustrísima casa de los condes de Aquino, entroncada con los reyes de Sicilia y de Aragón; y Teodora, su madre, fue hija del conde Quieti, descendiente de los príncipes normandos, conquistadores en otro tiempo de los reinos de Nápoles y de Sicilia. Nació Tomás al mundo en el mes de marzo de 1225, hallándose su madre en el castillo de Roca-Sicca, poco distante de la ciudad de Aquino. Pusiéronle el nombre de Tomás, como lo había anunciado con anticipación un venerable ermitaño, pronosticando al mismo tiempo los importantes servicios que aquel niño había de hacer a la Iglesia.
No tardó en confirmarse el vaticinio de este varón venerable con un singular suceso. Notó un día el ama que le criaba, que tenía un papelito en la mano, y queriendo quitárselo, lo apretó tanto entre sus manecitas el niño, a la sazón de solo un año, lloró y se afligió de tal modo, que se vio precisada a desistir del intento; pero la condesa su madre, picándola la curiosidad de saber lo que contenía el papel, se lo arrancó con violencia, y quedó extrañamente sorprendida cuando vio que en él estaba escrito el Ave María. El llanto, los gritos, y los sentimientos del niño fueron tantos, que para acallarle, fue preciso restituirle el papelillo; mas apenas lo volvió a ver en sus manos, cuando con entrambas lo aplicó apresuradamente a la boquita, haciendo ademán ansioso de tragárselo. Halláronse presentes a este extraño suceso muchos testigos, y todos pronosticaron que algún día sería el niño Tomás tan gran santo como fidelísimo siervo de María.
Todas sus inclinaciones iban derechas a la piedad; y para cultivarlas mejor, a los cinco años le enviaron sus padres a que se criase entre la nobilísima juventud que estaba a cargo de los monjes en el Monte Casino. Apenas dejó que hacer a la educación su natural bello y feliz. Anticipábase a las instrucciones su inclinación genial a la virtud. Nada le divertía sino el estudio y la oración; lo que movió a aconsejar a su padre el abad que sin perder tiempo le enviase a la universidad. En ella aprendió con feliz suceso las letras humanas y la filosofía; pero aunque eran grandes sus progresos en las letras, fueron sin comparación mayores en la ciencia de los santos.
Conservó el candor de la inocencia en medio de la corrupción del siglo; pero temeroso del naufragio, buscó puerto, y conociendo el peligro, buscó asilo. Hallólo seguro en el celebérrimo orden de predicadores, que aunque todavía en la cuna, ya no cabían en el mundo las maravillas que obraba, y renovando el antiguo lustre del estado religioso, edificaba entonces, como edifica hoy, a toda la Iglesia, ya con las virtudes heroicas de sus esclarecidos hijos, ya con su sabiduría profunda, ya con los portentosos efectos de su apostólico celo. Fue recibido Tomás en el convento de Nápoles a los diez y ocho años de su edad; y a los primeros días de novicio, no solo era edificación, sino dechado a los perfectos.
Pasmó al mundo, poco acostumbrado entonces a semejantes empleos, el retiro de un joven de aquella calidad y de aquellas esperanzas. Sus parientes quedaron atónitos; y noticioso el novicio de que su madre se encaminaba a Nápoles con resolución de sacarle de la religión, rogó al prior que le trasladase a Roma. A ella le siguió la afligidísima señora; y no encontrándole ya, porque los superiores le habían enviado a París para perfeccionar allí sus estudios, no por eso desmayó ni desistió del empeño. Escribió sin perder tiempo a sus dos hijos mayores Landulfo y Reinaldo, que servían en las tropas del emperador Federico, y se hallaban a la sazón en Toscana, que no perdonasen diligencia alguna para coger a su hermano Tomás, y que le enviasen con buena escolta. Obedeciéronla, siguiéronle, alcanzáronle, prendiéronle, y le remitieron a la madre bien asegurado.
La condesa que se vio con Tomás en su poder y a su disposición, empeñada más que nunca en desviarle del estado religioso, se valió de cuantos artificios la sugirieron el amor y la industria para arrancarle la vocación, y para obligarle a dejar el hábito que vestía: ruegos, razones, lágrimas, lisonjas, amenazas, todo lo empleó aquella señora; pero todo sin provecho. Tan inmoble Tomás en su vocación, como atento a las leyes de la modestia y del respeto, la respondió con filial veneración, pero con generosa constancia, que siendo Dios su primero y su soberano dueño, era antes el rendimiento a su voz, que la complacencia a las sugestiones de la carne y de la sangre; y que pues este Señor le llamaba a religión, suplicaba a sus parientes que no se cansasen inútilmente en poner estorbos al destino adonde el cielo le llamaba.
Viendo la madre desairados sus esfuerzos, y que nada adelantaba, encomendó la empresa a una hija suya, dama de singularísimo respeto, fiando a su discreción, a sus razones, a su arte y a sus lágrimas el triunfo de la resistencia de Tomás; pero como este adquiría cada día nuevas fuerzas recurriendo a la oración, se defendió del nuevo violento ataque con tan feliz suceso, que no solo no se entibió en el fervoroso empeño de mantenerse en el estado que tenía, sino que supo persuadir a su hermana a que imitase su ejemplo, abrazando el mismo estado, como lo ejecutó en el convento de Santa María de Capua, donde fue abadesa, terminando en él santamente su ejemplar vida.
No fue tan feliz en los efectos, pero fue más meritoria en la fatiga y más gloriosa para el santo, la victoria que consiguió de sus hermanos. Restituidos del ejército a su casa Landulfo y Reinaldo, se aconsejaron solo con el orgullo y con el espíritu de soldados, y quisieron llevar el negocio con fuerza declarada. Encerraron más estrechamente a Tomás en la torre del castillo, arrancáronle el santo hábito con violencia militar haciéndolo mil pedazos, y se empeñaron en cansar su perseverancia al rigor de inhumanos tratamientos. Halláronle inflexible; y escuchando únicamente las voces de la pasión, desatendiendo a los gritos de su religión y de su sangre, intentaron rendir dulcemente por la sensualidad y por el deleite al que no habían podido vencer por rigor ni por violencia.
Discurrieron (y no discurrieron mal) que presto perdería la vocación como perdiese la gracia; y con esta diabólica idea introdujeron en el cuarto de la torre a una joven cortesana, la más desvergonzada que en aquel tiempo hubiese. El ataque fue violento, y Tomás conoció toda la fuerza del peligro. Levantó el corazón a Dios, imploró el auxilio de María, y viendo cerradas las puertas a otro arbitrio, cogió intrépidamente un tizón que encontró en la chimenea, y con él puso en precipitada fuga a aquella infeliz mujer. Aun duraba el sobresalto en que le puso sola la aprensión del riesgo, y sin dejar el tizón de la mano, formó con él una cruz en la pared: postróse ante aquel Señor a cuyos poderosos auxilios atribuía todo el honor de la victoria, y en el mismo instante le dedicó con voto su perpetua castidad. No tardó el Señor en recompensar la generosa fidelidad de su purísimo siervo; porque habiéndose quedado dormido, sintió que dos ángeles le apretaban los riñones con un cíngulo en señal del don de pureza que se le comunicaba, y desde aquel punto, como lo atestiguó el santo pocos días antes de su dichosa muerte, jamás volvió a sentir los molestos estímulos de la carne.
Supieron los frailes de la orden cuanto había pasado; y no menos prendados de su heroica constancia, que compadecidos de lo que padecía, tuvieron modo para verle, para consolarle, y para llevarle un hábito. La misma madre, que se acordó entonces de lo que se la había pronosticado acerca de aquel hijo, no quiso hacer más resistencia a los intentos de Dios; y disimulando la noticia que ya tenía de las medidas que se tomaban para libertarle, permitió que le descolgasen por una ventana de la torre. Restituido Tomás a su libertad después de una prisión de casi dos años, pasó al convento de Nápoles, donde fue recibido de aquellos padres con el gozo y con el aplauso que merecía su virtud y su perseverancia.
Allí hizo la profesión: pero, temerosos los superiores de que segunda vez les robasen aquel tesoro, le enviaron prontamente a Roma, de donde el general de la orden fray Juan Alemán le llevó a París, y desde allí le destinó a Colonia, donde a la sazón se hallaba enseñando teología Alberto Magno, el más acreditado doctor que en aquel tiempo tenía el sagrado orden de predicadores. Bajo la disciplina de tan insigne maestro, hizo Tomás asombrosos progresos en la más sagrada de todas las facultades; pero tan bien disimulados entre el velo de la modestia y de un profundo silencio, que sus condiscípulos le llamaban el buey mudo: mas no le valió el cuidado con que procuraba confirmar la opinión menos ventajosa que se tenía de sus talentos, porque se traslucía su ingenio a pesar de su humildad; y aquel imaginado buey mudo, dentro de poco tiempo fue el oráculo del mundo, y el ángel de las escuelas.
En vano se resistió a tomar el grado de doctor en la célebre universidad de París, porque se vio precisado a rendirse a la obediencia. Apenas recibió la borla, cuando le mandaron explicar el Maestro de las sentencias; lo que hizo con tanto aplauso, que en poco tiempo igualó su crédito al de su maestro Alberto Magno, y excedió al de todos los demás maestros. La gran vivacidad de su ingenio en desenmarañar lo más intrincado de las ciencias; aquella facilidad en aclarar las dificultades más oscuras; aquella felicidad en desatarlas; la penetración, la erudición y el método que se admira en todas sus obras, acreditan lo que el papa Juan XXII afirma en la bula de su canonización, que su doctrina tuvo más de infusa, que de adquirida. Siempre daba principio al estudio por la oración, confesando él mismo, que en las dudas que se le ofrecían, su principal oráculo era el crucifijo. Enseñó en Bolonia, en Fondi, en Pisa, en Orvieto con la misma reputación que en París; y en todas partes dejó tanta memoria de su heroica santidad, como de su milagrosa sabiduría.
Habiéndose desenfrenado contra las órdenes religiosas ciertos ingenios malignos, y habiéndose declarado contra la silla apostólica algunos herejes de aquel tiempo, hizo enmudecer a los unos, y confundió con sus escritos el orgullo de los otros con tanta viveza y con tan victoriosa eficacia, que desde entonces le miraron y le temieron como su mayor azote, así los disolutos, como los enemigos de la Iglesia.
A la elevada y vasta extensión de sabiduría que todos admiraban en Tomás, correspondió siempre la eminencia de su heroica virtud. No era fácil encontrar hombre de mérito más real, más verdadero, ni más universalmente reconocido; pero al mismo tiempo tampoco era posible hallar otro más humilde. Cuando estaba enseñando en Bolonia, llegó al convento un fraile que no le conocía, y teniendo que comprar no sé qué cosas, le pidió que le fuese acompañando a la plaza. Hallábase a la sazón el santo con un pie muy dolorido, y estaba cerca la hora de entrar en clase, pero sin alegar una ni otra excusa, aunque tan legítimas, al punto fue acompañando a aquel buen religioso; el cual, luego que cayó en su inadvertencia, conociendo al que le acompañaba, comenzó a disculpar su inconsideración; mas el santo se halló más embarazado oyendo las excusas de aquel buen fraile, que en el ejercicio del acto de humildad que acababa de hacer, impelido de su singular modestia.
Resistióse invenciblemente a las primeras dignidades eclesiásticas con que le brindaban, y no fueron bastantes a rendirle las dicacísimas instancias del papa para que aceptase el arzobispado de Nápoles. La exterior mortificación de cuerpo, y la interior sujeción de las inclinaciones del alma, no podían ser mayores. Parecía hombre sin pasiones, según las tenía rendidas a la razón. La dulce suavidad del genio, el tono de la voz, y la serenidad del semblante, siempre se conservaron inalterables; y a fuerza de macerar la carne, casi había perdido el uso de los sentidos. Aunque el cielo por especial privilegio le había comunicado el precioso don de la castidad, no perdonaba medio alguno de los que conducen para conservar esta delicada virtud. Jamás miró a la cara a mujer alguna, y toda la vida evitó escrupulosamente cuantas conversaciones pudo excusar con este peligroso sexo.
Pero la devoción más sobresaliente, o por decirlo de otra manera, la devoción preferida de Tomás, fue la que profesó al santísimo Sacramento. Siempre que se llegaba al altar, y se separaba de él, lo dejaba bañado en lágrimas. Brotaban por el semblante los interiores incendios de su amor. Por orden del papa Urbano IV compuso el oficio del Sacramento con aquella tierna efusión de corazón que respira cada palabra; y no contribuyó poco a que se mandase celebrar su fiesta con tanta solemnidad en la universal Iglesia, volviendo a encender en los corazones cristianos el casi apagado fuego del amor a Jesús sacramentado. Desde la cuna fue como el carácter de Tomás la ternura y la confianza con la santísima Virgen, mereciéndole el glorioso antonomástico dictado de Favorecido de María. Aparecióscele muchas veces esta soberana Reina, y pocos días antes de morir aseguró que nada había pedido al Hijo por intercesión de la Madre, que no hubiese conseguido.
Sería interminable la relación individual de las virtudes y de las maravillas de este agigantado espíritu. Fue su vida una perpetua cadena de portentos; y fue uno muy visible y que encierra otros muchos, como lo notaron los mismos sumos pontífices, el que un solo hombre en menos de veinte años pudiese enseñar con inaudito aplauso en casi todas las universidades más célebres de Europa; combatir y desbaratar con sus escritos los mayores enemigos de la Iglesia; convertir con sus sermones gran número de pecadores y de infieles; componer aquella prodigiosa multitud de sapientísimas obras que se pueden llamar el tesoro de la Religión; explicar con tanta precisión y con tanta solidez los misterios más oscuros de la teología; enseñar con tanta limpieza y con tanta unción las verdades de la moral; exponer con tanta claridad en sus sabios comentarios los libros de la sagrada escritura; satisfacer tan plenamente a cuantas dudas le consultaban de todas partes, como a universal oráculo; y en medio de todo esto, dar muchas horas a la oración todos los días; no dispensarse casi nunca en las funciones ordinarias de la comunidad; macerar su carne con rigorosísimas penitencias, sin embargo de tener una salud débilísima: esta fue la vida de santo Tomás de Aquino.
Pero no hay que admirar, dice san Antonino, hablando de nuestro santo, que un hombre que jamás perdía a Dios de vista, y tenía frecuente conversación con las celestiales inteligencias; que un hombre a quien tantas veces se le vio arrebatado en éxtasis maravillosos, durando algunos por espacio de tres días enteros; un hombre a quien los apóstoles san Pedro y san Pablo dictaban con frecuencia la exposición de sus epístolas; no hay que admirar, digo, que un hombre semejante poseyese ciencia tan profunda y obrase tantas maravillas en obsequio y en defensa de la Religión. Esto fue lo que armó la indignación de todos los herejes contra nuestro santo. Como a este doctor admirable se le debe aquel método regular que reina en las escuelas, a cuyo favor se desembarazan de toda confusión las opiniones, se quita la máscara al error, sale la verdad a la luz del mediodía, y se explican los dogmas de la fe con purísima limpieza según la verdadera inteligencia de la Iglesia y de los padres, no ha conocido la herejía mayor enemigo que Tomás; porque ningún heresiarca ha podido defenderse contra la solidez, y si es lícito hablar así, contra la infalibilidad de su doctrina.
Esta doctrina verdaderamente angélica, en cuyos elogios se han empleado tan dignamente las soberanas plumas de tantos oráculos del Vaticano, es la que el grande san Pío V reconoce por una de las reglas más ciertas y claras de la fe, habiéndose valido muchos sagrados concilios de las mismas palabras de Tomás para la disposición de sus sagrados cánones. ¿Qué herejía, dice el mismo papa, qué herejía no se vio desarmada por la doctrina de este santo doctor? ¿qué error puede jamás suscitarse en la Iglesia, cuyo contraveneno no se encuentre en su portentosa Suma? Cada artículo de esta obra, dice el papa Juan XXII, es un milagro. El que sigue la doctrina de Tomás, dice Inocencio V, apenas podrá errar; el que se desvía de ella, a gran peligro se expone de precipitarse.
Pero el mayor elogio de este gran doctor y de su doctrina, es lo que le sucedió hallándose en Nápoles, a tiempo que trabajaba la tercera parte de su Suma. Hallábase en oración en la capilla de san Nicolás delante de un crucifijo, cuando arrebatado en dulce éxtasis, oyó una voz clara y distinta, que salía del mismo crucifijo, y le decía estas palabras: Tomás, bien has escrito de mí, ¿con qué quieres que te premie? A lo que el santo respondió: Señor, con ninguna otra cosa sino con vos mismo; favor que se dice le repitió el cielo otras dos veces: una en Orvieto cuando componía el oficio del santísimo Sacramento, y otra en París cuando explicaba lo que nos enseña la fe acerca de este misterio.
Hallábase en Nápoles nuestro santo dando fin a sus últimas obras, cuando recibió orden del papa Gregorio X para que pasase al concilio general que acababa de convocar en la ciudad de León; y no obstante estar mal convalecido de una especie de apoplejía, cuya violencia le había privado del sentido por espacio de tres días, al punto se puso en camino; pero apenas llegó al monasterio de Fosa-Nova, del esclarecido orden del Cister, cuando le asaltó de nuevo el maligno accidente. Experimentó algún alivio en fuerza de los remedios que se le aplicaron, y del caritativo desvelo con que acudieron los monjes a conservar aquella preciosa vida; y aprovechándose de este paréntesis, le suplicaron compusiese una exposición del libro de los Cantares. Condescendió el dócilísimo Tomás, comenzó a trabajarla, pero no pudo concluirla, porque el porfiado accidente le volvió a asaltar con mayor y más peligroso insulto.
Conociendo ya que se iba acercando el dichoso fin de su gloriosa carrera, se confesó, y recibió el santo viático, haciendo la profesión de la fe a vista de la hostia consagrada con lágrimas tan copiosas y tan tiernas, que las sacó también en mucha abundancia de los ojos de todos los asistentes; y habiendo recibido la extrema unción con devoción extraordinaria, rindió tranquilamente su espíritu en manos de su Criador, y pasó a recibir en el cielo el premio que el Señor le tenía preparado. Fue su dichosa muerte miércoles siete de marzo del año 1274, teniendo solos cincuenta años de edad; pero tan llenos de gloria como colmados de merecimientos.
Así por los muchos milagros que obró en vida, como por los que se continuaron en su sepulcro después de su felicísima muerte, pero mucho más por el mayor de todos los milagros, que fue su asombrosa vida, le canonizó el papa Juan XXII, el año de 1323, a los cuarenta y nueve años después de muerto; y en el de 1567 mandó san Pío V que en todo el mundo católico se rezase el oficio de santo Tomás como de doctor de la Iglesia. Fueron muchas las traslaciones que se hicieron del santo cuerpo, y en todas ellas se halló entero e incorrupto. Hubo grandes y ruidosos pleitos entre los padres dominicos y los monjes de Fosa-Nova sobre la posesión de estas inestimables reliquias, hasta que el papa Urbano V los terminó en favor de los primeros; y en virtud de la sentencia pontificia fue trasladado el cuerpo de santo Tomás al convento de Tolosa, el año de 1369. La corte de París está enriquecida con un hueso del brazo derecho, la de Nápoles con otro, y esta segunda ciudad venera y honra a Tomás como a uno de sus patronos.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.