viernes, 24 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

lunes, 8 de febrero de 2016

San Juan de Mata, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Juan de Mata, fundador del Orden de la Santísima Trinidad para la redención de los cautivos. Fue san Juan de Mata de nación francés, natural de Faucon en la Provenza, y nació al mundo el año de 1160. Sus padres, á quienes hacía más recomendable la virtud que la distinguida calidad de su nobleza, le criaron con especial cuidado en la piedad, por haberle dedicado su madre con voto expreso á la santísima Virgen, el primer día que después del parto entró en la iglesia. Como el niño Juan era de mucho ingenio, de natural feliz, de genio blando y de un corazón dócil, en poco tiempo se halló formado en la virtud. Sus inclinaciones eran todas nobles y cristianas, y parece que nunca conoció ni las travesuras ni las diversiones de la niñez. Para él no había otras que los ejercicios de devoción. Su apacibilidad, su modestia, su circunspección y su candor eran indicios ciertos de su inocencia. Fué poco tiempo niño, y menos tiempo fué mozo. El amor de Dios, la compasión á los pobres y la tierna devoción que ya desde aquella edad profesaba á la santísima Virgen, presagiaban desde luego el eminente grado de su futura santidad.

Persuadido Eufemio de Mata, padre de nuestro santo, de que su hijo no tenía menos talentos para los estudios que disposiciones para la virtud, le envió á estudiar á Aix, queriendo que al mismo tiempo se dedicase también á aprender las otras habilidades ó ejercicios propios de caballeros. A todo se aplicó nuestro Juan, y en todo salió eminente, sin que los ejercicios de la aula y de la academia sirviesen de estorbo á los de la virtud, que eran los primeros en su cuidado. Distribuyó el tiempo de manera que, dando al estudio las horas competentes, no faltase á su fervor y á su celo todo el lugar necesario para hacer cada día nuevos progresos en la perfección. Repartía entre los pobres el dinero que sus padres le enviaban para divertirse, y gastaba en los hospitales el tiempo que le sobraba de sus estudios y ejercicios, siendo este el único respiradero que buscaba para sus laboriosas fatigas; y desde aquel tiempo tomó la santa costumbre de ir á servir á los enfermos todos los viernes del año.

Acabados los estudios, volvió á casa de sus padres, cuya ejemplar vida le ofreció abundantes materiales para nutrir su innata piedad. No pudiendo ya disimular el tedio que el mundo le causaba, pidió licencia á su padre para retirarse á una ermita poco distante del mismo lugar de Faucon. Pasó en ella algún tiempo entregado á la contemplación de las cosas divinas; pero como interrumpiesen su quietud y turbasen su reposo las frecuentes visitas de los muchos que le buscaban movidos de su reputación, resolvió alejarse de su país. Consintieron sus padres en que fuese á París á estudiar la sagrada teología. Presto se dió á conocer en aquella célebre universidad, donde se pasó bachiller y en fin doctor. Igualmente se dejaron admirar su espíritu y su virtud que su sabiduría. Descubriéronse sus raros talentos entre los celajes de su profunda humildad, y al cabo le pusieron en precisión de ordenarse de sacerdote. Estremecióle la dignidad del sacerdocio, respetable aun á los ángeles mismos; pero fué preciso obedecer.

Quiso Dios acompañar con extraordinarios prodigios, no solo el acto de su ordenación, dejándose ver sobre la cabeza del santo una columna de fuego al mismo tiempo que el obispo le imponía las manos, sino también su primera misa. Celebróla en la capilla del obispo de París con asistencia de Mauricio, obispo de Sully, y de los abades de san Víctor y santa Genoveva, y con la del rector de la universidad. Durante esta primera misa tuvo aquella célebre visión, en que se le presentó, aunque en confuso, el plan de la nueva religión, de que en algún tiempo había de ser ilustre fundador y padre. Al elevar la sagrada hostia vió un ángel en figura de un hermosísimo joven, vestido de blanco, una cruz roja y azul en el pecho, y teniendo á sus lados dos cautivos de diferente religión, cargados de cadenas, los cuales parecía quería trocar el uno por el otro. Quedó por algún tiempo inmoble, fijos los ojos en este celestial objeto. Como el éxtasis fué tan visible, y duró bastante rato, no pudo hacer misterio de él á los prelados. Declaróles la visión, y todos convinieron en que significaba algún gran designio para el cual Dios le tenía destinado.

Juan por su parte, queriendo prepararse mejor para ser digno instrumento de la divina voluntad, determinó irse á un desierto. Había oído hablar de cierto ermitaño llamado Félix de Valois, que hacía vida solitaria en un bosque del obispado de Meaux, junto al lugar de Gandelu; fuéle á buscar, y la santa unión que desde luego se formó entre aquellos dos grandes hombres por la conformidad de sus intentos, de sus virtudes y de sus dictámenes, dió lugar á conocer que el cielo los había escogido para que trabajasen juntos en una misma obra. No se puede explicar el fervor con que se aplicaron al ejercicio de todas las virtudes. Sus penitencias eran excesivas; las vigilias y los ayunos continuos; la oración era su ocupación ordinaria. Un día que al pié de una fuente se estaban santamente recreando, tratando de la bondad y de las grandezas de Dios, vieron venir hacia sí un ciervo que entre las dos astas traía una cruz del todo semejante á la que san Juan de Mata había visto en el vestido del ángel que se le apareció cuando estaba celebrando su primera misa. Con esta ocasión descubrió Juan á su amado compañero la visión que había tenido, y desde aquel punto resolvieron ambos dedicarse á la redención de los pobres cristianos que gemían cautivos entre los Moros.

Habíase extendido la fama de los dos santos ermitaños, y había concurrido á ellos gran número de discípulos que, bajo la disciplina de su insigne magisterio, hacían maravillosos progresos en el camino de la virtud. De los más fervorosos se formó una comunidad reducida, cuyo gobierno se vió obligado nuestro Juan á tomar á su cargo; siendo esta como la cuna de aquel orden celebérrimo que, teniendo por carácter y por distintivo la más perfecta caridad cristiana, ha producido y está cada día produciendo tan grandes hombres y tan grandes santos.

No dudando ya san Juan y san Félix que Dios los tenía destinados para trabajar en la redención de los cautivos cristianos que gemían oprimidos con el cautiverio de los Moros, tomaron la resolución de ir juntos á Roma para declarar al sumo pontífice sus intentos, y saber del primer oráculo de la Iglesia lo que debían ejecutar. Admirado Inocencio III de su caridad y de su celo, alabó su generosa resolución; pero, como se hallase dudoso é indeciso en orden á aprobar el nuevo instituto que le proponían, acabó de determinarle una visión celestial; porque estando diciendo misa en san Juan de Letrán el día 28 de enero, se le apareció un ángel vestido de blanco, con los mismos símbolos con que se le había aparecido á san Juan de Mata cuando dijo en París su primera misa. Aprobó pues con elogio la nueva religión, queriendo que los que la profesasen vistiesen el hábito blanco, con una cruz roja y azul en el pecho; y que, por alusión á esta misteriosa variedad de colores, se llamasen hermanos de la orden de la Santísima Trinidad para la redención de los cautivos. Hizo á san Juan de Mata ministro general de toda ella; y después de haber colmado á los dos santos de gracias y de beneficios, y á la nueva religión de favores y de privilegios, los volvió á enviar á Francia, exhortándolos á trabajar incesantemente en la redención de los cautivos cristianos, según el caritativo fin de su piadoso instituto.

No se puede ponderar con cuánto aplauso fué recibida en todo el orbe cristiano la nueva religión. Visiblemente era obra de la mano de Dios; y así en poco tiempo hizo maravillosos progresos. Miraban todos á aquellos héroes de la caridad cristiana como unos ángeles visibles que había enviado Dios para libertar de la esclavitud de los infieles á tantos cristianos cautivos. Felipe Augusto, rey de Francia, los colmó de beneficios. Gaucher de Chatillon les cedió el mismo lugar que había sido la primera cuna de la orden, llamado Cerfroid, donde hasta hoy se conserva la primera y principal casa de toda la religión. Fundó después nuestro santo otras muchas en el reino de Francia; y encomendando á san Félix el gobierno de todas ellas, volvió segunda vez á Roma, donde el papa le dió la iglesia y la casa de santo Tomás de Formis, llamada Navecilla. En poco tiempo se hizo una comunidad muy numerosa, y el santo crió en ella excelentes operarios.

Toda su ansia era pasar á África, y su mayor consuelo fuera, como él mismo solía repetirlo, quedarse cautivo por la redención de algún cristiano; pero deteniéndole en Roma el sumo pontífice, por aprovecharse de sus prudentes consejos en los negocios más importantes de la santa Iglesia, envió dos de sus religiosos á Marruecos, que hicieron una redención de ciento y ochenta y seis cristianos cautivos. Encendióse más su celo con un éxito tan pronto como feliz. Estábase disponiendo para partir al África, cuando el papa le envió por legado de la santa sede al rey de Dalmacia, con título de capellán suyo. Fué fruto de su legacía la restauración de la disciplina eclesiástica, la reformación de las costumbres y la conversión de toda la corte. Confirmó los pueblos en la fe, sujetólos á la obediencia de la silla apostólica, y con las maravillas que obró, hizo demostración de lo mucho que puede un legado cuando es santo.

Cuando volvió á Roma no pudo el papa, por más que hizo, obligarle á aceptar el capelo que le tenía destinado; vióse precisado á ceder no solo á su humildad, sino también á su celo, permitiéndole pasar al África, que era todo el objeto de sus ansias. Luego que llegó allá, encendió la fe casi apagada en muchos de los cristianos cautivos. Miraba con desprecio la muerte por el deseo del martirio. Empeñóle tanto su celo infatigable en los oficios de caridad, que se vió á punto de ser degollado por los bárbaros. Una vez le hallaron en la ciudad de Túnez cubierto de heridas, y nadando en su misma sangre, teniéndose por dichoso en padecer alguna cosa por Jesucristo, diciendo en voz alta que ya que no mereciese ser mártir, deseaba á lo menos quedarse por cautivo. Pero eran otros los designios del Señor.

Después de muchos trabajos partió nuestro santo de Túnez con los cautivos rescatados. Apenas se había embarcado, cuando los bárbaros, resueltos á que de una ú otra manera pereciese, entran como furias en el navío, arrancan el timón, hacen pedazos los mástiles, destrozan las velas, y no dudando ser testigos de su inevitable naufragio, dejan el vaso á merced de las olas y los vientos. Mas nuestro santo, que tenía colocada su esperanza en cosa más segura que el aparejo de la marinería, lleno de aquella viva fe que le animaba, tomó su capa y las de sus compañeros, y acomodólas lo mejor que pudo en lugar de velas, rogó al Señor que fuese el piloto del navío, y puesto de rodillas sobre el puente superior con un crucifijo en la mano, se entregó al cuidado de la divina Providencia. Cuidó el Señor de su fiel siervo, y en pocos días llegó felizmente con toda su tropa al puerto de Ostia.

Por este tiempo la herejía de los Albigenses, vencida la barrera de los Alpes, comenzaba á extenderse por Italia. Hizo el papa inquisidor á nuestro santo, y con su actividad detuvo presto la impetuosa carrera de aquel monstruo envenenado. Aunque el viaje de África, los malos tratamientos que padeció en Túnez, y las excesivas penitencias en que jamás se dispensó, habían arruinado enteramente su salud, se vió obligado por el mayor bien de su religión y de la Iglesia á correr la Italia, Francia y España, fundando conventos en todas partes, y reformando en todas las costumbres. Estableció la adoración perpetua de la Santísima Trinidad, para restituir á las tres divinas Personas la gloria y el culto de que las herejías pretendían despojarlas. En España, rescató un gran número de cristianos que gemían oprimidos bajo la esclavitud de los Sarracenos. En Francia, el rey Felipe Augusto le dió el título y los honores de teólogo, consejero y limosnero suyo; títulos de honor que después acá han concedido todos los reyes cristianísimos al general de toda su religión.

Después de haber obtenido en París la capilla de san Maturino, y haber echado en ella los fundamentos de un insigne monasterio, partió para Roma, donde el papa le llamaba, y donde presto había de poner dichoso fin á la gloriosa carrera de su vida. Los dos últimos años de ella los pasó en visitar á los encarcelados, en consolar y asistir á los enfermos, en socorrer á los pobres en sus necesidades, y en predicar con indecible fruto la palabra de Dios. Predicaba la necesidad de la penitencia con tanta eficacia y con éxito tan feliz, que se veían portentosas conversiones. No era fácil resistirse á la fuerza y á la unción de sus sermones, efecto casi necesario de su eminente virtud. Su mortificación llegó hasta el más alto grado. Por muchos años apenas comía más que pan y agua; su ayuno era continuo, y su oración incesante. Como sus padres le habían dedicado á la santísima Virgen desde su nacimiento, la miró siempre como su querida madre, y quiso que su orden estuviese bajo la especial protección de esta Señora.

Finalmente, extenuado á fuerza de trabajos y de penitencias, colmado de merecimientos, dotado del don de profecía y de milagros, consumido de las purísimas llamas de la caridad cristiana, y rodeado de sus amantísimos hijos, que se deshacían en lágrimas, después de dejarles en herencia su verdadero espíritu, rindió su inocente alma en manos del Criador el día 21 de diciembre del año 1214, á los sesenta y uno de su edad, y á los diez y seis después de confirmada su religión. Por tres ó cuatro meses estuvo expuesto su santo cuerpo en la iglesia de su convento de santo Tomás, con licencia del papa Inocencio III, para consuelo de los innumerables que concurrían á venerarle, atraídos de la fama de su santidad y de los muchos milagros que obraba Dios por su intercesión, aun estando en el féretro. No pudiendo celebrarse su fiesta el día 21 de diciembre, por estar dedicado á la del apóstol santo Tomás, se anticipó al día 17 del mismo mes, hasta que el papa Inocencio XI, por su breve de 30 de julio de 1679, la fijó al día ocho de febrero.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.