viernes, 24 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

martes, 2 de febrero de 2016

La Purificación de la Santísima Virgen

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

De la Purificación de Nuestra Señora, vulgarmente llamada la Candelaria.

La fiesta de este día comprende dos grandes misterios: la Purificación de la santísima Virgen, y la Presentación de Jesucristo. La más pura de todas las vírgenes, que viene á sujetarse á la ley de la purificación; y el Santo de los santos, el Sacerdote eterno del nuevo testamento, que viene á ofrecerse al Señor como sagrada víctima. María madre de Dios, la más santa de todas las mujeres, viene á ofrecer un sacrificio de expiación, ella que jamás contrajo la menor mancha. El Hijo unigénito del Padre eterno, el Redentor de todos los hombres, quiere ser rescatado para inmolarse á sí mismo por nosotros en el Calvario.

Doble sacrificio en doble misterio. La más tierna de todas las madres, que viene ella misma á ofrecer en sacrificio á su hijo; la más pura de todas las vírgenes, que por humildad quiere ser confundida con todas las demás mujeres. María en la presentación sacrifica por amor de los hombres la cosa que más ama como madre, que es su hijo; en la purificación sacrifica, por decirlo así, lo que más aprecia como virgen, que es la gloria de la misma virginidad. ¡Cuántos misterios se encierran en un solo misterio! Un Dios víctima, una virgen que no toma otra cualidad que la de madre; un santo profeta que, teniendo en sus brazos al Mesías, desenvuelve todo el secreto y toda la economía de nuestra redención. Todo nos predica hoy el exceso del amor de un Dios para con los hombres y la ternura de la madre de un Dios para con los pecadores, el culto de la Religión, la perfecta sujeción á la ley, el mérito de la humildad y la importancia de la salvación. ¡Qué rico mineral de saludables reflexiones para quien penetra bien el espíritu de este misterio!

Cuando el Señor dió la ley á su pueblo, ordenó que las mujeres paridas, por algún tiempo después del parto, se abstuviesen de entrar en el templo, y de tocar cosa alguna de las que fuesen consagradas al culto. Este tiempo se limitó á cuarenta días, siendo hijo lo que pariesen, y á ochenta siendo hija, con la obligación de que, pasado este respectivo término, la madre se presentase en el templo y ofreciese al Señor en holocausto un tierno corderino en acción de gracias por su feliz alumbramiento, y un pichón ó una tórtola, para expiación del pecado, es decir, de toda impureza legal. Pero que si la recién parida fuese pobre, en lugar del corderillo ofreciese otra tórtola ú otro pichón; los cuales ofrecidos al Señor por el sacerdote, quedaría purificada.

Además de la ley que hablaba de la purificación de la madre, había otra que particularmente se entendía del hijo primogénito. Si el primer fruto del vientre de la madre fuere hijo, dice la Escritura, le separaréis para el Señor, y se le consagraréis. Por esta ley todos los primogénitos de los hijos de Israel debían ser dedicados al ministerio de los altares; pero porque Dios había escogido para este empleo á los hijos de la tribu de Leví, ordenó que los primogénitos de las otras tribus, no debiendo servir en el templo, fuesen presentados al Señor como primicias que se le debían, y que después fuesen rescatados á precio de dinero: pretio redimes.

Es cierto que la ley de la purificación de ningún modo concernía á María, porque habiendo concebido por obra del Espíritu Santo, y siendo madre sin dejar de ser virgen, no tenía necesidad de purificarse, y consiguientemente no debía entenderse con ella esta ley. El milagroso nacimiento de Jesucristo solo había contribuido para hacer más pura á su madre; pues, unde sordes in virgine matre? exclama san Agustín: ¿De dónde había de venir mancha ó impureza á aquella doncella hecha madre sin dejar de ser virgen? ¿Cómo había de hacerse lugar la inmundicia en aquel castísimo seno en que el Verbo se hizo carne? Entré en él (dice el Señor en pluma de san Agustín) como en mi santuario; halléle puro, y no le dejé menos puro que le hallé. No te cause admiración este milagro: Mater es mea, es mi madre; sed manu fabricata mea: pero fabricada para tal por mí misma mano.

Sin embargo, aunque virgen, María se sujeta voluntariamente á una ley que solo se entiende con las demás mujeres. Considérese el amor que tiene á la virginidad, y mídase por aquí la grandeza del sacrificio que hace inmolando hoy á vista de todo el pueblo aquel concepto en que, por decirlo así, colocan las vírgenes su mayor gloria. Bástala que sea un acto de humildad y de religión para no querer dispensarse de él; para no usar, para no hacer caso de su privilegio. El ejemplo que la había dado su mismo hijo al octavo día de su nacimiento, sujetándose á la ley de la circuncisión, no la permite darse ella por dispensada de la purificación á los cuarenta días de su parto. ¡Qué confusión! ¡qué vergonzosa advertencia para aquellas personas que se dispensan de las obligaciones más esenciales de la religión, con el vano título de la dignidad ó del nacimiento!

Fué la Virgen al templo el día señalado por la ley; y siguiendo en todo el espíritu de su hijo, ofreció por él y por ella dos pichones que la ley mandaba ofrecer á los pobres. Es verdad que teniendo la dicha de ofrecer á Dios el cordero inmaculado, cuya sangre había de purificar al mundo, pudo no ser muy necesario que le ofreciese el otro cordero, que solo era figura de este, según la inteligencia de la ley. Pero si la Señora hizo en este día un gran sacrificio como virgen por su purificación legal, no lo hizo menor como madre en la presentación de su querido hijo. Fácilmente se puede discurrir que el que hizo la ley no estaba obligado á ella; con todo eso se sujetó á su observancia, y María ofreció cinco siclos por su rescate. No dió este precio por eximir de la obligación de servir á los altares al que sabía bien que era el sacerdote eterno, y hostia de propiciación por la salud de todos los hombres. Antes bien, en esta misma cualidad la madre le ofreció al Padre eterno, y el Hijo se ofreció á su Padre.

Era pues la ceremonia legal, por decirlo así, no más que la corteza del misterio; el sacrificio del hijo y de la madre era todo interior. Por esta oblación comenzó hoy Cristo en el templo el sacrificio de nuestra redención, que había de consumar en el Calvario. Instruida María del misterio, cuando ofrece su hijo al eterno Padre, le ofrece en cierta manera á la cruz. Se puede decir que si le rescata, es como una víctima tierna que había de criar para este grande sacrificio. Aseguran unánimes los padres, que esta oferta la hizo María de plena deliberación y con toda su voluntad, en cuya atención la dan el glorioso nombre de reparadora del linaje humano. Por la misma razón la aplica san Buenaventura aquellas palabras de que usó el apóstol para explicar el exceso del amor que Dios tuvo á los hombres: Sic Maria dilexit mundum, ut Filium suum unigenitum daret: de tal manera amó María á los hombres, que les dió á su unigénito hijo.

Concibo ahora, si es posible, cuánto costaría este sacrificio á la más tierna de todas las madres. No solo sabía entonces en general que aquel querido hijo había de dar la vida por nuestra redención, sino que, como lo afirma el abad Ruperto, estaba viendo individualmente con los ojos del alma hasta los más menudos tormentos y dolores que habían de acompañar á su afrentosa muerte; y presentando hoy esta divina víctima al Señor, dió principio al sangriento sacrificio. Por eso no se debe admirar que hubiese observado tan profundo silencio cuando su hijo fué condenado á muerte, pues ya había dado su consentimiento para ella en la oblación que hizo en este día.

Cuando la santísima Virgen entró en el templo, se hallaba en él un venerable anciano llamado Simeón, hombre justo y temeroso de Dios, que largo tiempo había estado suspirando por la venida del Salvador, que había de ser el consuelo de su pueblo. El Espíritu Santo de que estaba lleno, y que le había dado cierta oculta seguridad de que no moriría sin haber visto con sus ojos al Cristo del Señor, y con cuyo fin le condujo en esta sazón al templo, le dió á conocer interiormente que aquella mujer era la madre de Dios, y que el hijo que llevaba en los brazos era el Mesías verdadero.

Arrebatado entonces de un extraordinario ímpetu de amor, de agradecimiento y de alegría, tomó en sus brazos al niño, y comenzó á exclamar, diciendo: Ahora sí, Señor, que podéis disponer de vuestro siervo, llamándole al descanso eterno, según lo tenéis de antemano prometido. Ya moriré no teniendo más que desear en este mundo; tiempo es ya de contento; que se cierren mis ojos, no teniendo más que ver, pues han logrado la dicha de ver al Salvador de los hombres; al que ha de enseñar á las naciones; al que ha de disipar con su luz las tinieblas del error y de la idolatría, extendidas por la faz de la tierra; al que ha de ser en fin la gloria de tu pueblo de Israel.

Volviéndose después el santo anciano á María, y restituyéndola el divino depósito de su precioso hijo. Bien veo, la dijo, y bien comprendo que aunque este niño ha venido al mundo para salvar generalmente á todos los hombres, algún día ha de ser su venida ocasión de perdición á muchos, que no querrán aprovecharse de su muerte. Previendo estoy que no obstante el gran deseo que tienen los Judíos de recibirle, no ha de tener mayor ni peor enemigo que su propio pueblo. Mientras viva en este mundo será objeto de contradicción. Acaba de ofrecerse como víctima á su eterno Padre, y tú has consentido en su muerte por el mismo hecho de presentarle para ella: pues bien puedes hacer el ánimo á que tu alma será de parte á parte traspasada con una aguda espada de dolor, cuando llegue el caso de consumarse á tu misma vista este sangriento sacrificio.

Mientras aquel hombre inspirado hablaba así de la dignidad del Salvador y del misterio de nuestra redención, una santa viuda, de edad de ochenta y cuatro años, llamada Ana, hija de Fanuel, célebre por el don de profecía y por la santa vida que constantemente observaba después de la muerte de su marido, con quien había vivido siete años, entró en el templo, que frecuentaba mucho, y arrebatada del mismo espíritu y de los mismos ímpetus de gozo de Simeón, comenzó á alabar á Dios y á contar lo que sabía de aquel divino niño á cuantos esperaban la redención y la salud de Israel.

La fiesta de la Purificación de la santísima Virgen es una de las más antiguas que celebra la Iglesia. El año de 542, en tiempo del emperador Justiniano, se celebraba universalmente el día 2 de febrero, en que se cumplen puntualmente los cuarenta desde el nacimiento del niño Dios. Llamáronla los Griegos Hypapante, que quiere decir encuentro, por el que tuvieron el viejo Simeón y Ana profetisa, hallándose en el templo al mismo tiempo que concurrieron en él el hijo de Dios y su santísima madre.

Gelasio papa, que gobernaba la Iglesia treinta años antes que Justiniano fuese emperador, había ya instituido en Roma esta fiesta, cuando para desterrar la de los lupercales ó purificaciones profanas, que celebraban los gentiles en el día 15 de este mes, instituyó la de la Purificación de la Virgen con la ceremonia de las candelas, á fin de borrar con la santidad de nuestros misterios las profanaciones y las infamias que cometían los paganos en este tiempo, llevando antorchas encendidas, y haciendo muchas impías ceremonias al rededor de sus templos, á las cuales daban el nombre de lustraciones.

Creen algunos que el papa Gelasio solo dió mayor solemnidad á esta fiesta, pretendiendo que por lo demás ya se celebraba en la Iglesia en el tercer siglo. Lo cierto es, que Surio, en la vida del famoso san Teodosio, fundador de tantos monasterios, que vivía el año de 430, habla de una fiesta muy célebre de la Virgen, que se solemnizaba entonces con grande devoción: Erat dies festus, et festus Virginis Dei matris, in quo, propterea quod erat valde insignis et solemnis, tam magna convenerat multitudo. Era una fiesta en honra de la Virgen madre de Dios; y como era muy solemne, era grande la concurrencia de los fieles á celebrarla. Tanta verdad es que la devoción á la santísima Virgen fué desde los primeros siglos de la Iglesia la devoción favorecida de los fieles, así como lo es el día de hoy de todos los predestinados.

A imitación de lo que hizo en este día la madre de Dios, acostumbran piadosamente en muchos obispados las mujeres paridas, cuando se hallan convalecidas del parto, ir á la iglesia, dar gracias á Dios por el feliz alumbramiento, y ofrecerle el hijo ó hija que se sirvió concederlas. ¿Y no será cierta especie de sacrílega impiedad, después de una oferta tan religiosa, criar los hijos con máximas poco cristianas, y sacrificarlos por la mayor parte á las vanidades del mundo?

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.