lunes, 1 de febrero de 2016
San Ignacio de Antioquía, Obispo y Mártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Ignacio, obispo de Antioquía y mártir, floreció en el primer siglo de la Iglesia. Tomó el sobrenombre de Teóforo, que significa hombre que lleva á Dios, para dar á entender que llevaba á Jesucristo profundamente grabado en su corazón. Algunos le hacen Siro de nación: Metafraste y Nicéforo aseguran que era Judío, y aun añaden fué aquel niño á quien llamó el Salvador, y colocándole en medio de sus discípulos, se le propuso por ejemplar de la inocencia y de la humildad cristiana, según se refiere en el capítulo 18 del evangelio de san Mateo; pero afirmando san Crisóstomo que san Ignacio nunca vió á Jesucristo, no se puede asegurar cosa positiva en un hecho tan considerable.
Lo que no admite duda es que san Ignacio fué uno de los principales discípulos de los apóstoles, y particularmente del evangelista san Juan. En la escuela de tal maestro no es de admirar que hubiese aprendido aquel amor encendido y aquel abrasado celo con que siempre amó al Salvador. Puédese hacer juicio de la eminente virtud y del sobresaliente mérito de nuestro santo, por la elección que hicieron de él los apóstoles para que gobernase una iglesia de tanta autoridad como la de Antioquía, fundada por el mismo san Pedro, y que en poco tiempo floreció tanto, que en ella comenzaron los fieles á tomar el nombre de cristianos.
San Anacleto papa, Teodoro y san Juan Crisóstomo son de parecer que fué consagrado obispo por el mismo apóstol san Pedro, y que con la imposición de las manos hecha por el príncipe de los apóstoles, recibió aquella plenitud de virtudes episcopales de que fué dotado nuestro santo. Lo que está fuera de toda controversia es que san Ignacio no gobernó la iglesia de Antioquía sino después de la muerte de san Evodio, sucesor inmediato de san Pedro, quien murió en el año 69 de Cristo. Gobernó san Ignacio dicha iglesia casi por espacio de cuarenta años, con tanta prudencia, con tanto celo, con tanta felicidad y con tan grande reputación, que todas las iglesias de Siria recurrían á él como á su oráculo.
En la persecución de Domiciano tuvo mucho que padecer; pero nunca abandonó su amada grey en medio de los mayores peligros de la vida. Era tan vehemente su pasión por el martirio, que solía decir no creía que amaría bien á Jesucristo hasta que derramase por él toda su sangre. Durante aquel tiempo de tribulación sirvió de gran consuelo á todos los fieles su celo y su caridad: asistía á unos, confortaba á otros, y á todos los mantenía en la fe.
Habiendo muerto el emperador Domiciano el año 96 de Cristo, Nerva le sucedió en el imperio y restituyó la paz á la Iglesia, mandando volver del destierro á todos los que lo padecían por causa de religión; pero, como Nerva murió al año y pocos meses después de su exaltación al trono, fué de corta duración la calma. Sin embargo, se aprovechó maravillosamente san Ignacio de aquella breve tregua para instruir y para alimentar á su pueblo con frecuentes exhortaciones, como también para disponerse él mismo al martirio con ejercicios de oración y de penitencia.
Pero si padeció grande persecución de los gentiles, no la padeció menor de los herejes, que no perdonaron á medio alguno para alterar la pureza de la fe, y para engañar á los demás fieles con artificiosas exterioridades y con especiosos pretextos de severidad y de reforma. «Hay ciertos hombres engañosos y embusteros, dice el mismo santo escribiendo á los de Éfeso, que cubriéndose con el nombre santo de Dios, hacen cosas indignas de tan soberano nombre. Huid de ellos como de bestias feroces; son perros rabiosos que muerden á traición; guardaos de ellos, porque su mordedura es dificultosa de curar. Cónstame que han ido á esa ciudad sujetos de mala doctrina; pero también sé que habéis cerrado las orejas por no oírlos; sea Dios bendito.»
Y escribiendo á los fieles de Esmirna: «Este consejo os doy, carísimos hermanos míos, para que os podáis guardar de esas fieras en figura humana, á las cuales no solo no debéis recibir, pero, si fuera posible, ni aun encontraros con ellas. Contentaos con pedir á Dios que los abra los ojos para que se conviertan, si puede ser. No me ha parecido conveniente declarar aquí los nombres de esos incrédulos; líbreme Dios ni aun de tomarlos en boca hasta que se vuelvan á su majestad. Abstiénense de la Eucaristía, porque no quieren creer que la eucaristía sea aquella misma carne de nuestro señor Jesucristo, que tanto padeció por nuestros pecados; aquella misma que el Padre Eterno resucitó por su bondad. Apartaos de ellos, vuelvo á decir, y no los habléis ni en público ni en secreto.»
Había mucho tiempo que san Ignacio suspiraba por el martirio, cuando el emperador Trajano, que había sucedido á Nerva, pasó al Oriente en el año de Cristo de 106, marchando á Armenia contra los Partos. Cuando llegó á Antioquía, tuvo noticias del celo y del fervor con que san Ignacio predicaba la religión cristiana en todas partes, y de los muchos que convertía con su predicación. Mandó el emperador que le trajesen á su presencia; luego que le tuvo delante de sí: ¿Eres tú, le preguntó, aquel Teóforo que no quiere obedecer mis decretos imperiales, y que negándose á sacrificar á los dioses del imperio, engaña á toda esta ciudad, predicando á todos la religión cristiana? —Sí, señor, respondió Ignacio, yo soy el que me llamo Teóforo.
—Y ¿por qué te llamas Teóforo, ó el que lleva á Dios? replicó el emperador: ¿qué quiere decir eso? —Señor, respondió el santo, quiere decir que llevo á Jesucristo profundamente grabado en mi corazón. —Pues qué, repuso Trajano, ¿piensas que nosotros no tenemos también en nuestra alma á los dioses inmortales que nos asisten en las batallas, y nos conceden la victoria? —¡Oh emperador, respondió el santo, y qué gran ceguedad es dar el nombre de Dios á los demonios que adoran los idólatras! Sabed, señor, que no hay más que un solo Dios, criador del cielo y de la tierra, y su único hijo Jesucristo nuestro Salvador, cuyo reino es eterno. ¡Ah, señor, y qué dichoso seríais vos, qué feliz, qué próspero vuestro imperio, si creyérais en él!
—Doblemos la hoja, le dijo el emperador, y hablemos de otra cosa. Ignacio, ahora solo se trata de que procures darme gusto, poniéndome en ocasión de hacerte muchas mercedes, y de honrarte con mi amistad; sacrifica luego á nuestros dioses, y yo te empeño mi imperial palabra que al instante te declararé sacerdote del gran Júpiter y padre del senado. —Guarda, ó emperador, esas liberalidades para otros que las estimen, respondió Ignacio, que por lo que á mí toca tengo la honra y la gloria de ser sacerdote de Jesucristo, y toda mi ambición se reduce á sacrificar mi vida por este divino Salvador, que me redimió de la muerte, y me dará otra vida inmortal. —¡Qué! replicó Trajano, ¿por aquel Jesús que fué crucificado en tiempo de Poncio Pilato? —Por ese mismo que murió por mí en una cruz, respondió san Ignacio, deseo yo dar mi vida, y seré dichoso si son oídos mis deseos.
Irritado entonces el emperador, pronunció contra él la sentencia de muerte en estos términos: Mandamos que Ignacio, que dice lleva en sí mismo al crucificado, sea puesto en prisiones, y que sea conducido por los soldados á la gran ciudad de Roma, para ser en ella echado á las fieras, sirviendo de espectáculo y de diversión al pueblo. Apenas oyó el santo la sentencia, cuando exclamó arrebatado de alegría: Yo os doy gracias, Señor, porque al fin tendré el consuelo de daros alguna prueba de mi amor sacrificándoos mi vida. ¡Qué honra para mí ser puesto en prisiones por vuestro amor, como lo fué Pablo vuestro apóstol! Y diciendo estas palabras, presentó sus manos á las esposas. Hincóse de rodillas, besó las cadenas, y habiendo hecho oración á Dios con muchas lágrimas por toda la iglesia, partió de Antioquía y fué á embarcarse á Seleucia, acompañado de dos diáconos de su iglesia, Filón y Agatopo, que no se apartaron de él, y fueron, á lo que se cree, los que escribieron las actas de su martirio.
Después de muchos trabajos y fatigas, llegó san Ignacio al puerto de Esmirna. Permitiéronle entrar en él, donde halló á san Policarpo, su buen amigo, que también había sido discípulo del apóstol san Juan. Fué recíproca la alegría y el consuelo de los dos santos. Todas las iglesias de aquella provincia le enviaron sus diputados para encomendarse en sus oraciones; Onésimo, obispo de Éfeso, Dámaso, obispo de Magnesia, y Polibio, obispo de Tralles, vinieron á visitarle en persona. Desde Esmirna escribió el santo á estas tres iglesias unas epístolas llenas de aquel espíritu apostólico que le animaba.
«Sean, sean, dice en su epístola á los Efesinos, sean vuestros ejemplos otras tantas lecciones que deis á los impíos y á los libertinos. Oponed á su proceder impetuoso y arrebatado vuestra dulzura y vuestra modestia; á sus injurias, vuestra paciencia y vuestras oraciones; á sus errores, vuestra constancia en la fe. Sean vuestras contiendas sobre quién ha de padecer más injusticias, más pérdidas y más menosprecios por Jesucristo. Por este Señor llevo yo mis cadenas, perlas preciosísimas, que estimo más que todos los tesoros del mundo.»
«Aunque yo estoy encadenado, escribe á los fieles de Magnesia, con todo eso no valgo tanto como cualquiera de vosotros, sin embargo que estáis libres. Acordaos de mí en vuestras oraciones, á fin de que yo llegue á gozar de Dios; y no os olvidéis de la iglesia de Siria, en la cual no merezco ser contado. Tengo gusto en padecer, dice en su carta á los de Tralles, tengo gusto en padecer, es verdad, pero no sé si soy digno de eso. Rogad á Dios por mí, para que sea merecedor de gozar la porción que me está destinada, y para que no sea reprobado.»
Habiendo encontrado san Ignacio en Esmirna á algunos fieles que iban á Roma, y habían de llegar antes que él, les entregó una carta para los fieles de la misma Roma, en la que, con los términos más vivos, les descubre los verdaderos dictámenes de su corazón, y los conjura para que no hagan diligencia alguna en orden á librarle de padecer la muerte por Jesucristo. «Temo, dice, que vuestra caridad me sea perniciosa, y que pongáis algún estorbo al cumplimiento de mis deseos: porque ni yo lograré jamás tan bella ocasión de ir á mi Dios, ni vosotros me podréis hacer mayor merced que dejarme consumar mi sacrificio. No podéis proporcionarme otro bien más estimable que el dejar que me sacrifique á mi Dios, mientras el altar está pronto, y solo se espera la víctima. Esto suplico, y no queráis amarme fuera de tiempo. Dejadme servir de pasto á los leones, porque soy trigo de Dios, y debo ser molido por los dientes de las fieras; deseo que su vientre sea mi sepultura, y que no dejen ni reliquia de mi cuerpo.
A la verdad se pudiera decir que desde Siria hasta Roma voy lidiando con unas bestias feroces; porque estoy preso y atado en medio de diez leopardos, que cuanto mejor hago con ellos, peor me tratan á mí; pero me tengo por dichoso en padecer este ejercicio por amor de mi Señor Jesucristo. Quiera Dios que encuentre luego que llegue las fieras aparejadas para despedazarme. Ninguna cosa temo más que el que me perdonen, como lo han hecho con algunos discípulos de Cristo; si sucediera esto, yo mismo las irritaría. Perdonadme, que yo sé lo que me conviene: sí, dígolo intrépidamente: ninguna criatura visible ni invisible puede estorbarme ir á Jesucristo. El fuego, la cruz, las fieras, la separación de mis huesos, la división de mis miembros, la destrucción de todo mi cuerpo, toda la malicia de los mismos demonios, nada será capaz de hacer titubear mi fe, ni de debilitar mi amor, ni de disminuir mi aliento; nada podrá espantarme ni perjudicarme, con tal que posea á Jesucristo. Todos los gustos del mundo, todos los reinos del siglo nada son; más vale morir por Cristo, que ser rey de toda la tierra. En vano se lisonjea de amar á Jesucristo el que ama al mundo; por lo que toca á mí, solo vivo para morir por Jesucristo.»
Obligado san Ignacio á embarcarse antes de lo que pensaba para pasar á Nápoles de Macedonia, escribió á san Policarpo una carta verdaderamente apostólica, llena de las mismas máximas y del mismo espíritu que las precedentes. A más de estas cinco epístolas, tenemos todavía otras dos de nuestro santo, una á los de Filadelfia, y otra á los de Esmirna; todas en el mismo tono, y abrasadas con el mismo fuego.
Los soldados que escoltaban á Ignacio temían llegar tarde á Roma para los juegos que se celebraban por aquel tiempo, y estaban ya para acabarse. Con este miedo apresuraron la marcha extremadamente; pero siempre caminaban con lentitud para las ansias de nuestro santo. A la primera noticia de su venida salieron á recibirle tropas enteras de cristianos, así de Roma como de los lugares vecinos. Luego que entró en aquella ciudad, se hincó de rodillas con los cristianos que le rodeaban, y ofreciéndose á su Dios como víctima que estaba pronta á ser sacrificada, le pidió por la paz de la Iglesia. Después fué conducido al anfiteatro, é inmediatamente fué expuesto á las fieras á vista de los paganos que habían concurrido á celebrar la profana fiesta que se llamaba de los Sellos.
Todas las cartas que dirigió á las demás iglesias llevaban el mismo título: A la Iglesia bienaventurada que está en Éfeso, en Magnesia, en Tralles, etc. Pero cuando escribió á los Romanos, mudó el santo de estilo, y principió así: A la bien amada Iglesia, que es alumbrada por aquel que ordena todas las cosas conforme á la caridad de Jesucristo nuestro Dios, que preside en el país de los Romanos, digna de Dios, digna de honor, que merece ser dichosa, ser alabada, que es conducida y gobernada con sabiduría, que es casta, que preside con caridad, etc. El P. Orsi observa que esta diferencia de estilo no es sin alguna razón, y saca de aquí una prueba de la supremacía universal de la Iglesia romana.
Oyendo el santo el rugido de los leones hambrientos, dijo en alta voz lo que había escrito á los Romanos: Yo soy trigo del Señor, y debo ser molido por los dientes de estas fieras para poder ser ofrecido como pan puro á Jesucristo. Un instante después fué despedazado por los dientes de los leones, como lo había deseado, oyéndosele pronunciar el santo nombre de Jesús hasta el último suspiro. No quedaron de todo su cuerpo más que algunos huesos que recogieron los cristianos; y pocos días después fueron conducidas estas preciosas reliquias á la ciudad de Antioquía, donde fueron recibidas y reverenciadas con singular veneración y con extraordinaria piedad.
Sucedió el martirio de san Ignacio el año del Señor 107, á los 20 de diciembre, según la opinión de casi todos los orientales; pero la Iglesia latina celebra su fiesta en el día 1.º de febrero que, según Beda y algunos otros, fué el de su muerte. Aseguran algunos escritores que este santo no fué despedazado, sino sofocado por los leones; y que después de muerto le abrieron para ver si era verdad que tenía grabado en el corazón el dulce nombre de Jesús, como él mismo lo decía muchas veces; y que con efecto se halló esculpido en él con letras de oro este dulcísimo nombre. Pero como todos los autores antiguos callan este hecho, se puede verisímilmente creer que esta opinión no tuvo otro fundamento que los vivísimos términos de que se valió san Ignacio para explicar el ardiente amor que profesaba á Jesucristo.
Después que la ciudad de Antioquía fué tomada y casi arruinada por los Persas y por los Sarracenos, se trasladaron á Roma las preciosas reliquias de nuestro santo, y se colocaron en la iglesia de san Clemente, donde están tenidas en grande veneración. Celebróse esta traslación el año 540, como dicen unos, ó como más probablemente quieren otros, el de 639.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.