jueves, 28 de enero de 2016
San Pedro Nolasco, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Pedro Nolasco era francés, de una de las mejores casas de Languedoc. Nació el año de 1189 en el país de Lauragais, en un lugar del obispado de San Papoul, llamado Mas de las Santas Puelas, a una legua de Castelnaudary. Habiendo perdido a su padre siendo de edad de quince años, prosiguió viviendo en compañía de su madre, que, resuelta ya a no volverse a casar y a dedicarse a Dios únicamente, empleaba en servirle sus bienes y sus talentos.
Siguió algún tiempo al conde Simón de Montfort, general de la cruzada contra los Albigenses. Después de la famosa batalla de Muret, en que quedó muerto don Pedro, rey de Aragón, compadecido el conde de la desgracia y de la poca edad del niño rey don Jaime, que había quedado prisionero y no tenía más que seis o siete años, creyó no podía hacerle mayor servicio que darle por ayo y por gobernador a Pedro Nolasco. Desempeñó este importante empleo con feliz suceso, y mereció toda la estimación y toda la confianza del joven monarca; de la cual solo se valió para reformar la corte y para ir delante de todos con el buen ejemplo.
La devoción a la Reina de los ángeles, y la caridad con los cristianos cautivos que gemían en la esclavitud de los Moros, fueron las dos virtudes características de Nolasco, que no paró hasta vender todos sus bienes para asistir y aliviar a aquellos pobres. Animóse tanto con el buen suceso que tuvieron las primeras pruebas de esta ardiente caridad, que persuadió a muchos caballeros ricos y piadosos a que se juntasen con él para formar una como congregación o cofradía, que tuviese por fin trabajar en la redención de los cautivos, bajo del título y protección de la santísima Virgen.
Corrió esta santa congregación la misma fortuna que todas las obras piadosas, las que siempre procura el demonio arruinar o a lo menos desacreditar por medio de contradicciones y de murmuraciones. Pero el rey don Jaime, los grandes del reino y toda la gente virtuosa y bien intencionada, que estaban palpando las visibles utilidades de aquella insigne obra, hicieron enmudecer a la calumnia, y disiparon la tempestad.
Apenas comenzaba la caritativa congregación a derramar sobre aquellos infelices los primeros efectos de su celo, cuando la santísima Virgen se apareció a Nolasco el primer día de agosto, y le declaró sería muy del agrado de su Hijo y suyo que fundase una religión, con el título de Nuestra Señora de la Merced, para la redención de los cautivos cristianos, prometiéndole su socorro y protección.
Persuadido Pedro de la voluntad de Dios en fuerza de esta visión, de cuya verdad no le quedó la menor duda, y que la misma Iglesia ha autorizado con una fiesta particular, solo deliberó en los medios para la ejecución de lo que se le había mandado. Ante todas cosas, no queriendo moverse a nada sin consultarlo todo con su confesor san Raimundo de Peñafort, fue a buscar al santo, que había tenido la misma visión aquella propia noche. Confirmados ambos con la uniformidad de la revelación, pasaron a palacio a comunicar con el rey sus intentos, y darle parte de lo sucedido. Pero se hallaron sorprendidos y gustosamente admirados cuando el rey se adelantó a contarles una visión que había tenido, y era en todo conforme a la de los dos, sin faltarla circunstancia. Con esto solo se pensó desde luego en disponer todo lo necesario para la fundación de una religión tan ilustre y tan santa.
El día de san Lorenzo, el rey, acompañado de toda su corte y de los magistrados y ministros de Barcelona, pasó a la catedral intitulada Santa Cruz de Jerusalén, donde san Raimundo subió al púlpito y declaró delante de todo el pueblo la revelación de la Madre de Dios que habían tenido el rey, Pedro Nolasco y el mismo Raimundo, sobre la fundación de una nueva orden con el título de Nuestra Señora de la Merced, para la redención de los cautivos. Después del ofertorio, el rey don Jaime y san Raimundo presentaron a Nolasco a don Berenguer de la Palú, obispo de Barcelona, que le vistió el hábito blanco y el escapulario de la orden, y un poco antes de la comunión, después de los tres votos religiosos ordinarios, hizo un cuarto voto por el cual él y todos los de este nuevo instituto se obligaban no solamente a solicitar limosnas para ir a redimir a los cristianos cautivos, sino también a darse ellos mismos en rescate cuando fuere necesario. Juntamente con el santo profesaron otros dos caballeros.
El rey les cedió liberalmente la mayor parte de su palacio de Barcelona para que fundasen en él el primer convento de la orden, queriendo que llevasen en el escapulario el escudo de las armas de Aragón, a las que añadió el santo, con beneplácito del rey, las de aquella santa iglesia catedral. Derramó el Señor tantas bendiciones sobre la nueva religión, y fueron tantos los sujetos de la primera nobleza que se declararon pretendientes del piadosísimo instituto, que fue preciso hacer segundo convento. Destinóse para este la iglesia de Santa Eulalia, y en poco tiempo tuvo Nolasco el consuelo de ver dilatada su familia por todas las principales ciudades de Aragón y Cataluña.
En medio de estar Pedro muy retirado de los negocios de la corte, se vio precisado a pasar a ella para sosegar las inquietudes que causaban en todo el reino las facciones de don Sancho, primo hermano del rey, y de don Guillén de Moncada, vizconde de Bearne. Puso en libertad al rey, a quien los sediciosos tenían como prisionero en el castillo de Zaragoza, y pacificó los alborotos con recíproca satisfacción de ambas parcialidades.
Cuando se restituyó a Barcelona, representó a sus religiosos que, para satisfacer la obligación del cuarto voto, no bastaba hacer algunas redenciones sin salir de los países sujetos a los príncipes cristianos; que su instituto les obligaba a ir personalmente a los dominios de los infieles, y a ofrecerse a quedar ellos por esclavos para librar a los cristianos cautivos. Ofreciéronsele todos para tan heroica expedición; pero el santo, escogiendo unos pocos, se puso a la frente de ellos, y entró en el reino de Valencia, ocupado a la sazón por los Sarracenos, donde, lejos de hallar los desprecios y las cadenas que ansiosamente buscaba, solo encontró estimación y respeto. Libró de las mazmorras a todos los cristianos cautivos; y habiendo hecho un viaje a Granada, redimió en las dos expediciones a cuatrocientos esclavos.
No se contentaba el celo de Nolasco con la redención de los cautivos; adelantábase también a la conversión de los infieles, y nunca hacía rescate de cristianos, que no convirtiese gran número de Moros a la fe de Jesucristo. El eco de tantas maravillas hizo famosa en toda la Europa la nueva religión de la Merced. Aprobóla la silla apostólica el año de 1230, y hallándose en Roma como penitenciario mayor el glorioso san Raimundo, que se puede llamar su segundo fundador, hizo que el papa Gregorio IX la confirmase en el de 1235.
Por este tiempo el rey don Jaime, después de haber conquistado a Mallorca del poder de los infieles, entró con sus armas victoriosas por los reinos de Valencia y de Murcia. Como este católico príncipe atribuía los felices sucesos de sus armas menos a sus fuerzas que a las oraciones de Nolasco, en todos los países que iba conquistando dejaba fundados conventos de la Merced. Concedió a la religión el famoso castillo de Ueza, donde se fundó un convento, que en todos tiempos hizo tan célebre la devoción de los fieles, con el nombre de Nuestra Señora del Puig.
Cuando se abrían los cimientos de la obra, se observó en cuatro sábados consecutivos que siete brillantes luces, a manera de astros resplandecientes, bajaban como del cielo y ocultaban su luz en el mismo lugar donde se abrían los cimientos. Persuadido Nolasco a que algo quería decir este prodigio, mandó que se cavase más y más, hasta que al fin se encontró una campana de extraordinaria grandeza, debajo de cuya concavidad se halló una bellísima imagen de Nuestra Señora, que recibió el santo como un precioso don con que Dios quería regalarle y enriquecerle. Colocóla luego en un devoto altar, y los continuos favores que la Reina de los ángeles dispensa a todos los que la invocan en aquella santa capilla, acreditan bien que son muy de su especial agrado los cultos que recibe en ella.
El año de 1238, se hizo dueño de Valencia el rey don Jaime, y después que hizo consagrar la mezquita mayor en iglesia catedral por el arzobispo de Narbona, concedió la segunda mezquita a la religión de la Merced.
Ya no tenía Nolasco cautivos que rescatar en todas las costas de España, porque su caridad había redimido a cuantos se hallaron en poder de los infieles; y para no descansar en el ejercicio de su voto y de su celo, pasó a buscar en Berbería lo que no encontraba en España. Allí sí que pudo satisfacer su ardiente sed de padecer por Jesucristo, si ella no fuera insaciable; porque además de las fatigas que padeció, fue metido en una mazmorra, cargado de cadenas, tratado con crueldad, y no pocas veces estuvo en evidente peligro de perder la vida. Pero como vieron los bárbaros que no deseaba otra cosa, y que cuando no pudiese conseguir esta dicha, tenía por la mayor el quedarse cautivo por los cautivos, le enviaron a España con un gran número de ellos.
Luego que volvió a Barcelona, hizo cuanto pudo para renunciar el generalato; pero no pudo conseguir el consentimiento de ninguno de sus hijos. Lo más que logró fue que le nombrasen un vicario, a quien el santo cedió luego todo lo honorífico del empleo, reservándose para sí únicamente el cuidado de distribuir las limosnas a los peregrinos y a los pasajeros. Hallábase cargado de achaques y extraordinariamente debilitado con sus grandes trabajos; mas no por eso dejó de doblar las penitencias, teniéndose siempre por siervo inútil.
Es dificultoso ser más humilde que lo fue Nolasco. Aunque Dios se había servido de él para obrar tantas maravillas, él se juzgaba incapaz de hacer cosa de provecho, y solo se valía de su suprema autoridad para ejercitarse en los oficios más bajos de la casa. En vano le empeñaba su humildad en vivir desconocido, cuando su reputación le hacía famoso por todo el mundo. San Luis, rey de Francia, habiendo venido a la provincia de Languedoc, quiso ver un hombre tan santo, de quien la fama publicaba tantas maravillas. Llamóle, túvole en su corte algunos días, comunicóle el pensamiento que tenía de ir a conquistar la Tierra Santa, y a librar a tantos cristianos como gemían bajo el pesadísimo yugo de los Sarracenos. Ofrecióse Nolasco a acompañarle en aquella sagrada empresa; pero atajó los pasos de su celo una larga enfermedad, efecto de sus penitencias y trabajos, que al cabo le redujo a la sepultura.
Padeció por espacio de dos años vivísimos dolores, que sufrió sin perder un punto de su ordinaria tranquilidad y acostumbrada dulzura. Cuanto eran aquellos más intensos, mayor alegría mostraba por poderlos unir con los que padeció Jesús en su nacimiento. Fue en el día de Navidad, que viendo llegar el feliz momento en que había de ser premiada su ardiente caridad, después de recibidos con nuevo fervor los santos sacramentos, y después de haber protestado a sus hijos que era cosa muy dulce vivir y morir en el servicio de Dios, y en la protección de la santísima Virgen, rindió su espíritu al Señor hacia el anochecer, a los sesenta y nueve años de su edad, y a los cuarenta después de fundada su religión, que ha dado tantos hombres grandes a todo el mundo cristiano, y está dando el día de hoy tan heroicos ejemplos de caridad a toda la Iglesia. Fue canonizado este gran santo por el papa Urbano VIII, el año de 1628.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.