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miércoles, 27 de enero de 2016

San Juan Crisóstomo, Obispo y Doctor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Juan, llamado Crisóstomo, que quiere decir boca de oro, por su singular elocuencia, salió al teatro del mundo en el siglo más florido de la Iglesia, y fue uno de los principales ornamentos de aquel siglo. Nació por los años de 347, de padres distinguidos por sus empleos y por su nobleza, pero mucho más señalados por su piedad. Perdió a su padre, que se llamaba Segundo, estando todavía en la cuna. La madre, por nombre Antusa, quedó viuda a los veinte años de su edad; y siguiendo los piadosos impulsos de su inclinación, se negó a casarse segunda vez, despidiendo una buena boda que se le ofreció, y se dedicó enteramente a la crianza y educación de su hijo. Buscóle los mejores maestros de aquel tiempo para que le enseñasen las ciencias humanas; y ella tomó a su cargo instruirle desde la niñez en la ciencia más importante de la salvación.

Estudió retórica, siendo discípulo del célebre Libanio, y en la filosofía lo fue de Andragato. Hizo en una y otra facultad tantos progresos, que apenas acababa de ser discípulo, cuando fue reputado por uno de los más hábiles maestros. Pasó a la universidad de Atenas para perfeccionarse en estas ciencias, y allí confundió a los filósofos gentiles, demostrándoles la santidad y la verdad de nuestra religión. Logró convertir a uno de ellos, que se llamaba Antemo, quien pidió el bautismo, y fue después cristiano ejemplar y fervoroso.

Aunque nuestro santo tenía tan grandes talentos y tan nobles disposiciones para seguir la abogacía, con todo eso era mayor su inclinación al retiro. En vano le lisonjeaba la fortuna tentándole con las mayores esperanzas, porque el deseo de trabajar únicamente en el negocio importante de su eterna salvación tuvo para Juan más atractivo que todo lo demás. Teniendo noticia de su resolución san Melecio, obispo de Antioquía, hizo juicio que debía aprovecharse la Iglesia del que no quería que se aprovechase de él el mundo; y llamándole a dicha ciudad, le persuadió se quedase en un santo monasterio que había en uno de sus arrabales, donde hizo maravillosos progresos en todo género de virtudes.

Hacía tres años que Crisóstomo se estaba perfeccionando en los ejercicios de la vida religiosa, cuando san Melecio fue desterrado la tercera vez por los arrianos. Parecióle que la ausencia del prelado era bella ocasión para satisfacer el deseo que tenía de retirarse a hacer vida solitaria. Comunicó este pensamiento con su grande amigo san Basilio, que había sido condiscípulo suyo y no suspiraba menos que él por la soledad. Tuvo noticia Antusa de esta resolución de su hijo, y no perdonó a lágrimas, a ruegos ni a razones para disuadirle de ella; pero todo fue en vano, y un caso imprevisto que sucedió fue ocasión de que el santo mozo se retirase antes de lo que pensaba.

Habiéndose juntado en Antioquía los obispos de Siria para dar pastores a dos iglesias que estaban sin ellos, hicieron juicio que no podían darlas otros mejores que a san Crisóstomo y san Basilio. Llegó a entenderlo nuestro santo, y supo esconderse tan bien, que no fue posible dar con él; y así solo Basilio pudo ser nombrado. Con este motivo se quitó Crisóstomo de dudas y condescendencias para diferir su resolución de retirarse a la soledad, y sin más dilación abrazó la vida monástica, entregándose a la disciplina de cierto anciano solitario, donde practicó con extraordinario fervor todos los ejercicios y toda la mortificación que llevaba de suyo aquella vida.

Al cabo de cuatro años que vivió en aquel monasterio, pidió licencia para retirarse a más profunda soledad. Encerróse en una cueva, donde estuvo dos años entregado a la más rigurosa penitencia. Durante estos seis años de retiro compuso aquellos excelentes libros del sacerdocio, el admirable tratado de la compunción, y la bella apología de la vida monástica contra ciertos novadores que se declararon enemigos de tan santa profesión. Las excesivas penitencias con que afligía su cuerpo quebrantaron tanto su salud, que le obligaron los superiores a que volviese a Antioquía. Dejóse ver en ella como otro hombre, y fue recibido como un santo.

Había vuelto ya de su destierro el santo obispo Melecio; y por más que resistió Crisóstomo, le precisó a recibir los órdenes sagrados, pasando cinco años en las funciones del diaconato. Muerto Melecio, le sucedió san Flaviano; y volviendo este a llamar a nuestro santo del monasterio donde segunda vez se había retirado, sin dar oídos a las razones que le sugería su humildad y su modestia, le ordenó de presbítero, siendo de edad de 38 años, pero dotado ya entonces de una eminente sabiduría y de una virtud consumada.

Al tiempo que recibió el orden sacerdotal sucedió una maravilla. Dejóse ver, como lo afirma el emperador León, una paloma, que, volando blandamente mientras el obispo le imponía las manos, fue a reposar sobre la cabeza del nuevo sacerdote. No le sirvió la nueva dignidad de título meramente honorario. Conociendo Flaviano su eminente virtud y sus extraordinarios talentos, le mandó desde luego que distribuyese al pueblo el pan de la palabra divina.

Fue asombroso el fruto que produjo su santo ministerio. Su elocuencia viva, nerviosa, sustancial, llena de unción y de gracia, reformó desde luego las costumbres de todos los estados. El clero y el pueblo, los grandes y los pequeños, todos experimentaron la impresión que hace un santo que predica, y que predica elocuentemente. En aquella pública consternación que padeció la ciudad de Antioquía, después del ultraje hecho a la estatua de Flacila, mujer del emperador Teodosio el Grande, se conoció bien cuán poderoso era el santo en obras y en palabras. No hubo persona afligida que no experimentase los efectos de su ardiente caridad.

Después que la ciudad se reconcilió con el emperador, prosiguió el santo el ministerio de la predicación con el mismo celo y con la misma dicha que antes. Este fue el tiempo en que compuso, y en que predicó tantas y tan diferentes homilías, tantos y tan nobles panegíricos de los santos mártires, en que escribió tantos y tan bellos tratados espirituales, y en que explicó diversos libros de la sagrada escritura. No hay santo padre de la Iglesia, en cuyas obras se lean los puntos de moral o de la doctrina cristiana explicados con tanta claridad y menudencia, ni cuyos escritos sean más instructivos, más nerviosos, más elocuentes ni más delicados.

Granjeóse Crisóstomo tanta reputación y tanto crédito en los doce primeros años de su ilustre sacerdocio, que, habiendo vacado la silla patriarcal de Constantinopla en el año de 397 por la muerte del patriarca Nectario, no se halló otro más digno de sucederle en aquella elevada dignidad. Sabía muy bien el emperador Arcadio que no sería fácil reducirle a que la aceptase, si no se echaba mano de la fuerza; y así, dio orden al conde Asterio, gobernador de Antioquía, para que se apoderase de él secretamente, y le enviase con buena guardia a Constantinopla, como se ejecutó.

No hay voces para explicar la alegría con que fue recibido en la corte imperial. Salióle al encuentro toda la ciudad. Habiéndose juntado todos los obispos que a la sazón se hallaban en la corte (y no eran pocos) para hacer más solemne su ordenación, Teófilo, patriarca de Alejandría, dejándose llevar del maligno espíritu de la emulación y de la envidia, fue el único que se opuso al consentimiento general de todos los demás prelados y a los ardientes deseos de toda aquella iglesia. Pero habiéndole mostrado Eutropio y los demás ministros de la corte los muchos memoriales que se habían presentado contra él a los obispos, y amenazándole que le harían causa, consintió en la ordenación de san Crisóstomo, que fue consagrado por obispo y patriarca de Constantinopla el día 26 de febrero del año 398.

Apenas se vio este gran santo en aquella sublime dignidad, cuando atendiendo únicamente al cumplimiento de su obligación, negando los oídos a todo lo que no eran las voces de su deber, declaró la guerra a todos los vicios; pero lo hizo con tanta prudencia, con tanta dulzura y con tanta destreza, que los más desordenados cedieron a su celo. Era enemigo de toda cobarde complacencia, incapaz asimismo de toda indigna lisonja; y caminando igualmente distante de los dos extremos de cobardía y de temeridad, nunca dio cuartel al pecado y siempre miró con ojos compasivos y piadosos al pecador. Su virtud notoria y sobresaliente, superior a los tiros de la más osada calumnia, su vida ejemplar y penitente, su caridad universal e inagotable, su elocuencia, su dulzura y su humildad, dieron a su celo tan prodigiosa eficacia, que a pocos días de obispo se reformó toda la ciudad de Constantinopla.

Prohibió a los eclesiásticos que tuviesen en sus casas ciertas mujeres que solían mantener con títulos de sorocas beatas, y atendió generalmente a la reformación de toda la clerecía. Combatió fuertemente contra la avaricia; reformó la profanidad de las mujeres, y corrigió la delicadeza y la suntuosidad de las mesas; resucitó la modestia y la sobriedad cristiana, exterminó los juramentos, desterró los espectáculos profanos, reformó los abusos de todos los estados, renovó la disciplina monástica que se había relajado en muchas casas religiosas, y en fin hizo revivir la devoción y el fervor en todos los fieles, de manera que en pocos días mudó de semblante la gran corte de Constantinopla por el maravilloso celo de su santo pastor.

No se estrechó su caridad dentro de las murallas de la corte, porque hubo pocas provincias en todo el Oriente adonde no se extendiesen los ardores de su incendio. En Fenicia, destruyó un templo de los gentiles, abolió las reliquias del paganismo, y fundó iglesias y monasterios. Lo mismo hizo en los Escitas y en los Celtas: exterminó de todo el imperio a los eunomianos y a los montañistas; declaró cruel guerra a los arrianos, consiguiendo del emperador que no quedase ni uno solo dentro de la ciudad; y si su pontificado hubiera sido o más largo o más tranquilo se pudiera esperar que librase enteramente de ellos a todo el mundo cristiano. Cortó todos los gastos inútiles, y con este ahorro aumentó mucho las rentas de los hospitales. Con la frugalidad de su mesa y con la modestia en todo el tren de su casa, tuvo medio para socorrer a muchos infelices, y para sustentar un gran número de pobres.

Dilatóse su solicitud y su vigilancia pastoral a todas las iglesias de la Tracia, a las del Asia y del Ponto. Causa admiración que un hombre solo, extenuado por las penitencias, y de una salud muy delicada, pudiese a un mismo tiempo dar luz a tantas y tan excelentes obras, gobernar con tanta aplicación y con tan admirable prudencia una de las más vastas diócesis de todo el universo, predicar casi todos los días, atender a las necesidades espirituales y corporales de tantos pobres, de tantos huérfanos y de tantas viudas; y sobre todo esto, aplicar también no pequeña parte de su cuidado a veinte y ocho provincias eclesiásticas sujetas al patriarcado de Constantinopla.

En medio de tantas y tan graves ocupaciones, ningún día dejó de decir misa; y celebraba los santos misterios con tanta devoción, y aun derramaba el Señor todas las veces en su alma tantos consuelos celestiales, que solo una vez dejó de comunicárselos, y aun el mismo Dios le dio a entender que no había sido por culpa suya, sino por una falta que había cometido el diácono que le asistía.

No podían faltar envidiosos a un mérito tan extraordinario y a una virtud tan ilustre. El ardor de su celo y su constante entereza le granjearon muchos enemigos así en la corte como entre el clero. Principalmente el patriarca de Alejandría Teófilo, hombre ambicioso y de vida poco ejemplar, lleno de avaricia, y de genio muy violento, no podía llevar en paciencia las bendiciones que Dios echaba al celo de san Crisóstomo. Los monjes de Nitria, a quienes llamaban por otro nombre los frailes grandes, se quejaron de él en el tribunal de nuestro santo, porque los había maltratado injustamente; y Teófilo, para eludir la acusación, resolvió perder a los acusadores y al juez.

Algunos clérigos de Constantinopla, que no podían sufrir la regularidad de vida a que el santo los precisaba, varios obispos, no de los más ejemplares, diferentes abades, de aquellos que frecuentaban más la corte que el monasterio, entraron fácilmente en la conspiración, y más cuando supieron que la emperatriz Eudoxia estaba irritada contra el santo patriarca, porque había predicado contra los desórdenes y contra la profanidad de las mujeres. Parecióle a Teófilo que no podía ser la ocasión más favorable para sus intentos; y habiendo ganado con dinero a los ministros del emperador, consiguió licencia para formar una junta de treinta y siete obispos de su parcialidad. Escogió para este conciliábulo la pequeña población de Chesme, cerca de Calcedonia, de donde era obispo Cirino, enemigo jurado de nuestro santo.

En él fue luego condenado Crisóstomo sobre diferentes capítulos de acusación que se forjaron; y contra toda razón y derecho fue depuesto de su silla patriarcal por una injusticia atroz, que llenó de escándalo y de dolor a todos los buenos. Ejecutóse la sentencia con gran secreto en la mitad de la noche, para evitar el alboroto del pueblo; pero apenas se había embarcado el santo, cuando sobrevino un terremoto tan furioso, que, atemorizada la emperatriz a vista de un accidente en que andaba tan visible la venganza del cielo, estimulada de los remordimientos de su conciencia, solicitó incesantemente que luego luego volviese Crisóstomo a Constantinopla, y ella misma le escribió una carta en estos términos: No crea Vuestra Santidad que yo he sido noticiosa de lo que ha pasado; estoy inocente de vuestra sangre. Esta conspiración la han formado unos hombres perversos y corrompidos. Testigo es Dios de las lágrimas que he derramado, y que le he ofrecido en sacrificio. Tengo muy presente que mis hijos están bautizados por vuestras manos.

No duró este destierro más que un día, porque Crisóstomo volvió a entrar en la ciudad en medio de las aclamaciones públicas, dándose prisa cada uno por ver y por congratularse con su santo pastor. Pero esta calma tardó poco en alterarse. Dos meses después de este suceso predicó el patriarca con tanta elocuencia y con tanto celo contra los juegos públicos que se hacían delante de una estatua de la emperatriz, y eran todavía reliquias del gentilismo (las que veinte años después abolió el emperador Teodosio el Joven), que, irritada de nuevo aquella princesa, volvió a llamar a los enemigos del santo con firme resolución de perderle enteramente.

Fue fácil conseguir el intento. Ni a Teófilo ni a sus parciales se les habían agotado las calumnias. Sostenidos del poderoso favor de la emperatriz, se valieron de tales artificios, y de tal manera sitiaron al pobre emperador, que al cabo de un año lograron que saliese el decreto de destierro. Dióse orden al coronel Lucio, que en el concepto común era tenido por gentil, para que con cuatrocientos hombres pasase a la iglesia a fin de contener el pueblo. Era el día de sábado santo, y los soldados cometieron en el templo desórdenes execrables; alborotóse la ciudad, concurrieron los vecinos a cercar el palacio patriarcal para embarazar que se hiciese alguna violencia a su santo pastor; pero este, que se hallaba dispuesto a dar la vida por sus ovejas, temiendo que no la perdiesen ellas por defenderle a él, se salió secretamente del palacio, presentóse a los ministros imperiales, y fue conducido a Cucusa, ciudad poco considerable de la Armenia, adonde llegó enfermo y muy maltratado por las fatigas del camino.

No es fácil decir en pocas palabras lo mucho que padeció en este viaje. En Cucusa no estuvo ocioso, porque así la ciudad como todo el país circunvecino experimentó luego los efectos de su celo. Tampoco el cielo lo estuvo, a vista de las violencias que se ejecutaban con el santo. Cayó sobre la corte de Constantinopla un prodigioso granizo, que causó estragos horrorosos; murió precipitadamente la emperatriz Eudoxia, y apenas hubo perseguidor de Crisóstomo que no experimentase alguna desgracia. Los cuerdos miraban estos avisos como efectos de la indignación del cielo; pero nada bastó para que abriese los ojos el patriarca Teófilo.

Valióse de mil artificios para engañar al papa Inocencio; mas no le aprovecharon, porque, habiendo recibido el pontífice las cartas de san Crisóstomo, y hallándose bien informado de la injusticia que con él se había hecho, determinó convocar un concilio general para que se viese en él su causa; y empeñó al emperador Honorio a fin de que se interesase fuertemente con su hermano el emperador Arcadio, para que se reparase la injusticia que se había hecho al patriarca y a la iglesia de Constantinopla.

Asustados los enemigos de Crisóstomo con la resolución del pontífice, y estando ciertos de que en el concilio general serían condenados, tomaron la bárbara determinación de acabar de una vez con el santo prelado. Las asombrosas conversiones que hacía en su destierro, las continuas quejas de los buenos, la fama de sus milagros, irritaban tanto la cólera de sus émulos, que se dejaron arrastrar de las resoluciones más violentas. Encarnizados implacablemente en perseguirle, no podían tolerar el sosiego y la estimación que por su eminente virtud se había granjeado en Cucusa, y no pararon hasta conseguir del emperador que fuese trasladado a otra parte.

Enviáronle de pronto a Arabisa, haciéndole padecer mortales fatigas en el camino. Como vieron que no habían podido lograr que estas le acabasen en la Armenia, dispusieron que fuese desterrado al espantoso destierro de Pitias, o Pitiontes. El intento era hacerle morir a fuerza de padecer, y consiguiéronlo finalmente; porque lo largo y lo penoso del camino, los malos tratamientos que le hacían de propósito los que le llevaban, y en fin tantos trabajos y fatigas le debilitaron las fuerzas de manera que se vieron precisados a hacer alto, y a meterle en una iglesia, donde se veneraba el sepulcro de san Basilio, para que allí descansase.

Aquella noche se le apareció el santo, y le anunció que el día siguiente pondría fin a sus penosos trabajos, y se verían juntos en la gloria. En virtud de esta visión, luego que amaneció rogó el santo a sus guardias que le dejasen allí hasta medio día; lo que no fue concedido. Partieron de la iglesia; pero apenas habían caminado legua y media cuando el patriarca se sintió tan desfallecido, que fue preciso desandar lo andado, y volverle al mismo templo. Luego que se vio en él, hizo que le mudasen de traje, y pidió un vestido blanco. Hallándose todavía en ayunas, recibió la sagrada eucaristía, hizo su última oración, la que concluyó con estas palabras que le eran muy familiares: Dios sea bendito por todo; y al decir Amén, entregó su espíritu en manos del Criador el día 14 de setiembre del año 407, cerca de los sesenta de su edad, y el noveno de su pontificado.

Publicóse luego milagrosamente la noticia de su muerte, y concurrió innumerable multitud de gentes de todas partes. Hiciéronle un entierro que más parecía triunfo, y desde luego comenzaron todos a honrarle como a mártir, y a invocarle como a santo. Treinta y un años después de su dichoso tránsito, el emperador Teodosio el Menor, hijo y sucesor de Arcadio, hizo trasladar el santo cuerpo a Constantinopla con tanta pompa y con tanta magnificencia, que pudieran quedar deslucidos los mayores triunfos de los emperadores romanos. Salióle a recibir toda la corte; el Bósforo estaba cubierto de embarcaciones, y la multitud de hachas parecía competir con las estrellas. Apenas descubrió el emperador las sagradas reliquias, cuando se postró delante de ellas, y pidió perdón al santo en nombre de sus padres de lo mal que le habían tratado. Depositáronse después con extraordinaria solemnidad en la iglesia de los santos Apóstoles, y se hizo esta traslación el año 438 a los 27 de enero, en cuyo día celebra la Iglesia su fiesta.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.