sábado, 23 de enero de 2016
San Raimundo de Peñafort, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Nació san Raimundo de Peñafort el año de 1175 en el castillo de este nombre, en el Principado de Cataluña, siendo sus padres señores del mismo castillo, y aliados de los reyes de Aragón. Criáronle con el cuidado correspondiente; y habiéndole aplicado al estudio de las ciencias naturales, como estaba dotado de un excelente ingenio, hizo en poco tiempo tantos progresos, que enseñó públicamente filosofía en Barcelona con tanto aplauso como feliz suceso. Aplicóse después al estudio de las leyes; y para perfeccionarse en ellas, pasó á la universidad de Bolonia, donde luego se hizo admirar; y recibiendo el grado de doctor en ambos derechos, habiendo vacado una cátedra de maestro, fué provisto en ella con general aceptación. Causaba admiración su ingenio, pero mayor su desinterés y su vida ejemplar; porque no quiso admitir la renta que le señaló la ciudad, sino para repartirla entre los pobres, no teniendo en sus estudios otros fines que puramente el de la caridad.
Al volver de Roma Berenguel, obispo de Barcelona, pasó por Bolonia para ver á Raimundo, su diocesano, de quien oía hablar en toda Italia con tanto elogio y con tanta estimación. Conoció luego que un sujeto de aquel mérito podía ser de suma utilidad á su iglesia. Proveyó en él un canonicato, y después una de las primeras prebendas de la catedral. Esta se aprovechó bien de lo mucho que acababa de perder la universidad de Bolonia. Desde luego se dejaron admirar el extraordinario mérito y la no menos extraordinaria piedad de Raimundo. Su caridad con los pobres, su amor al retiro, su asistencia al coro, su recogimiento interior y su modestia, hicieron impresión en los ánimos y en los corazones, de manera que en poco tiempo se reconoció visiblemente la reforma del cabildo.
Profesó siempre una tierna devoción á la Santísima Virgen, animada de un deseo ardiente de extender su culto, y de inspirar la misma piedad en los corazones de todos. Reparando que la fiesta de la Anunciación se celebraba con poca solemnidad en Barcelona, obtuvo que se hiciese el oficio con mayor celebridad, y dejó una fundación para que fuese esta fiesta una de las más solemnes.
Solo pensaba Raimundo en santificarse cada día más y más por medio de los ejercicios de devoción y de penitencia, cuando se sintió llamado á estado más perfecto. Valióse Dios para su vocación del escrúpulo que se le excitó por haber quitado á un pariente suyo la que tenía de entrar en la religión de santo Domingo, con el pretexto de que toda novedad es sospechosa. Tomó el hábito de la misma religión en Barcelona el día de viernes santo del año de 1222, cerca de ocho meses después de haber muerto el santo fundador y patriarca. Con el nuevo estado renovó extrañamente su fervor. Ningún novicio le hizo ventajas en correr apresurado por el camino de perfección; ninguno le excedió en los esmeros de una humildad profunda, ni en la exactitud de la regular observancia. Muy á los principios de su noviciado, pidió con instancia á los superiores que le diesen una severa penitencia por las vanas complacencias que había tenido cuando oía los aplausos con que celebraba el mundo su magisterio. Consintió en ello el provincial, y le mandó que en penitencia compusiese una suma de moral, y es la que corre hoy con nombre de la suma de Raimundo, siendo la primera que salió á luz en esta materia.
La generosidad con que un hombre tan distinguido por su nacimiento, por su ingenio y por su dignidad; tan admirable por su virtud, tan respetable por sus raros talentos y por su sabiduría, había dejado el mundo para vivir humilde y desconocido en el estado religioso, le hizo mucho más célebre por todo el universo, y de todas partes concurrían á consultarle como á oráculo. Escogióle Dios para contribuir más que ningún otro á la fundación de una nueva orden, célebre en la Iglesia Católica por su instituto de redención de cautivos, con el título de nuestra Señora de la Merced. Una maravillosa visión que en una misma noche tuvieron Jaime, rey de Aragón, san Pedro Nolasco y nuestro Raimundo, unió el zelo de todos tres para promover este sagrado instituto. San Pedro Nolasco fué el fundador, el rey de Aragón el apoyo, y Raimundo fué como el alma de esta grande empresa, que tuvo después tan grandes resultados.
Por este tiempo vino á España á predicar la cruzada contra los moros el cardenal Juan de Abbevilla, obispo de Sabina y legado de la santa Sede. Parecióle que no desempeñaría bien su legacía si san Raimundo, tan poderoso en obras como en palabras, no le ayudaba con sus consejos y con su santo zelo. Predicó la cruzada con tanto espíritu y con tanta felicidad, que el legado le atribuía principalmente, y con mucha razón, las grandes ventajas que las armas cristianas consiguieron de los infieles. Vuelto á Roma el cardenal dijo tantas maravillas de san Raimundo, que el papa Gregorio IX le llamó para que asistiese cerca de su persona; hízole su capellán, escogióle por su confesor, y le nombró por penitenciario mayor de la santa iglesia de Roma. Después que experimentó su rara capacidad, le mandó copilar todas las decretales ó constituciones pontificias de sus predecesores con los decretos de los concilios. Esta colección de las decretales en cinco libros, hecha por san Raimundo, es la más autorizada y la más generalmente recibida en todas las universidades.
Ni las grandes ocupaciones, ni los continuos estudios alteraron nunca su piedad, ni mucho menos se dispensó por eso en los ejercicios de la vida religiosa. Instóle el papa para que aceptase el arzobispado de Tarragona y otras dignidades eclesiásticas con que le brindó, pero todo fue en vano; porque fué tan invencible su resistencia como su humildad. Y habiendo juzgado los médicos que le convenía restituirse á Cataluña para reparar la salud, se volvió á su convento de Barcelona como un fraile particular, sin beneficio, sin título, sin pensión, considerándose en todo como el menor de sus hermanos.
La enfermedad que le obligó á retirarse de Roma se la habían causado sus excesivas penitencias; pero apenas recobró la salud, cuando volvió á ellas con mayor fervor. Comía una sola vez al día; todas las noches tomaba una áspera disciplina; eran extraordinarias sus vigilias, su oración continua, su mortificación severa, pero únicamente para él; porque para los demás era suavísimo, siendo la dulzura de Jesucristo el modelo de la suya. Sin dejarse llevar de indignas ó cobardes complacencias, sabía perfectamente el arte de ganar los pecadores sin dar cuartel al pecado.
Gozaba Raimundo tranquilamente el dulce sosiego de la vida privada, retirado en su convento de Barcelona, cuando en el año de 1238, muy contra su voluntad, fué electo general de toda la Orden en lugar de Luis Jordán que había sucedido á santo Domingo. Cualquiera otro corazón menos humilde que el de Raimundo pudiera dejarse lisonjear de un empleo de tanta distinción; y no faltarían razones al amor propio para juzgar conveniente á la mayor gloria de Dios y al mayor bien de la Religión el mantenerse en él; pero eran muy despejadas las luces, muy sólidos y muy espirituales los dictámenes de Raimundo para que le hiciesen fuerza estos pretextos, desviándose de su fin que era aspirar á la mayor perfección. Después que visitó á pié todas las provincias de la orden, renovando en los corazones de sus súbditos el primitivo fervor, renunció el generalato.
Mas no por eso logró tampoco esta segunda vez por mucho tiempo el descanso del retiro y de la vida particular. Los papas Celestino IV, Inocencio IV, Alejandro, Urbano y Clemente descargaron en él gran parte del peso de sus cuidados y de las penosas fatigas de la santa Sede. A tantas ocupaciones importantes se añadieron las que le encomendaba el rey de Aragón, que le había escogido por su confesor, y frecuentemente le empleaba en diferentes legacías. Bendijo Dios tan extraordinariamente el zelo de su fiel siervo dándole tanta gracia para la conversión de los Moros y de los Judíos esparcidos en toda España por aquel tiempo, que en pocos meses convirtió más de diez mil.
Tenía el Rey una entera confianza en su confesor, y le hizo venir á Mallorca donde á la sazón se hallaba la corte. Allí se continuó la conversión de los Judíos y de los Moros; pero, habiendo llegado á entender que había en la corte cierta dama con quien se sospechaba que el rey tenía algún ilícito comercio, tomó la libertad de representarle con respeto, y de suplicarle con instancia que se sirviese separarla. Como vio que proseguía el escándalo, y que aquel monarca le iba entreteniendo con vanas palabras, creyó que estaba obligado á pedir licencia para retirarse; y habiéndosela negado, él se la tomó. Fué al puerto para embarcarse; pero se le dijo que había orden del rey para que, pena de la vida, ninguno le pasase.
Entonces, lleno el santo de una gran confianza en el Señor, hizo la señal de la cruz, extendió su capa sobre el agua, tomó el báculo en la mano, montó en aquella embarcación de nueva especie, tomó la mitad de la capa, atóla al mango del báculo, haciendo mástil de este y vela de aquella, y á favor de un viento fresco que se levantó hizo en menos de seis horas el viaje de cincuenta y tres leguas que hay desde Mallorca á Barcelona. Al llegar á su convento, se le abrieron por sí mismas las puertas, que estaban cerradas; hallóse sin la más leve señal de humedad la capa que le había servido de embarcación y de vela; y el miedo que tuvo el compañero de fiarse en aquel navío, acreditó también la verdad del hecho y de la maravilla. Como fueron innumerables los testigos de milagro tan estupendo, presto se extendió la fama por todas partes. Creció la estimación y la veneración que se tenía del santo; el rey se dió por entendido, al instante echó de sí aquella cortesana, y se volvió á entregar con mayor confianza en manos de su santo director.
Vivió todavía algunos años san Raimundo dedicado á continuos y penosos ejercicios de la caridad. Ni sus viajes, ni los trabajos de las misiones, ni sus molestos achaques le estorbaban el celebrar cada día el santo sacrificio de la misa. Hacíalo con tanta devoción, con tanta ternura, que comúnmente se decía que no había convertido á menos pecadores su modestia en el altar, que su fervor en el púlpito. Suplicó á santo Tomás de Aquino que escribiese contra los infieles; y á las instancias de Raimundo debemos lo que el santo doctor dejó escrito en la suma contra los gentiles.
En fin, consumido de trabajos y colmado de merecimientos, murió en Barcelona tan santamente como había vivido, el año de 1275, á los noventa y nueve años y cuatro meses de su edad. En su enfermedad le visitaron los reyes de Castilla y de Aragón, y honraron su entierro con su asistencia, juntamente con los príncipes y princesas de las dos casas reales, los prelados y señores de las dos cortes, acompañados de la nobleza y del pueblo de la ciudad. Trescientos veinte y seis años después de su muerte el papa Clemente VIII, movido de la devoción de los reyes y de los pueblos, y de un gran número de milagros, le canonizó solemnemente.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.