miércoles, 13 de enero de 2016
San Hilario, Obispo y Doctor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Hilario, uno de los mayores ornamentos del orden episcopal, uno de los más brillantes astros de la iglesia galicana, a quien san Gerónimo y san Agustín apellidan el gloriosísimo defensor de la Fe, y el doctor insigne de la Iglesia, este hombre verdaderamente grande nació en Poitiers hacia el fin del siglo tercero, o al principio del cuarto. Su casa era de las más distinguidas de toda aquella provincia, aunque tenía la desgracia de estar envuelta en las tinieblas del gentilismo, en el cual fue también criado Hilario. Su educación, no obstante haber sido pagana, fue correspondiente a un niño de distinción. Aplicáronle con tiempo al estudio de las ciencias profanas; y el niño Hilario hizo tan rápidos progresos, así en las bellas letras, como en la filosofía, que desde luego se persuadieron todos a que había de ser con el tiempo uno de los sabios más eminentes de su siglo. Con efecto lo fue; pero no debió la eminencia de su sabiduría a las ciencias profanas.
Tenía Hilario un juicio demasiadamente sólido y una comprensión demasiadamente perspicaz y penetrativa, para vivir pagado y satisfecho de las supersticiones y ridiculeces del gentilismo. Bastaríale su sola razón natural con las luces de la filosofía para conocer los groseros errores y los enormes absurdos de la idolatría; pero aunque el entendimiento puede descubrir todo esto con la luz de la razón, con todo eso la conversión del corazón siempre es obra de la gracia. Comenzó esta insensiblemente a iluminarle el espíritu, y a correr el velo a la ridiculez y a la impiedad de todas aquellas divinidades quiméricas que entretenían y engañaban miserablemente al pueblo. Al resplandor de esta divina luz conoció muy presto Hilario que había un Ser supremo, soberano y eterno, principio y fin de todos los entes criados, quien únicamente podía hacer la suma felicidad y bienaventuranza del hombre.
Hallábase todo embebido en estas reflexiones, cuando, por especial disposición de la divina Providencia, le vinieron a las manos los libros de Moisés y de los profetas. Leyólos con ansia y con gusto; pero la lección del Evangelio acabó de descubrirle la verdad y la santidad de nuestra religión: y el Padre de las misericordias, que quería hacer de Hilario otro vaso de elección, le inspiró el deseo eficaz de abrazarla y de seguirla. Iluminado con estas vivas luces, renunció sin dificultad el paganismo más filosófico que gentílico que había profesado, porque nunca fue capaz de incurrir en los absurdos de los paganos; y desde que tuvo el uso de la razón, conoció que no se hallaba la verdad en el partido de la idolatría. Recibió el bautismo con un gozo inexplicable, como él mismo lo asegura; y fue tan abundante la gracia de esta regeneración, que desde el principio se sintió tan lleno del espíritu de Dios como los cristianos más perfectos. Desde luego miró con tedio y con horror todo lo que había aprendido en los libros de los paganos; no hallaba gusto sino en el estudio de los sagrados; cualquiera otra lectura le parecía insípida y fastidiosa.
Como el Señor le destinaba para que fuese una de las más grandes lumbreras de la Iglesia, le dio una inteligencia tan clara de la sagrada Escritura y de las verdades más sublimes de la Religión, que apenas recibió las aguas del bautismo, comenzó a portarse, no ya como neófito, sino como maestro consumado en la fe, y como padre de la iglesia de Jesucristo. Era todavía secular, y parecía poseer con anticipación la gracia del sacerdocio, como se explica Fortunato. A la especulación de la teología dogmática añadió la práctica de la moral cristiana. Su devoción era la más tierna, su porte el más ejemplar. Estaba casado con una dama de singular mérito, que, siguiendo en todo las piadosas inclinaciones de su virtuoso marido, servía de ejemplo y de modelo a todas las de su sexo y de su estado. Tenían por fruto de este matrimonio a una hija, llamada Abra, la cual se supo aprovechar tan bien de los ejemplos domésticos que tenía siempre a la vista, y de la cristiana educación de sus padres, que mereció ser honrada como santa, y como tal celebra su fiesta la iglesia de Poitiers. Creciendo cada día más la virtud de nuestro santo, convino con su mujer en vivir de allí adelante como si fueran hermanos. No se hablaba de otra cosa en toda la provincia que de la pureza de sus costumbres, admirando todos la modestia, el celo y la caridad de Hilario.
En fin, su raro mérito y su extraordinaria piedad le granjearon tanta estimación, no solo del pueblo, sino también del clero, que, habiendo muerto el obispo de Poitiers, todos los fieles de aquella iglesia pusieron los ojos en él; y sin dar oídos ni a su repugnancia, ni a su humildad, le escogieron de consentimiento universal por su pastor y maestro. Separado de su mujer con recíproco consentimiento, se vio precisado a consentir en su elección, y fue consagrado obispo. No ignoraba Hilario los formidables cargos del estado episcopal; pero lleno de confianza en aquel Señor que se los había echado a cuestas, esperando de su piedad todas las luces y fuerzas necesarias para cumplir fielmente con su ministerio, se aplicó a conservar el sagrado depósito de la fe que se le había confiado, y a defender su pureza contra la corrupción de las herejías.
Había penetrado el arrianismo hasta las Galias después de haber desolado toda la iglesia de Oriente. Engañado el emperador Constancio, hijo del gran Constantino, por los artificios de su mujer, princesa arriana, se declaró protector del arrianismo con tanto empeño, que por defenderle persiguió a la Iglesia cruelmente, desterró a los prelados más celosos y ejemplares, y en fin fue azote de los católicos. Encendido san Hilario en un celo ardiente y generoso por la fe de Jesucristo, no contento con mantener a sus ovejas, apacentándolas con el saludable pasto de la divina palabra por medio de sus continuos sermones, no cesaba de declararse contra el error, y era ya tenido por uno de los enemigos más formidables del arrianismo. La mayor parte de los prelados de las Galias celebró su generosidad y se declaró a su favor, mirándole no solo como a hermano, sino como a caudillo del partido católico; y unidos con él, obraron de concierto en defensa de la fe, y en prevenir antídotos en los pueblos contra el veneno de la herejía.
Pero turbó esta santa liga de los pastores, Saturnino, obispo de Arlés, gran fautor del arrianismo, hombre de ingenio travieso y de costumbres estragadas. Orgulloso con el favor que le hacía el emperador arriano, comenzó a ejercitar una especie de tiranía con los demás obispos, hermanos suyos. Valióse de amenazas y de violencias para atraerlos a su parcialidad, y armó contra los que no se dejaban persuadir de sus artificios el poder de los magistrados y de los ministros del emperador, que por la mayor parte estaban inficionados del arrianismo como él. Diósele poco a san Hilario del crédito de Saturnino; y viendo que no perdonaba medio alguno para intimidar a los católicos, se separó de su comunión y de la de todos sus parciales con los otros prelados católicos de las Galias.
Quiso despicarse Saturnino de este que reputaba desaire de su dignidad y de su carácter. Ligóse con algunos obispos herejes, y protegido con la autoridad del emperador, convocó un concilio en Beziers, en el cual se cree que él mismo presidió, y llamó a él a san Hilario con otros muchos prelados católicos de la provincia. Concurrió al concilio nuestro santo, y animado con aquel generoso y ardiente celo que hace siempre el carácter de los verdaderos prelados, se declaró intrépidamente por delator de los obispos arrianos, denunciándolos ante los católicos. Obligóse a probar su impiedad, a convencer sus errores, a producir testigos de sus herejías, a descubrir la malignidad de su secta. Demostró que se corrompía el Evangelio, que se arruinaba la fe, y que a la sombra de una falsa y engañosa confesión de Jesucristo, se introducía en la Iglesia la más horrible blasfemia. Mas la violencia que reinaba en una junta gobernada por los enemigos de la fe católica, no le permitió libertad para representar todos estos puntos con la claridad, con la extensión y con el método que requería la materia. Cuanto más insistía en que le prestasen atención, más se empeñaban en negársela los enemigos de la verdad. Temían verse confundidos, y echaron por el atajo de no escucharle.
Hallándose árbitros del poder en aquel conciliábulo, Saturnino y los demás obispos arrianos depusieron a nuestro santo; y abusando del crédito que tenían con el emperador Constancio, que a la sazón se hallaba en Milán, dispusieron que fuese desterrado a Frigia en compañía de Rodano, obispo de Tolosa. Recibió Hilario la sentencia o la orden del emperador con un gozo muy parecido al que sentían los apóstoles y los mártires cuando se les ofrecía ocasión de padecer en defensa de la causa de Jesucristo. Triunfante y orgulloso Saturnino, viendo desterrado al azote de los herejes, creyó que no se atreverían a tratarle como tal los demás obispos católicos de las Galias intimidados por este destierro; pero le engañó su vanidad. No hubo siquiera uno de aquellos generosos prelados que quisiese admitirle en su comunión, permaneciendo constantes en la fe y en la comunión de san Hilario.
Partió este sin dilación a su destierro, y allí le tenía prevenidos la Providencia nuevos triunfos. Animado con la confianza de la causa que defendía, escribió al emperador una carta muy respetuosa y muy atenta, justificándose plenamente de las negras calumnias que sus enemigos le imputaban. Escribió también otra, pero mucho más enérgica, a los obispos de las Galias, con quienes conservó siempre una correspondencia tan seguida y tan estrecha, como si estuviera en medio de ellos. Sus cartas desarmaron el artificio de los arrianos, y fueron de gran socorro a los obispos que no tenían tanto celo, ni eran tan generosos como Hilario.
Apenas llegó al lugar de su destierro, cuando se sintió penetrado de un vivísimo dolor al ver el lastimoso estado en que se hallaban las iglesias de toda el Asia. Las de Frigia, donde se hallaba desterrado, y las de las provincias comarcanas, tenían apenas más que el nombre de iglesias de Jesucristo. Solo habían quedado en ellas unas débiles señales, unas imperceptibles reliquias de la religión católica. No se oían más que escándalos, cismas, perfidias, nuevos errores, que brotaban y se multiplicaban cada día. Protegido el arrianismo con todo el poder del emperador, de tal manera había desolado la viña del Señor, que asegura nuestro santo no haber encontrado más que tres obispos que no fuesen total y descubiertamente arrianos; los demás vivían tan lastimosamente descaminados, que Dios apenas era conocido por los prelados de las diez provincias del Asia, como él mismo se explica y se lamenta.
En este teatro, pues, fue donde más brilló y más gloriosos frutos produjo la sabiduría, el celo y la prudencia de Hilario. Animado siempre con el espíritu de Jesucristo, combatió a los enemigos de la fe con un ardor tan vigoroso, y al mismo tiempo tan prudente, que no pudieron cogerle prenda. Conociendo el genio falaz y artificioso de los herejes en sus diversas confesiones de fe, a cual más capciosa, volvió a tomar la pluma en defensa de la causa del Hijo de Dios; y exponiendo a los ojos de todo el mundo el veneno del error, ilustró con tanta claridad todos los puntos controvertidos, hizo tan patente la verdad de la fe católica, y lo hizo de una manera tan plausible, que debiera espirar el monstruo de la herejía si el genio de esta hidra fuera reducible. Compuso por el mismo tiempo otras varias excelentes obras, y entre ellas el admirable tratado De los sínodos; y trabajó tan gloriosamente en servicio de la Iglesia, que pudiera parecer no haber sido enviado a un país tan remoto más que para restablecer el reino de Jesucristo y resucitar la religión verdadera.
Celebrábanse por entonces dos famosos concilios en el imperio con la autoridad del emperador, en los cuales la multitud y la variedad de las confesiones de fe que presentaron los arrianos destruía la augusta simplicidad y unidad de la religión cristiana, como lo notó juiciosamente un gentil. Estaba convocado el primer concilio en Rímini, ciudad de Italia, para los obispos de Occidente: el segundo en Seleucia de Isauria para los de Oriente; ambos enemigos de la verdad católica. Como la orden del emperador para que concurriesen los prelados era general, el gobernador obligó a san Hilario a que asistiese al de Oriente, y aun le proveyó de carruaje para la jornada. En ella le salió al encuentro una doncella pagana, llamada Florencia, que había días tenía ardientes deseos de conocer al siervo de Dios por las grandes cosas que de él publicaba la fama, y le pidió su bendición. Recibióla el santo con agrado; instruyóla, y la bautizó juntamente con su padre y su familia.
Luego que llegó a Seleucia, fue recibido de aquellos prelados con testimonios de veneración. Justificó plenamente a los obispos de las Galias, a quienes los arrianos, fecundos siempre en calumnias, habían desacreditado como sospechosos de sabelianismo. Declamó después contra los enemigos de la divinidad de Jesucristo, acriminó su impiedad, confundió a los parciales del error, y al fin hizo triunfar la verdad. La herejía asustada a vista de aquel héroe de la verdad, procuró alucinar a la asamblea, la cual siguió en una horrible confusión; encendidos unos contra otros, los arrianos y los semiarrianos, se maltrataron recíprocamente con tanto furor, que al fin se rompió el concilio, y apelando al emperador, corrieron a Constantinopla. San Hilario los siguió. Los diputados del conciliábulo de Rímini, que llegaran a la corte pocos días antes, se habían juntado al partido de los anómeos.
Viendo nuestro santo que la parcialidad de los herejes iba a prevalecer, se presentó al emperador con generosidad y con respeto; y después de exponerle en pocas palabras los motivos que le habían impelido a tomarse la libertad de presentarle también su memorial, le pidió una conferencia pública, en la cual, a presencia de su Majestad, le fuese permitido disputar con los arrianos. Mostróse Constancio muy inclinado a concedérsela; pero conociendo los herejes los superiores talentos de nuestro santo, y no atreviéndose a medir sus armas con las de Hilario en presencia de testigos y de árbitros, discurrieron un expediente singular para salir de aquel pantano. Persuadieron al emperador que le volviese a enviar a su iglesia, pintándosele como a un hombre inquieto y sedicioso que con su presencia turbaba todo el Oriente.
Esta nueva especie de destierro era tan grata como gloriosa a nuestro santo, viéndose desterrado a su misma amada iglesia por aquellos mismos que tan inicuamente le habían arrojado de ella; pero como en el corazón de Hilario no prevalecía otro afecto que el de los intereses de Jesucristo, comprendiendo con la mayor penetración los artificios de sus enemigos, soltó las riendas a su celo, viendo la malignidad con que era oprimida la Religión. Declaróse, pues, abiertamente y con una grandeza de alma verdaderamente extraordinaria contra un príncipe, que con el especioso nombre de cristiano echaba por tierra el fundamento del cristianismo, impugnando la divinidad de Jesucristo. El deseo del martirio, y el dolor de ver las iglesias del Oriente presa infeliz de los herejes le inspiraron esta libertad; pero al fin fue preciso obedecer, y el generoso defensor de la fe tomó el camino de Poitiers, siendo recibido en todas partes como un glorioso confesor de Jesucristo, que volvía cargado de laureles, triunfante de la herejía.
Salióle al encuentro san Martín, aquel que fue después tan famoso en toda Francia, y que a la sazón estaba haciendo vida solitaria y penitente en una isla de las costas de la Liguria. Sabiendo que Hilario pasaba por aquellas cercanías, dejó la soledad, y quiso acompañarle hasta Roma; desde allí le siguió a Poitiers, donde se hizo su discípulo. Ya se deja discurrir con qué alegría, con qué triunfo, con qué veneración sería recibido de sus ovejas aquel glorioso confesor de Jesucristo. También Dios quiso honrar la feliz vuelta de nuestro santo con algunos milagros, que dieron mayor nombre a la reputación de su eminente santidad.
Viéndose, pues, restablecido en su silla, no se contentó con hacer que refloreciese en su diócesis la disciplina eclesiástica, la piedad y la pureza de las costumbres, visitándola toda personalmente. Extendióse su celo a las provincias vecinas, inficionadas del arrianismo, y persiguió la herejía hasta sus mismas trincheras. Vuelto después a su iglesia, la gobernó en paz el resto de su vida, que solo fue de cinco o seis años después de que se restituyó del destierro. Logró el consuelo de ver morir con olor de santidad a la única hija que había tenido en su matrimonio antes de ser obispo, y la iglesia de Poitiers celebra la Fiesta de esta santa virgen el día 13 de diciembre. En fin, después de haber seguido con tanta gloria su penosa carrera, acabó con una muerte aun más preciosa a los ojos del Señor, el día 13 de enero del año 368, a los catorce años de su obispado, y sesenta y siete de su edad.
Dejónos san Hilario muchas obras excelentes, que son muy estimadas y aplaudidas de todos los santos Padres. Doce libros de la Trinidad, que comenzó el año de 356, y los acabó en su destierro; el tratado de los sínodos, que compuso también en el mismo destierro el año de 359; tres escritos al emperador Constancio contra los arrianos. Cuando volvió del Asia compuso un tratado contra Ursacio y Valente, obispos arrianos, del cual solo nos han quedado algunos fragmentos; otro contra Auxencio, también arriano, obispo de Milán. Tenemos sus Comentarios sobre san Mateo, y una parte de los que escribió sobre los salmos. Es también autor de algunos himnos, y no falta quien le atribuya el Gloria in excelsis, y el himno que comienza: Pange lingua gloriosi praelium certaminis. Desde el año inmediato a su muerte se comenzó a celebrar su fiesta en la iglesia galicana, y se trasladó al día 14 de enero, por concurrir en el día 13 la octava de la Epifanía. Conserváronse siempre sus reliquias en Poitiers, donde eran reverenciadas de los fieles hasta el año de 1562 en que fueron quemadas por la impiedad de los Hugonotes.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.