martes, 29 de diciembre de 2015
Santo Tomás Becket, Obispo y Mártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santo Tomás era inglés, de una familia distinguida por su nobleza antigua y por su piedad. Nació en Londres á 21 de diciembre del año 1147. Sus padres le pusieron el nombre de Tomás, por haber nacido el día de este santo apóstol. Su padre, llamado Gilberto Becket, siendo todavía joven, se cruzó por devoción, é hizo el viaje de la Tierra Santa con otros caballeros ingleses para servir en la guerra contra los infieles. Habiendo caído en una emboscada de Sarracenos, visitando los santos lugares, fué preso y hecho esclavo el año de 1144. Sus bellas prendas le merecieron una particular atención de su señor, que era uno de los primeros oficiales de su nación, y le hicieron amar de la hija única de aquel emir, la que, embelesada con lo que le había oído decir de nuestra religión, deseó hacerse cristiana. Habiéndose escapado Gilberto de su prisión, al cabo de diez y ocho meses, la hija del emir huyó de la casa de su padre, dejó su país y vino á Inglaterra á encontrar á Gilberto. El obispo la bautizó, y le puso el nombre de Matilde: habiendo esta casado con Gilberto, fué madre de nuestro santo, á quien crió con el mayor cuidado en el espíritu y máximas de la religión cristiana, siendo ella misma el ejemplo de las señoras cristianas. De ella con especialidad aprendió Tomás á honrar con ternura á la santísima Virgen, á quien hizo escogiera por su singular patrona, y de quien fué tan devoto toda su vida.
El joven Tomás sacó del vientre de su madre las más bellas prendas, las que fueron cultivadas con una dichosa educación. Tenía un entendimiento vivo y despejado, un juicio sólido, y una memoria que conservaba tenazmente cuanto se le confiaba. Su aire, su vivacidad, sus modales se llevaban tras sí á todos. Vuelto su padre del segundo viaje de la Tierra Santa, le puso de pensionista en un monasterio para formarle en los principios de la religión, y en los ejercicios de la piedad cristiana. Hizo allí tantos progresos en la virtud como en las letras humanas, en las cuales salió muy hábil. Era el honor y la gloria de sus maestros, y daba á conocer lo mucho que se aprovechaba de los cuidados que empleaban en su educación, cuando perdió á su padre y á su madre casi á un mismo tiempo. A los veinte y un años de su edad se vió abandonado á sí mismo; pero sin embargo de los malos ejemplos que veía, supo usar bien de su libertad. Fué á París para continuar sus estudios, donde se distinguió, especialmente en la ciencia del derecho.
Sus padres le habían dejado muchas virtudes, pero pocos bienes. Habiéndole tomado un señor principal por su secretario, quiso que le acompañara en todas sus diversiones. La caza fué en lo que más gusto hallaba; pero Dios hizo un milagro para sanarle de esta pasión. Un día que cazaba al vuelo, ó de cetrería, á la orilla de un río, habiendo su alcón hecho meter en el río á un ánade, á quien perseguía, y habiéndose metido en el agua con él, el temor de perderle le hizo arrojarse al río, sin advertir el peligro á que se exponía por libertar su alcón: la corriente del agua le llevó hasta un molino, donde iba á ser estrellado contra el rodezno, cuando por un milagro visible el rodezno paró de repente hasta que fué sacado Tomás del agua. Reconoció el favor de una protección tan visible, y renunció á todas estas diversiones, aplicándose desde entonces á ocupaciones más serias. Sin embargo de la reputación que adquirió en la administración de los negocios civiles, se disgustó de ellos; y no pudiendo su rectitud sufrir las vejaciones y las injusticias que veía, se arrimó á Teobaldo, arzobispo de Cantorbery, quien, reconociendo en él un ingenio sobresaliente, y un gran fondo de piedad, le empleó en el despacho de los mayores negocios de su diócesis. Envióle á Roma por negocios muy delicados; pero Tomás nada emprendió jamás con que no saliera felizmente. Advirtió cada día el arzobispo más mérito en su superintendente: creyó que no podía hacer mayor servicio á la Iglesia que conquistarle un tan digno sugeto, y así le ordenó de diácono.
Era demasiado grande su mérito para no temer envidiosos. Rogerio, arcediano de Cantorbery, fué toda su vida su enemigo mortal. Tomás no le correspondió sino con una inalterable paciencia. Habiendo sido creado el arcediano arzobispo de York, Teobaldo dió á nuestro santo el arcedianato, y proveyó también en él algún otro beneficio. El aumento de rentas solo sirvió para hacerle más limosnero; tanto, que sus grandes limosnas le consiguieron bien pronto el nombre de padre de los pobres. Haciéndose cada día más visible el mérito del nuevo arcediano, el rey Enrique II quiso conocer y tratar personalmente á un ingenio tan extraordinario, y de una virtud que era el objeto de los aplausos de toda la corte. Apenas hubo hablado con él, cuando conoció que su mérito era muy superior á su fama, y sin detenerse le hizo su canciller.
Jamás se vió ministro de estado, ni tan zeloso de los intereses de su rey, ni tan deseoso del bien público. Jamás se sirvió del favor que lograba con el rey sino para el alivio del pueblo: si el rey le honraba con toda su confianza, el canciller hacía á su reino feliz. El puesto que tenía en la corte no le hacía olvidarse del que tenía en su iglesia; y se veía en el ministro de estado más prudente y más hábil que hubo jamás, el eclesiástico más ejemplar y más perfecto que jamás se ha visto en Inglaterra. Empleaba el día en el despacho, y pasaba la mayor parte de la noche en oración, siendo tan modesto y tan mortificado en la corte, como el más fervoroso religioso en el claustro; y si después de sus largas oraciones le obligaban á tomar algunos momentos de descanso, no dormía en la cama, que tenía de perspectiva, sino en tierra. El mismo rey le sorprendió alguna vez en este ejercicio de austeridad. Pocas noches se pasaban sin que maltratara su cuerpo con sangrientas disciplinas. La penitencia fué, por decirlo así, su pasión dominante; y la profusión y liberalidad con los pobres, á quienes jamás rehusó la limosna, hacían todas sus delicias.
Advirtiendo el rey los prodigiosos talentos de su canciller, y su raro mérito, le confió la educación del príncipe Enrique su hijo. Nada omitió nuestro Tomás para hacer de él un rey según el corazón de Dios: no se vió jamás educación más bella. Los servicios que Tomás hacía al estado no se limitaron á la familia real: envióle el rey á Francia en calidad de embajador extraordinario; acompañó á Enrique á Guinea; y en todas partes dió pruebas visibles de cordura, de prudencia, de habilidad y de valor.
Mientras que el canciller de Inglaterra brillaba tanto en la corte, y era la admiración de las cortes extranjeras, el arzobispo Teobaldo dejó vacante por su muerte la silla de Cantorbery; desde luego pusieron todos los ojos en el canciller: el mismo rey creyó que no podía encontrar sugeto más digno, y así lo mismo fué verle, que decirle le había escogido para la primera silla de Inglaterra. Tomás se asustó al oír la propuesta del rey: representóle su insuficiencia para un cargo que pedía otra virtud y otra ciencia que la que podía él tener. Estos humildes sentimientos, y toda su respetuosa representación solo sirvieron para confirmar su elección. Viendo entonces que era preciso obedecer, dijo nuestro santo: Señor, estoy muy seguro que, si Dios permite que yo sea arzobispo de Cantorbery, perderé bien pronto la gracia y el favor de vuestra Majestad, y que el grande afecto con que ahora me honra, se convertirá en un odio implacable; porque las disposiciones con que veo á vuestra Majestad me dan sobrado motivo para temer ha de querer exigir de mí muchas cosas contrarias á los derechos de la Iglesia, y que no me permitirá concederos mi ministerio; lo cual servirá de pretexto á todos los que no me quieren bien para desacreditarme con vuestra Majestad, y hacerme perder los frutos del zelo y fidelidad con que hasta aquí le he servido.
El rey pareció pasmarse al oír una respuesta tan libre; pero sin embargo perseveró en su resolución, y como se hallaba en Normandía, le mandó pasase al instante el mar, y fuese á tomar posesión de su obispado; lo que se ejecutó, por más súplicas y representaciones que hizo santo Tomás. Se juntó el clero en Londres en la abadía de Westminster, y todos confirmaron la elección del rey, quedando Tomás elegido arzobispo de Cantorbery con general aplauso en presencia del joven príncipe Enrique, su discípulo: fué luego conducido á Cantorbery, donde se ordenó de presbítero el sábado 2 de junio, y el día siguiente fué consagrado obispo por el obispo de Winchester, con asistencia de otros catorce prelados más, en presencia del príncipe y de toda la nobleza.
Jamás se vió consagración más aplaudida, ni obispo que mantuviese más dignamente su carácter. La alta dignidad á que nuestro santo acababa de ser ensalzado no aflojó el espíritu de penitencia y de humildad del nuevo prelado: apenas recibió el palio que el papa Alejandro III le envió, cuando abrazó la disciplina monástica regular del cabildo de su catedral, llevando el hábito religioso debajo del de prelado, y observando la vida más austera. Se aplicó más que nunca á mortificar su carne y sus sentidos con continuos ayunos, vigilias y otras mortificaciones corporales: se vistió asimismo un áspero cilicio, el que no se quitó en toda su vida. Lavaba los piés á trece pobres al amanecer, y daba de comer cada día en su palacio á ciento y doce. Decía misa todos los días con una devoción tan grande, que se comunicaba hasta á los asistentes; después de lo cual iba á visitar los hospitales y á otros pobres enfermos. Tenía tan arregladas en su casa las horas del oficio divino, las conferencias y otros ejercicios de piedad, que vino á ser el ejemplo de las casas más regulares; y si se había hecho tan célebre siendo canciller, siendo arzobispo fué el modelo de los más grandes y más santos prelados de la Iglesia.
La ejemplar piedad y la constante regularidad del pastor reformaron bien pronto el rebaño. En muy poco tiempo los abusos fueron abolidos, corregidos los desórdenes, y toda la diócesis mudó de semblante. No hacía más que un año que el santo prelado ocupaba la silla metropolitana cuando se vió precisado á pasar el mar para asistir al concilio de Tours, en que presidía el papa. Todos los cardenales salieron á recibirle, y Alejandro III le recibió asimismo como á un prelado que era el ornamento de la Iglesia. El concilio pronunció anatema contra todos los usurpadores de los bienes de la Iglesia, y contra los obispos y monjes que no se opusieran á semejantes usurpaciones.
Vuelto santo Tomás á Inglaterra, fué recibido del rey con unas demostraciones de honra y amistad todavía mayores que las que había experimentado hasta entonces; pero este favor no duró mucho tiempo. El rey llevó á mal que el santo quisiera hacer dejación del empleo de canciller, y que hubiera ejecutado la disposición del concilio de Tours, excomulgando á un señor, patrono de una parroquia; pero lo que acabó de exasperar al rey contra el santo fué la constancia con que defendió que los eclesiásticos no debían ser juzgados por los jueces seculares, sino por los obispos ó sus vicarios. El rey miró esta pretensión como una injuria hecha á la autoridad real, y juntó una asamblea de obispos en Westminster, en la que el santo arzobispo defendió con vigor los derechos de la Iglesia, y aunque la indignación del rey inclinó hacia sí á la mayor parte de los prelados, santo Tomás se mantuvo inflexible; pero en fin, movido de las lágrimas de la mayor parte, que no cesaban de rogarle y representarle que mirase por la tranquilidad del estado, y por la paz de la Iglesia, hubo de ceder y obligarse bajo de juramento á seguir la costumbre. Pero no estuvo mucho tiempo sin arrepentirse: su porta-cruz ó crucero, hombre piadoso y zeloso, no temió echarle en cara que había vendido á la Iglesia, y le había sido traidor. La voz de este hombre, dice el cardenal Baronio, fué el canto del gallo que despertó á san Pedro. Nuestro prelado detestó su cobardía, lloró su culpa y se abstuvo de decir misa hasta que el papa, que estaba en Sens, le hubo enviado la absolución de su culpa. Creyó que debía ceder á la tempestad, y retirarse á Francia, cerca del papa; pero los vientos contrarios le obligaron á volverse á su iglesia, donde trabajó con más zelo que nunca. El rey, siempre irritado contra el santo prelado, suplicó al papa nombrara por su legado al arzobispo de York, en lugar del de Cantorbery. El papa lo rehusó mucho tiempo; pero temiendo las consecuencias que podrían resultar de no asentir á las instancias de un rey irritado y violento, vino en ello por el bien de la paz; pero, aunque transfirió la dignidad de legado apostólico al arzobispo de York, no le dió jurisdicción alguna sobre el de Cantorbery, ni sobre alguno de sus sufragáneos.
El rey, poco contento de esta exención, volvió á enviar el breve al papa; y determinó hacer deponer al santo arzobispo. Hizo amontonar varias acusaciones contra el santo; convocó un parlamento en Nortánton, en el que fué obligado santo Tomás á comparecer como reo, y no como arzobispo; fué condenado en él por los obispos y señores; todos sus bienes fueron confiscados, y la confiscación se puso en manos del rey como por gracia. En medio de una tan violenta borrasca el santo no perdió su tranquilidad y su paz. Se vió despojado de todo sin quejarse; y sabiendo que había de haber una junta para deponerle, creyó que este día iba á ser el último de su vida. Dijo misa de san Estéban con el palio para disponerse á morir; y tomando él mismo el Sacramento con la cruz, se presentó ante el rey, el cual tomó este procedimiento por un insulto. Recibió mil ultrajes en palacio; y habiéndole dicho que había sido depuesto, oyó con serenidad su deposición, y apeló á la santa sede. El santo prelado, cargado de injurias por sus propios hermanos, insultado por los barones y cortesanos, y ultrajado de varios modos por los oficiales del rey y por sus criados, salió de palacio muy gozoso por haber sido juzgado digno de padecer por la justicia. Pero habiéndole dicho que su vida no estaba segura, se huyó secretamente una noche, y pasó á Francia, donde fué muy bien recibido del rey, quien le ofreció su protección. El mismo acogimiento halló en el papa, á quien le hizo una sencilla, pero verdadera relación de todo lo que había pasado, y le suplicó que, pues él solo había sido la causa de la tempestad, se dignase admitir su dejación, y sacando al punto el anillo episcopal de su dedo, le presentó al papa, y se retiró de la junta. Pero habiéndole hecho llamar el soberano pontífice, alabó su zelo y su piedad, le puso él mismo en el dedo el anillo, y le restableció en su silla; y para no exasperar más á Enrique, aconsejó al santo se retirara á la abadía de Pontiñy, del órden del Cister, esperando reconciliarle bien pronto con el rey.
No se puede explicar el gozo que mostró el santo al verse en este sagrado asilo después de tantos trabajos: aquí fué donde se entregó á todas las dulzuras de la oración, y á todos los rigores de la penitencia. El rey de Inglaterra, irritado del favor que el santo había hallado en Francia del papa y del rey, hizo confiscar todos sus bienes, y los de sus parientes y amigos, los desterró á todos de sus estados, y los obligó, bajo de juramento, á ir á buscar al santo en su retiro. Santo Tomás vió muy en breve llegar á Pontiñy esta tropa de gentes proscritas y desterradas por él, las cuales se le iban á quejar de su desgracia. El santo se enterneció al ver este espectáculo: las lágrimas y los clamores de tantos inocentes fueron para él el más cruel suplicio; pero su constancia quedó siempre invicta. El rey cada día más furioso hizo grandes amenazas al papa, diciéndole que llevaría su resentimiento hasta los últimos excesos; pero todo fué en vano. Restablecido Enrique de una peligrosa enfermedad, suplicó al papa enviara á Inglaterra un legado á látere para terminar todas estas diferencias. Pero temiendo igualmente que el santo prelado fulminase contra él desde Pontiñy los anatemas de la Iglesia, escribió una carta llena de amenazas al capítulo general del Cister, diciendo que, si proseguían en dar asilo al santo prelado, iba á echar de Inglaterra á todos los religiosos cistercienses. Luego que nuestro santo tuvo noticia de esta carta, salió de Pontiñy, y se retiró al monasterio de Santa Columba.
No habiendo surtido efecto las proposiciones de paz que se hicieron á Enrique, el rey de Francia, compadecido de la larga opresión de nuestro santo, determinó ser él mismo el mediador entre el santo y su rey, y hacer que volviera á ocupar su silla. Tuvo algunas conferencias con Enrique, que se hallaba en Normandía, y consiguió de él que se viera con el santo prelado, el cual, habiendo entrado en la junta donde estaba su rey, se fué á echar á sus piés; pero éste no se lo permitió, antes bien se bajó para levantarle: imploró su clemencia, y le dijo que dejaba toda su causa al arbitrio del rey, como quedase salva la honra de Dios. Esta cláusula alteró al rey, y le irritó; pero, vuelto de su rebato, se serenó y se aplacó; y habiéndole hecho algunas proposiciones, que el santo creyó no podía aceptar en conciencia, esta conferencia solo sirvió para aumentar el mérito del prelado, y dar nuevo lustre á su paciencia, la que le fué bien necesaria en las humillaciones que tuvo que sufrir. Estando el rey de Inglaterra en Mont-Martre, dijo al rey de Francia que echaba á un lado todos sus resentimientos, y que Tomás podía volverse á su iglesia. Un santo sacerdote, volviendo á Sens con el santo, le dijo con espíritu profético, que se había tratado de la paz de la Iglesia en la capilla de los Mártires; pero que, según le parecía, la paz solo se lograría con su martirio. Á lo que el santo le respondió: Que nada deseaba tanto como que su sangre fuese el precio de esta libertad.
No habiendo podido el rey conseguir la deposición del arzobispo de Cantorbery, buscaba todos los medios de molestarle, y hacerle perder los derechos de su iglesia. Hizo coronar por el arzobispo de York al príncipe Enrique su hijo, resistiéndolo el papa y el primado; pero bien pronto se arrepintió de lo hecho. El papa declaró al arzobispo de York por suspenso y excomulgado, y fulminó las mismas censuras contra todos los obispos que habían asistido á la coronación del joven príncipe; é hizo decir al rey de Inglaterra que, si no volvía la paz á la Iglesia, se vería precisado á poner entredicho en todos sus estados. El rey, que estaba ya arrepentido de todas sus violencias, se rindió á las paternales amonestaciones del papa. Dijo que quería verse con el arzobispo de Cantorbery: se tuvo la conferencia en una gran pradería, que se llamaba el prado de los Traidores. Se concluyó la paz con mucha sinceridad por parte del santo, y con grandes demostraciones de benevolencia por parte del rey, el que no pudo dejar de derramar lágrimas de ternura cuando vió al santo á sus piés. Habiéndose despedido el arzobispo del rey, y dado muchas gracias á todos los que le habían favorecido en Francia, se fué al puerto de Witsan en Picardía para pasar á Inglaterra. El arzobispo de York, su enemigo personal, y los otros obispos de su partido nada omitieron para hacerle perecer, ó á lo menos impedir el que desembarcara. Llegó felizmente á Sandwich, no lejos de Cantorbery, donde entró el día siguiente 2 de diciembre, y fué recibido con aclamaciones y aplausos de todo el pueblo y de todo el clero, así secular como regular. Su entrada fué una especie de triunfo, y tuvo, al parecer, alguna semejanza con la de Jesucristo en Jerusalén, que fué seguida de su muerte pocos días después.
Apenas había llegado el santo á su iglesia, cuando el arzobispo de York y los obispos de Londres y Salisbery le enviaron á decir de parte del rey que absolviera á todos los obispos que estaban entredichos ó excomulgados. Pero como no admitían las justas condiciones que el santo les pedía, creyó no podía pasar adelante. Los tres prelados, autores y cabezas de la cábala, pasaron á Normandía para calumniar al santo delante del rey, á quien tuvieron la insolencia de decir que desde que el santo había llegado á Cantorbery no había hecho otra cosa que obrar y hablar contra la honra y el servicio de S. M., y contra las costumbres del reino. El rey crédulo, y todavía resentido contra el santo, se arrebató hasta decir en presencia de toda su corte que maldecía á cuantos había honrado con su amistad, pues no tenían valor para vengarle de un sacerdote, que le daba más que hacer y más sinsabores él solo que todos sus vasallos juntos. Cuatro de sus oficiales, Reinaldo de Ours, Hugo Norvilla, Guillermo de Tracy y Ricardo Bretón, hombres sin conciencia y de una vida disipada, se obligaron allí mismo con juramento á ir á asesinar al santo arzobispo.
El santo, que hacía tiempo no hablaba sino de su próxima muerte, se retiró á su iglesia á celebrar la gran fiesta de Navidad con su clero y su pueblo; predicó por la última vez, y les anunció su muerte como si hubiera tenido revelación de ella; pasó las tres festividades en la iglesia de día y de noche, ofreciéndose sin cesar en sacrificio con un fervor extraordinario: el día siguiente al de los inocentes, 29 de diciembre, llegaron los asesinos á Cantorbery; y habiendo entrado en su cuarto, le hicieron unas proposiciones las más escandalosas, sin tener para ello orden alguna del rey. El santo les respondió como correspondía á un gran prelado y á un héroe cristiano. Mas aquellos impíos le dijeron al retirarse que su constancia espiritual le costaría la vida. No huiré, les dijo sonriéndose, y con su mansedumbre ordinaria; esperaré tranquilamente la muerte, y me tendré por muy dichoso en morir por los intereses de la iglesia. Habiéndose retirado á la iglesia después de esta mortificación á cantar el oficio divino, vió muy luego rodeada la iglesia de soldados con los asesinos á su frente. Los religiosos y los clérigos se sorprendieron, é hicieron ademán de cerrarla y defenderse, para lo cual se ofrecía el pueblo á ayudarlos; pero el santo lo estorbó, diciendo que el templo del Señor no debía fortificarse ni guardarse como el campo de un ejército. Entonces, habiendo entrado los asesinos con espada en mano, empezaron á gritar: ¿Dónde está el traidor? ¿dónde está el arzobispo? A estos gritos, dejando el santo su silla, y poniéndoseles delante, les dijo: Yo soy el arzobispo; pero no soy traidor: estoy pronto á morir por mi Dios, por la justicia y por la libertad de la Iglesia; pero con toda la autoridad que Dios me ha dado os conjuro que no hagáis el menor mal á ninguno de mis religiosos, de mis clérigos ó de mi pueblo. Luego volviéndose hacia el altar, y juntando las manos, exclamó: Encomiendo mi alma y la causa de la Iglesia á Dios y á la Virgen santísima, á los santos patronos de este lugar, y á san Dionisio mártir. Apenas hubo dicho estas palabras cuando Reinaldo, uno de los asesinos, le descargó el primero en la cabeza un sablazo, con lo que el santo cayó de rodillas cubierto todo de sangre, y al mismo tiempo dos de los otros asesinos le atravesaron sus espadas por el pecho; y al ir á espirar, el cuarto de estos malvados le rajó la cabeza, y le hizo saltar los sesos sobre el pavimento. Así consumó su martirio este ilustre y santo prelado, gloria de su nación, y uno de los más gloriosos ornamentos de su iglesia: murió el 29 de diciembre del año de 1170, á los cincuenta y tres de su edad, y el noveno de su obispado.
Toda la Europa mostró el dolor que le causaba la muerte del obispo de Cantorbery, y todo el mundo cristiano se horrorizó al oír el asesinato ejecutado en la persona del más santo y más eminente prelado de su tiempo. Su cuerpo, que se halló vestido de un áspero cilicio, muy mortificado con sus continuas penitencias, y consumido por sus muchos trabajos, fué enterrado en la iglesia sin ceremonia alguna. Los asesinos saquearon el palacio arzobispal, y consternaron toda la ciudad. Varios santos religiosos de Inglaterra, Francia y Palestina tuvieron revelación de su muerte al mismo tiempo que sucedió.
La nueva de esta muerte consternó tanto al rey Enrique, que, arrepentido de cuanto había hecho, estuvo muchos días sin comer ni beber hecho un mar de lágrimas. Envió al instante embajadores al papa Alejandro III, que le protestaran que este asesinato se había ejecutado sin preceder la menor orden suya; que confesaba que él había sido la causa y el motivo por una palabra indiscreta que se le había soltado, y que se sujetaba á la penitencia que gustase imponerle. El papa envió dos legados para informarse de lo acaecido, los que, viendo que el rey á todo se sometía, le impusieron una penitencia pública proporcionada al delito; y habiendo ido después á la puerta de la iglesia, se postró en tierra, y bañado en lágrimas, recibió la absolución de los legados en presencia del clero y del pueblo.
Se miró esta conversión del rey como uno de los primeros milagros del santo, al que se siguieron otros muchos estupendos que se obraban todos los días en su sepulcro; lo que obligó al papa Alejandro III á canonizarle solemnemente tres años después de su muerte, habiendo precedido todas las formalidades ordinarias. Por sincero que fuese el arrepentimiento de Enrique, sin embargo no dejó Dios de vengar la muerte del santo de un modo muy terrible. La espada de la disensión no salió de su familia desde entonces. Los dos príncipes sus hijos se rebelaron contra él, y trajeron á su partido al conde de Flandes y al rey de Escocia. Se vió á pique de ser destronado, y aun de perder la vida. Pero comprendiendo de dónde le venían tantas desdichas, determinó expiar su pecado con una penitencia pública. Habiendo hecho juntar un gran número de obispos en Cantorbery, se presentó ante ellos con los piés descalzos, con un vestido ordinario, y sin séquito. Habiendo llegado al sepulcro del santo, bañado en lágrimas, y prorumpiendo en grandes sollozos, se postró con el rostro en tierra, confesó públicamente su pecado, pidió perdón á Dios y al santo; luego descubriéndose las espaldas, quiso que todos los prelados le diesen cinco disciplinazos, y más de ochenta religiosos cada uno tres; pasando lo restante del día y de la noche siguiente en vela, en oración y en ayuno. Se olvidó para siempre de las injustas pretensiones que habían sido el asunto de su querella contra santo Tomás, y aumentó los derechos y rentas de su iglesia. Dios aceptó su penitencia. El rey de Escocia fué vencido y hecho prisionero, y los dos príncipes sus hijos vinieron á echarse á sus piés para implorar su clemencia. Los asesinos fueron asaltados de un terror continuo que les hizo pasar el resto de sus días en una especie de frenesí que no los dejó hasta la muerte, y todo el mundo fué testigo de su terrible suplicio. El rey de Francia, Luis el Joven, fué en persona al sepulcro de santo Tomás á pedirle la salud de su hijo primogénito, que fué después Felipe Augusto. San Luis dió á la abadía de Royaumont la cabeza del santo, la que obtuvo del rey de Inglaterra. Enrique VIII, habiéndose rebelado contra la Iglesia, concibió tanta aversión á nuestro santo, que cometió la impiedad de hacer quemar sus santas reliquias.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.