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lunes, 28 de diciembre de 2015

Los Santos Inocentes, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Parece que la Iglesia ha buscado quien haga la corte al Salvador recién nacido, haciendo que a la fiesta de su Natividad se siguiera la de los santos Inocentes, la del primer mártir y la del amado discípulo. Como el que ha nacido es Dios, se le deben ofrecer víctimas inocentes: Deus est qui natus est, innocentes debentur illi victimæ, dice san Agustín. Como el que ha nacido es un cordero sin mancha, que ha de ser un día sacrificado por nosotros en una cruz, es necesario que desde que aparece en el mundo se le ofrezcan en sacrificio corderos muy puros: Agni debent immolari, quia agnus futurus est crucifigi.

Luego que el Salvador del mundo nació en Belén, anunció Dios a los reyes Magos el nacimiento de este rey Salvador por medio de una estrella milagrosa, que les sirvió también de guía para que viniesen a adorarle. Con esta ayuda del cielo llegaron a Jerusalén, a la que creían encontrar haciendo grandes fiestas con motivo del nacimiento del Mesías, del Rey de los judíos por tanto tiempo esperado; pero les causó mucha novedad el no encontrar en ella ni fiestas, ni otra señal de alegría. Lo primero que hacen estos extranjeros es preguntar dónde está el Rey de los judíos que acababa de nacer, cuya estrella aseguran haber visto en el Oriente, y haberles servido de guía.

Esta novedad asustó extrañamente a Herodes, y causó una gran conmoción en Jerusalén. El pueblo era demasiado curioso para no hablar de esta novedad, y Herodes demasiado desconfiado y demasiado celoso del reino, de que se había apoderado sin tocarle, para oír a sangre fría una novedad como ésta. Y así, temiendo que podía venir a quitarle la corona el niño que buscaban los Magos, al punto envía a llamar a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que eran los que debían explicar al pueblo las escrituras, y cuidar que no se mezclase en ellas nada que pudiese corromper su verdadero sentido.

Tenía este monarca demasiada penetración para no ver que un rey, a quien de tan lejos venían a buscar unos extranjeros en el seno de la Judea, era un rey extraordinario, y muy diferente de los otros; por otra parte no ignoraba que siendo él idumeo, esto es, de un pueblo que descendía de Esaú, no era de familia judía, y por consiguiente, que no estando ya el cetro en los descendientes de Judá, había llegado el tiempo en que los profetas habían predicho había de nacer el Mesías. Sin duda por este motivo, en la asamblea de los judíos no habló palabra tocante al nuevo rey, y solo preguntó dónde debía nacer el Mesías. Todos a una voz respondieron a esta pregunta, que nacería en Belén, pequeña ciudad de la tribu de Judá, porque así lo había predicho el mismo Dios por su profeta.

Herodes se contentó con esta respuesta; y habiendo despedido la asamblea, hizo venir a los Magos para conferenciar a solas con ellos. No quiso hablarles en presencia de unos doctores, que eran gentes instruidas y capaces de descubrir lo que él procuraba disimular; temía que la inquietud que mostraría en sus preguntas y en toda su conversación, les haría entrar en sospechas del designio que formaba y meditaba de deshacerse del niño, y de sacrificarle a su ambición y a su rabia. Este espíritu fraudulento y artificioso cogió a los Magos aparte, les hizo cien preguntas capciosas, procuró informarse especialmente del tiempo en que la estrella había empezado a dejarse ver, y conociendo en ellos mucha piedad y poca desconfianza, mostró aprobar su devoción, y los animó a proseguir su viaje. Id, les dijo, id a Belén, informaos de todo lo que pertenece a este niño, y volved cuanto antes a darme noticia de cuanto hubiereis visto, porque yo quiero ir también a adorarle.

Todo esto no era otra cosa que disimular sus intentos, y ver si podía hacer caer en el lazo a los Magos; pero Dios, que se burla de todos nuestros artificios, que no puede ser engañado, y que se propone fines muy diferentes de los que tienen los hombres, supo muy bien confundir todos estos maliciosos designios. Los Magos fueron en derechura a Belén; tuvieron la dicha de encontrar al Salvador; se postraron delante de él, le adoraron, y habiéndole ofrecido los dones que traían de su país, que consistían en oro, incienso y mirra, avisados en sueños por un ángel que no volviesen a ver a Herodes, tomaron otro camino distinto del de Jerusalén, y se volvieron a su patria, dejando de este modo burlado al tirano.

Aunque Herodes no supo el paradero de los Magos, no por eso se mostró inquieto; creyó que no habiendo hallado lo que venían a buscar, no se habían atrevido a volver a la corte por no pasar por unos visionarios. Sin embargo, las maravillas que se habían obrado en Belén, y los milagros que se habían visto en Jerusalén cuando la santísima Virgen y san José llevaron al niño Jesús al templo, hicieron gran ruido; este ruido se extendió hasta la corte; y habiéndose informado Herodes muy por menor de lo que había pasado, comenzó a cavilar y a temer alguna ruina sobre sí. El temor que le causó la majestad y grandeza del divino niño que le habían alabado tan altamente, y que en el templo había sido reconocido por el Mesías, y la vergüenza de verse burlado de unos extranjeros, a quienes hasta entonces había tenido por simples y crédulos, le arrastraron hasta los últimos excesos de inhumanidad.

Era Herodes uno de los más crueles e inhumanos príncipes que ha habido jamás. Antonio había hecho que el senado le nombrase rey de los judíos. La ambición y la sospecha eran sus dos pasiones dominantes; y la inhumanidad era el carácter que le distinguía. Había hecho ahogar a Aristóbulo, su cuñado, sumo sacerdote; hizo morir a su abuelo Hircano, a Mariana, su mujer, y a Alejandra, madre de Mariana; hizo degollar a sus propios hijos; no perdonó a sus más caros amigos; lo mismo era concebir alguna sospecha contra alguno, que mandarle matar. Todos los que eran de la familia de los Asmoneos, o que tenían alguna autoridad, perdieron la vida sin ninguna formalidad de justicia. Pero Dios castigó la crueldad y la inhumanidad de este príncipe bárbaro con una enfermedad horrible; pues salieron de su cuerpo una infinidad de gusanos, que, comiéndole a bocados, exhalaban un hedor intolerable; tanto, que muchas veces quiso él mismo matarse para libertarse de los dolores y del horror que se tenía a sí mismo. Y viendo que los judíos se habían de alegrar de su muerte, mandó que luego que hubiese espirado degollaran a todas las personas de calidad, las que antes había mandado prender, todo con el fin de que cada familia distinguida tuviese motivo de llorar en su muerte. Esta orden no se ejecutó, porque el desprecio y execración en que se tuvo su memoria no daban lugar a que se hiciese caso de lo que había mandado quien ya no podía hacerse temer.

Este era Herodes; el cual, no pudiendo ya dudar del nacimiento milagroso de un niño de quien se publicaban tantos prodigios, y no dudando que había sido burlado, se encendió en un extraño furor. Sus sospechas, su temor, su ambición le arrastraron a una especie de desesperación; y queriendo deshacerse a cualquier precio del niño recién nacido, tomó la bárbara resolución de hacer pasar a cuchillo a todos los niños de pecho, no dudando sería envuelto en la matanza general el que buscaba. Dio, pues, sus órdenes para ello, y mandó a todos sus oficiales que las ejecutaran so pena de la vida: en consecuencia de esto se repartieron por todas las ciudades, villas y aldeas compañías de soldados, sin que se supiese a qué fin se hacía este nuevo repartimiento de tropas. Se publicó al principio que el rey quería saber a punto fijo los niños varones de dos años abajo que había en aquel territorio. Luego que se supo el número y cuántos había en cada familia, los soldados tuvieron orden de degollarlos a todos, sin perdonar a uno solo, y esto so pena de la vida.

Esta orden bárbara se ejecutó con la mayor exactitud, y el mismo día en pocas horas fueron sacrificadas todas aquellas inocentes víctimas. El número fue muy crecido, no solo en Belén, sino también en todas las ciudades y pueblos vecinos. La sangre corría a arroyos; no hubo casa ni choza que no fuese un lugar de suplicio, rociado con aquella sangre inocente. San Gregorio Niseno y san Agustín emplearon toda su elocuencia en pintarnos la crueldad de estos soldados en esta horrible ejecución; los gritos lamentables de las madres que miraban arrancar de su seno a los que poco antes habían dado a luz; las crueles heridas de los niños que eran despedazados inhumanamente, antes que hubieran podido cometer ningún delito; finalmente, la gloria de su muerte y de su martirio; pues morían, no solo por Jesucristo, sino también en lugar de Jesucristo.

Estos niños son degollados en lugar de Jesucristo, dice san Agustín, y la inocencia logra la dicha de morir por la justicia: Occiduntur pro Christo parvuli, pro justitia moritur innocentia. Son las flores de los mártires, continúa el mismo padre, y las primeras yemas de la Iglesia, que el ardor de la más cruel pasión hizo brotar en medio del invierno de la infidelidad, y que se llevó el hielo de la persecución: Flores martyrum, et primas erumpentes Ecclesiæ gemmas, quas in medio infidelitatis frigore exortas, persecutionis pruina decoxit. Feliz odio del más bárbaro rey, exclama el mismo padre; más ventajoso has sido tú para estos niños, que lo hubieran sido los más señalados favores del monarca: Ecce profanus hostis nunquam beatis parvulis tantum prodesse potuisset obsequio, quantum profuit odio.

¡Qué dicha la vuestra, inocentes víctimas, dice san Cipriano, ser confundidos con Jesucristo, y arrancados del pecho de vuestras madres para ser degollados en su lugar! Habéis sido bautizados en vuestra sangre, dice san Crisólogo, como vuestras madres lo fueron en sus lágrimas. Estos son los verdaderos mártires de la gracia, que confiesan sin hablar, que mueren y triunfan sin conocer el precio ni el mérito de su victoria. Dios os guarde, flores de los mártires, canta el poeta Prudencio, que al nacer el día habéis sido robados por el perseguidor de Jesucristo, como aquellos tiernos botones de las rosas que un furioso torbellino se lleva cuando empiezan a abrirse y desplegarse. Si me preguntáis, dice san Bernardo, por qué acciones merecieron ser coronados estos santos Inocentes, preguntadle a Herodes por qué delitos fueron condenados a muerte. La bondad de Jesucristo, Salvador nuestro, ¿tendrá menos poder que la malicia del cruel Herodes para que este haya podido quitar la vida a unos inocentes, y el Salvador no haya podido coronar a los que murieron por él?

Algunos han sido de parecer que el número de estas inocentes víctimas ascendía a ciento cuarenta y cuatro mil, fundados en que san Juan en su Apocalipsis, hablando de las almas inocentes y castas que siguen al Cordero a cualquiera parte que vaya, pone este número; pero el erudito Salmerón en sus Comentarios dice que fueron catorce mil; y añade que los cristianos de Etiopía, llamados los Abisinios, señalan este número en el canon de la misa. Genebrardo dice asimismo que los Griegos señalan este mismo número en su calendario, y esta opinión es más probable.

Estos santos niños sacrificados de este modo al furor y a los celos de un tirano, que pretendía vengarse en ellos de un rey que creía haber nacido para quitarle la corona, han sido mirados siempre en la Iglesia como verdaderos mártires de Jesucristo. La Iglesia solo nos advierte que dieron testimonio en favor de la verdad, no por el órgano de la palabra, sino por la efusión de su inocente sangre: también nos dice en sus oficios que murieron únicamente por la causa de Jesucristo, que se intentó hacerlos morir en su lugar, y que se creyó quitarle la vida a él, degollándolos a ellos. San Ireneo ensalzó la gloria de su martirio con unos elogios los más encarecidos; y muchos creen que su fiesta se celebraba ya en tiempo de los apóstoles: Bene ergo et secundum voluntatem Dei sancti patres eorum memoriam celebrari mandaverunt sempiternam. Este pasaje se encuentra en las homilías atribuidas a Orígenes.

Como se ignora el día de su muerte, la Iglesia ha destinado para su fiesta el 28 de diciembre, para acercarla cuanto es posible al nacimiento del Salvador. Se asegura que en el sexto siglo el emperador Justiniano el Joven mandó edificar en Constantinopla una iglesia en honra de los santos Inocentes, y que en ella se guardaba uno de sus cuerpos, el que se exponía a la pública veneración. Se ve al presente uno todo entero en la célebre abadía de San Dionisio en Francia, en una cuna de ramas de palma, metida en una caja de plata sobredorada, el que fue donado a esta abadía por el emperador Carlomagno: otro en la iglesia de los Inocentes de París, con su carne y sus huesos, puesto en una urna de cristal, guarnecida de plata, costeada por la munificencia del rey Luis XI: otro en el relicario de la iglesia catedral de Valencia en España, también entero: y otro en el famoso monasterio del Escorial, sitio real de los reyes de España.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.