domingo, 27 de diciembre de 2015
San Juan, Apóstol y Evangelista
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Juan, apóstol y evangelista. Ninguna cosa puede dar una idea más alta y más cabal de la santidad y del mérito extraordinario de san Juan, que el augusto título de discípulo amado de Jesucristo que le da el Evangelio. Ningún elogio fue más magnífico ni más verdadero. Era san Juan galileo, hijo del Zebedeo y de Salomé, y hermano menor de Santiago el Mayor, de quienes se habla tantas veces en el Evangelio. Aprendió desde joven el oficio de pescar con su padre. Ningún apóstol fue llamado tan joven al apostolado. No tenía sino de veinte y cuatro a veinte y cinco años cuando el Salvador le eligió por su discípulo. Estaba con su hermano Jacobo en una barca a la orilla del lago de Genezareth, llamado el mar de Tiberíades, trabajando con su padre y su hermano en remendar sus redes, cuando Jesucristo, que acababa de llamar a san Pedro y san Andrés, vio a algunos pasos de allí a estos otros dos hermanos san Juan y Santiago, sobre los cuales había puesto sus ojos para hacerlos sus discípulos favorecidos. Llamólos, como lo había hecho con los primeros; y su palabra tuvo tanta fuerza, que sin detenerse un momento abandonaron barca y redes, se despidieron de su padre, y siguieron al que los llamaba.
La inocencia de costumbres de san Juan, y particularmente su virginidad, le hicieron bien pronto más querido de su divino Maestro que todos los otros. San Jerónimo, como también la Iglesia en el oficio de este santo, atribuye a su virginidad la predilección del Salvador, y todos los favores singulares que este santo apóstol recibió con preferencia a los otros. Su inviolable adhesión a Jesucristo, y aquella fidelidad con que le seguía a todas partes, da bastante a conocer que el amor de san Juan a su amado Maestro era recíproco. San Juan amaba a Jesucristo con una extremada ternura, y desde el primer día que se le juntó no supo perderle de vista. Jesús amaba también tiernamente a san Juan; y esta predilección era tan conocida y tan visible, que él mismo no toma otro título ni otro nombre en el Evangelio, que el del discípulo a quien amaba Jesús: Discipulus quem diligebat Jesus. Juan fue el confidente de todos sus secretos; y cuando los otros apóstoles querían informarse o tomar nueva luz sobre algún punto, se encaminaban al amado discípulo. Pero lo que hace ver la virtud eminente de nuestro santo, sus raras prendas y su mérito universalmente aplaudido, es que estos favores particulares y esta tierna amistad del Salvador jamás causaron la menor envidia ni el menor asomo de celos entre los otros discípulos, aunque a la sazón eran todavía muy imperfectos.
El Salvador, dándole todos los días nuevas muestras de su amor, quiso que fuese testigo de todas las acciones más prodigiosas de su vida mortal. Primeramente se encontró nuestro santo en la curación de la suegra de san Pedro, poco después en la resurrección de la hija de Jayro, presidente de una sinagoga, y en todos los demás prodigios que obró el Salvador. Habiendo sido enviado con su hermano a un pueblo de Samaritanos a buscar alojamiento para su Maestro y para ellos, y no habiendo querido recibirlos los Samaritanos, esta afrenta hecha al Salvador inflamó tanto su celo, que, encarándose con el Salvador, le dijeron si les permitía hacer bajar fuego del cielo para consumir a aquellos ingratos, como lo hizo Elías en otro tiempo. Pero el Salvador les dijo en tono de reprensión: No sabéis de qué espíritu estáis animados cuando habláis de esta suerte: el Hijo del hombre no ha venido para quitar a nadie la vida, sino para dársela a todos. Se cree que fue en esta ocasión cuando el Salvador les impuso el nombre de Boanerges, que quiere decir hijos del trueno, para darles a entender que aquel celo vengativo y fogoso que habían concebido contra los Samaritanos, no nacía de su espíritu, que es un espíritu de mansedumbre y de misericordia.
La transfiguración de Jesucristo fue también una señal de la predilección del Hijo de Dios para con san Juan. Quiso el Señor que este amado discípulo fuese testigo de esta prueba sensible de su divinidad, y de la gloria milagrosa y resplandeciente de que todo su cuerpo se vio rodeado, la cual solo era como preludio de la gloria con que debía ser glorificado después.
Queriendo el Salvador celebrar poco después su última cena la víspera de su pasión, envió a san Juan y a san Pedro a Jerusalén para aprontar cuanto era necesario para esta grande acción, en que debían ejecutarse tantas maravillas. En esta última cena fue donde Jesucristo quiso dejar a todos los hombres que había venido a redimir con el precio de su sangre, una prenda de su amor en la institución de la adorable Eucaristía. Aquí también le dio a san Juan una señal de su ternura y de un cariño particular, haciendo que se pusiera en la mesa junto a sí, y permitiéndole, por un favor muy especial, que reclinara su cabeza sobre su costado. La disposición de la mesa que estaba en semicírculo, y la de los bancos, daba ocasión al discípulo privilegiado para recibir esta prerrogativa, que ciertamente no era sin misterio. Durante este reposo misterioso sobre el pecho del Salvador, dice san Agustín que este discípulo amado bebió en el mismo corazón del Salvador todos los secretos de la religión, y todos aquellos sublimes conocimientos que le han hecho llamar por excelencia el divino teólogo, y que le han hecho asimismo uno de los profetas más ilustrados.
Habiendo dicho Jesucristo al fin de la cena que uno de sus discípulos le había de entregar, quedaron todos tan atónitos con esta funesta predicción, que sobrecogidos de miedo no pudieron hablar una palabra. San Pedro, más curioso, o a lo menos más osado que los otros, hizo señas a san Juan para que preguntase a Jesús quién era aquel de quien hablaba. El amado discípulo preguntó en voz baja al Señor, quién era: Jesús le respondió en el mismo tono, que el traidor era aquel que metía con él la mano en el plato; el cual era Judas Iscariotes, que fue el desventurado que le entregó.
Quiso el Salvador que su amado discípulo, después de haber sido testigo de su gloria sobre el Tabor, lo fuese también de su pasión en el monte Olivete y en el Calvario. Le eligió con san Pedro y Santiago para que le acompañaran al huerto de Getsemaní, y fuesen testigos de su agonía. Pero apenas fue preso Jesucristo por los soldados que el traidor Judas había conducido, cuando san Pedro y Santiago, cediendo al temor de que fueron sobrecogidos, echaron a correr y huyeron. San Juan fue el único que no abandonó al Salvador, haciéndole despreciar todos los riesgos el amor tierno que tenía a su Maestro. Pronto a morir con él, lejos de avergonzarse de ser discípulo de aquel que iba a ser condenado tan injustamente a muerte por su doctrina, no le dejó un punto ni por las calles de Jerusalén, ni en los tribunales, ni sobre el Calvario, haciéndole participar su generoso amor a Jesucristo de todas las burlas, de todos los oprobios y de todos los suplicios que tuvo que sufrir el Salvador.
Este fiel discípulo fue el único apóstol que siguió a Jesucristo hasta la cruz, donde recibió del Salvador el último testimonio de su amor, el que sobrepujó a todos los otros; porque, estando Jesús para espirar, le hizo heredero de la cosa que más amaba, que era su Madre, para que fuese respetado en toda la Iglesia como el primero de sus hermanos, y como el primogénito de los hijos adoptivos de la Madre de Dios. La donación se hizo en dos palabras, que allí mismo obraron su efecto. El Salvador se encaró primero con su Madre, a la que no llamó sino con el nombre de mujer, porque el nombre tierno de madre no hiciese mayor su dolor. Mujer, le dijo, hé ahí a tu hijo, señalando a san Juan con la lengua y con los ojos, que eran las solas partes del cuerpo de que no se le había podido quitar el uso. Ese es el que yo substituyo en mi lugar, para que haga contigo todos los oficios de hijo. Luego, echando una ojeada sobre el discípulo, y señalándole en el modo que podía a su Madre, le dijo: Ahí tienes a tu madre: hónrala y sírvela como a tu querida madre. Con estas palabras dio el Salvador a la santísima Virgen un corazón de madre para con san Juan, y a san Juan un corazón de hijo para con la santísima Virgen; y así desde aquel tiempo este hijo de María no quiso que esta Señora tuviese otra casa que la suya, y él tuvo cuidado de mantenerla. ¿Podía el Hijo de Dios distinguir a su amado discípulo de una manera más honrosa ni más ventajosa? Este favor único hace decir al beato Pedro Damiano, que ninguno parece ser superior en méritos a aquel que por una gloria y una prerrogativa especial fue hecho hermano del Salvador.
San Juan no se apartó de la cruz hasta que Jesucristo espiró. Vio atravesar el costado de Jesucristo con una lanza después de su muerte, y vio salir de él sangre y agua, como él mismo lo testifica. Sería preciso conocer cuál era la medida del ardiente amor del amado discípulo, para comprender cuán grande fue el dolor y la aflicción que tuvo al ver espirar al Salvador en la cruz, y siendo testigo de lo que padecía su divina Madre en el Calvario. Esto fue lo que hizo decir a san Crisóstomo que san Juan fue mártir más de una vez: Multoties martyr est Joannes. No hay martirio más doloroso para un corazón que ama, que estar presente al martirio del objeto amado.
No habiendo hallado María Magdalena el cuerpo del Salvador en el sepulcro, corrió a decirlo a san Pedro y a san Juan. Entrambos corrieron al sepulcro; pero san Juan llegó antes que san Pedro. Nuestro santo fue asimismo testigo de las apariciones del Salvador después de su resurrección: ¡cuál sería el gozo del fiel discípulo, y de qué favores no llenaría Dios su corazón fiel y generoso en estas apariciones! Jesucristo no se daba a conocer desde luego cuando se aparecía a los demás apóstoles; pero no podía ocultarse al amado discípulo. San Juan fue el único que le conoció a la orilla del mar de Tiberíades, y que dijo a san Pedro: El Señor es. Como san Juan era el único de todos que fuese virgen, así también fue el único que conoció al divino Esposo; es advertencia de san Jerónimo: Solus virgo virginum agnoscit.
San Pedro, que amaba a su divino Maestro más que los demás apóstoles, hizo particular alianza con san Juan, a quien veía que Jesucristo amaba más tiernamente; y esta alianza que Jesucristo había formado entre los dos apóstoles fue cada día más íntima. Habiendo dicho el Salvador a san Pedro que le siguiera, este apóstol se sorprendió de que Jesucristo no hubiese dicho lo mismo a san Juan; y habiéndose tomado la libertad de preguntar al Salvador qué designios tenía su Majestad sobre su amigo Juan, le respondió el Señor: ¿Qué te importa a ti el saber en lo que ha de venir a parar Juan? Esta respuesta dio motivo a los otros discípulos para creer que Juan no había de morir; pero Jesucristo les dio a entender que no comprendían el sentido de sus palabras.
Poco después de la venida del Espíritu Santo, yendo al templo san Pedro y san Juan, curaron a la puerta a un cojo, que desde su nacimiento tenía embarazado el uso y movimiento de sus miembros. El ruido que hizo este milagro dio motivo a que los pusieran en la cárcel, donde fueron examinados; pero su respuesta constante y animosa hizo ver claramente que solo Dios había podido hacer tan intrépidos y elocuentes a unos pobres pescadores. Durante la persecución que se siguió a la muerte de san Esteban, los apóstoles que se habían quedado en Jerusalén, noticiosos de los progresos que hacía la fe en la ciudad de Samaria, enviaron al punto allá a san Pedro y a san Juan, los que, imponiendo las manos sobre los nuevos fieles, hacían bajar sobre ellos el Espíritu Santo, confiriéndoles con esta imposición de las manos el sacramento de la confirmación. Estos dos grandes apóstoles predicaron la fe en diversos lugares de aquellos alrededores; y habiéndose vuelto a Jerusalén, pusieron por obispo de esta ciudad a Santiago el Menor, llamado el Justo. Nuestro santo asistió después al concilio de Jerusalén, donde pareció, dice san Pablo, como una de las columnas de la Iglesia.
Entre los apóstoles fue san Juan uno de los últimos que dejaron la Judea para ir a llevar el Evangelio a las naciones: fue a predicar a los Partos, a quienes pretende san Agustín haber dirigido su primera carta; pero su departamento fue el Asia menor. Encargado del cuidado del más precioso depósito que había en la tierra, que era la Madre de Dios y suya, la condujo a Éfeso cuando todos los fieles fueron expelidos de Jerusalén, y estableció en aquella ciudad su domicilio con grandes ventajas de la religión. San Jerónimo dice que nuestro santo fundó y gobernó todas las iglesias del Asia durante su larga mansión en aquellas provincias. Ningún héroe hizo jamás tantas conquistas. Apenas se dejaba ver, cuando las ciudades y aldeas se rendían a su palabra. Es verdad que los estupendos milagros que obraba en todas partes facilitaban mucho estas conversiones; la mansedumbre sin igual de nuestro santo, aquel aire de modestia y de pureza que resplandecía en su cara, su afabilidad, sus modales corteses cautivaban todos los espíritus, y le ganaban todos los corazones; pero sobre todo, aquella unción divina que había bebido en el mismo sagrado corazón de Jesucristo, era tan sensible en sus razonamientos y en todas sus conversaciones, que todo cedía y se rendía a su palabra. Su vida era tan austera, que dice san Epifanio era imposible llevar más lejos la austeridad. Convirtió a la fe de Jesucristo casi toda el Asia, donde estableció un gran número de obispos, de los que él mismo era como el pastor y el modelo: Totius Asiae fundavit rexitque ecclesias, dice san Jerónimo.
Su ardiente celo le hizo escribir su Apocalipsis a los obispos de Éfeso, de Esmirna, de Pérgamo, de Tiatira, de Filadelfia, de Laodicea y de Sardis, a los cuales los llama ángeles por la pureza que debe hacer parte del carácter de un obispo, y por el cuidado que debían tener de los pueblos que la divina Providencia les había encomendado. Los cuidados, el respeto y la ternura con que miraba a la Virgen santísima, de quien él mismo Jesucristo le había hecho hijo adoptivo, le obligaron a estar a su lado todo el tiempo que vivió en carne mortal. Después de su gloriosa asunción al cielo, san Juan no puso límites a su celo; llevó las luces de la fe hasta las extremidades del Oriente. Los Basores pretenden haber recibido la fe de Jesucristo por su ministerio.
El emperador Domiciano empezó a perseguir a los cristianos, como lo había hecho Nerón. San Juan, a quien miraban todos como a uno de los mayores héroes del cristianismo, y como el alma de este gran cuerpo, fue uno de los primeros que prendieron y enviaron a Roma. Hemos dado el día 6 de mayo la historia de su martirio delante de la Puerta Latina. Al salir del aceite hirviendo, en que había sido metido, fue desterrado por Domiciano a la isla de Patmos, una de las del Archipiélago a la parte del Asia: allí fue condenado a las minas, horroroso suplicio para un viejo de más de noventa años; pero las revelaciones particulares que tuvo y los frecuentes raptos suavizaron mucho sus penas. Allí fue donde por orden de Jesucristo escribió el libro del Apocalipsis, esto es, de las revelaciones, donde no hay palabra, dice san Jerónimo, que no sea un misterio. Pero esto es decir poco de un libro tan apreciable, añade el santo; todo lo que se puede decir de él es menos de lo que merece; no hay en él palabra que no encierre muchos sentidos, ni somos capaces de penetrarlos.
Habiendo sido muerto el emperador Domiciano, anuló su senado todo lo que había hecho; y Nerva, su sucesor, levantó el destierro a todos los que su antecesor había desterrado. Así san Juan dejó la isla de Patmos el año 97, después de un destierro de cerca de diez y ocho meses, y volvió a Éfeso. Como halló que san Timoteo, su primer obispo, había sido martirizado, se asegura que se vio obligado a tomar a su cuidado esta iglesia, la que gobernó hasta el fin de su vida. Poco después de su vuelta convirtió a aquel insigne ladrón que había sido su discípulo cuando joven; pero habiéndose abandonado enteramente a toda maldad durante su ausencia, se había hecho capitán de una compañía de bandoleros, al cual nuestro santo viejo fue a encontrar, y le habló con tanta unción y energía, que de ladrón famoso vino a ser un insigne penitente que edificó a toda la Iglesia lo restante de sus días.
En su tiempo Cerinto, Ebión y los Nicolaítas, enemigos mortales de la divinidad de Jesucristo, despedazaban la Iglesia con sus errores, y la hacían gemir con sus blasfemias. Como san Juan era el único de los apóstoles que había quedado con vida, todas las iglesias de Oriente y Occidente recurrieron a él, y le pidieron les diese armas contra aquellos impíos enemigos del Salvador, sabiendo que ninguno podía estar más bien informado que él de los misterios de la religión, ni más lleno del espíritu del cristianismo. Con este motivo, dice san Epifanio, escribió su evangelio; para lo cual, añade el mismo santo doctor, tuvo orden expresa del Espíritu Santo. San Jerónimo dice que no empezó a escribir sino después de muchas rogativas y ayunos públicos, y que prorrumpió en estas primeras palabras: In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum, al salir de una profunda revelación, y de un éxtasis.
Como los otros tres evangelistas habían hablado suficientemente de lo que pertenecía a la humanidad de Jesucristo, san Juan se dedicó a manifestarnos principalmente su divinidad, con el fin de quitar toda la autoridad a los falsos evangelios fabricados por ciertos impostores, y cerrar para siempre la boca a los herejes. Este evangelio, dictado por el Espíritu Santo como todos los otros, ha sido mirado siempre como la más noble parte de todos los libros sagrados, y como el sello de la palabra de Dios escrita. Los santos padres comparan, y con razón, este evangelista al águila, porque se eleva hasta el trono de Dios, y porque su evangelio encierra tantos misterios, en sentir de san Ambrosio, como sentencias. Nuestro san Juan, dice san Agustín, toma su vuelo como una águila hasta el más alto cielo, y llega hasta el Padre Eterno cuando dice: El Verbo era desde el principio, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.
Además del evangelio y del Apocalipsis, reconoce también la Iglesia por de san Juan tres epístolas. La primera, cuyo asunto es la caridad, fue dirigida, según san Agustín, a los Partos, esto es, a los cristianos hebraizantes que estaban al otro lado del Éufrates. Las otras dos las dirigió a iglesias particulares, las que quizá se comprenden bajo el nombre de Electae dominae, et natis ejus: A mi señora Electa y a sus hijos.
Habiendo llegado san Juan a una extrema vejez, y hallándose sin fuerzas por haberlas consumido en los trabajos apostólicos, era llevado por sus discípulos a la iglesia y a la asamblea de los fieles, y como por mucho tiempo todas sus exhortaciones se redujesen a estas breves palabras: Hijos queridos, amaos unos a otros, se enfadaron al fin, dice san Jerónimo, de tanta repetición; y habiéndole dicho que se admiraban de oírle todos los días una misma cosa, les dio esta admirable respuesta, tan digna del amado discípulo: Os repito todos los días una misma cosa, porque es lo que el Señor nos manda con más particularidad; y si se cumple bien, no es menester más para ser santos: Quia praeceptum Domini est, et si solum fiat, sufficit.
Quiso, en fin, el Señor recompensar los largos e inmensos trabajos de su fiel siervo y amado discípulo, sacándole del mundo para colmarle de gloria en el cielo, donde el Salvador mismo y la santísima Virgen habían de darle pruebas muy particulares de su ternura. Murió en Éfeso con la muerte de los santos, de edad de cien años, hacia el año 104 de la era cristiana. El cuerpo del santo apóstol fue enterrado en un campo cerca de la ciudad, donde todavía se conservaban sus reliquias en tiempo del concilio general de Éfeso, celebrado el año 431.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.