sábado, 26 de diciembre de 2015
San Esteban, Protomártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Esteban, protomártir, ó el primer mártir. San Esteban, que tuvo la dicha y gloria de dar el primero su sangre y su vida por Jesucristo, era judío de origen, aunque quizá griego de nacimiento. Se ignora su patria y sus padres; solo se sabe que le habían criado en la escuela del famoso doctor de la ley, Gamaliel, discípulo oculto de Jesucristo, con Saulo, y que había salido hábil en la ciencia de la ley y de las Escrituras por la excelencia de su ingenio, y por su aplicación al estudio. En su juventud, se distinguió de los demás por la pureza de sus costumbres, y por una regularidad de conducta poco común. San Epifanio cree que era uno de los setenta y dos discípulos de Jesucristo. San Agustín se inclina á creer que se convirtió en la primera predicación de san Pedro. Lo cierto es que san Esteban empezó desde el año siguiente, que fué el primero después de la venida del Espíritu Santo, á distinguirse por su zelo religioso, por su eminente piedad y por sus milagros.
Como el número de los fieles se aumentaba todos los días, y el espíritu de Dios los movía en aquel primer tiempo á llevar á los pies de los apóstoles sus bienes para hacerlos comunes, y distribuirlos entre aquellos fieles que se hallasen necesitados, los apóstoles conocieron bien presto el gravamen que les ocasionaba este cuidado y distribución, y que precisamente los había de retraer del sagrado ministerio de la predicación y de la conversión de las almas. No pudiendo cumplir exactamente con estos dos cargos, se vieron precisados á descargar sobre los otros el cuidado de administrar y dispensar dichos bienes; pero estos, por un espíritu de parcialidad, dieron bien pronto ocasión á zelos y envidias. Los judíos griegos, es decir, los fieles de los países extranjeros, judíos de origen, y que hablaban el griego, empezaron á murmurar contra los judíos hebreos, ó naturales de la Palestina, quejándose de que en la distribución de las limosnas no se guardaba igualdad; que las viudas pobres del país eran preferidas á las de los países extranjeros, las cuales, á lo que se decía, tenían siempre la menor parte en las limosnas.
Los apóstoles creyeron que debían hacer cesar desde luego una tan peligrosa semilla de división, como tan contraria á la caridad. Habiendo congregado á todos los discípulos, les dijeron: Hermanos, aunque deseamos hacer cesar vuestras quejas, ocupándonos nosotros mismos en este ejercicio de caridad, que es el motivo de vuestra discordia; sin embargo, no es justo que prefiramos el cuidado de la manutención de los pobres á las funciones apostólicas, y que por dar al pueblo el sustento corporal, le quitemos el pan espiritual y el alimento de sus almas. Y así, elegid de entre vosotros siete hombres de una virtud conocida y probada, prudentes, llenos del Espíritu Santo, y que sean dignos de que nosotros descarguemos en ellos este ministerio; por lo que á nosotros toca, bastante tendremos que hacer con asistir frecuentemente á la oración, y predicar el Evangelio.
Esta proposición fué universalmente aprobada: hízose la elección, y de los siete que se escogieron fué el primero Esteban, como que era el mas recomendable por su fe, por la pureza de sus costumbres, por su prudencia y por otros muchos dones del Espíritu Santo de que estaba lleno. Los otros seis fueron Felipe, conocido también por su zelo y por sus grandes acciones, Prócoro, Nicánor, Timón, Pármenas, y Nicolás, natural de Antioquía. Toda la asamblea los presentó á los apóstoles, quienes, después de haber hecho oración, les impusieron las manos, y los ordenaron de diáconos.
El nuevo carácter aumentó la plenitud de gracias y de virtudes que ya tenía nuestro santo antes de su elección. Una fe todavía mas generosa, unas luces mas puras, un nuevo aliento, un nuevo fervor fueron los efectos del nuevo carácter. Se le veía á san Esteban, infatigable en las funciones laboriosas y delicadas de su ministerio, proveer á todas las necesidades de aquella multitud de viudas pobres de toda edad, las que no sabían lo que debían admirar mas, si su modestia, ó su zelo; y lo que todavía le hacía mas recomendable, es que todas estaban contentas, y á todas las tenía embelesadas con su rectitud, con su vigilancia y con su inmensa caridad.
Pero el ejercicio fatigoso y pesado de proveer á tantas necesidades no interrumpía los ejercicios de su zelo. Había muchas sinagogas en Jerusalen, y entre otras, la que se llamaba de los Libertinos, quienes eran unos judíos que, nacidos de padres esclavos de los Romanos, habían sido puestos en libertad; la de los Cirenenses, de los Alejandrinos, y las de los que habían venido de Cilicia y de Asia. De todas estas sinagogas salían muchos á disputar con san Esteban, que hacía mucho ruido en Jerusalen por su eminente virtud, y por estar muy versado en la ciencia de la sagrada Escritura: pero aunque entre ellos había gentes muy hábiles, no hubo quien le pudiese responder á los argumentos que les hacía; todos estaban avergonzados, y todos se veían precisados á ceder á la celestial sabiduría, y al espíritu de Dios, que les hablaba por su boca.
En fin, viéndose vencidos, y que no podían resistir á la fuerza de sus razones, y además pasmados de las maravillas que obraba todos los días el santo diácono, recurrieron á un artificio diabólico para deshacerse de un contrario que á todos los confundía, y que todos los días convertía á muchos de ellos á la fe de Jesucristo. Sobornaron á algunas personas, y les hicieron decir que le habían oído blasfemar contra Moisés y contra el mismo Dios. Esta calumnia hizo un gran eco en el pueblo; pero los que se mostraron mas rabiosos contra el santo diácono fueron los ancianos y los doctores de la ley. Estos, arrojándose impetuosamente sobre san Esteban, le llevaron arrastrando al lugar de la asamblea, adonde habían acudido todos los autores de la sedición. Allí produjeron contra él unos testigos falsos, que depusieron ante los jueces que aquel hombre no cesaba de blasfemar contra el lugar santo y contra la ley; y nosotros le hemos oído decir, añadían, que este Jesús Nazareno, de quien hace continuamente grandes elogios, destruirá este templo, que es el centro y el trono de la religión, y que mudará las tradiciones que Moisés nos dejó.
San Esteban, inmoble en medio de tantos enemigos, conservaba siempre la paz en el corazón, y la serenidad en el rostro, el que pareció á todos los que estaban presentes, y tenían los ojos fijos en él, un rostro de ángel, queriendo Dios mostrar con este exterior resplandor la belleza y la inocencia de su alma. Entonces el gran sacrificador, esto es, el príncipe de los sacerdotes, Caifás, que presidía el consejo, le preguntó si era verdad lo que se decía contra él. A esto respondió san Esteban con un largo razonamiento, en el que desde luego testifica el respeto que tiene á los antiguos patriarcas, deteniéndose particularmente en la piedad con que Abrahan obedeció á Dios, y en la promesa que recibió de Dios de un modo enteramente gratuito, sin que ni la circuncisión, ni los sacrificios, ni las ceremonias de la ley hubiesen sido capaces de hacérsela merecer. Habló después con mucha elocuencia de José vendido por sus hermanos, figura bastante expresiva de Jesucristo, é hizo pasar su razonamiento á Moisés, de quien se le acusaba haber hablado mal. Hizo bien patente la injusticia de una tal acusación; pero no se olvidó de hacer notar de un modo bastante vivo que los judíos habían desechado á este profeta que Dios les había enviado para sacarlos de su cautiverio, y que, después de haberlos puesto en libertad, no dejaron de serle rebeldes, sin embargo de todos sus milagros.
Les trajo á la memoria muy oportunamente la promesa que Moisés hizo al pueblo de que Dios les daría otro profeta como él, que sería el verdadero Salvador de los israelitas: «Dios hará nacer de vuestra sangre, les decía Moisés, un profeta como yo, pero infinitamente mas grande que yo, del que yo no soy sino una débil figura: le escucharéis con atención, y le obedeceréis.» Después de haber tocado como de paso la propensión que el pueblo tenía á la idolatría, quiso nuestro santo hablar ventajosamente de la ley, de la cual se le acusaba ser enemigo. Confesó que la circuncisión venía de Dios; que las palabras de la ley eran los mismos oráculos del Señor; que Moisés había erigido el tabernáculo por órden de Dios, así como también la había tenido Salomón para edificar su magnífico templo; pero añadió que, según los profetas, Dios no habita en los edificios fabricados por mano de hombres, insinuando bastante claramente en esto, que no debían pararse, ni hacer alto en el templo, ni en la ley, sin la cual Abrahan y todos los patriarcas se habían santificado, habiéndose justificado por la fe; que por lo demás todos los esfuerzos de los hombres no eran capaces de impedir los designios de Dios, y que así nada conseguirían los judíos con oponerse á la predicación del Evangelio.
Al llegar aquí, animado de un nuevo zelo, y mudando repentinamente de lenguaje, les dijo: Gentes indóciles, é incircuncisas de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo. Lo que hicieron vuestros padres, eso hacéis vosotros también. ¿Qué profeta ha habido á quien no persiguiesen vuestros padres? Ellos hicieron morir aun á aquellos que les anunciaban la venida del Justo que vosotros acabáis de entregar y hacer morir. Habéis recibido la ley por el ministerio de los ángeles, y no la habéis guardado. Al decir estas palabras fué repentinamente interrumpido por la gritería del pueblo, que, oyendo este discurso, no cabía en sí mismo de rabia y de despecho, el que le hacía crujir los dientes y rechinar contra él.
Pero el santo, armado de fe y lleno del Espíritu Santo, permanecía firme y constante, y mientras sus enemigos disponían darle la muerte, tenía fijos los ojos en el cielo. Estando en esta postura, vió sensiblemente con los ojos del espíritu y del cuerpo una admirable claridad que representaba la gloria de Dios, y á la diestra del mismo Dios á Jesucristo en pié, que con su presencia le animaba al combate, y le prometía la corona. Lleno de un indecible gozo, y no pudiendo contener sus transportes, exclamó al punto: Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre en pié á la diestra de Dios. Los que le oyeron hablar de esta suerte levantaron una gran gritería, y tapándose los oídos como si hubieran oído algunas blasfemias, se arrojaron sobre él, y le arrastraron fuera de la ciudad de Jerusalen, á un lado del camino de Gedar, para quitarle la vida con aquel género de suplicio que ordenaba la ley contra los blasfemos.
Los testigos que habían depuesto contra él debiendo tirar las primeras piedras, según lo ordenaba la ley, pusieron sus vestidos á los piés de un jóven de Tarso de Cilicia, llamado Saulo, quien de perseguidor se mudó después en apóstol de Jesucristo, bajo el nombre de Pablo; conquista que san Agustín atribuye á las oraciones de san Esteban. Bajo esta tempestad de piedras mostró este primer héroe una magnanimidad digna de la admiración de los ángeles y de los hombres; porque, mientras le apedreaban como á un impío, blasfemo y enemigo de Dios, invocaba intrépido á Dios, y decía, puestos los ojos en el cielo: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Finalmente, no siendo ya todo su cuerpo sino una llaga, agotado de sangre, pero abrasado todavía de zelo por la salvación de sus enemigos, á quienes miraba y amaba como á sus hermanos, se puso de rodillas, y exclamó en alta voz: Señor, no les imputéis este pecado; os pido que se le perdonéis. Luego que hubo pronunciado estas palabras, pasó dulcemente al descanso del Señor, espirando tan tranquilamente como si no hubiera hecho otra cosa que dormirse en el seno del mismo Dios.
De este modo acabó y triunfó san Esteban, el cual fué el primero que siguió las huellas que Jesucristo nos dejó señaladas sobre la tierra con su pasión; y siendo él el primero que dió su vida por la gloria de aquel que le había salvado con su muerte, se halla á la cabeza de aquel número prodigioso de gloriosos mártires que han seguido su ejemplo. El presbítero Luciano asegura que la noche después de su martirio, habiendo hecho llevar secretamente el cuerpo del santo mártir el célebre doctor Gamaliel, le hizo conducir á una tierra que tenía á siete leguas de Jerusalen, y le sepultó en un monumento nuevo, donde después fué enterrado él mismo con Abidon su hijo, y Nicodemus. La muerte gloriosa de san Esteban sucedió á fines del año 33, y fué llorada por todos los fieles. Se asegura que, aunque la ceremonia de los funerales duró seis semanas, la prudencia de Gamaliel hizo de modo que todo se ejecutase con pompa y religiosidad, sin que lo pudiese impedir la malignidad de los judíos. La fiesta de san Esteban ha sido en todos tiempos muy célebre en la Iglesia; y se había fijado ya al día siguiente de la Natividad del Señor entre los Griegos desde el cuarto siglo, y antes de este tiempo en el Occidente.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.