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lunes, 21 de diciembre de 2015

Santo Tomás, Apóstol

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Santo Tomás, llamado también Dídimo, que significa en griego lo mismo que Tomás en hebreo, esto es, mellizo, era galileo de nacimiento, de una condición pobre y oscura, como lo era la condición de los que Jesucristo escogió para ser sus apóstoles. Metafrastes dice que Dios le había prevenido desde su niñez con sus más dulces bendiciones, y que le había dado un espíritu tan dócil, un corazón tan puro, un natural tan feliz y una inclinación á la virtud tan poco común, que todos le miraban con admiración. Era costumbre entre los judíos dar á los niños algunos libros sagrados luego que habían aprendido á leer, dice el mismo autor. Tomás encontraba tanto gusto en esta lectura, que hacía de ella todas sus delicias y toda su diversión. Después de haber empleado y gastado el tiempo competente en su ejercicio de pescador, en lugar de irse á divertir con los jóvenes de su edad y de su condición, se retiraba al templo, ó á algún lugar separado del bullicio, para extraer de los libros sagrados aquel espíritu de piedad y de religión que debía hacerle digno de ser un día uno de los más generosos y más amantes discípulos del Salvador del mundo.

Tal fué la niñez y la juventud de Tomás antes de ser llamado al apostolado; pero no tardó el Señor en concederle esta gracia. Habiendo oído nuestro santo hablar de las maravillas que obraba el Salvador, no dudó que fuese el Mesías prometido, y por tanto tiempo esperado. Lo mismo fué oírle, que dejar todas las cosas por seguirle. Este nuevo discípulo le seguía á todas partes con un fervor y un zelo, que daba bien á conocer que el Salvador, por una predilección singular, le había elegido para su discípulo entre otros muchos.

Habiendo sido preso san Juan Bautista por el impío Herodes, y puesto en la cárcel, parecía que Jesucristo había de ser abandonado de todos los que le habían seguido hasta entonces; pero como era dueño de los corazones, lejos de ser abandonado, vió crecer el número de sus discípulos. En este tiempo fué cuando el Salvador quiso elegir entre los que le seguían con más continuación y le eran más adictos, doce discípulos, á los que llamó apóstoles. Tomás fué de este número; y su zelo, su fervor, su amor y su fidelidad á su amado Maestro, hicieron bien pronto ver la sabiduría y el mérito que habían concurrido á esta elección. Este digno apóstol no se separó desde entonces de su amado Maestro; el lugar que ocupaba en el corazón del Salvador, se conoce por la respetuosa y religiosa familiaridad que tenía con él. Era compañero inseparable de sus correrías apostólicas, y testigo de todos sus milagros.

Después que el Salvador hubo tenido cerca de sí algún tiempo á sus apóstoles para instruirlos y formarlos, juzgó que era tiempo de emplearlos en las funciones de la vida apostólica, y de enviarlos á diversos parajes á predicar al pueblo lo que les había enseñado á ellos en particular. Nuestro santo se distinguió por su fervor y por su zelo entre aquellos excelentes operarios, y fué dotado desde entonces de aquel don que le fué después tan ordinario, de lanzar los demonios, y hacer toda suerte de milagros.

Estando el Salvador en Galilea, recibió por un expreso la noticia de la enfermedad de su amado discípulo Lázaro, hermano de Marta y de María. Habiendo dicho á sus apóstoles, algunos días después, que este grande amigo era muerto, y que iba á Betania á resucitarle, los apóstoles, todavía tímidos, parecieron aterrarse al oír esta resolución del Salvador; y no pudiendo dejar de representarle el riesgo á que se exponía, sabiendo que no hacía mucho tiempo que los judíos le buscaban para apedrearle, le dijeron: ¿Y cómo, Señor, tenéis valor para volver tan pronto á Judea? Entonces santo Tomás, viendo á su Maestro determinado á partir y á llevar consigo á los que tendrían valor para seguirle, y serían más generosos que los otros: Vamos, les dijo, vamos, sigamos á nuestro buen Maestro; si es preciso, muramos también con él. Una resolución tan generosa no podía venir sino de un amor tierno á Jesucristo, y de una fe firme y á toda prueba de la malicia de los escribas y fariseos. La confianza con que nuestro santo se tomaba la libertad de preguntar al Salvador, da bastantemente á conocer que Santo Tomás era uno de sus más amados apóstoles.

Celebrando Jesús su última cena con sus discípulos la noche que precedió á su pasión, les dió diversas instrucciones para consolarlos y fortalecerlos contra la turbación y la tristeza en que los había puesto al anunciarles que iba á ser un motivo de escándalo á todos ellos. No os turbéis, les dijo Jesucristo; vosotros creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Yo voy á prepararos un lugar: volveré después á tomaros para conduciros allá; no ignoráis el lugar adonde voy, y por qué camino se va. Entonces santo Tomás le dijo: Señor, no sabemos el lugar adonde vas: ¿cómo, pues, podemos saber el camino por donde se va? A lo que respondió el Señor, que él era el camino, la verdad y la vida; y que nadie iba á su Padre sino por él.

Habiendo sido herido el Pastor, se esparcieron las ovejas. El miedo disipó por algún tiempo el rebaño; pero no extinguió el amor que unía á los discípulos con el Maestro. Retiráronse casi todos para llorar libremente la muerte de su divino Salvador, pero sin perder la esperanza de su resurrección gloriosa. Santo Tomás fué uno de los que sintieron más vivamente los malos tratamientos de Jesucristo; y si hubiera seguido la vivacidad de su natural y de su buen corazón, hubiera defendido con valor y con brío á su amado Maestro. Pero es preciso creer que el Hijo de Dios, que le conocía, que le amaba, y que le había instruido, gobernó su conducta con su divino espíritu. Santo Tomás se retiró con los otros discípulos á Jerusalén, esperando aquel grande acontecimiento, que debía ser el triunfo de Jesucristo y el de la religión, y el cumplimiento de sus predicciones y de sus promesas.

Habiendo resucitado Jesucristo, y aparecídose luego á la santísima Virgen, después á san Pedro, á María Magdalena y á los otros discípulos, todos los cuales aseguraron que su amable Maestro había resucitado, y se les había aparecido, los dos discípulos que iban á Emaús tuvieron la dicha de verle, y de conversar con él, y volvieron inmediatamente á Jerusalén á dar parte á los fieles de su aventura. Habiéndolos hallado juntos, unos decían que el Salvador había resucitado verdaderamente, y que se había aparecido á Pedro, á las santas mujeres y á muchos discípulos; otros nada de esto creían. Como se disputaba todavía sobre esto, se dignó Jesús aparecer visiblemente en medio de ellos sin haber abierto la puerta, ni hecho agujero alguno en la pared. Los saludó, según tenía de costumbre, diciéndoles: La paz sea con vosotros; yo soy, no temáis; y porque muchos creían que era una fantasma lo que veían, los consoló maravillosamente asegurándoles que él era; pero los reprendió, y con razón, por su demasiada inquietud y sus vanas contestaciones sobre su persona, las que denotaban una fe débil y vacilante: después de esto les mostró las llagas de sus manos, de sus pies y de su costado, diciéndoles que las miraran de cerca, y las tocaran. Finalmente, queriendo acabar de convencerlos, les preguntó si tenían alguna cosa que comer. Al instante le presentaron un pedazo de pez asado, y un panal de miel; y habiendo comido de uno y otro, no solo derramó en sus corazones la paz y el gozo, sino que también los colmó de sus mayores gracias.

Tomás fué el único que no tuvo parte en todos estos favores por haber estado ausente; habiendo dispuesto la Providencia esta ausencia para darnos, con motivo de su incredulidad, la prueba más visible y más incontestable de la resurrección del Salvador, y para curar, por decirlo así, con la vista y el tacto de sus llagas sacrosantas las que nuestra poca fe había de hacer en nuestras almas. Habiendo venido este apóstol al lugar donde estaban los demás, halla á toda la asamblea llena de gozo: le contaron cómo el Salvador se les había aparecido con su cuerpo resucitado y vivo, lo que les había dicho, cómo había comido con ellos, y con qué benignidad les había mostrado sus sagradas llagas. Tomás dijo desde luego que nada creía; como aquellos que no pueden persuadirse ser cierto lo que desean con ansia, si no lo ven. Por más que me digáis, les respondió, no me persuadiréis que mi buen Maestro está vivo: no lo he de creer sin que vea con mis ojos sus manos agujereadas con los clavos, sin que meta en ellas el dedo, y sin que meta la mano entera en la llaga de su costado, para convencerme que está en vida.

El Salvador no quiso dejar mucho tiempo á su amado discípulo en su obstinada incredulidad. Como no permitía esta infidelidad sino para hacernos á nosotros más fieles, volvió al mismo paraje ocho días después, buscó el tiempo en que los apóstoles y los discípulos estaban todos juntos, entró, cerradas las puertas, y se presentó en medio de la asamblea, donde se hallaba también Tomás: habiéndolos saludado, y dádoles la paz, se encaró á este amado apóstol, y le dijo: Ven, hijo mío, y convéncete por ti mismo de la verdad de mi resurrección; convéncete por tus propios sentidos, que este que ves es el mismo cuerpo que yo tenía en la cruz; mira mis manos, toca mi costado, mete en ella la mano, y no seas incrédulo, sino fiel; mis palabras, mis promesas, las pruebas insignes que yo había dado de mi resurrección, y el testimonio de todos tus hermanos, debían bastar para convencerte de un hecho tan estupendo. Al decir esto el Salvador, obró en el corazón del obstinado discípulo una tan prodigiosa mudanza, que de incrédulo se hizo fiel; reconoció sensiblemente que el que le hablaba era su Salvador; y hecho un mar de lágrimas, se postró á sus pies, y abrazándose con ellos, exclamó como enajenado: Señor mío, y Dios mío. Entonces el Salvador, movido de su perfecta contrición y de su fe viva, le perdonó su falta, y le dijo: Tomás, tú has creído porque me has visto: bienaventurados los que han creído sin verme; no se puede decir que cree, el que no cree sino al testimonio de sus sentidos.

Los padres de la Iglesia hacen excelentes reflexiones sobre toda esta conducta. San Ambrosio, san Agustín y san Cirilo excusan á santo Tomás, y pretenden que habló así más por un santo deseo de ver á su Maestro, que por una duda formal y por infidelidad. San Gregorio y muchos otros confiesan su falta de fe en esta ocasión; pero todos convienen en que la fe de este santo apóstol fué perfecta é independiente de los sentidos: Aliud vidit, dice, aliud credidit. Vió las llagas de su divino Maestro, y vió su cuerpo vivo; pero creyó otra cosa muy diferente de lo que veía. Vió un hombre, pero creyó firmemente que este hombre era su Dios; y su fe sobre la divinidad del Salvador fué de las más expresas, de las más perfectas y de las más generosas.

Pocos días después de esta célebre aparición de Jesucristo resucitado, habiendo los apóstoles dejado á Jerusalén para volver á Galilea, Tomás y algunos otros se fueron con san Pedro á pescar al mar de Tiberíades; pasaron toda la noche sin pescar nada: habiendo venido la mañana, se encontró Jesucristo en la ribera, y se les apareció, sin que supiesen que era él; pero le conocieron por la prodigiosa pesca que hicieron por su orden, y comieron después con él.

Después de la ascensión del Salvador á los cielos, y de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles, movidos por este mismo Espíritu, dividieron entre sí todo el universo para llevar á todas partes las luces de la fe y del Evangelio. La tradición, desde el tiempo mismo de los apóstoles, nos enseña que en esta división tocaron á santo Tomás los vastos reinos de Oriente, y que tuvo el consuelo de encontrarse con los reyes Magos, que eran los primeros de la gentilidad que habían venido á Belén á adorar al niño Jesús; que les hizo relación de todo lo que había pasado después en el discurso de la vida del Salvador, de su pasión, de su muerte, de su resurrección, y que, habiéndolos bautizado, los asoció á sí en el ministerio evangélico. Envió á Tadeo, uno de los setenta y dos discípulos que le habían seguido, á Edesa en Mesopotamia, para curar y catequizar al rey Abgaro, como el Salvador se lo había prometido. Este hecho le asegura Eusebio, añadiendo que él había encontrado los testimonios auténticos en los archivos de esta ciudad.

Parece que el mundo entero no podía bastar al ardor y á la inmensidad del zelo de santo Tomás. Corrió toda la Etiopía, el país de los Abisinios, los Partos, los Medos, los Persas, los pueblos de Carmania, los de Hircania, los de la Bactriana y la India: penetró hasta la isla de Zeilán y la China. El erudito padre Kircher, en su historia de la China, dice que cuando los Portugueses pasaron á las Indias, hallaron que los cristianos, que se llamaban de santo Tomás, decían en su oficio en lengua siríaca las antífonas siguientes: «Los Chinos y los Etíopes fueron traídos al conocimiento de la verdad por santo Tomás. El reino de los cielos fué anunciado por santo Tomás hasta en la China, y en la solemnidad de la fiesta de este santo apóstol los Etíopes, los Indios, los Chinos y los Persas ofrecen, Señor, á vuestro santo nombre sus adoraciones y sus votos.» La famosa piedra hallada en la China el año 1625, en la cual está escrito con caracteres chinos un compendio de la doctrina cristiana, y una cruz de hierro de más de treinta quintales de peso, cuya inscripción señala el año de 239 de Jesucristo, hacen ver bastantemente que la fe había sido anunciada en la China desde el nacimiento del cristianismo. Los pueblos del Brasil también se glorían de haber recibido de santo Tomás la luz de la fe; pero lo que hay de más cierto, es que santo Tomás ejerció las funciones de su misión principal en las Indias Orientales.

Metafrastes escribe que, luego que el santo apóstol entró en las Indias, se vieron los maravillosos progresos de la fe. Su aire apacible y modesto, su vida pobre y mortificada, su paciencia y su afabilidad le conciliaron la benevolencia de todos estos pueblos. La curiosidad los incitó á preguntar á este extranjero por su país, por su religión, y por el motivo que le había hecho emprender un tan largo viaje. Se admiró en sus respuestas y en todos sus razonamientos tanta prudencia y tanto juicio, y quedaron todos tan embelesados de su dulzura, de su afabilidad y de sus bellos modales; entre otras cosas, se admiraron tanto de su desinterés, y de que por anunciar su religión hubiese emprendido tan largo y tan penoso viaje, que no dudaron fuese enviado de Dios para enseñarles el camino de la salvación: y así, lo mismo fué oír sus sermones, que convertirse aquellos pueblos.

Predicó después en la isla de Zocotora, de donde pasó á los reinos de Grancanor, de Gouian y de Narsinga en la costa de Coromandel: estableció su principal residencia en Meliapor, capital de este reino, donde predicó la fe de Jesucristo con tan feliz suceso, y haciendo tantos milagros, que se convirtió todo; y bien pronto se vió florecer en él el cristianismo. Es una antigua tradición de los pueblos de Meliapor que, antes de venir el santo apóstol á anunciarles el reino de Jesucristo, había predicado el Evangelio en la Armenia, en la Mesopotamia y en la Persia; que de allí había llegado la fe á los vastos reinos de Candahar, de Cabul, de Cafurstán y de Gazatara; que, habiendo pasado los montes de Tíbet, cerca de Bengala, llegó en fin por Decán al reino de Narsinga, y de aquí á Meliapor; que consagró en todas partes obispos y presbíteros, para que cuidaran de aquella floreciente y numerosa cristiandad.

La misma tradición, conservada por monumentos auténticos del país, añade que, queriendo el santo apóstol edificar una iglesia en la ciudad en honra del verdadero Dios, no pudo conseguir jamás el permiso del rey por la malicia de los bracmanes. Pero habiendo arrojado el mar sobre la ribera una viga de una enorme grandeza, el rey, que estaba haciendo un gran palacio, quiso servirse de ella para este edificio; mas habiendo empleado toda la industria de los artífices, y la fuerza de un gran número de elefantes para arrastrarla, no pudieron moverla de su lugar. Al ver esto el santo apóstol, lleno de confianza en Dios, se ofreció á llevarla él solo si el rey quería dársela para su iglesia: consintió en ello el monarca, y todo el pueblo corrió á ver el prodigio que obraba el santo, quien, habiendo atado la punta de su correa á uno de los nudos, y hecho la señal de la cruz, condujo la viga como si hubiera sido una paja. Atónito el rey al ver este prodigio, se convirtió con toda su familia y muchos de sus vasallos. El santo apóstol edificó la iglesia, y levantó sobre una gruesa piedra una cruz que, según se dice, se ve todavía el día de hoy. Se añade que predijo entonces que cuando el mar, que estaba muy distante de allí, llegara hasta aquella piedra, unos hombres apostólicos irían de la Europa á anunciarles la misma religión que él les predicaba, lo que se verificó á mitad del siglo decimosexto, en los misioneros que la piedad portuguesa condujo desde nuestros climas á aquellos países.

Tantas maravillas hicieron triunfar bien pronto la religión cristiana en todo el país, y establecerse la Iglesia sobre las ruinas de la idolatría; lo cual irritó á los sacerdotes de los ídolos contra el santo, y aceleró su martirio. Habiendo observado los bracmanes que santo Tomás iba todos los días á hacer oración al pie de la cruz, se arrojaron sobre él, le pisaron, le maltrataron á golpes, y le atravesaron con muchas lanzadas. Así acabó su larga y laboriosa carrera este grande apóstol, después de un prodigioso número de trabajos, padecidos por Jesucristo en tantos y tan diversos países, los que suponen una vida muy larga. El año 1523, habiéndose apoderado los Portugueses de la ciudad de Meliapor, que el rey de Portugal Juan III hizo llamar la ciudad de Santo Tomás, abriendo los fundamentos de una iglesia, se halló el cuerpo del santo apóstol, el que fué trasladado á Goa, donde sus reliquias se guardan todavía el día de hoy con mucha devoción.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.