viernes, 11 de diciembre de 2015
S. Damasi Papæ et Confessoris
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Dámaso era español de nacimiento: no se sabe de qué ciudad ó provincia, pretendiendo los de Tarragona en Cataluña, y los de Guimarans en Portugal apropiarle á sus respectivas ciudades; y una lápida que hay en la parroquial de San Salvador de Madrid le hace natural de esta corte. Vino al mundo por los años de 304. Habiéndose establecido en Roma su padre, llamado Antonio, llevó consigo su familia, que consistía en dos hijos pequeños, Dámaso el uno, y la otra Irene, mas pequeña todavía que su hermano. Habiendo enviudado su padre, se hizo clérigo, se ordenó de lector; y como era de una hombría de bien conocida, de una piedad ejemplar é instruido en las sagradas letras, fué hecho diácono, y finalmente presbítero de la Iglesia romana, agregado á una de las parroquias de la ciudad, que tenia el título de San Lorenzo.
Nuestro santo fué educado con gran cuidado al lado de su padre, quien, encontrando en Dámaso un excelente ingenio, y un corazón nacido para la piedad, no omitió diligencia alguna para darle una bella educación, y para hacer que se instruyera en todas las ciencias. Gustaba Dámaso del estudio, pero no tenia menos inclinación á la piedad; y así hizo maravillosos progresos en la virtud y en las ciencias. La pureza de sus costumbres y su rara erudición le conciliaron la estimación de todos. Fué admitido en el clero, y bien pronto llegó á ser la admiración y el ejemplo de los eclesiásticos. Servia en la misma iglesia que su padre, y toda su conducta fué de una tan grande edificación, que era, como lo testifica san Jerónimo, el modelo que se les proponía á todos para imitar.
Era diácono de la Iglesia romana, cuando el papa Liberio fué arrojado de su silla por el emperador Constancio por la defensa de la fe y de la inocencia de san Atanasio el año 355. Por poderosos que fuesen los arrianos, y por mas arriesgado que fuese el declararse por el papa, el dia mismo que le cogieron para llevarle al lugar de su destierro, se obligó Dámaso con juramento solemne ante el pueblo, con todo lo restante del clero, á no recibir jamás otro papa mientras viviese Liberio. Tuvo también valor para acompañarle en su destierro, y permaneció algún tiempo con él en Berea de Tracia, donde le sirvió de mucho consuelo. Habiendo vuelto á Roma, tuvo mucho que sufrir de los arrianos, que tenian un partido muy pujante; y á pesar de sus amenazas y de sus solicitaciones, permaneció siempre fielmente unido á la comunión de Liberio. Habiendo vuelto este papa del lugar de su destierro, se sirvió de los consejos y de la habilidad de nuestro santo en todos los negocios espinosos de la Iglesia.
Habiendo muerto el papa Liberio el año 366, no se encontró sugeto mas digno que Dámaso para ocupar la santa sede. Fué elegido por la mayor y mas sana parte del clero romano á los 62 años de su edad; y sin embargo de su resistencia, fué consagrado solemnemente en la basílica de Lucina, que era su título. Todas las gentes de bien manifestaron su gozo, y dieron gracias á Dios por haberles dado un pastor tan digno y tan á propósito por su santidad y su ciencia para domar á los enemigos de la Iglesia.
Algunos del pueblo y del clero, cuyas costumbres estaban tan corrompidas como su espíritu, no se acomodaron á esta elección. Uno de los principales diáconos de la Iglesia romana, llamado Ursicino, lleno de una ambición desmedida, no pudiendo sufrir que se le hubiese preferido á Dámaso, agavilló una tropa de sediciosos y gentes despreciables en una iglesia de Roma, y habiendo sobornado á Pablo, obispo de Tívoli, hombre grosero é ignorante, le obligó á que le ordenara obispo de Roma. Por mas irregular é indigna que fuese esta acción, no dejó el antipapa de formarse un poderoso partido, el que en poco tiempo vino á parar en una sedición y tumulto, en que hubo ciento treinta y siete personas muertas, sin que el papa tuviese en ello la menor parte, ofreciéndose de todo corazón á renunciar el pontificado, si era necesario para aplacar aquellas turbulencias. Pero Juvenco, prefecto de Roma, envió desterrado á Ursicino con los diáconos Amancio y Lupo, sus principales fautores; con lo que san Dámaso quedó tranquilo en su silla.
Mas no duró mucho la calma. Los del partido del antipapa no cesaban de importunar al emperador Valentiniano para que mandara que se levantase el destierro á aquel cismático. El emperador, demasiado fácil, consintió en ello; pero no bien había llegado á Roma Ursicino, cuando comenzó á alborotar mas que antes, lo que obligó al emperador á desterrarle dos meses después á las Galias con todos sus adherentes; y con su destierro quedaron en paz la Iglesia y el estado. Aunque la severidad de la disciplina eclesiástica que el santo papa hacia guardar en la Iglesia hubiese dado ocasión al cisma, el papa no aflojó en nada de su justa rigidez, especialmente tocante á la prohibición que se había intimado á todos los eclesiásticos y religiosos de entrar en las casas de las viudas, y en las de las doncellas huérfanas, y de recibir algún don de las mujeres que dirigían. El emperador había autorizado esta prohibición con un edicto, y el santo papa tenia un gran cuidado de hacerle observar sin dispensa.
Por este tiempo, esto es, el año 369 ó el 370, juntó san Dámaso en Roma un concilio de muchos obispos, para ver cómo se había de socorrer á los que habían caído en el arrianismo tanto en Oriente como en Occidente. Ursacio de Singidon, y Valente de Mursa, dos obispos del Ilírico, herejes declarados, fueron condenados en el concilio. El papa dió noticia de esta determinación á san Atanasio, que era el azote de los arrianos y el blanco de su odio y de sus inquietudes. El santo patriarca juntó un concilio de noventa obispos en Alejandría, y en nombre de todos dió gracias al santo papa por su zelo y solicitud pastoral; añadiéndole que esperaban trataría á Aujencio, obispo arriano, é intruso en la silla de Milán, como habia tratado á Valente y a Ursacio. No se engañó en su esperanza; porque, habiendo juntado san Dámaso en Roma un segundo concilio de noventa y tres obispos de diferentes países el año 373, Aujencio y todos sus adherentes fueron condenados y excomulgados: se confirmó en él la fe de Nicea, y todo lo que se había hecho en perjuicio de ella en la asamblea de Rímini, se declaró por nulo.
Habiendo muerto el gran san Atanasio el año 373, Pedro su sucesor, echado de su silla por los arrianos, vino á refugiarse en Roma, donde permaneció casi cinco años cerca del santo papa. Habiendo muerto en este tiempo el emperador Valentiniano I, los del partido del antipapa Ursicino renovaron sus turbulencias en Roma. Los luciferianos, otros cismáticos desterrados de Roma por un rescripto del difunto emperador, no dejaban de inquietar y de ejercitar el zelo de nuestro santo. Los donatistas tenían su partido en Roma; pero san Dámaso, infatigable en sus funciones, hacia inútiles todos los esfuerzos de los enemigos de Jesucristo y de la paz de su Iglesia. En este tiempo fué cuando san Optato, obispo de Milevi, publicó su grande obra contra todos estos cismáticos; en la cual, queriendo demostrar la unidad de la Iglesia por la sucesión continuada de los obispos de Roma, que es el centro de esta unidad, hace un catálogo de los papas, empezando por san Pedro, y terminándole en san Dámaso: El cual es hoy nuestro hermano, dice, con quien todo el mundo mantiene comunión, así como nosotros, por el comercio de las epístolas ó cartas formadas.
El año 377 tuvo el santo papa un concilio en Roma, en que condenó al heresiarca Apolinario y á su discípulo Timoteo, que obraba como obispo de Alejandría, deponiéndolos á entrambos. Hasta entonces se habia gloriado falsamente este heresiarca de tener comunión con el papa san Dámaso; y no habia hereje alguno en aquel tiempo que no afectase decirse unido en comunión con la santa sede. Pero queriendo el santo pontífice impedir que los seductores sorprendiesen la simplicidad de los fieles, declaró públicamente que los habia separado á todos de su comunión, y por consiguiente de la comunión de la santa sede.
San Jerónimo se alegró tanto de esta resolución, que le escribió en estos términos: «Como yo hago profesión, santísimo padre, de no seguir á otro capitán que á Jesucristo, estoy inviolablemente unido á la comunión de vuestra Santidad, es decir, de la cátedra de san Pedro. Sé que la Iglesia ha sido edificada sobre esta piedra: cualquiera que come el cordero fuera de esta casa, es profano; el que no está dentro del arca de Noé, perecerá en el diluvio. No pudiendo consultaros á toda hora, me arrimo á vuestros hermanos como una pequeña barca á los grandes bajeles. No conozco á Vital; desecho á Melecio; no quiero saber quién es Paulino; cualquiera que no congrega con vos, esparce y disipa; quiero decir, al que no está por Jesucristo, le pongo en el partido del Anticristo. Os conjuro que me autoricéis con vuestras cartas para no decir, ó para decir una ó tres Hypóstases; porque unos toman estos términos por personas subsistentes, otros por sustancia ó naturaleza. Os suplico igualmente que señaléis con quiénes debo comunicar en Antioquía.»
Antes que san Jerónimo hubiese recibido la respuesta á esta carta, escribió otra al mismo santo papa de lo interior de su destierro de Calcis, en la que, representándole el triste estado de la iglesia de Antioquía, le dice: «Por una parte vemos á los arrianos pujantes con la autoridad del príncipe que los sostiene; por otra á la Iglesia dividida en tres partes, cada una de las cuales quiere atraerme á sí. Los monjes que me rodean, me instan y atormentan para hacerme tomar partido. Yo no les digo otra cosa, sino que soy de aquel que esté unido á la cátedra de Pedro. Melecio, Vital y Paulino dicen que están unidos con Dámaso; yo pudiera creerlo si uno solo lo dijera; pero dos de ellos mienten, y quizá todos tres. Y así os conjuro me señaléis por vuestras cartas con quien debo comunicar en Siria; y que no menospreciéis á una alma, por la que Jesucristo ha muerto.»
El antipapa Ursicino, aunque distante, no dejaba en este tiempo de embrollar en Roma por medio de sus emisarios. Ganó á un judío llamado Isaac, quien tuvo el atrevimiento de calumniar al santo papa ante el emperador; pero habiéndose descubierto la calumnia, el judío fué severamente castigado, y desterrado á un paraje de España. Queriendo el emperador Teodosio que reinara en todo el imperio la uniformidad de la fe de Nicea en toda su pureza, hizo publicar una ley, en que advertía que solamente serian reputados por católicos los que siguiesen la fe que enseñaba el papa Dámaso; que todos los otros serian tenidos por herejes, y castigados como enemigos de la Iglesia y del estado.
El santo pontífice cada dia mas solícito en quitar la mascarilla á los herejes y alejarlos del rebaño de Jesucristo, tuvo un concilio en Aquileya el año 381, en que condenó á Paladio y á Secundiano, obispos del Ilírico. Además del cuidado que tuvo el santo papa en desterrar todas las herejías de todo el mundo cristiano, se aplicó con el mismo zelo y con el mismo fruto á reformar las costumbres y á cortar los abusos que se habían introducido entre los fieles. Habiendo ido á Roma el heresiarca Prisciliano con sus principales discípulos para justificarse delante de él, lejos de oir sus disculpas, no quiso ni aun verlos. Con el mismo vigor se opuso en el senado al restablecimiento del altar de la Victoria, encargándose él mismo de la representación de los senadores cristianos contra la de los senadores paganos, la que envió á san Ambrosio, y tuvo todo el efecto que se habia deseado.
Su caridad era universal; no hubo quien no experimentase sus efectos. Para asegurar mejor la paz que habia procurado á la Iglesia con su zelo y sus cuidados, juntó en Roma un concilio de muchas provincias de Oriente y Occidente, en el que se encontraron san Ambrosio de Milán, san Valeriano de Aquileya y san Asedio de Tesalónica; y los orientales llevaron consigo á san Jerónimo, el que lleno de estimación y de veneración á un tan gran santo, se quedó con él para servirle de secretario y ayudarle á responder á las consultas que le enviaban los concilios de diversas iglesias. El santo papa le habia ya consultado muchas veces sobre varias cuestiones de la Escritura, y le habia ya incitado á corregir la versión latina antigua del nuevo Testamento, para hacerla conforme al griego, con cuyo motivo hizo una nueva versión latina de todo el antiguo sobre el hebreo; y esta es la versión que la iglesia latina adoptó después para el uso público, y que se llama Vulgata.
Este gran pontífice extendió todavía su zelo á la disciplina eclesiástica, haciendo reglamentos concernientes á ella. Arregló la salmodia, é hizo que en Occidente se cantaran los salmos de David según la corrección de los Setenta, que san Jerónimo habia hecho por su orden. Edificó dos iglesias en Roma: adornó el sitio donde habían reposado largo tiempo los cuerpos de los bienaventurados apóstoles san Pedro y san Pablo, cuyo sitio se llama la Platonia. Hizo construir un magnífico baptisterio, del que el poeta Prudencio hace una bella descripción, y expuso muchos cuerpos de santos á la veneración pública.
Finalmente, después de haber vivido ochenta años, y gobernado la Iglesia con tanta prudencia y santidad diez y ocho, murió con la muerte de los santos el día 11 de diciembre del año 384. Su muerte fué seguida de un gran número de milagros, que hicieron ver bastantemente cuán preciosa habia sido delante de Dios. Fué enterrado en una de las iglesias que habia hecho edificar en las catacumbas en el camino de Ardea. San Jerónimo hace de él un magnífico elogio: le llama amante de la castidad, doctor virgen de la Iglesia virgen, hombre excelente y hábil en las santas Escrituras; y Teodoreto nos le representa como un pontífice de una eminente santidad, y uno de los mas grandes y mas santos papas de la Iglesia.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.