lunes, 7 de diciembre de 2015
San Ambrosio, Obispo y Doctor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Ambrosio, uno de los más célebres doctores de la Iglesia, era hijo de Ambrosio, prefecto del pretorio de las Galias, dignidad que daba entonces en el imperio el mayor honor y la primera autoridad después del emperador: nació el año de 340 en la ciudad de las Galias, donde residía entonces su padre, esto es, ó en Arles, ó en Tréveris, ó en León. Su nacimiento fué acompañado de un presagio seguro de su futura elocuencia; pues estando aun en la cuna, entró en el cuarto un enjambre de abejas, y revoloteando al rededor de él, parecía que entraban en su boca, y salían unas tras otras. Corrieron á echarlas de allí; pero el padre, que se hallaba presente, no dudando que hubiese en esto algún misterio, lo impidió, y quiso ver el fin de este prodigio. Pasado un rato, salió el enjambre por la ventana, y se elevó por el aire tan alto, que le perdieron de vista. Al ver esto, dijo el padre que su hijo sería un día alguna cosa grande si Dios le conservaba la vida.
Le educaron con cuidado, y su educación correspondió á la piedad de sus padres y á la nobleza de su nacimiento. Logró la dicha de tener una madre todavía mas distinguida en el mundo por su eminente piedad, que por lo elevado de su condición. De tres hijos que tuvo, no hubo uno que no haya sido santo. Su hija, que era la mayor de los tres, fué santa Marcelina: su hijo mayor fué san Sátiro; y el menor de todos, que era Ambrosio, los sobrepujó en méritos y en santidad á todos.
Ambrosio se mantuvo en las Galias hasta la muerte de su padre, después de la cual se fué con su madre á Roma, no teniendo mas que cuatro ó cinco años de edad. Viendo un día que su madre y su hermana besaban la mano al obispo, que probablemente era el papa san Julio, les presentó también, por modo de juego, la suya para que la besaran, diciendo, aunque de chanza, que había de ser obispo. El suceso hizo ver que quien hablaba entonces en él era el Espíritu Santo.
El niño Ambrosio mostraba ya en sus mas tiernos años un genio tan vivo, tan despejado y tan superior á todos los de su edad, que procuraron aplicarle con tiempo al estudio de las bellas letras; á poco tiempo se habilitó en la lengua y ciencias de los griegos, y particularmente en la elocuencia, que era entonces la principal ocupación de los jóvenes de calidad que aspiraban á los empleos del imperio. Habiendo su hermana Marcelina hecho profesión de virginidad, y recibido el velo de mano del papa Liberio, Ambrosio quedó admirado y movido de este ejemplo doméstico, y juntando la piedad al estudio, vino á ser el mancebo mas cabal que se conocía en Roma; se adquirió la amistad de Anicio Probo, prefecto del pretorio; peroró algún tiempo en su tribunal con tal elocuencia y majestad, que Probo le eligió por su asesor, y poco tiempo después le nombró gobernador de la Emilia y de la Liguria, que comprendían todo el país conocido hoy bajo el nombre del Milanesado, Genovesado, Piamonte, Parmesado, Boloñés, el Modenés y el Estado eclesiástico. Luego que el emperador Valentiniano hubo confirmado esta elección, á que añadió las insignias del consulado, el prefecto Probo dijo á Ambrosio cuando partía para su gobierno: Vé, y obra, no como juez, sino como obispo; queriendo darle á entender con esto, que un gobernador debe ser padre del pueblo por su afabilidad y su dulzura. Ambrosio para esto no tuvo que hacer otra cosa que seguir su natural. Se portó con tanta cordura, y supo ganar tan bien los corazones de todos, que se respetaba hasta el solo nombre de Ambrosio.
No había sino uno ó dos años que estaba en Milán, cuando el año de 374 murió Auxencio, obispo arriano, á quien el emperador Constancio había entrometido en aquella iglesia: se movió una gran disputa entre los arrianos y los católicos de Milán sobre la elección de sucesor, queriendo cada uno de los dos partidos poner en la cátedra episcopal un sugeto de su comunión: creyó Ambrosio que como gobernador debía ir á la iglesia; en efecto fué, y arengó al pueblo sobre la elección con tanta elocuencia, que llevó todos los espíritus á la paz y tranquilidad pública. Apenas acabó de hablar, un niño exclamó en medio de la iglesia: Ambrosio obispo. Este grito se tomó como una voz del cielo, y toda la multitud se puso á repetir por tres veces con grande aplauso: Ambrosio es nuestro obispo. Lo que hay mas que admirar aquí, es que todos los espíritus se unieron en este punto como por milagro, por mas que fuesen de diversa secta, y todos convinieron en pedirle, aunque era magistrado, y no era todavía sino catecúmeno.
Todos reconocieron la voz de Dios en esta unanimidad: Ambrosio solo fué el que no quiso reconocerla; nunca habló con mas fuerza y elocuencia que para defenderse de admitir el obispado. Sus razones, sus ruegos, sus mismas lágrimas, sus renuncias fueron en vano; por lo cual huyó y se escondió. Pero Dios, que le había escogido para ser una de las mas brillantes lumbreras de la Iglesia, y el modelo de los mas santos prelados, permitió que, habiendo salido de la ciudad en medio de la noche para retirarse á Pavía, cuando creía haber caminado mucho, se encontrase al amanecer á la puerta de Milán. Halló medio de ocultarse en la campaña en casa de uno de sus amigos; pero fué descubierto por el mismo que le había franqueado este retiro: sin embargo, empleó todos los artificios imaginables para que no tuviera efecto la elección: aparentó una gran severidad, y aun quiso dar á entender que era de costumbres no buenas; pero conociendo el pueblo que todo era fingido, no mudó de determinación.
Enviaron al emperador Valentiniano una fiel relación de todo lo que había pasado: y este príncipe, que estaba entonces en Tréveris, se llenó de gozo al ver que le pedían por obispo al que él había enviado por gobernador: mandó á Itálico, vicario de Italia, que procurara que Ambrosio se ordenara y consagrara cuanto antes. No pudiendo este dudar mas que fuese esta la voluntad de Dios, recibió el bautismo de mano de un obispo católico, como lo había pedido expresamente. Recibió después todos los sagrados órdenes, y fué solemnemente consagrado obispo el día 7 de diciembre del año 374, á los 23 de su edad.
Luego que Ambrosio se vió obispo, distribuyó á la iglesia y á los pobres todo el oro y plata que tenía, y donó á la Iglesia todas sus tierras. Asimismo se impuso tres obligaciones particulares, de las que jamás se dispensó. La primera, de no pasar día alguno sin decir misa: la segunda, de predicar todos los domingos el Evangelio á su pueblo; y la tercera, de no omitir nada de cuanto podía contribuir para hacer florecer la religión, y destruir la herejía.
El estudio de la religión fué el único estudio en que se ocupó mientras fué obispo. Pasaba una parte de la noche, y todos los ratos que podía hurtar á los negocios por el día, en meditar las verdades de la sagrada Escritura, y en leer los escritos de los padres. Los de san Basilio el grande fueron muy de su gusto: trabó una grande amistad con este incomparable doctor, y los dos grandes santos se correspondieron por cartas toda la vida. Estudiaba mucho, pero todavía oraba mas; y aunque su espíritu era muy eminente, y muy continua su aplicación, la posteridad ha estado siempre persuadida de que su ciencia era infusa; y por este motivo le pintan con el símbolo del Espíritu Santo en una paloma que le habla al oído.
En medio de un trabajo tan grande, mortificaba su cuerpo con un ayuno continuo y con una abstinencia prodigiosa. No cenaba sino el domingo y las grandes festividades: los otros días no tomaba por la noche sino una refección muy moderada; dormía muy poco, y en sus vigilias no interrumpía sus ordinarios trabajos. Tenía un amor tan ardiente, tan tierno á Jesucristo sacramentado, que no ofrecía jamás el divino sacrificio sin derramar muchas lágrimas. Sus escritos muestran bastante su ternura y su confianza en la Madre de Dios; por eso la Iglesia ha mirado siempre á este gran doctor como uno de los mas zelosos devotos de la Virgen santísima.
San Ambrosio no estuvo mucho tiempo sin hacer conocer lo que la Iglesia debía esperar de su zelo y de su generosidad. Queriendo los ministros del emperador emprender algunas cosas contra los derechos y los cánones de la Iglesia, se opuso con vigor, se quejó animosamente á Valentiniano, é impidió que se hiciera cosa alguna contra el buen orden. Habiendo muerto este príncipe el año 375, dejó el imperio á sus dos hijos, Graciano, de edad de 17 años, y Valentiniano el joven, que no tenía sino 4. San Ambrosio miró á estos jóvenes emperadores con una ternura de padre: y ellos por su parte le honraron así el uno como el otro como si fueran sus hijos.
En este tiempo los arrianos, acostumbrados á dominar en la iglesia de Milán bajo de Auxencio su predecesor, no omitían diligencia alguna para frustrar los deseos y providencias del santo obispo; pero san Ambrosio, sostenido con la autoridad del emperador Graciano, vino á ser su azote, los precisó á convertirse, ó á vivir en paz y callar.
Como en los sermones que predicaba tan frecuentemente á su pueblo sobre los medios de salvarse cada uno en su estado, se aplicaba particularmente á exaltar la excelencia de la virginidad, y hacer conocer la dicha de las vírgenes, sus predicaciones produjeron muchos y pasmosos efectos. Se vieron venir á Milán, no solo de las ciudades de Italia, sino también de la Mauritania, varias doncellas á consagrar á Dios su virginidad bajo su dirección, y tomar el sagrado velo de mano del santo obispo. Los frutos de sus sermones llegaron tan lejos, y sus predicaciones eran tan eficaces, que las madres encerraban sus hijas para que no asistieran á sus instrucciones; lo que le hizo decir con gracia que, pues las exhortaciones que hacía en Milán producían efectos tan prodigiosos en las provincias remotas, mientras que su pueblo era insensible á ellas, estaba en ánimo de ir á predicar en las provincias distantes, á fin de mover á los de Milán.
El buen efecto que producían sus sermones le obligó á recogerlos, y hacer de ellos un cuerpo que dividió en tres libros, intitulados de las Vírgenes. No había sino tres años que era obispo cuando hizo esta colección; y pocos días después compuso el libro de las Viudas, que fué bien pronto seguido de un segundo tratado de la Virginidad, contra los que pretendían imputarle á delito el que tantas gentes renunciasen al matrimonio.
Habiéndose declarado Valente, emperador de Oriente, protector de la herejía arriana, atrajo el enojo de Dios sobre sí y sobre todos sus estados. Los Godos vinieron á arrojarse sobre él con un ejército formidable: yendo en su socorro el emperador Graciano, su sobrino, quiso tener san Ambrosio un preservativo contra los errores de los orientales, lo que obligó al santo á componer su excelente tratado de la Fe, que fué citado después con tantos elogios en el concilio general de Éfeso.
Habiendo muerto en Milán su hermano san Sátiro en el año 389, san Ambrosio predicó su Oración fúnebre el día de su entierro, y distribuyó á los pobres los bienes que había dejado. Dos años después hizo convocar un concilio en Aquileya, donde confundió é hizo condenar á Secundiano y Paladio, presbíteros arrianos, y logró del emperador un edicto en que se prohibía á los herejes tener asambleas en adelante.
Habiendo vacado el obispado de Sirmio, metrópoli de Panonia, fué allá nuestro santo para impedir que ocupase aquella silla algún obispo arriano por el favor que lograba esta secta de la emperatriz Justina. Estando sentado en la silla episcopal, tuvo el descaro una joven arriana de subir al presbiterio, y coger á san Ambrosio de los hábitos para hacerle bajar. El santo se contentó con decirle de un modo grave, que, aunque él fuese indigno del sacerdocio, no convenía ni á su sexo ni á su profesión poner la mano sobre un sacerdote, cualquiera que fuese, y que debía temer los juicios de Dios. Pocas horas después murió de repente esta desventurada doncella, y san Ambrosio quiso asistir la mañana siguiente á sus funerales.
Estando nuestro santo de vuelta para Milán, fué á pedir perdón por un reo al emperador Graciano. El mayordomo mayor, llamado Macedonio, hombre duro, le hizo cerrar la puerta de palacio: al volverse el santo hacia su casa, dijo sin alterarse: Algún día vendrás á la iglesia, y no entrarás en ella. Esta predicción se cumplió después de la muerte del emperador, cuando, queriendo Macedonio refugiarse en la iglesia, no pudo dar con la puerta: tan aturdido y ciego le había puesto el miedo.
Habiendo ido á Roma san Ambrosio para asistir al concilio que había juntado el papa san Dámaso, fué recibido y escuchado de todos como un oráculo. Una mujer que estaba paralítica en una cama, sabiendo que el santo estaba allí, se hizo llevar, y habiendo tocado su ropa, quedó sana en el mismo instante. Después que volvió de Roma, compuso su tratado del misterio de la Encarnación. A la salida de un sermón que había predicado sobre este misterio, dos oficiales arrianos le propusieron una cuestión, ofreciéndole venir la mañana siguiente á la misma hora á oír la solución. El santo se fué al paraje donde le habían propuesto la cuestión; pero los oficiales, burlándose de la palabra que le habían dado, se metieron en su coche para irse á divertir: el santo, después de haberlos esperado inútilmente, explicó la cuestión: y al bajar del pulpito, supo que, habiéndose volcado el coche, habían caído los dos oficiales en un precipicio, donde perecieron miserablemente.
El año trescientos ochenta y tres, habiendo sido asesinado en León el emperador Graciano por la perfidia de algunos de los suyos que le abandonaron por seguir la rebelión del tirano Máximo, se recurrió á san Ambrosio como el único dique que podía oponerse á este terrible enemigo: aceptó el santo esta arriesgada comisión, se fué á Tréveris, habló al tirano, y le hicieron tanta impresión sus razones, que dejó la resolución que había tomado de pasar á Italia.
Luego que llegó á Milán de vuelta de esta expedición, supo que Símaco, prefecto de Roma y pagano obstinado, queriendo aprovecharse de la flaqueza del gobierno del joven Valentiniano y de su madre Justina, había dirigido una representación al emperador, en que le pedía el restablecimiento del altar de la Victoria, de los sacerdotes paganos, de los sacrificios y de las vestales. San Ambrosio compuso una respuesta á esta representación, tan cabal, tan enérgica y tan concluyente, que el emperador quedó convencido de la iniquidad de la petición: negó á los paganos todo lo que le pedían; y se puede decir que después de Dios fué la Iglesia deudora á san Ambrosio de esta última victoria que alcanzó sobre el paganismo.
La emperatriz Justina, ingrata á los grandes servicios que nuestro santo había hecho al estado, y ciega mas que nunca por su arrianismo, viendo que se acercaba la fiesta de Pascua, pidió al santo una iglesia en Milán, donde pudiesen juntarse los arrianos que la servían y acompañaban: el santo se la negó intrépidamente. La emperatriz mandó, amenazó é hizo ocupar la basílica Porciana en nombre del joven emperador; pero el santo permaneció inflexible, y fué menester que la ira de la emperatriz cediese á su intrepidez. El eunuco Calígono, camarero mayor del emperador, arriano declarado, tuvo la insolencia de decir al santo obispo que le cortaría la cabeza si proseguía en menospreciar las órdenes de su Majestad. El santo se contentó con responderle que si Dios le permitía cumplir su amenaza, como él lo deseaba, Ambrosio padecería como obispo, y Calígono obraría como eunuco.
El año siguiente se declaró abiertamente la persecución, en la que Justina no guardó mas medidas: resuelta á emplear todo su poder para restablecer el arrianismo en todo el Milanesado, amenazó arrojar de sus sillas á los obispos si no recibían los decretos del concilio de Rímini, y publicó una ley en nombre del emperador su hijo para autorizar las juntas de los arrianos. Benévolo, secretario de estado, inviolablemente adicto á la fe católica, quiso mas perder su empleo, que extender y firmar este edicto. Mercurino, escita de nación, obispo arriano, á quien los herejes habían nombrado obispo de Milán por la facción arriana, y el que, desacreditado por sus delitos, había mudado su nombre de Mercurino en el de Auxencio, que estaba en veneración entre los arrianos, extendió y dirigió este edicto.
La emperatriz, hallando á san Ambrosio contrario en todo á sus perniciosos designios, determinó pervertirle ó arrojarle de su silla, y mandó decirle que escogiera jueces y árbitros por su parte, como Auxencio lo había hecho por la suya, para que la causa de entrambos fuese juzgada por el emperador en su consejo; que si no adhería á este convenio, no tenía que hacer sino retirarse, y ceder su silla episcopal á Auxencio. San Ambrosio hizo presentar una respetuosísima representación sobre todos los capítulos; y añadió que, según el edicto de Valentiniano su padre, en las causas de fe el juez no debe ser de inferior condición que las partes: que á los obispos tocaba juzgar á los emperadores cristianos en las causas de religión; pero que nunca habían tenido facultad los emperadores cristianos para juzgar á los obispos; y que el lego no debe echar jamás la mano al incensario.
Después de haber enviado esta humilde representación al emperador, se retiró el santo á la iglesia, donde fué seguido de un sinnúmero de gentes prontas á morir antes que permitir que se llevasen su pastor. La iglesia fué cercada de soldados, que no se quitaban de día ni de noche: entonces fué cuando nuestro santo, para entretener santamente á los fieles, compuso muchos himnos que hacía cantar á dos coros, mezclados con salmos. La emperatriz, temiendo una sedición, dejó de perseguirle; y Dios consoló á nuestro santo descubriéndole las reliquias de los dos santos hermanos mártires Gervasio y Protasio, lo que aumentó la rabia y el despecho de la emperatriz arriana. Un cierto Eutimio, que hacía un año tenía dispuesto el carruaje en que debía ser llevado nuestro santo, fué puesto en él para ser conducido al destierro; y san Ambrosio le dió, por pura caridad, el dinero necesario para el viaje.
Durante esta calma continuó el santo en dar instrucciones al pueblo, y siempre con mayor fruto. La conversión del gran san Agustín es una de las conquistas que hará eternamente una de las mas bellas partes del elogio de nuestro santo; se cree que fué por este tiempo cuando los dos grandes santos compusieron el célebre cántico Te Deum laudamus..., que hacían cantar á dos coros en las asambleas de los fieles para dar gracias á Dios por la calma no esperada que había dado á la iglesia de Milán, y por la victoria conseguida sobre la herejía arriana.
A pesar del odio que tenía la emperatriz á san Ambrosio, necesitó de él en las apretadas urgencias del estado: recurrió al santo, y le pidió que volviera á verse con el tirano Máximo. El santo aceptó esta peligrosa comisión: fué á Tréveris, y habló á aquel príncipe con una libertad y una intrepidez cristiana que pasmó al tirano. Máximo le respetó; pero como había determinado entrar en Italia y destronar á Valentiniano, hizo poco caso de las razones y representaciones de san Ambrosio. Sabiendo Justina que el tirano había pasado los Alpes, se retiró á Oriente con su hijo Valentiniano, y fué á arrojarse entre los brazos del gran Teodosio. Este gran príncipe los recibió benignamente, y les dijo claramente que su desventura no tenía otro principio que la protección que habían dado á los arrianos, en lugar de escuchar y sostener á los obispos católicos. El emperador Teodosio pasó con un ejército á Occidente, atacó á Máximo, le derrotó enteramente, y restableció á Valentiniano en el trono.
Apenas este gran príncipe hubo conocido á san Ambrosio, cuando le estimó, le honró y le veneró; pero si quedó prendado de su gran piedad, no quedó menos edificado de su firmeza en sostener los derechos de la Iglesia. Había consentido el emperador que se volviese á los judíos de Milán su antigua sinagoga, á lo cual el santo obispo se opuso; pero nada da á conocer mejor que se sobreponía á todo respeto humano, que aquella santa libertad con que habló al emperador después de la cruel matanza de Tesalónica.
Los habitantes de esta desventurada ciudad, habiendo dado la muerte en una sedición á uno de los capitanes generales del emperador, le irritaron tan cruelmente, que abandonó la ciudad á discreción de sus tropas, las que pasaron á cuchillo hasta quince mil personas: todo el mundo se horrorizó de una acción tan bárbara. San Ambrosio escribió á Teodosio una carta respetuosa, pero viva, para representarle la atrocidad de esta ejecución, y moverle á penitencia. La carta hizo en el emperador el efecto que deseaba Ambrosio, haciendo que el emperador se manifestase arrepentido de lo hecho: algún tiempo después, habiendo ido á Milán este príncipe, quiso entrar en la iglesia; mas el santo prelado le prohibió la entrada, presentándose ante el emperador, y hablándole con respeto, mas con toda la autoridad que le daba su carácter sostenido de la santidad de su vida.
El emperador le oyó con los ojos bajos, sin hablar palabra, hasta que, habiendo acabado de hablar Ambrosio, le respondió: Ya conozco mi culpa, y espero mucho en la misericordia divina. David, añadió, esperó mucho en ella, y no experimentó jamás la confusión de haber esperado en vano, aunque cometió un adulterio y un homicidio. Vos le habéis imitado en su pecado, replicó el santo, imitadle, pues, en su penitencia. Hizo el emperador lo que le aconsejaba Ambrosio; pues mirándose como excomulgado, estuvo ocho meses sin entrar en la iglesia; y Ambrosio no le absolvió de su pecado, ni le admitió á la participación de los divinos misterios, sino después de una penitencia pública.
Teodoreto añade que el religioso príncipe, después de haber ido al ofertorio con los ojos bañados en lágrimas, fué á ponerse en el coro, y se quedó en el presbiterio. Habiéndolo advertido san Ambrosio, le preguntó si quería alguna cosa: el emperador respondió que aguardaba que llegara el tiempo de la comunión. El santo le envió á decir que solo á los ministros sagrados les era permitido entrar en el lugar santo; que la púrpura podía hacer príncipes, pero no sacerdotes; y que el presbiterio no era para los emperadores. Teodosio recibió la advertencia con humildad, salió fuera de la barandilla, y se puso entre los legos, donde el santo obispo le hizo dar un puesto cual convenía á su clase y á su dignidad.
Estando en Constantinopla este príncipe algún tiempo después, y hallándose en la iglesia un día de fiesta, salió del presbiterio después de la ofrenda; y habiéndole preguntado el patriarca Nectario, por qué había salido del coro, respondió el emperador con un suspiro: «¡Ah! hasta de poco tiempo á esta parte no he sabido la diferencia que hay entre el sacerdocio y el imperio. Apenas he podido hallar un hombre que me enseñase la verdad: no he conocido otro que Ambrosio que lleve con justo título el nombre de obispo.» Este príncipe tuvo toda su vida una idea tan alta de la prudencia y santidad del santo prelado, que al morir le recomendó sus hijos Honorio y Arcadio.
Ningún obispo estuvo jamás en mas alta reputación que nuestro santo: de todas las partes del mundo venían á verle, á consultar con él y á oírle. Le miraban todos como el general de los ejércitos del Señor: como el azote no solo de los arrianos, sino también de todos los herejes de su siglo. Asistió y presidió á muchos concilios, en los que confundió á Prisciliano, á Joviniano, y á todos los otros enemigos de la fe. Sus escritos hacían tanto fruto en los países extranjeros como en Milán; y de todas partes se le consultaba como al oráculo de la Iglesia.
Con un mérito tan eminente jamás se vió prelado mas humilde. Su mansedumbre, su modestia, su afabilidad le hicieron dar el nombre de padre del pueblo; y su caridad inmensa el de padre de los pobres. Después de haber dado todo su patrimonio, agotado sus rentas, y vendido sus muebles para asistir á los miserables, vendió hasta los vasos sagrados para emplear el precio en rescatar los cautivos cristianos, y aliviar los pobres durante la tiranía de Máximo.
El año 396, Fritigila, reina de los Marcomanos, pueblos de Germania, que ocupaban lo que comprende hoy la Bohemia, habiendo oído hablar de san Ambrosio á un cristiano que había ido á Italia, quedó tan impresionada de todo lo que le dijo de él, que no pudo dudar que la religión de Ambrosio fuese la verdadera: creyó, pues, en Jesucristo, y envió embajadores á Milán para pedir al santo que le diera algunas instrucciones por escrito, y le señalase la regla que debía observar en su creencia y en su conducta; lo que ejecutó el santo en una admirable carta que le escribió en forma de catecismo. Esta princesa quedó tan prendada del santo, que ella misma vino á Milán para tener el consuelo de verle y oírle; pero encontró que ya había muerto.
Cayó enfermo en el mes de febrero del año 397. El conde Estilicón, amigo íntimo del santo, exhortó á todos los habitantes de Milán que pidiesen á Dios por la vida de un hombre que era tan necesario al bien del estado y de la Iglesia. Estando los principales de la ciudad llorando al rededor de su cama, les dijo el santo: No he vivido entre vosotros de modo que deba tener vergüenza de vivir todavía: tampoco temo morir; porque tengo que tratar con un Señor infinitamente bueno. Poco antes de morir se le apareció Jesucristo, quien le llenó de un dulce consuelo, y le convidó á la gloria celestial. Finalmente, el sábado santo, que cayó á 4 de abril en el año 397, aquella grande alma fué á recibir en el cielo el premio debido á su eminente virtud, á sus trabajos y á sus méritos. San Honorato, obispo de Vercel, que se halló á su muerte, le administró el viático pocas horas antes de espirar.
Sus funerales fueron una pompa célebre por la cual se empezó á darle los honores debidos á los santos, y esta veneración se ha ido aumentando con los siglos. A mas de su insigne piedad, de su zelo infatigable y de sus raros talentos, tenía una ciencia tan llena de unción, y una dulzura tan particular en la expresión, que le ha hecho dar el sobrenombre de doctor melifluo, ó que destila miel. Como murió en un tiempo que por lo común está ocupado con el oficio de Pascua ó de la Cuaresma, la Iglesia ha fijado su fiesta á 7 de diciembre, día de su consagración: fuera de esta fiesta hay otra que se celebra en Milán el día 30 de noviembre, que fué el de su bautismo.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.