viernes, 24 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

lunes, 30 de noviembre de 2015

San Andrés, Apóstol

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Rom. 10, 10-18)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Romános Fratres: Corde enim créditur ad justítiam: ore autem conféssio fit ad salútem. Dicit enim Scriptúra: Omnis, qui credit in illum, non confundétur. Non enim est distínctio Judǽi et Græci: nam idem Dóminus ómnium, dives in omnes, qui ínvocant illum. Omnis enim, quicúmque invocáverit nomen Dómini, salvus erit. Quómodo ergo invocábunt, in quem non credidérunt? Aut quómodo credent ei, quem non audiérunt? Quómodo autem áudient sine prædicánte? Quómodo vero prædicábunt, nisi mittántur? sicut scriptum est: Quam speciósi pedes evangelizántium pacem, evangelizándum bona! Sed non omnes obédiunt Evangélio. Isaías enim dicit: Dómine, quis crédidit audítui nostro? Ergo fides ex audítu, audítus autem per verbum Christi. Sed dico: Numquid non audiérunt? Et quidem in omnem terram exívit sonus eórum, et in fines orbis terræ verba eórum.

Porque es necesario creer de corazón para justificarse, y confesar la fe con las palabras u obras para salvarse. Por esto dice la Escritura: Cuantos creen en él, no serán confundidos. Puesto que no hay distinción de judío y de gentil; por cuanto uno mismo es el Señor de todos, rico para con todos aquellos que le invocan. Porque todo aquel que invocare de veras el nombre del Señor, será salvo. Mas ¿cómo le han de invocar, si no creen en él? O ¿cómo creerán en él, si de él nada han oído hablar? Y ¿cómo oirán hablar de él, si no se les predica? Y ¿cómo habrá predicadores, si nadie los envía?, según aquello que está escrito: ¡Qué feliz es la llegada de los que anuncian la buena nueva de la paz, de los que anuncian los verdaderos bienes! Verdad es que no todos obedecen la buena nueva. Y por eso dijo Isaías: ¡Oh Señor!, ¿quién ha creído lo que nos ha oído predicar? Así que la fe proviene de oír, y oír depende de la predicación de la palabra de Cristo . Pero pregunto: Pues qué, ¿no la han oído ya? Sí, ciertamente: su voz ha resonado por toda la tierra, y se han oído sus palabras hasta las extremidades del mundo. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 17 + Homilía 18 sobre Romanos — San Juan Crisóstomo

Para impedir, pues, que los judíos dijesen: «¿Cómo es que aquellos que no habían hallado la justicia menor hallaron la mayor?», les da una razón que no admite respuesta: que este camino era más fácil que aquél. Porque aquél exige el cumplimiento de todas las cosas (pues cuando lo hicieres todo, entonces vivirás); mas la justicia que es de la fe no dice esto, sino ¿qué?

«Si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo.» Luego, para que no parezca que la envilecemos al mostrarla fácil y de poco precio, mirad cómo amplía su explicación de ella. Pues no llega en seguida a las palabras que acabamos de citar, sino ¿qué dice? «Mas la justicia que es de la fe habla de esta manera: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para hacer bajar a Cristo); o: ¿Quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir de nuevo a Cristo de entre los muertos).» Pues así como a la virtud que se manifiesta en las obras se opone una desidia que afloja nuestros trabajos, y hace falta un alma muy despierta para no ceder a ella, así también, cuando se exige creer, hay razonamientos que confunden y arruinan el entendimiento de la mayoría de los hombres, y se requiere un alma de algún vigor para sacudirlos por completo. Y por esto precisamente lo pone delante. Y como hizo en el caso de Abraham, así hace también aquí. Pues habiendo mostrado allí que fue justificado por la fe, para que no pareciese que había alcanzado tan gran corona por mero azar, como si fuera cosa de ningún valor, para ensalzar la naturaleza de la fe dice: «El cual, contra toda esperanza, creyó en esperanza, para venir a ser padre de muchas naciones.» «Y no siendo débil en la fe, consideró su propio cuerpo ya amortecido, y la esterilidad del seno de Sara. No dudó de la promesa de Dios por incredulidad, sino que se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios, plenamente persuadido de que era poderoso para cumplir todo lo que había prometido»; así mostró que hay necesidad de vigor y de un alma elevada, que acoja las cosas que están por encima de lo esperado y no tropiece en las apariencias. Esto mismo, pues, hace también aquí, y muestra que se requiere una mente sabia y un espíritu celestial y grande. Y no dice simplemente «No digas», sino «No digas en tu corazón», esto es: ni siquiera pienses en dudar y decir contigo mismo: «¿Y cómo puede esto ser?» Veis que ésta es la característica principal de la fe: dejar todas las consecuencias de este mundo inferior, y así buscar lo que está por encima de la naturaleza, y desechar la flaqueza del cálculo, y así recibirlo todo del Poder de Dios. Los judíos, sin embargo, no afirmaban solamente esto, sino que no era posible ser justificado por la fe. Mas él vuelve aun lo que había sucedido a otro fin: que, habiendo mostrado ser la cosa tan grande que aun después de haber sucedido requería fe, pudiese con razón otorgar una corona a éstos; y emplea las palabras que se hallan en el Antiguo Testamento, esforzándose siempre por mantenerse del todo libre de las acusaciones de amar novedades y de oponerse a él. Pues esto que aquí dice de la fe, Moisés se lo dice del mandamiento, mostrando así que habían recibido de la mano de Dios un gran beneficio. Pues no hay necesidad —quiere decir— de subir al cielo, ni de atravesar un gran mar, para recibir después los mandamientos, sino que cosas tan grandes y sublimes las ha hecho Dios de fácil acceso para nosotros. ¿Y qué significa la expresión «La palabra está cerca de ti»? Esto es: Es fácil. Porque en tu mente y en tu lengua está tu salvación. No hay largo viaje que hacer, ni mares que navegar, ni montañas que traspasar, para salvarse. Antes bien, aunque no quisieras cruzar siquiera el umbral, puedes, sentado en tu casa, ser salvo. Porque en tu boca y en tu corazón está la fuente de la salvación. Y luego, por otro motivo también, hace fácil la palabra de la fe, y dice que Dios le resucitó de entre los muertos. Pues considera tan sólo la dignidad del que obra, y ya no verás dificultad alguna en la cosa. Que Él es, pues, el Señor, es manifiesto por la resurrección. Y esto lo dijo aun al comienzo de la Epístola: «El cual fue declarado Hijo de Dios con poder... por la resurrección de entre los muertos.» Mas que también la resurrección es fácil, ha quedado mostrado aun a los más incrédulos, por el poder de Aquel que la obra. Pues siendo, así, la justicia mayor, y leve y fácil de recibir, ¿no es señal de la mayor obstinación dejar lo que es leve y fácil, y emprender lo imposible? Porque no podían decir que fuese cosa que rehusaban por gravosa. Ved, pues, cómo los priva de toda excusa. Pues ¿qué merecen alegar en su defensa quienes escogen lo gravoso e impracticable, y dejan a un lado lo que es leve, y capaz de salvarlos, y de darles aquello que la Ley no pudo dar? Todo esto no puede proceder sino de un espíritu obstinado, que está en rebelión contra Dios. Porque la Ley es penosa, mas la gracia es fácil. La Ley, por mucho que disputen, no salva; la gracia otorga la justicia que de ella misma resulta, y también la de la Ley. ¿Qué alegato, pues, ha de librarlos, ya que se disponen a porfiar contra ésta, y se aferran a aquélla sin provecho alguno? Después, habiendo hecho una fuerte afirmación, la confirma de nuevo con la Escritura.

«Porque dice la Escritura —prosigue—: Todo aquel que cree en Él, no será confundido. Pues no hay diferencia entre el judío y el griego; porque uno mismo es el Señor de todos, rico para con todos los que le invocan. Porque todo aquel que invocare el Nombre del Señor, será salvo.»

Veis cómo aduce testigos, ya de la fe, ya de la confesión de ella. Pues las palabras «Todo aquel que cree» señalan la fe; mas las palabras «Todo aquel que invocare» declaran la confesión. Luego, para proclamar de nuevo la universalidad de la gracia y abatir su jactancia, lo que antes había demostrado por extenso, aquí brevemente lo trae a su memoria, mostrando otra vez que no hay diferencia entre el judío y el incircunciso. Pues no hay —dice— diferencia entre el judío y el griego. Y lo que había dicho acerca del Padre, cuando trataba este punto, eso dice aquí acerca del Hijo. Pues así como antes decía, afirmando esto: «¿Es Dios solamente de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también de los gentiles, puesto que uno solo es Dios», así dice también aquí: «Porque uno mismo es el Señor de todos, rico para con todos» (y sobre todos). Veis cómo le presenta como deseoso en sumo grado de nuestra salvación, pues aun tiene esto por riqueza suya; de modo que ni aun ahora deben desesperar, ni imaginar que, con tal que se arrepintiesen, fuesen indignos de perdón. Porque Aquel que tiene por riqueza suya el salvarnos, no cesará de ser rico. Pues aun esto es riqueza: el que el don se derrame sobre todos. Pues como lo que más le afligía era que ellos, que gozaban de una prerrogativa sobre el mundo entero, fuesen ahora, por la fe, derribados de esos tronos y no estuviesen en nada mejor que los demás, trae de continuo a los Profetas como anunciadores de que habrían de tener honra igual a la de ellos. Pues «todo aquel —dice— que cree en Él, no será confundido»; y «todo aquel que invocare el Nombre del Señor, será salvo». Y el «todo aquel» se pone en todos los casos, para que nada pudieran replicar.

«¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin quien les predique? ¿Y cómo predicarán, si no fueren enviados? Según está escrito.»

Aquí de nuevo les quita toda excusa. Pues como había dicho: «Les doy testimonio de que tienen celo de Dios, mas no según ciencia», y que, ignorando la justicia de Dios, no se sometieron a ella, muestra a continuación que por esa misma ignorancia eran reos delante de Dios. Esto, a la verdad, no lo dice así, sino que lo prueba llevando su discurso a modo de preguntas, y convenciéndolos así más claramente, componiendo todo el pasaje de objeciones y respuestas. Mas mirad más atrás. El Profeta —dice— dijo: «Todo aquel que invocare el Nombre del Señor, será salvo.» Ahora bien, alguno podría decir tal vez: «Pero ¿cómo habían de invocar a Aquel en quien no habían creído?» Sigue luego una pregunta suya tras la objeción: «¿Y por qué no creyeron?» Luego otra objeción de nuevo. Bien puede alguno decir: «¿Y cómo habían de creer, no habiendo oído?» Y, con todo, sí oyeron, da a entender. Luego otra objeción todavía: «¿Y cómo habían de oír sin quien les predicase?» Y luego otra respuesta: mas sí les predicaron, y muchos fueron enviados para este mismo fin. ¿Y de dónde consta que éstos son aquellos enviados? Trae entonces al profeta, que dice: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio de la paz, de los que traen la buena nueva de los bienes!» Veis cómo por la índole de la predicación señala a los predicadores. Pues no otra cosa iban estos hombres anunciando por doquiera, sino aquellos bienes inefables y la paz hecha por Dios con los hombres. Y así, al no creer —da a entender—, no es a nosotros a quienes no creéis, sino al profeta Isaías, que hace muchos años dijo que habíamos de ser enviados, y de predicar, y de decir lo que decimos. Si, pues, el ser salvo venía de invocarle, y el invocarle de creer, y el creer de oír, y el oír de la predicación, y la predicación de ser enviados; y si fueron enviados, y predicaron, y el profeta andaba con ellos señalándolos, y proclamándolos, y diciendo que éstos eran aquellos que él había mostrado tantas edades atrás, cuyos pies alababa por razón del contenido de su predicación; entonces está bien claro que el no creer fue culpa suya sola. Y ello porque la parte de Dios se había cumplido por entero.

«Mas no todos obedecieron al Evangelio. Porque dice Isaías: Señor, ¿quién creyó a nuestro anuncio? Luego la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios.»

Como le apremiaban de nuevo con otra objeción en este sentido: que si éstos eran los enviados en misión por Dios, todos debieran haberles escuchado, observad el juicio de Pablo, y ved cómo muestra que esto mismo que causaba la turbación, en realidad quitaba la turbación y el embarazo. «¿Qué te escandaliza, oh judío —diría—, tras prueba tan grande y abundante, y demostración de estos puntos? ¿Que no todos se sometieron al Evangelio?» Pues esto mismo, tomado juntamente con lo demás, basta para certificarte de la verdad de mis afirmaciones, aun en que algunos no crean. Porque también esto lo predijo el profeta. Notad también su inefable sabiduría: cómo muestra más de lo que buscaban, o esperaban que él tuviese que responder. Pues «¿qué es lo que decís? —da a entender—. ¿Que no todos han creído al Evangelio? Pues bien, también esto lo predijo Isaías desde antiguo. O, más bien, no sólo esto, sino aún mucho más que esto.» «Pues la queja que ponéis es: ¿Por qué no creyeron todos? Mas Isaías va más lejos que esto. Porque ¿qué es lo que dice? Señor, ¿quién creyó a nuestro anuncio?» Después, habiéndose librado de este embarazo al hacer del Profeta un baluarte contra ellos, vuelve de nuevo a la línea que antes seguía. Pues como había dicho que debían invocarle, mas que los que invocan han de creer, y los que creen han de oír primero, y los que han de oír han de tener predicadores, y los predicadores ser enviados; y como había mostrado que fueron enviados y predicaron; al ir a introducir otra objeción de nuevo, tomando ocasión primero de otra cita del Profeta con que poco antes había salido al paso de la objeción, así la entreteje y la enlaza con lo precedente. Pues habiendo aducido al Profeta que dice: «Señor, ¿quién creyó a nuestro anuncio?», con acierto se vale de la cita como prueba de lo que dice: «Luego la fe viene por el oír.» Y esto no lo deja en mera afirmación desnuda. Antes bien, como los judíos andaban siempre buscando una señal, y ver la Resurrección, y suspiraban mucho por ello, dice: «Con todo, el Profeta no prometió cosa semejante, sino que era por el oír como habíamos de creer.» Por eso prueba primero esto, y dice: «Luego la fe viene por el oír.» Y luego, como esto parecía cosa humilde de decir, mirad cómo la eleva. Pues dice: «No hablaba de un simple oír, ni de la necesidad de oír palabras de hombres y creerlas, sino que hablo de un oír excelso. Porque el oír es por la palabra de Dios.» No hablaban lo suyo, sino que anunciaban lo que habían aprendido de Dios. Y esto es cosa más alta que los milagros. Pues igualmente estamos obligados a creer y a obedecer a Dios, ya hable, ya obre milagros. Porque tanto las obras como los milagros proceden de sus palabras. Pues así el cielo como todo lo demás fue establecido de esta manera. Habiendo mostrado, pues, que debemos creer a los profetas, que siempre hablan las palabras de Dios, y no buscar nada más, pasa luego a la objeción que he mencionado, y dice:

«Mas digo: ¿Acaso no oyeron?»

«¿Qué —quiere decir—, si los predicadores fueron enviados, y predicaron lo que se les mandó, y éstos no oyeron?» Sigue entonces una respuesta perfectísima a la objeción.

«Sí, ciertamente: por toda la tierra salió el sonido de ellos, y hasta los confines del orbe sus palabras.»

«¿Qué decís? —da a entender—. ¿Que no han oído? Pues el mundo entero, y los confines de la tierra, han oído. ¿Y vosotros, entre quienes los heraldos moraron tan largo tiempo, y de cuya tierra eran, no habéis oído?» ¿Puede esto ser jamás? Sin duda, si los confines del mundo oyeron, mucho más vosotros.

Homilía 17 + Homilía 18 sobre Romanos, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Matt. 4, 18-22)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Ambulans Jesus juxta mare Galilǽæ, vidit duos fratres, Simónem, qui vocátur Petrus, et Andréam fratrem ejus, mitténtes rete in mare - erant enim piscatóres - et ait illis: Veníte post me, et fáciam vos fíeri piscatóres hóminum. At illi contínuo, relíctis rétibus, secúti sunt eum. Et procédens inde, vidit álios duos fratres, Jacóbum Zebedæi et Joánnem, fratrem ejus, in navi cum Zebedæo patre eórum reficiéntes rétia sua: et vocávit eos. Illi autem statim, relíctis rétibus et patre, secúti sunt eum.

Caminando un día Jesús por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, echando la red en el mar (pues eran pescadores) y les dijo: Seguidme a mí, y yo os haré pescadores de hombres. Al instante los dos, dejadas las redes, lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, remendando sus redes en la barca con Zebedeo su padre, y los llamó; Ellos también al punto, dejadas las redes y a su padre, lo siguieron. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Mateo 4, 18-22 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 7. Jesucristo llama a los apóstoles antes de decir ni hacer nada, para que nada se les oculte, ni de las palabras, ni de las obras de Jesucristo; para que después puedan decir con toda seguridad: no podemos menos de decir lo que hemos visto y oído. De aquí que se dice: Andando Jesús junto al mar de Galilea.

Rábano. El mar de Galilea es el mismo lago de Genezaret; el mar de Tiberíades es el lago de las Salinas.

La glosa. Con toda oportunidad el que ha de pescar pescadores va por los lugares donde hay pesca. Y por ello prosigue: Vio dos hermanos, Simón, que después se llamó Pedro y Andrés su hermano.

Remigio. Vio, no sólo corporalmente, sino de una manera espiritual, mirando a sus corazones.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 14,2. Los llamó cuando estaban en sus ocupaciones, manifestando que conviene anteponer la obligación de seguir a Jesucristo a todas las ocupaciones. De donde prosigue: arrojando las redes al mar, lo que incumbía al oficio de aquéllos, por lo que sigue: "eran pescadores".

San Agustín, sermones, 197,2. No eligió reyes, o senadores, o filósofos, u oradores, sino que eligió hombres que eran sencillos, pobres e ignorantes pescadores.

San Agustín, in Ioannem, 7,17. Si hubiese sido elegido un docto, acaso hubiese dicho que había sido elegido por sí mismo y que lo había merecido por su sabiduría. Nuestro Señor Jesucristo queriendo humillar las cervices de los soberbios, no buscó un pescador en un orador, sino que, de un pescador sacó uno que había de mandar. San Cipriano fue un gran orador, pero antes estuvo Pedro que era pescador.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 7. Los artesanos profetizaban con su trabajo la gracia de la dignidad futura; porque así como arrojan la red al agua y no saben qué clase de pescados habrán de sacar, así el sabio cuando arroja las redes de su palabra sobre el pueblo, no sabe los que habrán de acercarse a Dios. Sin embargo, se adherirán a su predicación los llamados por Dios.

Remigio. Dios habla de estos pescadores por Jeremías, diciendo: "Os enviaré mis pescadores y os pescarán". Por ello se añade: "Venid en pos de mí".

La glosa. No tanto con los pies, como con el afecto y la imitación. "Y os haré pescadores de hombres".

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 7. Esto es, maestros. Y con la red de la palabra de Dios captarás a los hombres del mundo tempestuoso y peligroso, en donde los hombres no andan sino que son heridos. Porque el diablo, cuando los empuja hacia el mal, en donde se comen los hombres unos a otros como los peces más fuertes devoran a los más jóvenes para que, trasladados, vivan en la tierra como miembros del cuerpo de Cristo.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 5,1. Pedro y Andrés no habían visto que Jesucristo hubiese hecho algún milagro. Nada habían oído del premio eterno y, sin embargo al oír la voz del Salvador se olvidaron de todo lo que creían poseer. De donde se sigue: Pero ellos en seguida, dejando las redes le siguieron. En ello debemos ver más bien el afecto de los bienes, pues mucho dejó quien nada conservó para sí; mucho ha abandonado quien renunció con las cosas que poseían sus concupiscencias. Los que le seguían dejaron tanto como podían apetecer los que no le seguían. Nuestros actos exteriores, por pequeños que sean, agradan a Dios. Y no consideremos cuánto sea el sacrificio que cuestan sino cómo los manifestamos. El reino de Dios no tiene precio: vale tanto cuanto tienes.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 7. Los discípulos nombrados no siguieron a Cristo buscando el honor de sabios, sino el precio de su trabajo. Conocían cuán preciosa es el alma humana, cuán grata es su santidad en la presencia de Dios y cuán grande es la recompensa ofrecida.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 14,2. Creyeron en una promesa tan grande y comprendieron por los sermones que oyeron, que ellos podrían convocar a otros hombres.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 7. Deseando estas cosas, siguieron a Cristo dejando cuanto les rodeaba, en lo cual nos enseñaron que nadie puede aferrarse a las cosas de la tierra y marchar perfectamente al cielo.

La glosa. En estas cosas se muestra un modelo para aquéllos que todo lo dejan por seguir a Jesucristo y se ofrece también una lección a aquéllos que posponen a Dios, incluso a sus afecciones carnales. De donde se dice: Y marchándose de allí, vio a otros dos hermanos. Observa que los llama de dos en dos, como en otro lugar se lee, que los mandó también de dos en dos a predicar.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 17,1. Como que aquí se nos insinúa que aquél que no tiene caridad con otro no debe tomar a su cargo la predicación: dos son los preceptos de caridad y ésta no puede darse con menos de dos personas.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 7. Puso con mucha propiedad los fundamentos de la Iglesia sobre la caridad fraterna; para que subiendo como la savia por el tronco del árbol llegue hasta las ramas. Y lo hizo sobre la caridad natural, para que la caridad sea más fuerte, no sólo por la gracia, sino también por la naturaleza. Por ello dice: hermanos. Así lo hizo Dios en el Antiguo Testamento, colocando en Moisés y Aarón el fundamento de su edificio. Pero como la gracia del Nuevo Testamento es mucho mayor que la del Antiguo, edificó el primer pueblo sobre una sola fraternidad y el segundo sobre dos. Dijo Santiago el del Zebedeo y a su hermano Juan que estaban con su padre Zebedeo en el barco, remendando sus redes, lo cual es indicio de una pobreza extrema. Remendaban las viejas porque no tenían para comprar redes nuevas. Y explica a la vez la gran caridad de ellos, porque en tanta pobreza favorecían a su padre, tanto que lo llevaban consigo en el barco, no porque él pudiese ayudarles con su trabajo, sino para que se consolase con su presencia.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 14,2. No es pequeña esta demostración de piedad, soportar con gusto la pobreza, alimentarse con su justo trabajo, vivir juntos por la virtud del amor, tener consigo y cuidar a su padre.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 7. No nos atrevemos a estimar cuánto sea el mérito de los primeros que se prestaron veloces a predicar, que siendo tan pobres que todavía componían sus redes, las arrojaban al mar; sólo Jesucristo era quien podía apreciar su mérito. Acaso se dice que aquéllos arrojaban sus redes por Pedro que predicó el Evangelio, pero no lo escribió. Y en cambio los otros fueron llamados a componerlas, por San Juan que escribió un Evangelio.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 7. Prosigue. "Y los llamó": estaban unidos viviendo en una misma habitación, concordes por el amor, iguales en el oficio y juntos por la piedad. Por ello los llamó a la vez, no fuera que unidos por tantos motivos los separase una vocación diferente.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 14,2. Llamándolos, nada les ofreció, como a los primeros. La obediencia de aquéllos que inmediatamente le siguieron, les preparaba el camino; pero habían oído muchas cosas del Salvador, como unidos familiarmente y por medio de consanguinidad.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 14,2. Prosigue. "Ellos, habiendo dejado a su padre y sus redes, le siguieron".

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 7. Tres cosas debe dejar el que viene a Jesucristo: las torpezas carnales que se figuran en las redes; el gusto por las cosas del mundo, figurado en el barco; y la familia, figurada en el padre. Dejaron, pues, el barco para ser constituidos en gobernadores de la nave de la Iglesia. Dejaron las redes, para no traer más peces a la ciudad de la tierra, sino para que condujesen a los hombres a las regiones eternas del cielo. Dejaron un padre, para que se les constituyese en padres espirituales de todos.

San Hilario, in Matthaeum, 3. Se nos enseña, pues, en éstos que dejan su oficio, su patria y su casa por seguir a Jesucristo, a no detenernos por las preocupaciones de la vida secular ni por la costumbre de vivir en la casa paterna.

Remigio. Se designa místicamente este mundo por el mar, en atención a la amargura de sus aguas y a la constante agitación. Galilea significa voluble o rueda y representa la volubilidad del mundo. Anduvo Jesús junto al mar, cuando vino a vivir entre nosotros por medio de la encarnación. Por estos dos hermanos se designan los dos pueblos, que fueron creados por Dios Padre a los que vio cuando se volvió a ellos con misericordia. Por Pedro, que quiere decir conocedor y se llama Simón, esto es, obediente, se designa el pueblo judío, porque conoció a Dios por medio de la ley y lo obedeció por medio de sus preceptos. Andrés quiere decir viril o decoroso y se entiende por él al pueblo gentil, que habiendo conocido a Dios, persevera firme en la fe. Llamó a estos pueblos cuando envió sus predicadores, diciendo: "Venid en pos de mí", esto es, abandonad al engañador y seguid al Creador. Fueron los Apóstoles constituidos en pescadores de los hombres de estos pueblos, esto es, en predicadores, habiendo dejado las naves, esto es, los deseos carnales y las redes, es decir, las concupiscencias del mundo, y siguieron a Jesucristo. Por Santiago se entiende también al pueblo judío, que venció al demonio por el conocimiento de Dios. Por San Juan se entiende al pueblo gentil, que se salvó únicamente por la gracia. Zebedeo, a quien dejaron y se entiende como fugitivo o caído, significa el mundo que pasa y el demonio que cayó del cielo. Por Pedro y Andrés que arrojaron las redes al mar, se designan aquéllos que son llamados por Dios en la primera edad, arrojando de la nave de sus cuerpos las redes de la concupiscencia carnal, en el mar de este mundo. Por Santiago y Juan, remendando las redes, se designan aquéllos que vienen a Cristo después de los pecados y en presencia de las adversidades, recobrando lo que perdieron.

Rábano. Las dos naves son figuras de dos Iglesias: aquella que fue llamada por la circuncisión y aquella que fue llamada por el prepucio. Cualquier fiel se convierte en Simón, obedeciendo a Dios; en Pedro, conociendo su pecado; en Andrés, sufriendo con valor los trabajos; y en Santiago, rechazando los vicios.

La glosa. Y San Juan parece que todo lo atribuye a la gracia de Dios. Por lo tanto sólo se habla de la vocación de cuatro Apóstoles, por medio de los cuales se designa la predicación en las cuatro partes del mundo.

San Hilario, in Matthaeum, 3. También se figura en esto el Números de los cuatro futuros evangelistas.

Remigio. Por esto también se designan las cuatro virtudes principales: la prudencia se refiere a San Pedro, por el conocimiento de Dios; la justicia a San Andrés, por el vigor de sus obras; la fortaleza a Santiago, por sus triunfos sobre el demonio; y la templanza a San Juan, por el efecto de la divina gracia.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,17. Puede llamar la atención el por qué San Juan dice que San Andrés siguió al Señor, no en Galilea sino junto al Jordán, con otro cuyo nombre se calla y que, después, San Pedro recibió el nombre del Señor. Los otros tres evangelistas dicen que fueron llamados de la pesca y en ello están conformes principalmente San Mateo y San Marcos, porque San Lucas no nombra a San Andrés, el cual (según se sabe), estaba en la misma barca. Esto también está poco conforme con lo que dijo el Señor a San Pedro, como recuerda San Lucas: "Desde ahora serás pescador de hombres". Lo que San Mateo y San Lucas cuentan que dijo a los dos. Pero pudo primero decírselo a San Pedro, según San Lucas, y después decírselo a los dos, según los demás. Con todo lo que ya hemos dicho de San Juan, debe entenderse con toda exactitud, puesto que hay diferencia de lugares, de tiempo y de vocación. Pero debe entenderse también que San Pedro y San Andrés no vieron al Señor junto al Jordán y se le unieron ya para siempre, sino que sólo conocieron quién era y admirados de El volvieron a sus casas. Recopila casualmente lo que había pasado en silencio, porque habla sin ninguna diferencia de tiempo consiguiente: "Andando, pues, junto al mar". Debe averiguarse también cómo los llamó separadamente de dos en dos, según cuentan San Mateo y San Marcos. San Lucas dice que Santiago y San Juan fueron llamados como compañeros de San Pedro para ayudarlo y que todos juntos, habiendo sacado sus barcas a la tierra, siguieron a Jesucristo. Aquí debe entenderse que en este primer llamado sucedió lo que dice San Lucas y que ellos volvieron otra vez a tomar peces según su costumbre. No se le había dicho a San Pedro que ya nunca pescaría, puesto que siguió ejerciendo este oficio después de la resurrección del Señor, sino que habría de pescar hombres. Y después sucedió lo que dicen San Mateo y San Marcos. No lo siguieron después de sacar sus barcas a la tierra, prescindiendo del cuidado de volver, sino que lo siguieron entonces, porque así se les mandaba.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena