miércoles, 25 de noviembre de 2015
Santa Catalina de Alejandría, Virgen y Mártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Fué santa Catalina natural de la ciudad de Alejandría. Empleó los primeros años de su vida en el estudio de las letras sagradas y profanas; y como estaba dotada de excelente ingenio, llegó á ser un prodigio de sabiduría. Sucedió que Maximino II, originario de Dacia, y sobrino de Maximiano Galerio, yerno de Diocleciano, entró á repartir el imperio con Constantino el Grande y con Licinio; y como el Egipto pertenecía á su jurisdicción, era su mas ordinaria residencia la ciudad de Alejandría, capital de aquella provincia. Era Maximino príncipe cruel, no menos heredero de Diocleciano y de Galerio en el odio implacable contra los cristianos, que en la corona imperial.
Publicó un edicto en estos términos: «A todos los que viven debajo de nuestro imperio, salud. Habiendo recibido de la clemencia de los dioses un señalado beneficio, hemos resuelto ofrecerles sacrificios en manifestación de nuestro agradecimiento. Por tanto, os exhortamos á que todos concurráis cerca de nuestra persona para mostrar por vuestra parte el zelo que tenéis por nuestros adorables dioses. En lo demás, si alguno menospreciare nuestro edicto, ó siguiere otra religión, además de que irritará contra sí la cólera de los dioses, será rigorosamente castigado.»
Acudieron de todas partes por obedecer al emperador. Estaba el aire oscurecido con el humo de las víctimas; pero mientras se ofrecían sacrificios á los demonios, se aplicaba Catalina á sostener la fe de los cristianos, haciéndoles demostración de que los oráculos del gentilismo eran puras ilusiones, y los que se llaman dioses habían sido hombres mortales, que se hicieron famosos por sus disoluciones; y en fin, que no se podía obedecer el edicto del emperador sin hacerse reos de las penas eternas con que los castigaría Dios, criador del cielo y de la tierra, único Señor que merecía ser adorado. Después de haber confirmado así á los cristianos, determinó presentarse al mismo emperador para hacer visible su impiedad, escogiendo para eso aquel tiempo mismo en que estaba sacrificando á los dioses del imperio.
Pidió, pues, que le permitiesen hablarle; y como estaba dotada de una presencia majestuosa, igualmente que de una rara hermosura, sin dificultad fué admitida á la audiencia. Dijo, pues, al emperador con una resolución que solamente la fe podía inspirar y sostener, que por sí solo debiera ya haber reconocido que aquella multitud de dioses que adoraba era otra tanta multitud de errores que seguía, pues la misma razón natural estaba demostrando que no podía haber mas que un supremo soberano Ser, único y primer principio de todas las cosas. Pero ya que su misma razón no le había descubierto una verdad tan patente, debía por lo menos rendirse al testimonio de sus mas sabios doctores, los cuales distinta y claramente enseñaban que no había ni podía haber mas que un solo Dios, descubriendo el origen de la multitud de sus dioses. Citóle para eso á Diodoro Sículo, á Plutarco y algunos otros, añadiendo le parecía muy extraño que un emperador que por su autoridad y por su carácter debiera desviar los pueblos del supersticioso culto de mentidas deidades, los provocase á ello con su ejemplo. Y por tanto, le suplicaba que se dignase poner fin á aquel desorden, rindiendo al verdadero Dios el supremo culto de adoración que se le debe, si no quería exponerse á que, cansado de tolerar tanto sacrilegio, le hiciese al fin conocer que era el soberano dueño del universo, quitándole con el imperio la vida.
No es fácil explicar lo sorprendido que quedó el emperador á vista de aquel no esperado discurso; pero, por no dar á entender que le había hecho fuerza, solamente le respondió que no interrumpiría el sacrificio por sus representaciones, y que, en acabándole, le oiría á su satisfacción. Luego que el emperador volvió á palacio, mandó llamar á Catalina, y le preguntó quién era, y quién le había dado licencia para hablarle con tanta libertad en un concurso tan público, tan majestuoso y tan respetable.
«Quién soy yo —le respondió la santa— es bien sabido en toda la ciudad de Alejandría: llámome Catalina, y mi casa es de las mas ilustres del país. Me he dedicado toda la vida al conocimiento de la verdad: cuanto mas estudiaba, casi mas iba descubriendo la vanidad de los ídolos que adoras. Mi gloria y mis riquezas consisten en ser cristiana y esposa de Jesucristo. Todo mi deseo es que tú y tu imperio le conozcáis, renunciando las supersticiones en que os habéis criado: esto me dio aliento para presentarme en el templo, sin otro fin que el de hacerte una representación tan humilde, como importante y verdadera.»
No considerándose el emperador con suficiente instrucción para contestar á la doncella filósofa, mandó convocar cincuenta filósofos de los mas nombrados, con orden de que se hospedasen en palacio, donde se los trató con la mayor honra, como que eran los maestros del mundo. Aun no habían llegado los diputados del emperador adonde se hallaba la santa para conducirla al teatro de la disputa, cuando se le apareció un ángel, y le dijo que no temiese, asegurándole que el Señor le comunicaría tanta abundancia de luz, que convertiría á los cincuenta filósofos, con otros muchos de los circunstantes, haciéndoles conocer á Jesucristo, y por fin de su glorioso triunfo recibiría la palma del martirio. Dicho esto, desapareció el ángel, y ella entró en el salón de palacio con majestuoso despejo, pero con tan grave modestia y compostura, que, poniendo en ella los ojos una inmensa multitud de personas, ella no levantó los suyos para mirar á ninguno. Diéronle asiento en medio de los filósofos con bastante inmediación al trono del emperador, que no quería perder ni una sola palabra.
Uno de los filósofos se empeñó desde luego en persuadirla á que debía tributar reverentes cultos al sol, bajo el título de Apolo, esforzándose á probar que por sola su hermosura merecía ser adorado, aun cuando por otra parte no produjese tan ventajosas utilidades al mundo; porque él regía las estaciones del año; él fertiliza los campos con las mieses; él produce los metales en las entrañas de la tierra; él pinta las flores con variedad tan hermosa de matices; él les comunica aquella suavísima fragrancia de olores exquisitos; y él, en fin, con su calor y con su influjo infunde espíritu vital en todo cuanto le tiene. De donde concluyó que no se le podían disputar los honores de divino, puesto que por su virtud sustentaba toda la naturaleza. Parecióle á Maximino tan concluyente este argumento, que dió á Catalina por invenciblemente convencida.
Pero quedó extrañamente sorprendido cuando oyó la prodigiosa facilidad con que se desembarazó de todo. En primer lugar citó el testimonio del mismo Apolo para probar la divinidad de Jesucristo; después hizo demostración de que, si el sol es el mas hermoso de todos los astros, toda la luz con que brilla se la debe á la magnificencia de Dios, probando que está sujeto á su divino poder, pues, cuando Jesucristo espiró en una cruz por la salvación de los hombres, el sol, por decirlo así, se vió precisado á mostrar su sentimiento, mudando de color, y á la mitad del día cubriendo de tinieblas toda la tierra. En fin, dijo cosas tan convincentes y tan claras, que el filósofo quedó enteramente persuadido.
Hizo señal el emperador á los demas para que salieran á la disputa; pero todos se excusaron, diciendo que todos se daban por vencidos en la persona del que reconocían como por su jefe y maestro. Confesaron que no había mas que un solo Dios verdadero, y que todos estaban prontos á confirmar con su sangre esta verdad, añadiendo el título de mártires á la profesión de cristianos. ¡Oh portentoso triunfo de la gracia, y cuánta verdad es que Dios escogió las cosas mas flacas para confundir á las mas fuertes! Llamó Maximino á su cólera y á su furor por auxiliares para defender la causa de sus dioses, y la defendió, condenando á muerte á los que la habían abandonado; recurso feliz que fué causa del mas glorioso triunfo. Pasando aquellos sabios de filósofos á cristianos, sufrieron el martirio con invencible constancia.
Convirtió después el emperador toda su rabia contra Catalina, y la hizo atormentar cruelmente; pero todo lo sufrió con invicta fortaleza la generosa amante de Jesucristo, conquistando para él muchas almas aun dentro de la misma cárcel. La emperatriz, Porfirio, coronel de la primera legión, y otros doscientos soldados confesaron á Jesucristo, y confirmaron con su sangre esta gloriosa confesión. Catalina fué condenada por Maximino, y la espada homicida abatió al suelo aquella virginal cabeza, que había rehusado la corona del imperio romano, corriendo de la herida leche, en lugar de sangre, para mostrar la pureza y la inocencia de la víctima sacrificada. Los ángeles que bajaron del cielo para ser testigos de su combate y para honrar su muerte con su presencia, llevaron su cuerpo y le enterraron en la cima del monte Sinaí, cantando cánticos de alabanzas á gloria de Dios, que es admirable en sus santos.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.