viernes, 24 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

martes, 24 de noviembre de 2015

San Juan de la Cruz, Doctor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Juan de la Cruz, conocido primero por el sobrenombre de Yepes, que era el de su familia, después por el de San Matías, que era el de su religión, y en fin, por el de la Cruz, que hace su verdadero carácter, y con el que se le distingue, fué uno de los más sublimes maestros de la vida espiritual, y de los más insignes ornamentos de la famosa reforma del orden del Carmen; era hijo de Gonzalo de Yepes y de Catalina Álvarez. Aunque su padre era caballero, llegó á verse tan pobre, que se vió obligado á ejercer el oficio de tejedor para poder mantener á su familia, que era muy numerosa, siendo Juan el menor de tres hijos varones.

Las bellas prendas de este niño, y su natural afable y dócil le ganaron bien pronto la estimación y el corazón de sus padres; su amor á la virtud, y su grande inclinación al estudio los movieron á ponerle á estudiar gramática en la villa de Ontiveros, de la diócesis de Ávila, donde nació y donde moraban sus padres; pero no teniendo facultades para enviarle á otra parte á proseguir los estudios, pensaban en ponerle en un oficio, cuando la divina Providencia le facilitó patronos que por pura caridad le proveyeron de todo lo necesario para su educación. Juan correspondió tan bien á las intenciones de sus bienhechores, que dieron por bien empleado lo que habían gastado con un joven que aprovechó tanto en los estudios. En poco tiempo salió muy hábil en las humanidades y en la filosofía; pero fueron mucho mayores los progresos que hizo en la ciencia de los santos.

Aunque apartado del cuidado de sus padres en una edad tan resbaladiza, y entre unos jóvenes tan corrompidos, como son por lo común los estudiantes, supo conservarse en una pureza de costumbres, en una ternura de devoción, y en una tan grande inocencia, que desde entonces era mirado como un santo. El cuidado que tenía ya de mortificar su carne y sus sentidos, y su amor á la oración, autorizaban esta opinión, la que confirmó él mismo bien pronto, buscando un asilo donde asegurar su inocencia.

La particular devoción que tenía á la santísima Virgen le hizo creer que hallaría este asilo en la orden de los carmelitas, consagrada toda á la gloria y culto de la Madre de Dios. Con este fin fué á presentarse al convento de Santa Ana de Medina del Campo, donde fué recibido como un don del cielo, y tomó el hábito con el nombre de fray Juan de San Matías, á los 21 años de su edad.

Quizá no se vió jamás mayor fervor, humildad y exactitud en un novicio, ni tampoco amor más abrasado á las cruces en los más ancianos. Después de su profesión, en lugar de resfriarse, como regularmente sucede, el fervor que había mostrado en su primer año, tomó nuevos aumentos. Emprendió un género de vida tan austera, que todos los religiosos del convento quedaron asombrados. Pidió por celda una covacha oscura y abandonada, á la extremidad del dormitorio, destinada para guardar las escobas, en la que se vió precisado á hacer un pequeño agujero para darle luz y poder leer. Un madero excavado en forma de sepulcro le servía de cama; se hizo un cilicio de juncos marinos, cuyas agudas puntas le sacaban sangre al menor movimiento que hacía su cuerpo; juntaba á todo esto disciplinas muy frecuentes de sangre; y como por otra parte eran muy repetidos sus ayunos, y muy corto su sueño, quitaba á su cuerpo los medios de reparar las fuerzas que sus maceraciones le hacían perder.

Su piedad correspondía á sus penitencias; la pasión que tenía al retiro y al silencio, le hacía cercenar de la sociedad y conversación de los hombres todo lo que podía quitarles, para darlo al comercio interior y apacible que mantenía con Dios en el ejercicio de la oración, la que desde los primeros años de religión no era otra cosa que una muy sublime contemplación.

Jamás tuvo los efectos impertinentes de aquellos místicos y contemplativos, que hacen consistir la contemplación en mostrarse adustos y extraños con todos. Su devoción nunca fué austera sino consigo mismo; era afable y cortés en su trato y comunicación; jamás se le vió abstraído, taciturno, ni agreste con sus hermanos. La humildad parecía natural en él; solo apreciaba las virtudes que admiraba en los otros, y aunque las poseía todas en un grado heróico, creía sinceramente que no era hombre de virtud. Se le veía siempre el primero en todos los ejercicios de la comunidad. El don de contemplación de que se hallaba dotado, no le hizo jamás ocioso. Hubiera querido hacer él solo todos los oficios de la casa; entre estos, los más penosos y más bajos eran los más de su gusto; y con tal que encontrase alguna humillación ó alguna cruz, quedaba satisfecha su ambición.

Una virtud tan sobresaliente obligó á los superiores á hacerle recibir cuanto antes los sagrados órdenes; y sin dar oídos á los artificios de que se sirvió su humildad para quedarse en el estado humilde y oscuro de fraile lego, lo mismo fué llegar á los 25 años de edad, que obligarle á recibir el presbiterado. La gracia que recibió una alma tan pura fué abundante y sensible. El nuevo sacerdote se preparó para la primera misa con continuos sacrificios de sí mismo, aumentando las mortificaciones y fervores.

Los favores que recibió en la primera misa que dijo, y la alta idea que concibió del sacerdocio, le hicieron desear una vida todavía más retirada y más regular, que la que se practicaba en el orden de los carmelitas mitigados que se llaman de la observancia. Después de haber consultado mucho con Dios lo que debía hacer sobre este punto, se resolvió á pasar al de los cartujos, donde se prometía hallar una soledad como la que buscaba, y un género de vida más austero que el que tenía.

Cuando tomaba sus medidas para entrar en la Cartuja de Segovia, llegó santa Teresa á Medina del Campo para fundar un convento de su reforma. Informada la santa de la virtud extraordinaria del padre Juan de San Matías, deseó tratarle. A la primera conversación tuvo por cierto santa Teresa que san Juan era el ministro que le había destinado Dios para el gran designio que había formado de hacer la reforma de los religiosos del Carmen, después de haberla establecido entre las religiosas.

Habiéndole descubierto el padre el pensamiento que tenía de hacerse cartujo, le dijo la santa: Padre mío, Dios le ha llamado al orden de Nuestra Señora del Carmen, y así solo debe pensar en santificarse en él. V. R. ama el retiro, la oración y la vida austera; todo esto lo encontrará en su estado, solo con que viva según el primer espíritu de su instituto. ¿Qué cosa más perfecta que la primitiva regla del orden del Carmen? ¿Y quién puede embarazar á V. R. el que viva según la perfección de esta regla?

La santa le declaró el proyecto que Dios le había inspirado por lo tocante á los hombres, las licencias y poderes necesarios que había recibido del papa y del general, y el presentimiento que tenía de que él sería el primero y principal ministro de esta grande obra. Estas palabras hicieron tanta impresión en el espíritu y corazón de san Juan, que prometió á la santa haría todo lo que le prescribiese, persuadido de que era el espíritu de Dios el que la alumbraba y la gobernaba en todos sus pasos. Se resolvió que para el día señalado saldría del convento de Medina para ir con la santa á Valladolid, donde tomaría el hábito de la nueva reforma; lo que habiéndose ejecutado, le envió la santa á Duruelo con un albañil, á fin de componer una casa vieja que un caballero le había dado, y que fué el primer convento de la estrecha observancia.

San Juan se mantuvo en él algún tiempo solo, esperando los sujetos que la santa debía enviar para ocuparle: allí, abandonándose al fervor, ejerció en su cuerpo aquellas inocentes crueldades, que hicieron decir á los seglares que el padre Juan no podía vivir sino por milagro. Luego que hubieron llegado los primeros padres carmelitas, que se llamaron desde entonces los carmelitas descalzos, san Juan, que había sido puesto por cabeza de ellos, pasó toda la noche siguiente en oración con los mismos, y por la mañana del día siguiente, que era el 28 de noviembre, y primer domingo de adviento del año 1568, celebró solemnemente la misa, hizo su profesión pública, y recibió la de ellos, prometiendo todos á Dios, á la santísima Virgen, su madre y su protectora perpetua, y al general del Carmen, su superior ordinario, observar literalmente la antigua y estrecha regla de la orden. Entonces fué cuando dejando el sobrenombre de San Matías, tomó el de Juan de la Cruz, que, como se ha dicho, hacía su verdadero carácter.

Este fué el nacimiento de esta célebre congregación religiosa, aprobada inmediatamente por el papa san Pío V, y confirmada en el año 1580 por Gregorio XIII, á la que se da el nombre de carmelitas descalzos, porque llevan los pies descalzos, los que después de doscientos años se conservan con aquel mismo espíritu de oración, de austeridad y de retiro, que es el distintivo de su instituto, y con aquel celo ardiente que su madre santa Teresa les dejó por herencia, el cual los lleva no solo á edificar á todos los fieles con su piedad ejemplar y su exacta regularidad, sino también á pasar los mares para ir por todo el universo á trabajar con el fruto que es notorio en la conversión de los infieles.

Viéndose san Juan de la Cruz superior inmediato del convento, aumentó sus pasadas austeridades. Sus mortificaciones eran tan grandes, que santa Teresa se vió precisada á ordenarle las moderase: le mandó que no prosiguiese en andar sin sandalias, arregló sus abstinencias y sus ayunos, y puso límites á sus demás austeridades. Habiendo fundado otro convento en Mancera, otro en Pastrana y el cuarto en Salamanca, quiso que este hijo primogénito educase por sí mismo á sus hermanos en todas sus casas, para que les comunicase á todos su duplicado espíritu de mortificación y de oración.

Viendo la santa los grandes frutos que hacía el siervo de Dios en las casas de sus religiosos, quiso fuese también el director de sus hijas, lo que ejecutó con tanto fruto, que asegura santa Teresa que en menos de un mes las más obstinadas en no querer reformarse, fueron las que más solicitaron y procuraron la reforma. Hubiera sido difícil hacer menos progresos en la vida espiritual bajo un tan santo y tan hábil director. Tenía un don particular para discernir los espíritus, y hacer evitar los lazos del demonio, para descubrir las ilusiones del corazón y del entendimiento; quizá no hubo jamás padre espiritual que supiese mejor el arte de vencer todas las tentaciones, y de curar todas las enfermedades del alma.

Así el demonio hizo cuanto pudo por vengarse de un enemigo que le quitaba todos los días tantos despojos; pero no pudiendo ganar nada con las más violentas tentaciones, se sirvió de la insolencia de una doncella y de una viuda joven para amancillar su pureza; pero esta astucia solo le sirvió para que triunfase más gloriosamente de él.

Una virtud tan eminente no podía estar mucho tiempo tranquila; era preciso que pasase por el fuego de diversas tribulaciones. Una de las que más le molestaron fué una especie de persecución que le levantaron sus propios hermanos y sus propios hijos, esto es, los antiguos religiosos que había dejado, y los que había formado según el instituto de la estrecha observancia. Los primeros miraron su reforma como una rebelión contra los superiores regulares de la orden, y su retiro como una criminal deserción que le hacía apóstata. En consecuencia de esto prendieron á nuestro santo, y le condujeron á la cárcel del convento, con ignominia; pero temiendo no se le quitasen, le hicieron transportar á Toledo, donde estuvo encerrado nueve meses en una oscura prisión, sin otro alimento que el que se da á los más criminales cuando se les tiene en penitencia; pero esta comida era del gusto de nuestro santo. Dios le sostuvo en esta dura prueba con sus consolaciones; la santísima Virgen se le apareció; y con estas interiores dulzuras y otras que recibió en aquella horrorosa prisión, estuvo sumamente contento. Su paciencia heroica y su humildad fueron toda su justificación, y así fué puesto en libertad; pero fué para entrar en otro más terrible ejercicio de paciencia.

Como había sido bastante tiempo superior de la mayor parte de los conventos de la reforma, su celo por la exacta disciplina regular había desagradado mucho á los imperfectos, y sus ejemplos habían desesperado, por decirlo así, á los más fervorosos. Tenía la costumbre de decir que eran tres los lazos que el demonio armaba á los superiores: el primero, un aprecio demasiado bueno de sí mismos, que los envanece; el segundo, la facilidad de dispensarse de las obligaciones comunes; y el tercero, una disipación hacia fuera, que apaga el espíritu con la multiplicidad de las ocupaciones exteriores. Había evitado el primero de estos lazos con una sincera y profunda humildad de corazón, que le hacía amar el menosprecio y la confusión, y le obligaba á tenerse por el último de sus hermanos. Había vencido el segundo, asistiendo el primero á todos los ejercicios de la religión, encargándose siempre de los empleos más laboriosos y más bajos, y no sirviéndose de su derecho de superior, sino para no poner límites á sus austeridades y penitencias, las que eran muy grandes: llevaba sobre su carne una cadena de hierro que le había hecho grandes llagas, las que un horroroso cilicio exasperaba todos los días; su abstinencia y sus continuos ayunos hacían decir que no podía vivir sino por milagro; no dormía más que dos horas por la noche, pasando lo restante del tiempo de rodillas delante del Santísimo Sacramento en una oración muy fervorosa. Jamás pudo hombre decir con más razón que él: Estoy clavado en la cruz de Jesucristo.

Se asegura que, orando un día ante un crucifijo, oyó una voz que le dijo distintamente: Juan, ¿qué quieres que te dé por todos tus trabajos? Señor, respondió, no otra cosa durante esta vida, sino que sea despreciado, y padezca siempre más por tu amor. La sola palabra de Jesucristo crucificado, la sola vista de una cruz le arrobaba y hacía extático. No había que temer cayese en el lazo de la disipación, huyendo, como huía, del comercio y trato con los seglares, y no perdiendo á Dios de vista.

¿Quién hubiera dicho que una vida tan santa y tan perfecta no había de ser aplaudida? Pero las humillaciones y las cruces, que son la herencia de los mayores santos, debían hacer el carácter especial de san Juan de la Cruz; y se puede decir que quizá ningún santo la llevó más pesada: no contribuyeron poco á hacérsela tal algunos individuos de la misma reforma, que le persiguieron mientras vivió. Permitió Dios que algunos superiores, ya fuese por una secreta aversión contra el siervo de Dios, ya por el temor de que quisiese restablecer y estrechar todavía más su observancia, ejercitaron su paciencia con el último rigor; le excluyeron de toda prelacía, le desterraron al desierto de Peñuela, y aun resolvieron enviarle á Indias. El siervo de Dios se sometió á todo con la mayor alegría, y creyó que á lo menos estaría olvidado de los hombres en aquella triste soledad; pero se engañó, porque vinieron á descargar sobre él nuevas persecuciones.

El padre Diego Evangelio, definidor de la orden, y fray Francisco Crisóstomo, célebre predicador, instruidos por el santo en el noviciado quizá con demasiada rigidez, hicieron sus informaciones contra él con tal acrimonia, que no se proponían nada menos que expelerle de la orden. Este gran siervo de Dios sufrió esta persecución con una humildad, una mansedumbre y una alegría pasmosas. Lejos de quejarse, jamás quiso decir palabra alguna para justificarse; al contrario, decía que merecían sus culpas mucho mayores castigos. Cuando se le intimó la orden de ir á Indias, se dispuso á obedecer sin réplica ni tardanza.

Dios estorbó este viaje enviándole una grave enfermedad, la que no hizo que aflojase su persecución. Se continuaron las informaciones, la calumnia suplió por las pruebas que no había, y que querían que hubiese para perderle. Con esto se introdujo el terror en los conventos de uno y otro sexo, de modo que los más afectos y los más virtuosos no se atrevían á llamarse amigos de aquel que miraban por otra parte como amigo de Dios, y padre común de la reforma. Cada cual se deshacía de las cartas que había recibido del santo, por no ser acusado de algún comercio con él, por más que todas estuviesen llenas de la más pura espiritualidad; la mayor parte se quemaron, y con esto la ciencia de los santos padeció una pérdida irreparable.

Cesó en fin la borrasca, cuando los primeros superiores vieron la debilidad de sus mendigadas deposiciones. Habiendo probado Dios de esta suerte á su siervo, hizo se anticipara el tiempo de coronar sus trabajos y su paciencia; cayó enfermo, y conociendo el provincial que el aire del desierto de Peñuela le era contrario, ordenó fuese transportado á otro convento: y habiéndole dejado á él la elección, prefirió el de Úbeda, porque tenía por prior á aquel padre Francisco Crisóstomo que no le amaba: aquí encontró la cruz que buscaba. Todo su cuerpo se cubrió de úlceras, teniendo cuatro ó cinco apostemas formadas por dentro. No se puede imaginar, sin estremecerse, lo que este hombre de cruz sufrió en el discurso de su enfermedad de la dureza de su indigno superior, y de la multitud de sus males, los que hicieron de él un varón de dolores; pero nada fué capaz de alterar su tranquilidad, su gozo y su invencible paciencia.

Sabiendo el provincial el estado á que estaba reducido el santo hombre, fué á verle, y reprendió severamente al prior por su falta de caridad, quien encontró en el santo un poderoso intercesor para con el provincial y un tierno amigo. Esta conducta tan ejemplar de san Juan de la Cruz abrió los ojos al prior de Úbeda, el que reconoció y detestó su dureza y la injusticia de su pasión; le pidió perdón de sus faltas, y procuró repararlas en el poco tiempo que quedaba con todos los oficios de caridad. Pero, como el santo hombre no quería bajar de la cruz, cumpliéndole Dios sus deseos, mezcló este corto gozo con penas interiores que no acabaron sino con su vida; y este hábil maestro de la vida espiritual las toleró con resignación. La vista de Jesucristo crucificado era todo su consuelo.

Finalmente, después de haber recibido los últimos sacramentos con gran fervor, lleno de confianza en su Salvador y en la protección de la santísima Virgen, pronunciando los santos nombres de Jesús y de María, dió tranquilamente su último aliento besando la cruz. Esta muerte preciosa sucedió á 14 de diciembre del año de 1591, á los 49 de su edad.

Dios no difirió un momento el manifestar la gloria inmensa de su siervo. Apenas espiró, se vió un globo luminoso al rededor de su cabeza, que deslumbró á todos los asistentes. El suave olor que se derramó al instante, no solo en el cuarto, sino por todo el convento, no fué la menor de aquel gran número de maravillas que manifestaron la infinita felicidad que gozaba en el cielo, y el valimiento que tenía con Dios en la gloria. Su cuerpo fué enterrado con mucha pompa en Úbeda, y se encontró entero y sin ninguna corrupción, al cabo de un año, cuando se abrió su sepulcro. Habiendo hurtado este tesoro los de Segovia, el papa Clemente VIII les mandó le volviesen á los de Úbeda, donde se guarda con singular veneración. Se ve sobre este santo cuerpo un milagro continuado, porque parece representa todos los días diversas figuras sagradas: unas veces aparece la figura de un crucifijo, otras la imagen de la santísima Virgen.

Tenemos de este sabio maestro de la vida espiritual algunas excelentes obras místicas, compuestas en español, y traducidas en muchas lenguas: como la Subida del Carmelo, la Noche oscura del alma, la Viva llama del amor, y el Cántico del divino amor, en el cual este santo contemplativo hace su retrato, y muestra su verdadero carácter. El papa Clemente X le beatificó el año de 1673 con mucha solemnidad y general aplauso de todos los pueblos.

NOTA. «El cuerpo de san Juan de la Cruz está en el convento de los descalzos de Segovia. En Úbeda solo hay una porción de él.»

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.