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lunes, 23 de noviembre de 2015

San Clemente I, Papa y Mártir

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Clemente, papa y mártir, fue tan distinguido por el esplendor de su ilustre nacimiento, que estaba emparentado con los emperadores romanos. Todo era grande en este santo: el origen, la dignidad, las virtudes, la doctrina. Su padre, que era senador, se llamó Faustino, y su madre Matridia. El palacio de estos señores estaba en el monte Celio. Tardó poco Clemente en añadir al esplendor de su cuna el de su mérito personal; y haciéndose más hábil en el estudio de las letras humanas, llegó á poseer con perfección la lengua griega. Pero faltábale el conocimiento de las verdades de la fe cuando, por grande dicha suya, entraron en Roma san Pedro y san Pablo, de quienes se hizo discípulo, y le instruyeron en las verdades de la religión aquellos dos grandes maestros de todo el universo. Adelantó tanto en ella, que san Pablo le apellida su coadjutor en la predicación del Evangelio, hombre escogido de Dios, cuyo nombre estaba escrito en el libro de la vida. No se sabe á punto fijo si sucedió en el pontificado inmediatamente á san Pedro, aunque en sentir común de la Iglesia parece ser que san Lino y san Cleto le precedieron en el gobierno de toda ella. Llevó al trono pontificio la inocencia, habiendo conservado toda la vida su pureza virginal.

Durante su pontificado, sucedió entre los fieles de Corinto una desgraciada división que hizo mucho ruido. Había florecido grandemente aquella iglesia por el ejercicio de las virtudes cristianas y por su ejemplar edificación desde que el apóstol san Pablo la había fundado; pero no perseveró en su primitivo fervor. Turbó su paz la emulación de algunos particulares, y se lloró despedazada con un funesto cisma que se formó dentro de su mismo seno. Viendo los fieles de Corinto los progresos que iba haciendo aquel incendio fatal, imploraron el auxilio de otras iglesias para cortarle, y se dirigieron principalmente á la de Roma, que se hallaba á la sazón en lo más vivo de sus tribulaciones. Luego que Dios restituyó la paz á esta iglesia con la muerte del perseguidor que la agitaba, convirtió san Clemente su atención á los Corintios, y les escribió aquella célebre y admirable carta que tanto alabaron y ponderaron los padres, siendo uno de los más preciosos monumentos de la antigüedad. Está escrita con tan delicada mezcla de fortaleza y de suavidad, que, corrigiendo el mal, hace amable el remedio. En ella resplandece la prudencia y la dulzura; habla la caridad apostólica, y su estilo es natural, claro, perspicuo, sin artificio, despojado de todo adorno extraño y forastero. Dice san Ireneo que con aquella epístola restableció san Clemente la fe y la caridad entre los hermanos de Corinto, y les anunció la tradición que ya habían recibido por el ministerio de los apóstoles.

Al mismo tiempo que el santo pontífice estaba todo dedicado á solicitar la salvación de su rebaño con el desvelo que correspondía á la dignidad y á la obligación de pastor universal, se levantó una furiosa persecución contra su sagrada persona como cabeza de todos los cristianos. Fué citado, y se vio precisado á comparecer delante del prefecto del pretorio. Rogóle Mamertino (así se llamaba el prefecto) que no quisiese echar un feo borrón en la reputación de su esclarecido nombre, que apaciguase al pueblo, y ofreciese incienso á los dioses. Fué su respuesta muy correspondiente á su fe; ni se podía esperar otra cosa que una respuesta llena de fortaleza de un hombre que estaba sentado sobre la sólida piedra de la santa silla apostólica, y una respuesta llena de dignidad, del que ocupaba la mayor y la primera de toda la Iglesia. Dió parte Mamertino al emperador Trajano de la resolución del pontífice, y Trajano le desterró. Quiso Mamertino hacer otra tentativa, y como el último esfuerzo para reducir al santo papa; pero el generoso confesor le respondió constante y resueltamente que ni el destierro ni la muerte le harían nunca adorar á los dioses del imperio; y aun el mismo san Clemente hizo algunas tentativas para ganar al prefecto, y si no lo consiguió, á lo menos le inspiró una tierna y compasiva inclinación á los cristianos. Desterróle al Quersoneso no sin mucho dolor suyo; y cuando el santo se despidió de él, se enterneció Mamertino, y derramando algunas lágrimas, le dijo: Espero que el Dios que adoras no te abandonará en tu desgracia, consolándote y dándote fuerzas para sufrir el destierro que padeces por su gloria.

Fué después conducido á la isla del Quersoneso Táurico, donde le condenaron á trabajar en las minas. Un papa, por su nacimiento augusto, por su dignidad recomendable, por sus méritos ilustre, venerable por sus canas, y mucho más por la santidad de su vida, baja á aquellas profundas espantosas cavernas, y se ve precisado á cavar la tierra como un miserable delincuente, á regarla con el sudor de su rostro, y ocupar en aquel afrentoso ejercicio el tiempo destinado para gobernar el rebaño de Jesucristo y toda su Iglesia. Pero ¿qué haría el santo pontífice en tan dura extremidad? ¿quejaríase de tan injusto proceder? Muy lejos estaba de quejarse el que sabía muy bien que en padecer mucho consistía la mayor gloria de su religión. Túvose por muy feliz en participar de los trabajos de los fieles, llamándolos su corona en el estilo del Evangelio: porque, con efecto, los trabajos son aquellas piedras preciosas que componen las coronas inmortales con que brillan los bienaventurados en el cielo.

Encontróse san Clemente en su destierro con dos mil cristianos, á quienes ninguna cosa atormentaba tanto como el insoportable ardor de la sed que los abrasaba. Era aquel lugar tan árido y tan seco, que entre aquellos peñascos, enriquecidos con tantas venas de plata y oro, no se encontraba ni una sola vena de agua, siendo preciso traerla con gran fatiga de un sitio muy distante. Movido nuestro santo del trabajo y de las lágrimas de aquellos ilustres desterrados, se volvió al Señor, y le suplicó se compadeciese de aquellos sus fieles siervos en tan extrema necesidad. Fué oída su oración; y apareciéndosele Jesucristo en figura de un cordero, le señaló con el pié una fuente de agua viva, que, brotando de repente de una peña, aumentó el respeto y la veneración que ya profesaban todos al nuevo Moisés; y acudiendo de todas partes á ser testigos del prodigio, se convirtieron los infieles á la fe.

Informado de esto el emperador Trajano, despachó al presidente Aufidio para que hiciese volver al culto de los ídolos á los que se habían hecho cristianos en vista de aquel portento; pero á todos los experimentó incontrastables. Derramaban su sangre, pero mantenían su fe. Después que el ministro del emperador sacrificó muchas de aquellas sagradas víctimas, viendo que cada uno se presentaba voluntariamente á la muerte, pródigo ó desperdiciador de su vida, le pareció más acertado perdonar á la muchedumbre, y castigar únicamente á la cabeza. Habló, pues, á san Clemente; instóle para que sacrificase á los dioses; acaricióle, amenazóle para pervertirle; pero ¿qué pueden las amenazas ni las caricias contra un mártir que tiene impreso en su corazón el amor de Jesucristo? Así, pues, viendo que nada adelantaba, usando de su autoridad, dió sentencia de muerte contra el santo; y para que no quedase entre los fieles reliquia suya que pudiese consolarlos, mandó que le arrojasen en el mar con una grande áncora al cuello, pareciéndole se olvidarían presto de un hombre de quien no quedaba cosa que pudiese excitarles la memoria, como si el milagro de la fuente que brotó repentinamente del peñasco no fuese eterno monumento del poder del santo mártir.

Fué, pues, precipitado en el mar á vista de sus queridos hijos, que con los ojos y con el corazón seguían á su amado padre. Pero ¿qué puede el poder de los hombres contra el poder de Dios? Mientras los cristianos, consternados y afligidos, lamentaban la gran pérdida que acababan de padecer, Cornelio y Probo, discípulos del santo pontífice, dijeron á los demás: Hagamos oración á Dios, hermanos míos, para que se digne descubrirnos las reliquias del santo mártir: y he aquí que, mientras estaban en oración, la mar se retiró hacia adentro, dejando el suelo enjuto y libre para que todos los que quisiesen pudiesen ir á visitar el milagroso sepulcro que el Señor había preparado al santo mártir en medio de las ondas y en el profundo del abismo. Asombrados del prodigio, comienzan á caminar á pié enjuto por el lecho que ocupaban antes las aguas, y se hallan con un templo de mármol, fabricado por mano de ángeles, un sepulcro en que estaba el cuerpo de san Clemente, y al lado de él la áncora con que fué arrojado al mar. Más fácil es concebir que declarar el asombro que sobrecogió á todos los fieles á vista de aquel portento. Ya estaban resueltos á retirar de allí el cuerpo del santo mártir, cuando por medio de una visión les avisó el cielo que no tocasen á él, con la seguridad de que todos los años se repetiría el prodigio, retirándose la mar por espacio de siete días para que todos lograsen el consuelo de visitar el cuerpo del santo á su satisfacción. Cumplióse así puntualmente con tanta utilidad de los que fueron testigos de aquella maravilla, que no quedó en todo aquel país ni hereje, ni judío, ni pagano.

Pero sucedió otro prodigio que todavía contribuyó más á la propagación de la fe. Un hombre devoto con su piadosa mujer y un hijo único que tenían fueron á tributar sus respetos al santo mártir en su milagroso templo, en el que se detuvieron muy despacio; pero como ya iba declinando el día séptimo, y se acercaba la hora en que el mar había de volver á su curso ordinario, se salieron del templo, dejándose en él la prenda que más amaban, esto es, á su querido hijo, disponiendo el cielo con particular providencia un olvido que no parecía natural. Ya el mar había ocupado su acostumbrado lecho cuando los padres del niño cayeron en cuenta de su descuido. No tuvieron otro remedio que retirarse á su casa con el corazón traspasado de dolor. Pasóse el año, y acercándose la fiesta del santo, se dijeron el uno al otro aquellos devotos padres del nuevo Moisés: Vamos á visitar el sepulcro del glorioso san Clemente, y recogeremos los huesos de nuestro querido hijo. Diéronse priesa á caminar, y llegaron los primeros á la orilla, corriendo apresurados al sepulcro del santo luego que el mar se retiró, seguidos de otros muchos que no caminaban con tanta celeridad. Apenas entraron en el templo cuando vieron á su hijo vivo, sano, robusto, y con la más cabal salud. Tanto embarga la voz un excesivo gozo como un excesivo dolor, y así quedaron los dos por largo rato como mudos, atónitos y asombrados sin conocerse el uno al otro; pero al fin volviendo en sí de aquel extático pasmo, fué su primer desahogo prorumpir en gracias, bendiciones y alabanzas de la grandeza de Dios, de su mayor gloria y del poder de nuestro santo. Este prodigio lo refiere san Efrén, obispo de la ciudad de Georgia; lo repite san Gregorio Turonense; y el cardenal Baronio en sus anales asegura ser tales y tan auténticas sus pruebas en toda la antigüedad, que no hay el más leve fundamento para ponerle en duda.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.