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domingo, 22 de noviembre de 2015

Santa Cecilia, Virgen y Mártir

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Fué Cecilia una ilustre doncella romana, que desde luego escogió por herencia suya á Jesucristo, consagrándole su virginidad. En medio de eso, sus padres la desposaron con un caballero joven, llamado Valeriano, y se comenzaron á dar disposiciones para la boda, siendo todo fiestas, diversiones, música y saraos mientras aquellas se concluían. Solo el corazón de Cecilia estaba cubierto de tristeza y de dolor. Al mismo tiempo que en la gala exterior brillaba el oro y la mas preciosa pedrería, traía á raíz de sus delicadas carnes un áspero cilicio, y pasaba las noches en fervorosa oración para alcanzar del Señor que desvaneciese aquel tratado, ó, en caso de efectuarse, la amparase con extraordinaria protección para conservar intacta su virginal integridad. Cuando oía los instrumentos músicos que resonaban en casa de sus padres, elevando su espíritu á su celestial esposo, le decía: Una gracia os pido, dulcísimo Jesús mío, y es que ni mi corazón ni mi cuerpo pierdan jamás ni una mínima parte de su entereza: no sea frustrada yo de este favor que espero de vuestro poder.

Llegó, en fin, el dia de la boda; pero aquel Dios, en quien había puesto toda su confianza, fué guarda fiel de su virginal pureza. Luego que se vió á solas con su esposo Valeriano, le habló de esta manera: Valeriano, un secreto tenía que confiarte; pero no lo haré mientras no me empeñes tu palabra de que no ha de salir de tu pecho. Empeñósela Valeriano, y Cecilia prosiguió diciendo: Pues has de saber que la guarda de mi cuerpo está á cargo de uno de aquellos espíritus celestiales que sirven á mi dueño y á mi rey en la corte del empíreo, centinela invisible de mi virginidad, que la defiende con ira contra todos los que se atrevan á atacarla; y si pretendieras tú violar este sagrado, desde el mismo punto se declararía enemigo tuyo; pero al contrario, si le respetares y me dejares intacta, experimentarás tú el mismo amor que me profesa á mí, y gozarás como yo de su hermosísima presencia.

Dió el Señor á estas palabras toda la eficacia y toda la moción que Cecilia deseaba; tanto, que desde aquel mismo punto comenzó Valeriano á mirar á su esposa con veneración y con respeto. Respondióle, pues, que solo deseaba ver aquel celestial espíritu, protestando estaba pronto á poner en ejecución cuanto le prescribiese para hacerse digno de tanto favor. Replicóle Cecilia que para lograr aquella dicha era indispensable creer en Jesucristo y bautizarse. Impaciente Valeriano con el encendido deseo de ver al ángel, corrió presuroso á recibir el santo bautismo, que, después de bien instruido, le confirió el papa Urbano; y vuelto á su casa, encontró á Cecilia en oración dentro de su cuarto, y á su lado un hermosísimo ángel, cuyo semblante resplandecía como el sol, con dos alas encendidas en un purísimo fuego, y en cada mano una corona, tejidas ambas de rosas y de azucenas de una frescura incomparable, siendo su hermosura embeleso de los ojos, y recreo del olfato su inexplicable fragrancia. Puso á cada uno su corona en la cabeza, diciéndoles que el esposo de las vírgenes les presentaba aquel regalo, cuyas flores jamás se marchitaban ni perdían el suavísimo olor, pero que no podrían ser vistas sino de las almas puras y castas.

Extático de gozo Valeriano, pidió á Dios con grande instancia la conversión de su hermano Tiburcio; y asegurándole el ángel que el Señor le había otorgado esta gracia, desapareció. A este tiempo entró Tiburcio en la sala, y refiriéndole fielmente Valeriano todo lo que había sucedido, lo exhortó á que imitase su ejemplo. Instruyóle Cecilia: dió solución á todas las dificultades, quedando tan convencido, que al punto salió de casa, fué en busca del santo pontífice; y habiéndole este catequizado, le confirió el sacramento del bautismo. Valeriano y Tiburcio fueron dos mártires de Jesucristo, siendo su corona triunfo y fruto de las oraciones de Cecilia.

Después de muertos los dos ilustres hermanos por sentencia de Almaquio, prefecto de Roma, quiso el juez confiscar todos sus bienes; pero ya la caridad de Cecilia los había derramado todos en el seno de los pobres. Mandóla prender, con resolución de obligarla á sacrificar á los dioses, ó de sacrificar á ella á una muerte ignominiosa. Cuando la llevaban á la cárcel, compadecidos los soldados de ver á una tierna doncella en la flor de su edad, de extraordinaria hermosura, despreciar de aquella manera la vida, los honores, los bienes y las esperanzas del mundo, le decían lastimados y aun enternecidos, que haría mejor en rendirse con docilidad á ofrecer sacrificio á los dioses del imperio para gozar de la fortuna que le prometían sus prendas, que obstinarse con terquedad en defender una religión proscripta y condenada por tantos edictos de los emperadores.

Pero Cecilia, dotada del espíritu de Dios, que es espíritu de discernimiento, juzgaba sanamente de todo, dando á cada cosa su legítimo valor, y así les respondió con aquella discretísima dulzura que abre el camino á la persuasión: Bien se conoce, hermanos mios, que no sabéis lo glorioso que es dar la vida por confesar á Jesucristo. Mi mayor pasión es el amor, es la ansia por la corona del martirio. A vosotros os compadece mi florida juventud y mi caduca belleza; pero tened entendido que no las pierdo por el suplicio, solamente las trueco por otras que poseeré eternamente. El trueque es muy ventajoso para mí: cambio estiércol por oro, dejo una casa vil por habitar un magnífico palacio, y cedo una vida perecedera por entrar en posesión de otra que jamás se ha de acabar. Pongo á los pies unas piedras de ningún valor, por coronarme en el cielo con una diadema cuajada de piedras que no tienen precio. Decidme, hermanos, ¿cuál de estos dos partidos os parece que me tendrá mas cuenta?

Acabado este discurso, que oyeron todos con mucha atención, subió sobre una piedra que estaba cerca por casualidad, y levantando la voz, les preguntó si creían lo que les acababa de decir. ¡Oh prodigio de la gracia! todos á una voz le respondieron: Creemos que solo se debe adorar por Dios á Jesucristo, que tiene una sierva tan fiel y tan santa como tú. Pues id, replicó Cecilia, y suplicad de mi parte al prefecto me haga el favor de concederme un poco mas de tiempo; entre tanto, haré venir á mi casa una persona que por medio de las aguas del bautismo os haga participantes de la vida eterna de que os acabo de hablar. Fueron á dar el recado al prefecto; y la santa por su parte envió otro al papa san Urbano, el cual acudió en diligencia, y bautizó á mas de cuatrocientas personas de uno y otro sexo, y entre ellas fué una Gordiano, célebre romano, que después, con su mucha autoridad, conservó la casa de Cecilia, y secretamente la consagró en iglesia, donde estuvo por algún tiempo escondido el mismo san Urbano, ofreciendo en ella el tremendo sacrificio de la misa.

Persuadido Almaquio de que la santa, por conservar la vida, se había rendido en fin á su deseo, la mandó llamar, y le dijo: Dime, hija mía, ¿cómo te llamas, y qué calidad es la tuya? Llámome Cecilia, respondió la santa, y soy de casa muy ilustre. No pregunto eso, replicó el prefecto, sino qué religión profesas. Pues te explicaste mal (repuso Cecilia), porque tus preguntas no hablaban de religión. Y tú te explicas con demasiado atrevimiento, le dijo resentido Almaquio. No lo extrañes, respondió la santa, porque es propio de la buena conciencia y de la verdadera fe hablar con libertad y sin cobardía. Por la cuenta no debes de saber (replicó el prefecto) que los jueces tenemos poder sobre la vida y sobre la muerte. Mucho te engañas en eso, respondió la valerosa doncella: esa autoridad, de que tan vanamente te jactas, se reduce á ser un infeliz ministro de la muerte, abusando de tus facultades para quitar la vida á los inocentes; pero no las tienes para darla al mas despreciable insecto: ni tu autoridad ni tu jurisdicción llegan á tanto; y así déjate de ponderar con ridícula jactancia ese tu quimérico poder.

Asombrado el prefecto de la discreción y del despejo de Cecilia, le dijo, en fin, que obedeciese las órdenes del emperador, y sacrificase á los dioses del imperio. Lastimosa ceguedad sería (le respondió la santa con generosa resolución) ofrecer incienso á un pedazo de madera, doblar la rodilla á una figura de piedra, y rendir á una estatua la suprema adoración que á solo Dios vivo se debe. Y en conclusión, Almaquio, en vano te cansas intentando contrastarme: ninguna cosa del mundo será capaz de romper los amorosos lazos que me estrechan con mi Señor Jesucristo.

Irritado el prefecto de su constancia, mandó que la restituyesen á su casa, y que en ella misma la cerrasen dentro de un baño caliente donde perdiese la vida sofocada de los vapores y de las llamas. Veinte y cuatro horas se mantuvo en él sin recibir lesión alguna, ni experimentar mas incomodidad que si se estuviese recreando en un baño de agua dulce, á pesar de las diligencias que se hacían para avivar la voracidad del incendio; convirtiendo Dios, como en el horno de Babilonia, el ardor de las llamas en delicioso refrigerio. Informado el juez de aquel prodigio, despachó un verdugo para que en el mismo baño le cortase la cabeza. Descargó sobre ella tres golpes, y aun la dejó pendiente y viva, en cuyo estado se mantuvo tres dias, empleando todo este tiempo en exhortar á los fieles á la constancia en la fe. ¡Bello espectáculo para los que visitaban á la joven delicadísima mártir, leer la misma firmeza que ella les predicaba en los sangrientos caracteres que había estampado en su tierno cuerpo el cruel acero! Mucha gracia tiene predicar la fe cuando se está á punto de espirar por defenderla. Esto hizo Cecilia el dia 22 de noviembre del año de nuestra salud 232.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.