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miércoles, 11 de noviembre de 2015

San Martín de Tours, Obispo y Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Fué san Martín originario de Sabaria en la Panonia. Siendo de edad de diez años, contra la voluntad de sus padres, que eran gentiles, fué en busca del sacerdote de los cristianos, y se alistó en el catálogo de los catecúmenos. Su padre, tribuno de una legión, procuró desviarle del culto del verdadero Dios; pero nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón. Luego que cumplió doce años, pensó en retirarse á un desierto, y lo dejó de hacer precisamente por las pocas fuerzas de su tierna edad. Poco tiempo después, en virtud de un decreto imperial, fué alistado en una compañía de caballería como hijo de un oficial veterano. A los quince años sirvió en el ejército de Constancio, y después en el de Juliano Apóstata. Aun no había recibido el bautismo, y no obstante evitó todos los desórdenes que tan frecuentemente acompañan la profesión de las armas, haciendo una vida de religioso en traje de soldado.

Era su virtud sobresaliente la caridad con los pobres. Entrando un día de invierno muy riguroso en la ciudad de Amiens, encontró á un pobre desnudo, temblando y traspasado de frío: pidióle limosna, y no teniendo que darle, se enterneció extrañamente su compasivo corazón á vista de aquella necesidad. Pero como la caridad es fecunda en arbitrios y en recursos, sacó la espada, cortó la capa por el medio, y dió la mitad al aterido mendigo. Sus camaradas comenzaron á burlarse de la liberalidad del catecúmeno; pero Martín nunca se dejó ver más de gala que con aquella media capa, librea magnífica que publicaba á todos su caridad con Jesucristo; espectáculo verdaderamente digno el ver á un simple catecúmeno revestido de la caridad del Salvador hasta interesarse en los trabajos de sus miembros á costa de su propia persona. Pero ¿quién perdió jamás lo que dió al mismo Jesucristo? La noche siguiente se apareció en sueños á san Martín el Salvador, diciendo á los ángeles que le acompañaban: Martín, siendo todavía catecúmeno, me cubrió con este vestido.

Después de este favor, resolvió á dejar el servicio del rey de la tierra para tomar partido en las tropas del rey del cielo, y contrajo con Jesucristo el empeño de una eterna fidelidad recibiendo el santo bautismo. Hecho esto, solo pensó en retirarse de la milicia; y aprovechó buena ocasión la de un día en que el apóstata Juliano repartía á los soldados una paga extraordinaria para empeñarlos más en hacer su deber en una irrupción de bárbaros. Martín, en lugar de recibir la paga, pidió su licencia; pero notándole de cobarde, porque solicitaba retirarse casi en la víspera de una batalla, respondió generosamente: Asegúreseme hasta el día de la función: póngaseme entonces delante de las primeras filas sin otras armas que la señal de la cruz, y entonces se verá si temo á los enemigos ni á la muerte. Túvose la proposición por fanfarronada militar, y se le aseguró para hacer la experiencia; pero aquella misma noche pidieron los bárbaros la paz, y se retiraron.

Dejó, pues, las armas para dedicarse enteramente al servicio de Jesucristo; y habiendo oído hablar de la virtud de san Hilario, obispo de Poitiers, fué en busca suya para aprender en la escuela de tan grande maestro las máximas de la vida interior. Hizo tantos progresos en la virtud, que san Hilario le quiso ordenar de diácono; pero él se contentó con el grado de exorcista, siendo todo lo que por entonces se pudo conseguir de su humildad.

Dióle el Señor á entender ser voluntad suya que hiciese un viaje á su tierra para convertir á sus padres, que todavía eran idólatras. Al pasar los Alpes, cayó en manos de ladrones: uno de ellos levantó el brazo para henderle la cabeza; pero otro compañero le detuvo: maniatáronle, y encargaron su custodia á uno de la cuadrilla: este le preguntó quién era, y Martín le respondió: Yo soy cristiano. Replicóle el ladrón: ¿Tienes miedo? Nunca tuve menos, repuso el santo, porque Dios asiste en los peligros. Quedó aquel hombre tan pasmado á vista de aquella constancia y heroica magnanimidad, que no solo dejó la profesión de ladrón para vivir cristianamente, sino que se hizo religioso para dedicarse enteramente á Dios, y de su misma boca se supo después este suceso.

Llegó á Hungría, convirtió á su madre y á otras muchas personas; pero no pudo reducir á su padre, y el desventurado viejo murió en su ceguedad y obstinación. Allí defendió la fe católica contra los arrianos, que al cabo le echaron del país después de haberle azotado públicamente. Dirigióse á Milán, y se encerró en un monasterio; pero la facción de los arrianos también le arrojó de él. Retiróse á una isla del mar Tirreno, donde por mucho tiempo se sustentó con las yerbas del campo. En una ocasión comió acónito sin conocerle; pero sintiendo el efecto del veneno que le despedazaba las entrañas, hizo oración, y quedó libre.

Volvió á las Galias en busca de san Hilario: edificó junto á Poitiers un monasterio; y viviendo en él santísimamente en compañía de algunos monjes, resucitó á un catecúmeno que había muerto sin recibir el bautismo, y vivió después muchos años. Poco tiempo después resucitó otro criado de Lupiciano, señor principal, que se había ahorcado, suspendiendo Dios su juicio por las oraciones de nuestro santo, y haciendo uno de aquellos extraordinarios prodigios de su misericordia que nos deben servir de ejemplo á todos los pecadores.

Habiendo vacado el obispado de Tours por muerte de su obispo, pusieron los ojos en san Martín para que ocupase aquella silla; pero como se sabía muy bien su repugnancia á todo lo que sonaba á dignidad, le sacaron del monasterio con pretexto de que fuese á visitar á un enfermo, y los diputados de Tours se apoderaron de él por fuerza á pesar de todas sus representaciones. Colocóle en el empleo episcopal la vocación legítima de Dios, y correspondió con la santidad de la vida á la excelencia del ministerio, sabiendo unir con todas las virtudes episcopales las que eran propias de la profesión de monje. Edificó cerca de Tours un monasterio, que hoy se llama Marmoutier, adonde se retiraba cuando se lo permitían los cuidados de la dignidad.

Comíale el celo de la casa de Dios, y á imitación del de Elías no paró hasta consumir todos los ídolos del gentilismo. No es fácil referir todos los triunfos que consiguió de los gentiles. Queriendo echar á tierra una encina que los paganos tenían consagrada al demonio, se opusieron á su celo los infieles; y el más atrevido de todos le dijo que ellos mismos la cortarían y darían por el pie, con tal que al tiempo de caer la recibiese él sobre sus costillas. Aceptó el santo el partido lleno de una viva confianza en Dios, cuya causa defendía: atáronle los gentiles por el lado donde había de caer el robusto y enorme tronco. Temblaban sus monjes á vista del peligro á que se exponía, y se gloriaban los infieles, pareciéndoles que ya estaban viendo la inevitable ruina del enemigo de sus dioses. Cortóse en fin el árbol, y cuando venía á desgajarse con el estruendo que se deja discurrir, levantó el siervo de Dios la mano, hizo la señal de la cruz, y el vegetable coloso, torciendo en el aire la dirección, se fué á derribar al lado opuesto. A vista de esta maravilla no quedó ni un solo gentil en todo aquel contorno.

Sanó á un leproso dándole un ósculo de paz. Salía de él con tanta abundancia la gracia de los milagros, que hasta los pedazos de su vestido, las cartas que escribía, y la paja en que reposaba obraban milagrosas curaciones. Fué en busca del emperador Valentiniano para implorar su protección contra los arrianos: la emperatriz Justina, que profesaba la misma secta, dispuso que se le negase la entrada en palacio; pero Martín entró hasta el mismo cuarto del emperador, pasando por medio de los guardias sin que ninguno lo advirtiese. Enfadado el emperador, volvió la cara á otro lado sin corresponder á su salutación; mas al mismo punto se vió de repente cercado de fuego en la silla en que estaba sentado; y asombrado del prodigio, se levantó aceleradamente, corrió á abrazar al santo obispo, y le trató con tanto respeto como desprecio le había manifestado.

Máximo, usurpador del imperio, también le trató siempre con afabilidad. Convidóle á su mesa, hízole sentar junto á sí, y cuando le presentaron la copa para beber, mandó que se la alargasen primero al santo obispo, no dudando que, después que él hubiese bebido, la alargaría inmediatamente al emperador; pero Martín, después que bebió él, la presentó al diácono que le acompañaba, pareciéndole que no había en la mesa sujeto de mayor dignidad que la suya. Admiró el emperador esta religiosa acción, y por mucho tiempo no se habló en la corte de otra cosa que de la noble libertad del siervo de Dios. También la emperatriz quiso darle una comida sazonada por sus propias manos, y servirle ella misma á la mesa. Espectáculo verdaderamente asombroso ver á un obispo pobre, extranjero y mal vestido, servido por una grande emperatriz. ¡Oh qué poderosa es la santidad!

Hablando Severo Sulpicio de este gran santo, dice que no conoció otro que con más prontitud, precisión y claridad respondiese á los lugares más dificultosos de la sagrada Escritura, pues, aunque la sabiduría era la menor de todas las prendas que adornaban al siervo de Dios, ¿cómo no había de tener un entendimiento muy iluminado el que continuamente estaba alumbrado de los rayos del Sol de justicia, siempre en oración, siempre en presencia de Dios, velando día y noche á las puertas de la divina sabiduría, y no concediendo á la naturaleza sino lo preciso para que no se creyese que era ya bienaventurado? Era hombre por una parte de suprema rectitud, y por otra, de incomparable bondad. A ninguno juzgaba, á ninguno condenaba, nunca volvía mal por mal, y sufría los atrevimientos del menor clérigo de su obispado como si no fuera superior, cabeza y príncipe de todos ellos. Nunca le vieron colérico, nunca triste, nunca entregado á una vana ó inmoderada alegría, sino siempre igual; y como su corazón era el domicilio de la paz y de la caridad, tampoco se abría su boca sino para pronunciar palabras de edificación. Parecía un hombre superior á la naturaleza de todos los demás por su elevada virtud. Honró Dios su eminente santidad con el don de los milagros; los que le eran tan familiares, que parecía especie de milagro el dejar de hacerlos, de modo que fué el Taumaturgo de su siglo.

A tan milagrosa vida correspondió una muerte tan dichosa, que en ella admiraremos otro prodigio de caridad. Había tiempo que sabía por revelación la hora de su muerte, y lo tenía prevenido á sus discípulos. Noticioso de que en la iglesia de Candes, perteneciente á su obispado, había alguna disensión, pasó á apaciguarla este ángel de paz. Logró el intento; y sintiendo que le iban faltando las fuerzas, conoció que aquella debilidad era prenuncio de su muerte. Echóse en cama, quedándose boca arriba con los ojos clavados en el cielo para no perder de vista el lugar donde tenía fijo su amor. En esta postura pedía á Dios se dignase desatarle de las cadenas del cuerpo para ir á gozar en el empíreo de la libertad que gozan los hijos de Dios.

Era el pobre lecho un verdadero cilicio cubierto de ceniza: rodeábanle sus discípulos deshechos todos en lágrimas, y le suplicaron les permitiese ponerle debajo algunas humildes pajas; pero el santo no lo consintió, diciendo: Hijos míos, un cristiano debe morir sobre la ceniza; pecaría yo si os diera otro ejemplo. Replicáronle los discípulos: Tú eres nuestro padre, no nos desampares, porque vendrán los lobos carniceros, se arrojarán sobre el rebaño, y ¿quién le defenderá cuando ya no tenga pastor? Enternecióse el santo; y sintiendo en su corazón dos efectos contrarios á imitación del Apóstol, uno de ir á unirse con su soberano bien, y otro de quedarse en la tierra para mayor bien de su Iglesia, en esta situación hizo á Dios la oración siguiente: Señor, si todavía soy necesario á tu pueblo, no rehúso el trabajo: hágase tu voluntad. ¡Oh varón superior á todos los elogios!, exclama la Iglesia á vista de este paso; pues ni temiste la muerte, ni rehusaste la vida. ¡Admirable disposición de caridad, exponer la propia salvación por asegurar la de su rebaño!

Tuvo atrevimiento el demonio para aparecérsele al santo en aquella hora; pero todo lo que sacó fué oír de su boca esta reprensión: ¿Qué haces ahí, bestia sangrienta? Vete, infeliz, pues no encontrarás en mí cosa que sea tuya. Tenía continuamente las manos y los ojos levantados al cielo: dijéronle que sería bien se volviese de algún lado para que el cuerpo tuviese algún descanso, á que dió esta admirable respuesta, claro testimonio de lo embebida que estaba en su Dios aquella grande alma: Dejadme, hermanos míos, dejadme mirar al cielo, para que mi alma, que va á ver á Dios, tome de antemano el camino que conduce á él. Un instante después espiró; y desprendiéndose sobre su cuerpo un rayo de gloria celestial, se cubrió su santo rostro de un resplandor más brillante que el que forma la misma luz, de manera que parecían haberse anticipado á su cadáver los dotes de cuerpo resucitado y glorioso.

En el mismo instante fué revelada su muerte á san Severino, obispo de Colonia, y á san Ambrosio, obispo de Milán. Fué el santo cuerpo trasportado á Tours con tan magnífico acompañamiento, que igualó á la mayor pompa fúnebre de los grandes de la tierra, y aun á la del triunfo más augusto de los conquistadores del mundo. Halláronse en él más de dos mil religiosos, que todos se podían considerar como discípulos suyos. Conservóse el santo cuerpo en Tours más de 400 años, hasta que los Normandos iban á poner sitio á la ciudad, de donde le retiraron antes que aquellos llegasen; pero veinte y un años después fué restituido á ella con grande pompa, continuando en ser extraordinariamente honrado y reverenciado de todos hasta el siglo décimosexto, en que los hugonotes se apoderaron de Tours, y quemaron el santo cuerpo sin poderse salvar más que el hueso del brazo y una parte del cráneo.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.