martes, 10 de noviembre de 2015
San Andrés Avelino, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Andrés Avelino, modelo el mas perfecto del clero secular y regular, uno de los mas brillantes ornamentos de su siglo, nació en el año de 1521 en Castronovo, pueblo de la provincia Basilicata, dicha Lucania antiguamente, en el reino de Nápoles, á quien pusieron por nombre Lanceloto en el bautismo. Sus padres Juan Avelino y Margarita Apella, mas distinguidos por su notoria piedad que por su calificada nobleza, ofrecieron al niño, luego que nació, á la santísima Virgen, y se aplicaron con el mayor esmero á darle una educación cristiana; pero su bello natural y propensión á lo bueno facilitaron mas que todo el efecto de sus deseos.
A muy breve tiempo dieron á conocer las santas inclinaciones de Andrés que le cupo la suerte de una alma buena, y que el Señor le habia prevenido con sus mas dulces bendiciones. Signóle el ama que le crió con la señal de la cruz luego que comenzó á darle el pecho, y bastó esta primera lección para que el niño lo ejecutase por sí siempre que tenia libres de las fajas sus tiernecitos brazos. A este indicio nada equívoco del amor que en lo sucesivo tendría á la cruz de Jesucristo, se siguieron otros no menos dignos de admiración, como fueron reducir todas sus diversiones en la puericia á formar altares; y postrado ante ellos, meditaba las grandezas de Dios, rezando oraciones devotísimas, observando además la santa costumbre de congregar á los niños para explicarles la doctrina cristiana, y darles saludables consejos; lo que hacia con tanta gracia, con un modo tan lleno de gravedad y de decoro, con tal espíritu y compostura, que no dudaron cuantos vieron estos hechos de graduarlos por anticipados pronósticos del magisterio que Andrés practicaría con el tiempo.
Luego que tuvo la edad competente, le aplicaron sus padres al estudio de la latinidad, primero en su patria, y después en Senis, pueblo no muy distante de aquella; y observando sus maestros una gran conducta en el joven, una docilidad suma, un profundo rendimiento y una aplicación extraordinaria, añadiendo á esto una devoción singularísima, se concilió á breve tiempo el amor de aquellos, y la veneración de sus condiscípulos. En efecto, Andrés arregló sus costumbres con el espíritu de la ley santa de Dios, con las leyes del trato civil y la modestia cristiana; declaróse enemigo de todo lo que es vicio; y esmerándose sobre todo en la devoción de la santísima Virgen, con este escudo, el de su mortificación y fuga de las ocasiones, conservó inviolable su pureza, que siempre fué la virtud de su cariño.
Concluida la gramática, volvió Avelino al lugar de su nacimiento, y envidioso el enemigo común de los progresos que cada dia hacia en la virtud, quiso manchar su pureza valiéndose de una mujer prostituta, y hasta de la misma ama que le crió, apasionadas ambas ciegamente de su belleza; pero tan fuertes combates solo sirvieron para mayor realce de su castidad. Frustradas estas tentativas, y redoblando sus ardides el demonio, conspiró contra la vida de aquel que le hacia tan insoportable guerra. Padeció detrimento en su honestidad cierta doncella de Castronovo, é induciendo á sus padres el mismo enemigo que Andrés era el autor de aquel desastre, resolvieron vengar la injuria con darle muerte; pero volviendo el cielo por su inocencia, se justificó su conducta con el descubrimiento del verdadero delincuente. Para obviar cualquiera resulta, le envió su madre á Nápoles á seguir la carrera de los estudios; pero apenas puso los piés en la posada cuando fué insultado de una mujer lasciva con tan fuerte violencia, que, para librarse de tan vehemente tentación, tomó el recurso del antiguo José en Egipto con la mujer de Putifar, perdiendo toda su ropa. Y viéndose combatido contra una virtud que era el objeto de sus mas fuertes empeños, hizo ante Dios voto de perpetua castidad, prometiendo conservarla inviolable todo el discurso de su vida, como lo cumplió sostenido de la divina gracia.
Los conocimientos que adquirió Andrés en los primeros estudios pudieron ser profundos; pero solo sirvieron para excitar en un jóven llamado para cosas grandes el deseo de aumentarlos en otras ciencias mayores, donde se consuma el ingenio, y se fecunda el entendimiento con ideas mas sublimes. Con esta mira se aplicó á estudiar filosofía, teología y derecho canónico y civil; y como se hallaba dotado de unos talentos extraordinarios, acompañados estos de una aplicación continua, hizo en muy breve tiempo admirables progresos en las ciencias, y recibió con universal aplauso el grado de doctor en ambos derechos. Pero lo mas prodigioso fué que ni la multitud, ni la diversidad de estudios pudieron jamás resfriar el fervor, ni disminuir la devoción de Avelino. Es lo cierto que se veia tan asistente á los templos como á las escuelas, aquí haciendo honor á la doctrina de sus maestros, y allí emulando á los ángeles en el amor y respeto á la Majestad divina.
Como á los conocimientos de la verdadera sabiduría son consiguientes los deseos del estado mas perfecto, supuestos aquellos en nuestro santo, resolvió abrazar el sacerdocio, para el que se dispuso con las preparaciones fáciles de creer en un espíritu todo abrasado en las llamas del amor divino. Apenas se vió revestido con el sagrado carácter, creyéndose llamado para la salvación de las almas, comenzó á darles á gustar las verdades eternas de que Dios le habia dado tan altos conocimientos. Ya ministro del altar, solo buscaba medios de santificarse cada dia mas y mas: halló estos auxilios en la dirección del padre don Pedro Foschareni, doctor parisiense, que, habiendo renunciado las mayores dignidades que el siglo ofreció á su distinguido nacimiento, á su gran sabiduría y su eminente virtud, se retiró á la religión de los Teatinos, y se hallaba á la sazón prepósito de la casa de San Pablo de Nápoles; y se acabó de perfeccionar con el trato del venerable padre Juan Marinonio, que fué compañero de san Cayetano en la fundación del convento de Nápoles.
Seguía Avelino la abogacía en la curia eclesiástica, conforme al espíritu de los sagrados cánones. Hallábase muy empeñado en la defensa de un sacerdote íntimo amigo suyo: dijo una mentira artificiosa en el discurso no advertida por entonces con el fuego y vehemencia que se produjo; pero leyendo después en la santa Escritura que la boca que miente da muerte al alma, fué tan grande el dolor que concibió por aquel defecto, que, no satisfecho con el propósito de separarse enteramente de la abogacía, desde el momento que confesó su culpa deshecho en lágrimas, hizo á su cuerpo víctima de las mas asombrosas penitencias, teniendo en su casa cinco ó seis horas de oración diariamente; y encendido en vivísimos deseos de aspirar á la cumbre de la perfección, hizo en manos de su director Marinonio dos votos tan arduos y tan singulares, que sin especial gracia del Espíritu Santo seria imposible cumplirlos. El uno, de negarse siempre en todo á su propia voluntad. Y el otro, de adquirir un grado de perfección todos los dias. Los cuales cumplió exactamente.
Regía por aquel tiempo la iglesia de Nápoles Monseñor Escipión Rebiba, vicario general del arzobispo don Juan Pedro Carrafa, cardenal Teatino, después sumo pontífice con el nombre de Paulo IV. Sentía la relajación que el espíritu de la discordia había introducido en el monasterio de San Miguel de Nápoles, de religiosas benedictinas; y deseando hallar un sugeto capaz para la reforma de aquella ilustre comunidad, con acuerdo del padre Marinonio, echó mano de Avelino, confiado en que su zelo, su virtud y su gran sabiduría podría conseguir el deseado efecto. Aceptó el santo por obediencia aquella ardua empresa; y conociendo que para las de esta clase no son suficientes las fuerzas de la naturaleza, apeló á las de la gracia por medio de oraciones fervorosas y de rigurosas penitencias. Valióse de todos los arbitrios que le dictó su prudencia, y de los que pedia la virtud en este caso; y aunque tuvo el consuelo de lograr el fin en el común de aquellas religiosas, no lo pudo conseguir en todas, especialmente en una joven ciegamente apasionada de un caballero insolente, que, resentido de las ya amorosas, y ya fuertes y nerviosas exhortaciones del santo, se valió de un asesino para que le diese muerte. Dióle este con efecto dos heridas, de las cuales una se presumió mortal, pero el Señor le conservó, porque le guardaba para mayores empresas. Supo el virey la atrocidad del atentado; hizo las mas vivas diligencias para saber el delincuente; mas Avelino usó de mas medios para ocultarlo, que la justicia en descubrirle; bien que, si se libró del poder de esta por la caridad del santo, no de la justicia divina, que vengó la injuria hecha á su siervo con las desgraciadas muertes del asesino y del joven autor del sacrilegio.
Quiso el vicario general de Nápoles, luego que ascendió á ser general de Pisa, premiar el mérito de Andrés promoviéndole á un obispado; pero el santo rehusó con apostólico desinterés la dignidad, y distribuyó el precio de las vestiduras que le envió á los pobres y ornamentos de la Iglesia.
Libre ya Avelino de las pasadas fatigas, resolvió dedicarse al servicio del Señor en el estado religioso. Acababa de fundar en la Iglesia su célebre religión san Cayetano con el objeto de renovar la idea de la vida apostólica que observaron los primitivos fieles, siendo un modelo de la pobreza evangélica y del fervor con que se interesaban los eclesiásticos de los primeros siglos en conservar la pureza de la fe, en mantener el culto divino en todo su decoro, y en reformar las costumbres del pueblo cristiano. Agradó mucho á Andrés aquel admirable instituto; manifestó á los religiosos de la casa de San Pablo de Nápoles su determinación, y como era tan pública su eminente virtud, le recibieron llenos de gozo en la vigilia de la Asunción de la santísima Virgen del año 1556, á los 36 de su edad, y 32 del establecimiento de la religión de los Teatinos.
No es fácil explicar el fervor con que entró nuestro santo en la religión. Ningún novicio le hizo ventajas en correr por el camino de la perfección, ni ninguno le excedió en los esmeros, ni en la exactitud de la observancia regular. Luego que hizo su profesión, en la que se mudó el nombre de Lanceloto en el de Andrés por la grande devoción que profesaba al apóstol san Andrés, con quien era unánime en el amor á la santa Cruz, quiso visitar personalmente los santos lugares que se veneran en Roma. Y habiendo partido á esta expedición, sin que le estimulase la natural curiosidad en ver y celebrar las grandezas de la capital del mundo, se ocupó únicamente en visitar con tiernas lágrimas los sepulcros de los ilustres mártires, que regaron con su sangre aquel dichoso terreno; y envidiando sus triunfos, se encendió en vivísimos deseos de padecer martirio. Después de estos ejercicios, y de haber consultado á los primeros sugetos del orden, que pudieran imprimir en su alma las ideas mas sublimes sobre perfección, volvió á Nápoles.
Persuadida la religión de que el espíritu de Andrés era muy á propósito para la dirección de otros, le destinó al empleo de maestro de novicios, y convencido que el ejemplo era la lección mas eficaz, se dedicó con un nuevo fervor á la práctica de la oración, de las humillaciones y asombrosas penitencias, á fin de alentar á los jóvenes á que aspirasen á la cumbre de la perfección á que eran llamados. Predicábales de continuo el mismo sermón que á sus discípulos el evangelista san Juan, á saber: Hermanos, no amemos solo con las palabras y la lengua, sino con las obras en verdad; añadiéndoles á esto que sin la oración y la mortificación no era posible que alguno fuese perfecto religioso. Bajo cuyas sólidas máximas, y otros no menos importantes documentos, salieron de su escuela muchos alumnos capaces de recomendar el instituto en los principios de su establecimiento.
Hiciéronle prepósito de la casa de San Pablo de Nápoles, y á muy breve tiempo se conoció cuanto puede un prelado santo al frente de una comunidad. La extremada caridad con que trataba á sus súbditos, la prontitud con que atendía á socorrer todas sus necesidades, su afabilidad y urbana cortesía, acompañadas siempre de cierto aire de santidad que se dejaba ver en todas sus acciones, le hicieron dueño de los corazones de todos los religiosos. Valiéndose Andrés de este afecto reverencial, los alentaba con su ejemplo á observar el espíritu del apostólico instituto. Pero sintiendo en el alma el poco zelo de algunos tibios en el culto divino, que era el fuerte de todas sus atenciones, solía decir con frecuencia: Antiguamente los sacerdotes eran de oro, y los cálices de leño; pero al presente son estos de oro, y aquellos de leño.
Las ocupaciones de su empleo no impedían al santo prelado que dejase de practicar con toda clase de necesitados los oficios de su ardiente caridad. A todos alcanzaba; á los pobres, á los enfermos, á los encarcelados, á los difuntos y hasta á los enemigos. Todo era para todos, y no habia necesidad que no mirase con derecho á socorrerla. No practicó estos oficios solo dentro de la ciudad de Nápoles, sino en los pueblos contiguos, sin detenerle los trabajos, las incomodidades, los peligros, ni aun las exposiciones de su vida; no siendo fácil comprender cómo podia atender un hombre solo á tan penosas fatigas, las que practicó con mas libertad luego que se descargó del empleo superior, y se dedicó enteramente á ganar almas para Dios por medio de la predicación y ministerio del confesonario, donde oia con una admirable paciencia y con una muy particular discreción, á toda clase de penitentes, sin acepción de personas, logrando, en virtud de su infatigable zelo, muchas verdaderas conversiones de pecadores que no podian resistirse á la eficacia de su voz.
No le robaron todas estas ocupaciones y otros innumerables ejercicios de devoción y piedad tanto el tiempo, que no le diesen lugar para responder á muchas consultas, y para componer útilísimos escritos, que nos dan bastante idea de su gran sabiduría. En la biblioteca de San Pablo de Nápoles se conservan varios tratados teológicos, expositivos, ascéticos y predicables, y mas de tres mil cartas instructivas, de las cuales aseguran diferentes escritores que una de ellas solia hacer mas fruto que muchos sermones de otros oradores elocuentes. No es extraño, pues siempre consultaba con Dios lo que escribía, practicando por sí lo que persuadía á otros.
Fundó en el año 1570 san Carlos Borromeo en Milán una casa para los religiosos Teatinos, y pasó á ella en clase de vicario Andrés. Anhelaba por su arribo san Carlos, quien, por el grande concepto que tenia formado de su eminente virtud, le salió á recibir fuera de las puertas de la ciudad. Los progresos que Avelino hizo todo el tiempo que se mantuvo en Milán en favor de los prójimos, no pueden explicarse fácilmente; basta decir que en el hambre y peste general que ocurrieron en aquella ciudad en dos años continuos, se dejó ver en la primera mártir de la abstinencia, porque otros vivieran de su sustento; y en la segunda, ofreció repetidas veces su vida en sacrificio de los apestados, á quienes asistía con fervorosa caridad, suministrándoles todos los auxilios espirituales y corporales que necesitaban en tan lamentable estado.
Deseó el cardenal Pablo Arezo, obispo de Plasencia, connovicio que había sido con Andrés, establecer los religiosos Teatinos en aquella ciudad, para lo cual ofreció á la religión la iglesia de San Vicente, mártir. Enviaron á Avelino por superior de aquella nueva casa; y no reduciéndose sus desvelos solo á las fatigas de la nueva erección, se extendieron á beneficiar á todo el pueblo, cuyas costumbres mudaron de semblante por su actividad. También emprendió su caridad la fundación de una casa de recolección de mujeres perdidas, en las que se vieron á muy breve tiempo admirables frutos de arrepentimiento, debidos al infatigable zelo del santo fundador, quien se interesó asimismo en la reforma del clero, que padecía una sensible relajación. Y pudieron tanto sus exhortaciones, su doctrina y su ejemplo, que lograron el fin deseado; sobre lo cual se elogió su mérito en el proceso que se hizo para su canonización.
Envidioso el enemigo común de los progresos de Andrés, no satisfecho su diabólico furor con los malos tratamientos y con crueles golpes que le hizo padecer, procuró desacreditarle para con el duque de Parma y Plasencia, valiéndose para ello de ciertos ministros perversos, los que informaron á aquel que era Avelino un hipócrita bajo la máscara de una aparente modestia; añadiéndole que, aunque en su vestido exterior parecía pobre, en el interior excedía los límites religiosos. Hicieron en el duque estas calumnias alguna leve impresión; pero recelándose que pudieran ser efecto de la envidia, inspeccionando por sí todo lo contrario de la siniestra delación, sobre pedirle perdón de su leve credulidad, creció desde entonces mas su estimación, y se sujetó á su dirección.
Concluida la prelacía de Plasencia, se le nombró visitador de la provincia de Lombardía, y en muy breve tiempo experimentaron aquellas casas los efectos del visitador, tan santo, como zeloso y sabio. No quedaron estos reducidos dentro de los límites del claustro, pues, no teniendo la ardiente caridad del siervo de Dios domicilio fijo, ni estado determinado, todos los pueblos participaron de su beneficencia. En tiempo de esta comisión quiso Dios probarle, para acrisolar mas su virtud, con grandes desconsuelos, imaginaciones fatales y mortales angustias; pareciéndole que todos sus trabajos y fatigas eran desagradables á los ojos del Señor, y que de nada le servia esmerarse en la salvación de otros, no haciéndolo por la suya, la cual se le representaba dudosa. Pero cuanto mas crecían sus penas y sus congojas, era mas puntual y mas exacto en todos los ejercicios espirituales. Sucedió la calma á la tempestad, y la hermosa luz á las tristes tinieblas, y dispensándole Dios sus celestiales consuelos, haciéndole estos olvidar todos los tormentos pasados, de allí adelante todos fueron excesos de amor divino, en los que se abrasaba continuamente de un modo muy sensible.
Apenas acabó su visita, le hicieron prepósito de la casa de Milán; y como en aquella ciudad era tan conocida su eminente santidad, fué inexplicable el gozo que tuvieron los ciudadanos en esta elección. Sobre todos fué mayor el de san Carlos Borromeo, prometiéndose conocidas ventajas en sus súbditos, teniendo á su lado este zeloso operario del padre de familias. No salieron frustradas sus esperanzas, pues, esmerándose Andrés en satisfacer la confianza de aquel eminentísimo prelado, interesó toda su reputación en el destierro de los abusos del pueblo, y en la reforma del clero. Y continuando sin intermisión, ni descanso en solicitar el bien de las almas, sin faltar un punto á la observancia regular, tuvo la dicha de ver á Jesucristo rodeado de un brillante resplandor, alentándole á que siguiese en sus agradables empresas.
Concluido el trienio de aquella prelacía, volvió segunda vez con el mismo cargo á Plasencia, y de aquí á Nápoles con igual empleo. Después se le nombró visitador de las provincias Romana y Napolitana, y observando la misma conducta que en las prelacías y visita anterior, conservó la disciplina regular en el fervor primitivo, promovió el culto divino, y fomentó las virtudes de sus súbditos animados con su ejemplo. Y como si no hubiera nacido mas que para prelado este hombre verdaderamente digno de los mas altos elogios, que solo deseaba santificarse en las humillaciones de súbdito, supo conciliar las obligaciones de superior con los despreciables sentimientos que tenia formados de sí para mayor justificación. Pero lo mas admirable fué que ni los honores, ni los empleos, ni la multitud de ocupaciones pudieron alterar su recogimiento interior, ni retraerle de sus santos ejercicios.
Sería necesario un extenso volumen para referir individualmente la práctica de sus heroicas virtudes, tanto teológicas, como cardinales y morales, acompañadas siempre de asombrosas mortificaciones. Su ayuno pudo decirse casi continuo, y su abstinencia admirable. Lo regular de su comida eran yerbas viles y despreciables sin mas condimento que agua sola. Su descanso era el de cuatro horas que permitía al sueño, el cual tomaba, de ordinario, vestido, y muchas veces sobre el desnudo suelo, ó sobre un jergón de paja, que era su cama, convertido en tabla por su dureza. Todos los dias afligía su cuerpo con sangrientas disciplinas; y ademas del cerco de hierro con que estaba ceñido, domaba su carne con una cadena y otros ásperos cilicios con que lograba tenerla siempre sujeta á la servidumbre de la razón. En la bula de su canonización se dice en elogio de su rigor que con la espada de la mortificación se hizo una víctima sagrada de la penitencia, ofreciéndose á sí mismo en sacrificio al Señor. Y hablando el mismo breve apostólico del eminente grado á que llegó su oración, añade que pudo decirse oraba de continuo sin intermisión, pues su espíritu estaba siempre trasportado en Dios, logrando el beneficio, cuando estaba en este santo ejercicio, de que ninguna cosa criada le pudiera distraer de las dulces contemplaciones de su Dios.
El obrador de todas estas maravillosas acciones era el grande amor que profesaba á Jesucristo, no siendo fácil que alguno otro le excediese en el amor del Salvador del mundo. Si este era grande, no fué menor el que tuvo á su santísima Madre, pudiéndose decir con seguridad que no hubo bienaventurado que profesase á la Reina de los ángeles mas cordial, mas tierna, ni mas afectuosa devoción, ni que mas se interesase en propagar sus glorias, acreditándolo así desde que nació hasta que espiró.
Quiso Dios acrisolarle por medio de graves enfermedades complicadas con agudísimos dolores, pero en todas dio admirables ejemplos de paciencia y de resignación con la divina voluntad. En una que padeció cuatro años antes de su muerte, se le renovaron los antiguos temores sobre su salvación, y anegado en mortales congojas, se le aparecieron san Agustín y santo Tomás de Aquino, sus especiales abogados, á quienes preguntó: Santos mios, ¿qué nuevas me traéis de mi salvación? ¿habrá en el paraíso algun lugar para este grande pecador? Y respondiéndole los santos de modo que quedase consolado, se tranquilizó.
Finalmente, sabedor de la hora de su muerte, que había predicho á varias personas en uso del don de profecía con que el Señor quiso recomendar su santidad, llegó el dia lunes 10 de noviembre de 1608, en que cumplía el santo casi los ochenta años de su edad; y á pesar de la debilidad en que se hallaba, salió de su aposento para celebrar el santo sacrificio de la misa, á fin de disponerse con el refuerzo del soberano alimento para el tránsito que esperaba en el mismo dia. En vano le procuraron disuadir de aquel empeño cuantos vieron su imposibilidad, pues cuanto mas se acercaba al fin, tanto mas deseaba unirse con el principio. Llegó con mucho trabajo al altar de san José, y al comenzar el introito, fué asaltado de un accidente apoplético, que le hizo caer en los brazos del que le ayudaba á misa.
Lleváronle á su aposento, y dando lugar el accidente á que se le administrasen los últimos sacramentos, habiéndolos recibido con aquel fervor propio de su espíritu, todo abrasado en el amor de Dios, quedándose en una dulce contemplación, se vió de repente su rostro inflamado y negro, turbada la vista, y sin concierto sus movimientos. Turbáronse todos los asistentes, acordándose que el santo había profetizado muchas veces que en la hora de la muerte tendria un horroroso combate con el demonio. También observaron que en aquella angustia ponia por instantes los ojos en una devota imagen de la santísima Virgen, de quien tenia dicho en vida que le favorecería en un fiero ataque que tendría en la muerte con el enemigo infernal.
Creyeron los religiosos ser aquel el caso de sus predicciones, y con efecto declaró después el venerable padre don Jaime Torno, varón esclarecido en santidad, que se halló presente, que vió al demonio en forma de un Etiope formidable sobre Andrés, apretándole la garganta en términos que le ponía á espirar; pero que, poniendo un dogal á aquel monstruo un ángel del Señor, castigó su insolencia, y le hizo huir con confusión. Después de lo cual, volviendo el rostro del santo á su antigua hermosura, mirando con risueños ojos á la santísima Virgen, entregó tranquilamente su espíritu en manos del Criador en el dia 10 de noviembre de 1608.
Después que tuvieron los religiosos el venerable cadáver tres dias en el féretro para satisfacer la devoción de los innumerables concursos que venían á venerarle, le dieron sepultura en la bóveda de la misma casa de Nápoles sita tras del altar mayor. Pero aumentándose cada dia la fama de su santidad, fué trasladado á la capilla de San José. La multitud de los milagros que se dignó el Señor obrar por la intercesión de su siervo, movió á la religión, á varios pueblos, príncipes y soberanos, entre ellos Felipe III y Luis XIII, reyes de España y Francia, á suplicar á la santa sede por su beatificación. Y resultando plenamente justificadas sus heroicas virtudes y milagros auténticos en los procesos apostólicos que se formaron en los pontificados de Paulo V, Gregorio XV y Urbano VIII, le declaró este beato en el dia 31 de agosto de 1624. Y después le canonizó la santidad de Clemente XI en el 22 de mayo de 1712, en presencia de treinta y dos cardenales, cincuenta y siete patriarcas, arzobispos y obispos, juntamente con san Pío V, san Félix de Cantalicio y santa Catalina de Bolonia.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.