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lunes, 9 de noviembre de 2015

Dedicación de la Basílica Lateranense

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

LA DEDICACIÓN DE LA IGLESIA DEL SALVADOR, LLAMADA COMÚNMENTE SAN JUAN DE LETRÁN.

Celebra hoy la santa Iglesia la primera solemne dedicación de los templos consagrados á Dios que se hizo en la cristiandad, y fuéla de aquella célebre iglesia que el emperador Constantino mandó erigir en Roma hacia el principio del cuarto siglo en su mismo palacio de Letrán sobre el monte Celio, la cual se llamó la iglesia del Salvador por haberse dedicado en honra suya.

Aunque el culto que debemos á Dios no está ligado á un sitio más que á otro; y aunque en todo lugar pueden y deben adorarle en espíritu y en verdad los verdaderos fieles, como se explica el mismo Salvador, sin que ya sea menester subir al monte ó ir á Jerusalén para adorarle, pues en todas partes está presente el Señor, quiso no obstante escoger en la tierra algunos sitios donde se le ofreciesen sacrificios, y tener entre nosotros, por decirlo así, algunas casas para recibir nuestras visitas, oir nuestras súplicas, recibir y despachar nuestros memoriales.

Escogió el monte de Moriah para que Abrahán le sacrificase á su hijo Isaac, y en el mismo quiso ser singularmente honrado y glorificado, inspirando á Salomón que edificase en él aquel magnífico y santo templo de Jerusalén, único lugar destinado para los sacrificios. Habiéndose quedado dormido Jacob en el camino de Bersabé á Harán, cuando despertó, después de la visión que tuvo, exclamó todo asombrado: ¡Verdaderamente que este lugar es terrible! No es otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo: Non est hic aliud nisi domus Dei et porta cœli (Gen. 28).

Cuando Dios levantó la mano del azote con que quiso castigar la vanidad de David, le mandó erigir un altar en la era de Ornán el Jebuseo, y ofrecerle en él holocaustos y hostias pacíficas. Invocó en él al Señor el piadoso monarca, y el Señor le oyó, haciendo bajar fuego del cielo sobre el altar del holocausto (1. Paral. 21, 22). Viendo David que Dios aprobaba su sacrificio con aquella maravilla, no dudó que aquel era el sitio destinado por Dios para la edificación del templo, y que con aquella milagrosa señal le daba á entender que escogía aquel lugar para casa suya, y para que se erigiese allí el altar de los holocaustos. Dixitque David: Hæc est domus Dei, et hoc altare in holocaustum Israel.

El mismo príncipe, hombre según el corazón de Dios, resolvió edificar un templo al Señor, y para eso hizo grandes prevenciones; pero el mismo Señor le dió á entender que la honra y la dicha de ejecutar aquella grande obra estaba reservada para su hijo, y no para él. Desde que libré á mi pueblo del cautiverio de Egipto, le dijo Dios, en ninguna de las tribus de Israel escogí ciudad alguna donde se fabricase una casa para mí: Ut ædificaretur in ea domus nomini meo (2. Paral. 6). Siempre viví debajo de tiendas de campaña, mudando cada día sitios donde se levantaba mi pabellón: Neque enim mansi in domo ex eo tempore, quo eduxi Israel usque ad diem hanc, sed fui semper mutans loca tabernaculi, in tentorio (1. Paral. 17). Pero no serás tú el que me has de edificar esta casa: tu hijo será el que erigirá una casa á mi nombre: ipse ædificabit domum nomini meo.

Habiendo, pues, edificado Salomón aquel magnífico templo, maravilla del mundo, en la ciudad de Jerusalén sobre el monte Moriah, que significa monte de visión, donde Abrahán llevó á su hijo Isaac para sacrificarle al Señor, quiso celebrar su dedicación. Nunca llegó á más alto punto la magnificencia, que cuando aquel gran rey hizo aquella augusta ceremonia, la cual duró por espacio de ocho días. Sacrificó Salomón, durante la solemnidad, veinte y dos mil bueyes y cien mil carneros, con lo cual, así el rey como el pueblo, dice la Escritura, dedicaron la casa del Señor: Et dedicavit domum Dei rex, et universus populus (2. Paral. 7).

Es, pues, la dedicación aquella sagrada ceremonia que se celebra cuando se dedica una iglesia ó un altar, cuya fiesta se repite todos los años con el nombre de dedicación; costumbre, que, observada tan religiosamente por los judíos en la ley antigua, no fué menos común entre los cristianos en la nueva ley.

Leemos en Eusebio que el mayor gozo y la mayor gloria de toda la iglesia fué cuando el grande Constantino, primer emperador cristiano, permitió que en todo el imperio se erigiesen templos al verdadero Dios, lo que hasta entonces habían prohibido los emperadores gentiles sus predecesores; de suerte que por más de trescientos años no tuvieron los cristianos libertad para juntarse sino en secreto y en lugares subterráneos donde cantaban las alabanzas del Señor, y celebraban el santo sacrificio de la misa. Es verdad que siempre, desde el mismo nacimiento de la Iglesia, hubo casas particulares y sitios ocultos particularmente destinados para que los fieles se juntasen en ellos, los cuales se llamaban oratorios, donde á pesar de las más furiosas persecuciones concurrían á oir la palabra de Dios, y á ser participantes de los divinos misterios; pero ¡qué gozo universal, y qué glorioso triunfo sería el de toda la Iglesia cuando el piadoso emperador, no contento con mandar demoler ó cerrar los templos de los gentiles, ordenó que se erigiesen en todas partes al verdadero Dios!

Entonces, dice Eusebio, en todas las ciudades del imperio se vieron levantar nuevos y soberbios templos dedicados al verdadero Dios, ó convertirse en iglesias después de purificados los más suntuosos y magníficos de la antigua gentilidad, reputados por maravillas del arte, sin contar los que se erigieron sobre la ruina de estos mismos, no menos soberbios que los primeros; siendo todos como otros tantos primorosos monumentos del glorioso triunfo que la Iglesia consiguió del gentilismo.

Pero este gozo y este triunfo sobresalía principalmente en la dedicación de todos aquellos templos esparcidos por el universo, la que en todas partes se celebró con tanta solemnidad, con tanto concurso y con tanta magnificencia, que en nada cedía á la que vió la ley antigua en la dedicación del templo de Jerusalén. El mismo Eusebio, que fué testigo de vista, se explica de esta manera: Era espectáculo tierno, y largo tiempo deseado, la solemnidad y la devoción con que en todas partes se celebraba la dedicación de nuestras iglesias: Post hæc votivum nobis, ac desideratum spectaculum præbebatur, dedicationum scilicet festivitas per singulas urbes, et oratoriorum recens structorum consecratio. Concurría de las provincias gran número de obispos para autorizar y hacer más célebre la solemnidad: Ad hoc conventus peregrinorum episcoporum ab externis, et dissitis regionibus concursus.

En aquella concurrencia de gentes de tan diversas naciones mostraba bien la caridad de los fieles que en aquellos templos terrenos y materiales consideraban una como imagen de la junta de los bienaventurados en el cielo, donde incesantemente están cantando alabanzas al Señor; pues todos los fieles se veían y se juntaban en una misma caridad, y en la unidad de una misma fe para formar un cuerpo místico, cuya cabeza y alma es Jesucristo: Populorum mutua inter se charitas ac benevolentia, cum membra corporis Christi in unam compaginem coalescerent.

El obispo que edifica una iglesia y la consagra, prosigue el mismo, es perfecto imitador de Jesucristo, y edifica como él un templo en la tierra que es imagen del que los santos y los ángeles componen en el cielo: Ad eumdem modum hic noster pontifex, totum Christum, qui Verbum, sapientia et lux est, in sua ipsius mente, tanquam imaginem gestans, dici non potest quanta cum animi magnitudine, hoc magnificum Dei Altissimi templum, quod sub aspectu cadit, ad exemplar præstantioris illius templi, quod oculis cerni non potest, quantum fieri potuit, simillimum fabricavit.

Esto que nos dice Eusebio, nos enseña que toda la magnificencia, toda la majestad que vemos en nuestras iglesias, y todas las ceremonias con que se consagran son misteriosas, y representan el glorioso cuerpo de Cristo, después de su resurrección, vestido de gloria, ostentando su dominación sobre toda la tierra, comunicando su nueva vida á los fieles, y deseando levantarlos consigo al cielo, para que el cielo y la tierra formen un mismo templo, siendo los ángeles y los hombres templos vivos de Dios: Vos estis templum Dei vivi: y eternamente le bendigan, sacrificándose como él á la gloria de su Padre.

El mismo historiador nos refiere muchas célebres dedicaciones que se hicieron luego que se edificaron muchas magníficas iglesias, para cuyo adorno concurrió la liberalidad del religioso emperador con lo más rico y más precioso que se encontraba en el imperio: Basilicam omnem regaliter donariis magnifice exornavit. Pero ninguna más célebre que la primera, y fué la de aquella magnífica iglesia del Salvador en Roma, llamada comúnmente la Basílica de San Juan de Letrán, cuya memoria solemniza hoy la santa Iglesia.

El cardenal Baronio, siguiendo á san Jerónimo, dice que el sitio de Monte Celio, adonde se edificó la iglesia y palacio de Letrán, pertenecía á los herederos de Plaucio Laterano, rico ciudadano romano, y electo cónsul, á quien mandó quitar la vida Nerón. El emperador Constantino dió este palacio al papa Melquíades, que en el año 313 celebró un concilio de diez y ocho obispos sobre la causa de Ceciliano contra los donatistas.

Habiendo sucedido á san Melquíades el papa san Silvestre el año 314, se granjeó tanto el concepto y la estimación del emperador, que, hallándose en Roma, por consejo del mismo santo mandó se edificasen templos al verdadero Dios en toda la extensión de su imperio, á quien el mismo emperador quiso dar ejemplo, haciendo se erigiese á su costa en el palacio Laterano la magnífica iglesia que san Silvestre consagró, dedicándola al Salvador, no solo porque se dejó ver su imagen pintada milagrosamente en la pared, como lo dice el breviario romano, sino porque Jesucristo es la cabeza de la Iglesia.

Dotó Constantino esta iglesia con tierras y posesiones de grandes rentas: enriquecióla con vasos, alhajas y otros preciosos ornamentos, y consignó fondos considerables para la conservación de las lámparas y manutención de los ministros. Celebróse la dedicación con toda la magnificencia y solemnidad imaginable, cuyo aniversario es el que hoy solemnizamos.

Esta famosa iglesia, reputada siempre por madre de todas las demás, tuvo diferentes nombres. Llamóse la basílica de Fausta, que en griego significa palacio real, porque la princesa Fausta tuvo su palacio en aquel sitio. Después la basílica de Constantino, porque Constantino la edificó; más adelante la basílica de San Juan de Letrán, por las dos capillas que se erigieron en el bautisterio, dedicadas, una á san Juan Bautista, y otra á san Juan Evangelista. Con el tiempo se llamó la basílica de Julio por haberla aumentado considerablemente el papa Julio I. Pero el mayor y más famoso de todos sus nombres es el de la basílica del Salvador, con cuyo título se celebró su dedicación.

Por lo demás, esta iglesia es en rigor la silla propia del pontífice romano, sucesor de san Pedro, y por consiguiente la primera iglesia del mundo en dignidad. Está entre las dos iglesias de san Pedro y san Pablo, que son como sus dos brazos, con los cuales abraza á todas las iglesias del mundo para unirlas y estrecharlas en su seno, como en centro indivisible de unidad.

Así se explica el venerable Pedro Damiano escribiendo contra el cismático Cadaloo. Así como esta iglesia, dice aquel célebre cardenal, tiene el título del Salvador, que es cabeza de todos los predestinados, así también es ella misma como madre, corona y perfección de todas las iglesias de la tierra: Hæc enim ad honorem condita Salvatoris, culmen et summitas totius christianæ religionis effecta. Ella es la iglesia de las iglesias, y como el Sancta sanctorum de ellas. Ecclesia est ecclesiarum, et Sancta sanctorum. Habet quidem intrinsecus beatorum apostolorum Petri et Pauli, diversis quidem locis, constitutas ecclesias, sed sui compagine sacramenti, quia videlicet in quodam meditullio posita, quasi caput membris supereminet, indifferenter unitas. His itaque tanquam expansis divinæ misericordiæ brachiis, summa illa et venerabilis ecclesia omnem ambitum totius orbis amplectitur, omnes, qui salvari appetunt, in materno pietatis gremio confovet et tuetur.

Desde este augusto templo, como desde un castillo inconquistable, añade el mismo cardenal, Jesucristo, soberano pontífice, une los fieles de todo el universo para que se pueda decir con verdad que no hay más que un solo Pastor y una sola Iglesia: Hac Jesus, summus videlicet pontifex, arce subnixus, totam in orbem terrarum Ecclesiam suam, sacramenti unitate, confœderat, ut unus Pastor merito, et una dicatur Ecclesia.

Siendo esta iglesia la que en punto de consagración tiene la preeminencia; aquella donde el nombre de Jesucristo se predicó la primera vez francamente y con plena libertad; aquella donde la fe triunfó gloriosamente de todas las persecuciones y de todo el poder del paganismo armado contra ella; aquella donde en esta dedicación ostentó á los ojos de todo el mundo el más magnífico, el más augusto triunfo que se vió jamás en la tierra, era justo que todos los años se renovase su memoria para rendir gracias á Dios por tan señalado beneficio; y este es el asunto de la presente solemnidad.

Siempre se reputó la iglesia de San Juan de Letrán como la primera silla de los sumos pontífices; y como tal, por cabeza y madre de todas las iglesias de la cristiandad, como lo significan estos dos versos grabados en un mármol antiguo que se lee sobre su pórtico: Dogmate papali datur et simul imperiali, ut sit cunctarum mater, caput ecclesiarum. Lo mismo se lee en otra inscripción en prosa, la cual dice que la sacrosanta iglesia de San Juan de Letrán es madre y cabeza de todas las iglesias del mundo: Sacrosancta ecclesia Lateranensis omnium ecclesiarum mater et caput.

Dos incendios ha padecido esta iglesia, uno el año de 1308 en el pontificado de Clemente V, y otro el de 1361 en el de Inocencio VI, y en ambos fué ventajosamente reparada, adornada y enriquecida. En el primero se vió con ejemplar admiración que las mismas señoras romanas tiraban los carros cargados de piedra para lograr el mérito y la gloria de contribuir á la reparación de aquella primera basílica del mundo cristiano, como la llama el papa Gregorio IX.

Antiguamente eran regulares los canónigos de San Juan de Letrán; pero fueron secularizados por Sixto IV el año de 1471. Los reyes de Francia tienen la presentación de dos prebendas en consideración de los grandes beneficios que hicieron á la Iglesia.

En la de San Juan de Letrán se han celebrado cinco concilios generales y otros muchos particulares. El primero y noveno de los ecuménicos se convocó el año de 1122 en el pontificado de Calixto II, y se hallaron en él trescientos obispos. El segundo y décimo general, el de 1139 en tiempo del papa Inocencio II, contra el antipapa Pedro de León, y los errores de Arnaldo de Brescia, discípulo de Pedro Abelardo, en que presidió el mismo pontífice al frente de mil prelados. El tercero, compuesto de trescientos obispos, en tiempo de Alejandro III, el año de 1179. El cuarto y décimo general fué convocado por el papa Inocencio III el año de 1215: asistieron en persona los patriarcas de Constantinopla y de Jerusalén; y por sus diputados los de Alejandría y Antioquía, habiéndose hallado en el concilio setenta y un arzobispos, trescientos cuarenta obispos, y más de ochocientos abades ó priores. Fueron condenados en él los albigenses, juntamente con los errores de Amaury y del abad Joaquín. El quinto comenzó el año de 1512 en el pontificado de Julio II, y no se concluyó hasta el de 1517 en el de León X, siendo el décimotercio ecuménico y general.

Ordenó san Silvestre que en adelante no se pudiese celebrar el sacrificio de la misa sino en el altar de piedra, porque después de los apóstoles y hasta su tiempo, á causa de las persecuciones, como solo se decía misa en oratorios particulares, en lugares subterráneos ó en cementerios, se celebraba en altares de madera, como lo era el altar en que el príncipe de los apóstoles celebraba el divino sacrificio, siendo su figura como de un ataúd ó de una arca hueca. Este altar, en que celebraba san Pedro, le mandó colocar el mismo san Silvestre en la iglesia de Letrán, y prohibió que en lo porvenir ninguno pudiese celebrar en él el santo sacrificio de la misa sino solo el sumo pontífice, legítimo sucesor de san Pedro: lo que se observa el día de hoy, pues solo el papa dice misa en aquel altar.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.