domingo, 1 de noviembre de 2015
La Festividad de Todos los Santos
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
La Iglesia, gobernada siempre por el Espíritu Santo, siempre celosa por la gloria de los bienaventurados, y atenta siempre á todo aquello que puede contribuir á la salvación de todos los fieles, no contenta con proponer cada día en particular alguno ó algunos de aquellos dichosos moradores de la celestial Jerusalén como objeto digno de su veneración, protectores y guías de sus aciertos, junta hoy todos aquellos héroes cristianos, presentándonoslos unidos por materia de su culto, para que, en atención á tantos y tan poderosos intercesores, que son á un mismo tiempo abogados y modelos, derrame Dios sobre nosotros con mayor abundancia los tesoros de su misericordia, y todas las gracias que son menester para imitarlos.
Considerámoslos nosotros como hermanos nuestros, miembros todos de un mismo cuerpo místico bajo una misma cabeza, y por consiguiente nos reputamos igualmente acreedores á la misma herencia que ellos, mientras por nuestra culpa no perdamos el derecho que legítimamente nos pertenece por el bautismo. Ellos fueron lo que nosotros somos, y algún día podemos ser nosotros lo que son ellos. Gimieron como nosotros en este valle de lágrimas, lugar de aflicción y de destierro; estuvieron igualmente que nosotros expuestos á las mismas flaquezas, sujetos á las mismas tentaciones; corrieron los mismos peligros, encontraron las mismas dificultades, les salieron al camino los mismos estorbos. Pues de la misma manera que ellos y por los propios medios debemos nosotros superar los embarazos, con igual valor resistir á los mismos enemigos, y con la misma fidelidad corresponder á la gracia. La gloria que gozan, y la bienaventuranza que poseen, merecen nuestro culto, y son objeto digno de nuestra noble ambición. Sus méritos tan gloriosamente premiados exigen nuestra veneración, y lo mucho que pueden con Dios es motivo justo para alentar nuestra confianza.
Este es en suma el fin que se propone la Iglesia en el general y solemne culto que tributa hoy á los bienaventurados, y este es todo el objeto de la presente festividad. En el discurso del año nos los hace presentes, poniéndonos á la vista cada uno en particular, para que, sosteniendo nuestra fe, y elevando hacia el cielo nuestra esperanza y la consideración á tan gloriosos objetos, nos acordemos de lo que fueron y de lo que son, advirtiendo lo que nosotros debemos ser para aumentar su número, agregándonos á ellos. Pero reconociendo que no son suficientes todos los días del año para tributar cultos en particular, aun á aquellos solos de que ella tiene noticia, y por otra parte son innumerables los otros, cuyos nombres solo están escritos en el libro de la vida, los cuales, no obstante que no los conozcamos, no por eso son menos dignos de nuestro respeto y de nuestra veneración, escogió la Iglesia un día para honrarlos á todos, obligándolos con este culto especial á que todos se interesen mas particularmente en la salvación de aquellos que no dejan de ser hermanos suyos, aunque giman todavía en este lugar de destierro. Este día tan célebre y tan solemne es el primero de noviembre, en que, juntando todas sus fiestas en una, á todos los empeña á que intercedan por nosotros al Señor.
Mucho tiempo antes que se fijase á este día la presente fiesta general, se solemnizaba dentro del tiempo pascual, es decir, entre pascua de Resurrección y Pentecostés, la fiesta de los santos en común con cierta especie de conmemoración universal; pero no comprendía mas que á la santísima Virgen, reina de todos los santos, á los apóstoles y á los mártires, cuyo glorioso triunfo se celebraba en aquel tiempo de alegría y regocijo. Estaba destinado el primer día de mayo para la fiesta de los apóstoles, y otro día del mismo mes para la de los mártires, á cuyo frente se colocaba siempre la santísima Virgen; pero todavía no se celebraba fiesta particular en honor de todos los santos, á la cual dio ocasión en cierta manera el famoso Panteón, templo de todos los dioses.
Era el edificio mas suntuoso que se admiraba en Roma, reputado por maravilla del arte, y por el último esmero de la arquitectura; muy capaz, muy elevado y de figura rotunda, en significación de que representaba al mundo: obra erigida por Agripa algunos años antes del nacimiento de Cristo en memoria de la victoria que consiguió Augusto en la famosa jornada de Accio contra Antonio y contra Cleopatra; dándosele el nombre de Panteón, para denotar que en él se tributaba adoración á todos los dioses, no obstante que Agripa solo le había consagrado á Júpiter vengador.
Empeñados los emperadores cristianos en abolir el culto de los ídolos, echaron por tierra todos sus templos para sepultar entre sus ruinas las reliquias de las supersticiones paganas, siendo quizá el Panteón el único monumento del gentilismo que se perdonó. Habíanse destruido los famosos templos de Júpiter Capitolino en Roma, de Júpiter Celeste en Cartago, de Apolo en Delfos, de Diana en Éfeso, de Serapis en Alejandría; y subsistía un edicto del emperador Teodosio, en que se mandaba fuesen arrasados todos aquellos lugares de abominación, y se colocasen cruces sobre los despojos de sus ruinas: providencia necesaria en los primeros tiempos de la Iglesia para abolir la memoria del gentilismo, que había introducido el error en todos sus monumentos, cuyo ejemplo imitó san Gregorio el Grande hacia el fin del sexto siglo, ejecutando lo mismo con los templos de Inglaterra en los principios de la dichosa conversión de los ingleses.
Pero cuando ya no había que temer á la idolatría, le pareció mas acertado purificar los templos antiguos que arruinarlos para levantar otros nuevos. Con esta misma consideración, purificó y consagró Bonifacio IV el famoso Panteón, conservado hasta su tiempo para ilustre monumento de la victoria que la Iglesia había conseguido de la ciega gentilidad, dedicándole á la santísima Virgen María y á todos los santos mártires, para que en adelante fuesen honrados todos los verdaderos santos en el mismo templo donde habían recibido sacrílegas adoraciones todos los dioses falsos; cuya famosa dedicación se solemnizó el día 12 de mayo del año 609; asegurando el cardenal Baronio haber leído en un documento muy antiguo que el referido papa Bonifacio había trasladado al Panteón veinte y ocho carros cargados de huesos de santos mártires, sacándolos de las catacumbas de los contornos de Roma.
Sin embargo, no se debe decir que la fiesta ó la dedicación de aquel magnífico templo, llamado al principio de Nuestra Señora de los Mártires, y hoy Santa María la Rotunda, fuese en rigor la fiesta de todos los santos. La época de esta festividad se debe colocar en el pontificado de Gregorio III, que por los años 732 hizo erigir una capilla en la iglesia de San Pedro en honra del Salvador, de la santísima Virgen, de los apóstoles, de los mártires, de los confesores, y de todos los justos que reinan con Cristo en la celestial Jerusalén: fiesta que al principio se celebró solo en Roma; pero muy en breve se extendió á todo el mundo cristiano, y fué colocada entre las festividades de mayor solemnidad.
Habiendo pasado á Francia el papa Gregorio IV el año de 835, mandó que se celebrase solemnemente la fiesta de todos los santos en la Iglesia universal, con cuya ocasión expidió un edicto el emperador Ludovico Pío, y se fijó al primer día de noviembre, en que, uniendo la Iglesia como en un solo cuerpo todas aquellas almas bienaventuradas, congrega, como se ha dicho, todas las fiestas en una, honrándolos á todos con religioso culto en una sola festividad. Como los gentiles celebraban este mismo día una fiesta en honor de todos los dioses, acompañándola con todo género de disoluciones, es muy probable que esto mismo determinó á la Iglesia para fijar esta fiesta en el propio día, que antes era de ayuno, el que desde entonces se anticipó á la vigilia; por lo que, esta festividad ocupa lugar entre las mas solemnes, siendo todavía de precepto en el reino de Inglaterra, aun después que el cisma y la herejía desterraron casi todas las demás. El papa Sixto IV mandó que se celebrase con octava, quedando de esta manera constituida entre las mas solemnes de toda la Iglesia universal.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.