miércoles, 28 de octubre de 2015
Santos Simón y Judas Tadeo, Apóstoles
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Eph. 4, 7-13)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Ephésios Fratres: Unicuíque nostrum data est grátia secúndum mensúram donatiónis Christi. Propter quod dicit: Ascéndens in altum, captívam duxit captivitátem: dedit dona homínibus. Quod autem ascéndit, quid est, nisi quia et descéndit primum in inferióres partes terræ? Qui descéndit, ipse est et qui ascéndit super omnes cœlos, ut impléret ómnia. Et ipse dedit quosdam quidem apóstolos, quosdam autem prophétas, álios vero evangelístas, álios autem pastóres et doctóres, ad consummatiónem sanctórum in opus ministérii, in ædificatiónem córporis Christi: donec occurrámus omnes in unitátem fídei, et agnitiónis Fílii Dei, in virum perféctum, in mensúram ætátis plenitúdinis Christi.
si bien a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia a medida de la donación, gratuita de Cristo . Por lo cual dice la Escritura: Al subirse a lo alto llevó consigo cautiva o como en triunfo a una gran multitud de cautivos, y derramó sus dones sobre los hombres. Mas ¿por qué se dice que subió, sino porque antes había descendido a los lugares más ínfimos de la tierra? El que descendió, ése mismo es el que ascendió sobre todos los cielos, para dar cumplimiento a todas las cosas. Y así, él mismo a unos ha constituido apóstoles, a otros profetas, y a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores, a fin de que trabajen en la perfección de los santos en las funciones de su ministerio, en la edificación del cuerpo místico de Cristo , hasta que arribemos todos a la unidad de una misma fe y de un mismo conocimiento del Hijo de Dios, al estado de un varón perfecto, a la medida de la edad perfecta según la cual Cristo se ha de formar místicamente en nosotros; [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 11 sobre Efesios — San Juan Crisóstomo
«Mas a cada uno de nosotros fue dada la gracia según la medida del don de Cristo.» ¿Qué, pues? ¿De dónde proceden —dice— esos diversos dones espirituales? Porque esta cuestión arrastraba de continuo tanto a los mismos efesios como a los corintios y a otros muchos: a unos, a la vana arrogancia; a otros, al desaliento o a la envidia. Por eso emplea en todas partes esta imagen del cuerpo. Y por eso también ahora la ha propuesto, pues iba a hacer mención de los diversos dones. En la Epístola a los Corintios trata el asunto más por extenso, porque entre ellos reinaba sobre todo esta enfermedad; aquí, en cambio, sólo lo ha rozado. Y advertid lo que dice: no dice «según la fe de cada uno», para no arrojar en el desaliento a los que no poseen grandes dotes. ¿Qué dice, pues? «Según la medida del don de Cristo.» Los puntos capitales y principales de todo —el Bautismo, el ser salvos por la fe, el tener a Dios por Padre, el participar todos del mismo Espíritu— son comunes a todos. Si, pues, éste o aquél posee alguna superioridad en algún don espiritual, no te aflijas por ello, ya que también es mayor su trabajo. Al que había recibido los cinco talentos, cinco le fueron reclamados; mientras que el que había recibido los dos, sólo dos presentó, y sin embargo no recibió menor recompensa que el otro. Y así también aquí el Apóstol alienta al oyente por la misma razón, mostrando que los dones se conceden no para honra de uno sobre otro, sino para la obra de la Iglesia.
«Según la medida.» ¿Qué significa «según la medida»? Significa: no según nuestro mérito, pues entonces nadie habría recibido lo que ha recibido; sino que por gracia gratuita todos hemos recibido. ¿Y por qué, entonces, uno más y otro menos? No hay nada —diría él— que lo cause, sino que la cosa misma es indiferente, pues cada uno contribuye a la edificación. Y con esto muestra también que no es por su propio mérito intrínseco por lo que uno ha recibido más y otro menos, sino que es en atención a los demás, según Dios mismo lo ha medido; pues dice también en otro lugar: «Mas ahora Dios ha puesto los miembros, cada uno de ellos, en el cuerpo, como quiso.» Y no menciona la razón, para no abatir ni desanimar a los oyentes.
Vers. 8. Por lo cual dice: «Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.» Como si dijera: ¿Por qué os ensoberbecéis? Todo es de Dios. El Profeta dice en el Salmo: «Recibiste dones entre los hombres», mientras que el Apóstol dice: «Dio dones a los hombres.» Lo uno es lo mismo que lo otro.
Vers. 9, 10. «Y esto de que subió, ¿qué es sino que también descendió a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, ése es el mismo que también subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.» Cuando oigáis estas palabras, no penséis en un mero traslado de un lugar a otro; porque el mismo argumento que Pablo establece en la Epístola a los Filipenses es el que también aquí insiste. Del mismo modo que allí, al exhortarlos acerca de la humildad, presenta a Cristo como ejemplo, así también aquí, diciendo: «Descendió a las partes más bajas de la tierra.» Pues, de no ser así, sobraría aquella expresión que emplea: «Se hizo obediente hasta la muerte»; en cambio, por su ascenso da a entender su descenso, y por «las partes más bajas de la tierra» significa la muerte, según el modo de hablar de los hombres, como también dijo Jacob: «Haréis descender mis canas con dolor a la sepultura»; y de nuevo, como está en el Salmo: «No sea que venga a ser semejante a los que descienden a la fosa», esto es, semejante a los muertos. ¿Por qué se detiene aquí en esta región? ¿Y de qué cautividad habla? De la del diablo; porque llevó cautivo al tirano, quiero decir al diablo, y a la muerte, y a la maldición, y al pecado. He aquí sus despojos y sus trofeos.
«Y esto de que subió, ¿qué es sino que también descendió?» Esto hiere a Pablo de Samosata y a su escuela. «El que descendió, ése es el mismo que también subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.» Descendió —dice— a las partes más bajas de la tierra, más allá de las cuales no hay ningunas otras; y subió muy por encima de todas las cosas, hasta aquel lugar más allá del cual no hay ningún otro. Esto es para mostrar su energía divina y su supremo señorío. Porque, en verdad, ya desde antiguo todas las cosas habían sido llenadas.
Vers. 11, 12. «Y él dio a unos por apóstoles, a otros por profetas, a otros por evangelistas, a otros por pastores y doctores, para la perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.» Lo que dijo en otro lugar, «por lo cual también Dios lo exaltó soberanamente», eso dice también aquí: «El que descendió, ése es el mismo que también subió.» En nada le perjudicó el haber bajado a las partes más bajas de la tierra, ni le fue impedimento alguno para llegar a ser mucho más alto que los cielos. De suerte que cuanto más se humilla uno, tanto más es ensalzado. Porque, como sucede con el agua, cuanto más la empuja uno hacia abajo, tanto más la hace subir; y cuanto más atrás se retira uno para arrojar la jabalina, tanto más certero es su tiro; así ocurre también con la humildad. Sin embargo, cuando hablamos de ascensos con referencia a Dios, hemos de concebir primero un descenso; mas cuando es con referencia al hombre, de ningún modo. Luego pasa a mostrar además su providente cuidado y su sabiduría; porque Aquel que ha obrado tales cosas, que tenía tal poder, y que no rehusó descender aun a aquellas partes más bajas por amor a nosotros, jamás habría hecho estas distribuciones de dones espirituales sin un propósito. Ahora bien, en otro lugar nos dice que ésta fue obra del Espíritu, con estas palabras: «En la cual el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la Iglesia de Dios.» Y aquí dice que es el Hijo; y en otro lugar, que es Dios. «Y dio a la Iglesia a unos por apóstoles, y a otros por profetas.» Mas en la Epístola a los Corintios dice: «Yo planté, Apolo regó; pero Dios dio el crecimiento.» Y de nuevo: «El que planta y el que riega son una misma cosa; mas cada uno recibirá su propia recompensa según su propio trabajo.» Así es también aquí; pues ¿qué importa que aportes poco? Has recibido mucho. Primero —dice— apóstoles, porque éstos tenían todos los dones; en segundo lugar, profetas, porque había algunos que no eran apóstoles, pero sí profetas, como Ágabo; en tercer lugar, evangelistas, que no iban por todas partes, sino que solamente predicaban el Evangelio, como Priscila y Aquila; pastores y doctores, aquellos a quienes se encomendaba el cuidado de todo un pueblo. ¿Qué, pues? ¿Son inferiores los pastores y los doctores? Sí, ciertamente; los que estaban establecidos y ocupados en un solo lugar, como Timoteo y Tito, eran inferiores a los que recorrían el mundo y predicaban el Evangelio. Sin embargo, no es posible por este pasaje establecer la subordinación y la precedencia, sino por otra Epístola. «Dio» —dice—; no has de decir una palabra en contra. O quizá por evangelistas entiende a los que escribieron el Evangelio.
«Para la perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.» ¿Percibís la dignidad del oficio? Cada uno edifica, cada uno perfecciona, cada uno sirve.
Vers. 13. «Hasta que todos lleguemos —prosigue— a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo.» Por «edad» entiende aquí el conocimiento perfecto; porque, así como el varón se mantendrá firme, mientras que los niños son llevados de acá para allá y vacilan en su ánimo, así ocurre también con los creyentes.
«A la unidad —dice— de la fe.» Esto es, hasta que se muestre que todos tenemos una sola fe; porque en esto consiste la unidad de la fe: en que todos seamos uno, en que todos igualmente reconozcamos el vínculo común. Hasta entonces habéis de trabajar con este fin. Si para esto has recibido un don, para edificar a los demás, mira bien de no derribarte a ti mismo envidiando a otro. Dios te ha honrado y te ha ordenado para que edifiques a otro. Pues también en esto se ocupaba el Apóstol; y para esto profetizaba y persuadía el profeta, y predicaba el Evangelio el evangelista, y para esto estaban el pastor y el doctor: todos habían emprendido una sola obra común. No me habléis, pues, de la diferencia de los dones espirituales, sino de que todos tenían una sola obra. Ahora bien, cuando todos creamos por igual, entonces habrá unidad; pues que a esto llama él varón perfecto, es cosa clara.
Homilía 11 sobre Efesios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Joann. 15, 17-25)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Hæc mando vobis, ut diligátis ínvicem. Si mundus vos odit: scitóte, quia me priórem vobis odio hábuit. Si de mundo fuissétis, mundus quod suum erat dilígeret; quia vero de mundo non estis, sed ego elegi vos de mundo, proptérea odit vos mundus. Mementóte sermónis mei, quem ego dixi vobis: Non est servus major dómino suo. Si me persecúti sunt, et vos persequántur: si sermónem meum servavérunt, et vestrum servábunt. Sed hæc ómnia fácient vobis propter nomen meum: quia nésciunt eum, qui misit me. Si non veníssem et locútus fuíssem eis, peccátum non háberent: nunc autem excusatiónem non habent de peccáto suo. Qui me odit: et Patrem meum odit. Si ópera non fecíssem in eis, quæ nemo álius fecit, peccátum non háberent: nunc autem et vidérunt et odérunt et me et Patrem meum. Sed ut adimpleátur sermo, qui in lege eórum scriptus est: Quia ódio habuérunt me gratis.
Lo que os mando es que os améis unos a otros. Si el mundo os aborrece, sabed que antes que a vosotros me aborreció a mí. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que os escogí yo del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de aquella sentencia mía que ya os dije: No es el siervo mayor que su amo. Si me han perseguido a mí, también os han de perseguir a vosotros; como han practicado mi palabra, del mismo modo practicarán la vuestra. Pero todo esto lo ejecutarán con vosotros por causa y odio de mi nombre; porque no conocen al que me ha enviado. Si yo no hubiera venido, y no les hubiera predicado, no tuvieran culpa de no haber creído en mí; mas ahora no tienen excusa de su pecado. El que me aborrece a mí, aborrece también a mi Padre. Si yo no hubiera hecho entre ellos obras tales, cuales ningún otro ha hecho, no tendrían culpa; pero ahora ellos las han visto y con todo me han aborrecido a mí, y no sólo a mí sino también a mi Padre. Por donde se viene a cumplir la sentencia escrita en su ley: Me han aborrecido sin causa alguna. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Juan 15, 17-25 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Había dicho el Señor: "Os puse para que vayáis y recojáis el fruto" ( Jn 15,16). Nuestro fruto es la caridad y el precepto de este fruto nos dice: "Esto os mando: que os améis mutuamente". Por lo que dice el Apóstol: "El fruto del espíritu es la caridad" ( Gál 5,22), y todo lo demás lo presenta como consecuencia de este principio. Con razón, pues, recomienda respectivamente el amor como la única virtud, sin la cual de nada pueden aprovechar las demás, ni puede adquirirse sin las demás obras con las que el hombre se hace bueno.
O de otro modo: Yo he dicho que sacrifico mi vida por vosotros, y que yo os he elegido primero. Esto no lo he dicho reprendiéndoos, sino para atraeros al amor de unos a otros. Y después, como era difícil sufrir la persecución y los ultrajes de la muchedumbre, les enseñó que no conviene lamentarse, sino alegrarse, por lo que añade: "Si el mundo os aborrece, sabed que primero me aborreció a mí". Como si dijera: Sé que esto es duro, pero por mí lo soportaréis.
¿Por qué los miembros se han de encumbrar sobre la cabeza? Rehusas pertenecer al cuerpo, si te niegas a sufrir el odio del mundo con el que es tu cabeza. Por el amor, pues, debemos padecer el aborrecimiento del mundo, pues es necesario que nos aborrezca a los que ve que no queremos lo que él ama. Por esto dice: "Si fuerais del mundo, éste amaría lo que era suyo".
Como el padecer por Cristo no era para ellos bastante consuelo, dejando este motivo añadió otro, enseñándoles que es una prueba de santidad el ser aborrecido del mundo; y es de lamentar el ser amado de él, porque sería prueba de nuestra perversidad.
Esto lo dice a toda la Iglesia, a la que con frecuencia llama mundo, según aquel pasaje de San Pablo a los de Corinto ( 2Cor 5,19): "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo". Todo el mundo, pues, es la Iglesia, y todo el mundo aborrece a la Iglesia. El mundo detesta al mundo: el mundo enemigo, al mundo convertido; el mundo condenado, al mundo salvado; el mundo corrompido, al mundo purificado. Es, pues, de preguntar, si los malos persiguen también a los malos, como cuando los reyes y jueces impíos, a pesar de ser perseguidores de los buenos, castigan también a los homicidas y adúlteros. Y ¿cómo debe entenderse lo que el Señor dice: "Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo que es suyo", sino porque el mundo está en aquellos que castigan los delitos y en los que los cometen? El mundo, pues, aborrece lo que es suyo en la parte que castiga a los delincuentes. Y aun lo que es suyo en aquella que favorece a los crímenes. Si se quiere saber cómo se ama a sí mismo el mundo de perdición que aborrece la redención: amando con falso, no con verdadero amor, porque ama lo que le perjudica. Aborrece la naturaleza y ama el vicio. Esta es la razón por qué se nos prohibe amar lo que él ama y se nos manda amar lo que él aborrece. En fin, debemos detestar en él el vicio y amar lo natural. Y para que no perteneciesen a este mundo reprobado, fueron por lo mismo los discípulos elegidos; no por sus méritos (porque ninguna obra buena había precedido de parte suya) ni tampoco por naturaleza (la cual enteramente había sido viciada en su misma raíz) sino por gracia. Y así dice: Pero como no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.
La censura, pues, de los malos es la aprobación de nuestra vida, porque ya se deja ver que algo participamos de la justificación, cuando empezamos a ser desagradables a aquellos que no agradan a Dios, pues nadie agrada en una misma cosa a Dios y a sus enemigos. Porque niega ser amigo de Dios aquel que complace a su enemigo, y es considerado como un adversario por los enemigos de la verdad, aquel que somete su razón a la misma verdad.
Exhortando, pues, el Señor a los discípulos a llevar con paciencia el aborrecimiento del mundo, no podía presentarles ejemplo mayor ni más perfecto que el de sí mismo, y por esto dice: "Acordaos de la palabra que os dije: No es el siervo mayor que su señor: si a mí me persiguen, también a vosotros os perseguirán", etc.
Los mismos los observaron para calumniarlos, conforme aquello del salmo: "El pecador observó al justo" ( Sal 36,12).
O de otro modo: si persiguieron al Señor, mucho más perseguirán a sus siervos. Si no lo hubieran perseguido, sino que hubiesen guardado su palabra, también guardarían la vuestra.
Como si dijera: Conviene que no os turbéis, si participáis de mis sufrimientos, porque no sois vosotros más que yo.
En donde dice "No es el siervo mayor que su Señor" ( Sal 18) se refiere al siervo temeroso y honesto o santo, que permanece constante en este siglo.
Después dulcifica la pena añadiendo que el Padre sufre con ellos desprecio cuando ellos son injuriados. Y por esto añade: "Pero todas estas cosas harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió".
¿Qué es lo que significa todo esto, si las palabras que dijo, a saber, "Tendrán odio, perseguirán y despreciarán mi doctrina" expresan otra cosa? ¿Qué quiere decir sino que por mi nombre tendrán odio contra vosotros, me perseguirán en vuestras personas, y menospreciarán vuestra palabra porque es doctrina mía? Tanto, pues, serán más desgraciados los que por odio a este santo nombre obran así, cuanto más bienaventurados son los que por este nombre padecen. Los malos observan también la misma conducta con los malos, pero unos y otros son réprobos: los que castigan y los castigados. ¿Cómo, pues, pueden ser verídicas estas palabras: "Todo esto harán con vosotros por causa de mi nombre", siendo así que ellos no obran así por el nombre de Cristo, esto es, por la justicia, sino por su propia perversidad? Esta cuestión se resuelve del modo siguiente: Si se refiere todo a los justos, como se haya dicho: "Todo esto padeceréis por mi nombre"; las palabras por mi nombre, se han de entender como si dijera: "Por mi nombre", que en vosotros aborrecieron, y por la justicia que odiaron en vosotros. Del mismo modo, bien puede aplicarse a los buenos, cuando persiguen a los malos por amor de la justicia y odio a la iniquidad de los mismos malos. Y por eso añadió: "Porque no conocen al que me envió", según aquella ciencia que dice: En conocerte a ti consiste la sabiduría perfecta.
Añade el Señor otro consuelo a sus discípulos, manifestándoles cuán injustamente sufrirán tales cosas El y sus discípulos. Por esto dice: "Si no hubiese venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado", etc.
Jesucristo habló a los judíos, no a otras naciones. En ellos, pues, quiso que se entendiera, el mundo que aborrece a Cristo y a sus discípulos. Y aun demostró que no sólo los judíos, sino que también nosotros mismos pertenecemos a este mundo. ¿Por ventura los judíos a quienes Jesucristo habló estaban sin pecado antes de que viniese en carne? Pero no quiere que se entienda en general toda clase de pecados, sino cierto gran pecado. Este los comprende todos, y al que no lo tuviere todos se le perdonan. Este es, pues, el de que no creyeron en Cristo; que para esto vino, para que se crea en El. Si no hubiera venido, no tendrían este pecado. Su venida, pues, cuanto es saludable a los creyentes, tanto es ruinosa a los que no creen. Sigue: "Ahora, pues, no tienen excusa de su pecado". Puede suscitarse la cuestión si tendrán excusa de pecado aquellos a quienes no vino y habló Cristo. Si, pues, no tienen excusa de su pecado, ¿por qué se ha dicho aquí que no tienen excusa porque vino y les habló? Y si la tienen, ¿por qué no han de ser libres de la pena o tratados con menor rigor? A esto respondo que éstos tienen excusa, no de todos los pecados, sino del pecado suyo, porque no creyeron en Cristo. Pero no son de este número aquellos a quienes vino Cristo por medio de sus discípulos, pues no merecen menor pena los que no quisieron de ningún modo recibir la ley en cuanto a ellos atañía y la negaron rotundamente. Esta excusa pueden alegarla los que antes de predicarse el Evangelio fueron sorprendidos por la muerte; pero no podrán evitar la condenación todos aquellos que pudieron ser salvos por el Salvador, que había venido a buscar lo que había perecido. Todos, sin ningún género de duda, perecerán, aunque pueda presumirse que unos padecerán mayor pena que otros. Se entiende que perece todo aquel que es castigado con la separación de la bienaventuranza que Dios da a sus santos. Es tanta la diversidad de penas, cuanta la diversidad de pecados; lo cual se comprende o se explica mejor por la infinita sabiduría de Dios que por conjetura humana.
Como objetaba y decía públicamente que lo perseguían por causa de su Padre, dice para destruir su excusa: "Quien me aborrece, también aborrece a mi Padre".
Así como el que ama al Hijo, ama al Padre (porque así es uno el amor del Padre y del Hijo, como es una su naturaleza), del mismo modo, el que aborrece al Hijo aborrece al Padre.
Si había dicho antes "No conocen a Aquel que me envió" ( Jn 15,21), ¿cómo pueden haber aborrecido a quien no conocen? Pero si aborrecieron a Dios, no como es El mismo, sino como sospechan o creen que es, no es éste a quien aborrecieron, sino la errada sospecha o vana credulidad que concibieron. Pero si lo comprenden como es, ¿cómo pueden decir que no lo conocen? Respecto a los hombres, puede suceder que amemos o aborrezcamos a aquellos que nunca vimos, por lo bueno o malo de que tienen fama, ¿pero cómo se puede llamar desconocido aquel de quien tenemos íntimo conocimiento? En verdad, no se nos comunica su semblante corporal, pero se nos patentiza su conocimiento cuando son públicas su vida y costumbres. De otro modo, ni a sí mismo se conocería quien no pudiera ver su semblante. Pero con frecuencia nuestra credulidad se engaña respecto de los demás, porque algunas veces la historia, y mucho más la fama, mienten. A nosotros nos toca (para que no seamos engañados por una falsa opinión), ya que no podemos escudriñar la conciencia de los hombres, formar concepto seguro por sus hechos. Cuando, pues, no se yerra en las cosas, para que sea acertado el concepto de los vicios y virtudes, si hay equivocación en los hombres, el error es perdonable. Por lo demás, puede suceder que un hombre bueno aborrezca a otro bueno; es decir, no como es, sino como piensa que es; o más bien que lo ame como bueno ignorando lo que es. Así, puede suceder que un hombre injusto aborrezca a un hombre justo, y, sin embargo, creyéndole injusto, le ame, no por esto, sino porque le juzgue que es como él. Del mismo modo, pues, que los hombres, así actúa Dios. Si preguntáramos a los judíos si amaban a Dios, responderían que sí, no creyendo mentir sino equivocándose en la opinión. ¿Pero cómo podrían amar al Padre de la Verdad los que aborrecen la Verdad? Ellos no quieren ser condenados por su conducta, y esto es verdad. Tanto es, pues, lo que ellos aborrecieron la Verdad, cuanto odiaron las penas con que se castiga tal pecado. Pero ignoran que la verdad es aquella que condena a los que como ellos son. Y como ellos ignoran esta verdad nacida de Dios y por la que son condenados, resulta que desconocen al mismo Dios Padre.
Así, pues, no tienen excusa de su pecado, ya por la doctrina que Jesucristo les enseñaba, ya por los milagros con que la confirmaba, según la Ley de Moisés, que mandaba a todos obedecer a quien tales cosas decía y hacía, tan conducentes a la piedad y a la manifestación del Autor de tan grandes maravillas. Por eso añade: "Si no hubiera hecho las obras que ningún otro hizo, no tendrían pecado".
He aquí el pecado: el de no haber creído su predicación y sus milagros. Pero ¿por qué añade que ningún otro hizo? Ninguna de las obras de Cristo aparece mayor que la de la resurrección de los muertos, lo cual sabemos que lo hicieron los antiguos profetas. Esto lo hizo Elías ( 1Re 17) y también Eliseo ( 2Re 4), viviendo en carne y aun muerto y enterrado. Hizo, sin embargo, Cristo algunas cosas que ninguno otro hizo cuando alimentó a cinco mil hombres con cinco panes, cuando marchó sobre las aguas y comunicó a Pedro el mismo poder, cuando convirtió el agua en vino, cuando abrió los ojos del ciego de nacimiento, y otras muchas que sería largo el recordar. Se nos contesta que otros hicieron cosas que ni El mismo ni otro alguno hizo. ¿Quién, sino Moisés, dividiendo el mar, salvó al pueblo, lo alimentó con el maná en el desierto e hizo manar agua de la roca? ¿Quién sino Josué suspendió las corrientes del río Jordán para que pasara el pueblo, y paró al sol en su carrera? ¿Quién otro que Eliseo sepultado, con el contacto de su cadáver volvió a la vida a otro cadáver? Paso por alto los demás milagros, porque éstos bastan para demostrar que otros santos obraron maravillas que nadie más hizo. Pero no se lee de ninguno de los antiguos que curara tantos vicios, graves enfermedades y mortales molestias, con tanto poder. Pero aun callando los que particularmente curó con su autoridad a los que se le iban presentando, dice San Marcos, que doquiera que entraba en villas y ciudades, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que al menos les permitiera tocar la orla de su vestido, y cuantos la tocaban curaba. Esto ninguno otro lo hizo en ellos. Así ha de entenderse entonces por qué dice: "en ellos"; no 'entre ellos' o 'en presencia de ellos', sino precisamente "en ellos": porque los curó a ellos. Pues ninguno otro tales milagros hizo en ellos, porque cualquiera otro hombre que hizo alguno de aquellos, no los hizo por sí, sino en nombre de Jesús, que fue quien los hizo, no ellos. Pero si esto lo hizo el Padre y el Espíritu Santo, no fue otro quien lo hizo, porque las tres personas son una sola sustancia. Estos beneficios debieron excitar al amor, no al odio, y esto es lo que echándoles en cara dice: "Ahora, pues, que vieron, me aborrecieron".
Esto lo dice para que sus discípulos no lo reconvengan: ¿por qué pues, nos has metido en tantos compromisos? ¿Acaso no previste la oposición y el odio? Pero les contesta con la profecía que sigue: "Para que se cumpla la palabra que está escrita en su Ley".
Algunas veces se cita con el nombre de Ley todo el Antiguo Testamento y Sagradas Escrituras. Y así, dice el Señor "Está escrito en su Ley", cuando se lee en los salmos.
Dice su Ley, no por ellos hecha, sino a ellos impuesta. Aborrece, pues, gratuitamente el que no busca en el odio ninguna ventaja, ni huye de ninguna incomodidad. Así aborrecen los impíos a Dios, y así lo aman los justos; de modo que nada esperan fuera de El, pues El es todo para ellos en todas las cosas.
San Gregorio Moralium 25, 26. Una cosa es no hacer el bien, y otra aborrecer al Autor de los bienes. Así como también es una cosa pecar por precipitación, y otra con ánimo deliberado. Suele suceder con frecuencia amar el bien y por debilidad no poderlo ejecutar. El pecar de propósito, es lo mismo que no amar ni hacer el bien. Así, pues, siempre es más grave amar el pecado que perpetrarlo, como también es peor aborrecer la justicia que dejarla de practicar. En la Iglesia hay muchos que no sólo no practican el bien, sino que lo persiguen, y detestan en los demás lo que ellos desprecian hacer. El pecado de éstos no es de debilidad o ignorancia, sino de mala intención.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena