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sábado, 24 de octubre de 2015

San Rafael Arcángel

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

La gratitud que exigen de los Españoles tan repetidos beneficios como han recibido del arcángel san Rafael, ha movido á toda la Iglesia de España á dedicarle una fiesta particular en que se celebre su memoria. No satisfecha con las celebridades que se tributan á todos los ángeles custodios en común, y á los arcángeles san Gabriel y san Miguel en particular, quiso celebrar la memoria de san Rafael, separada de los demás, para manifestar la obligación en que le está por las gracias recibidas, y al mismo tiempo excitar en los fieles una particular devoción hacia este santo arcángel. Su beneficencia para con los hombres consta de las sagradas letras por testimonios tan auténticos, y al mismo tiempo tan maravillosos, que su noticia llena de satisfacción al pecho, y recrea al alma con una divertida é instructiva leyenda. De ella consta todo cuanto se sabe de san Rafael, y de la misma resultan documentos morales tan provechosos para arreglar la vida, que merece una particular relación, y que el cristiano la medite de continuo; con cuyo fin se inserta aquí.

Refiérese en el libro de Tobías que este santo patriarca de la tribu de Neptalí era tan piadoso y temeroso de Dios, que no habia obra virtuosa en que no se emplease. Llevaban con preferencia su atención las obras de misericordia, y entre ellas la de enterrar á los muertos. Igualmente se ejercitaba en dar limosna; tanto, que entre todas las obras de caridad esta era su predilecta, atribuyéndola con razón un poder maravilloso para preservar del pecado y para alcanzar la misericordia. Permitió Dios á este santo varón varias aflicciones y trabajos para dar en él al mundo una prueba de resignación y de paciencia, y hacer ver los maravillosos efectos que produce su divina gracia en los que corresponden á sus inspiraciones. Hiciéronle cautivo en tiempo de Salmanasar, rey de los Asirios; perdió toda su hacienda, y fué mandado matar por el rey Senaquerib, por causa de que persiguiendo este impío á los israelitas, y mandándoles quitar la vida, tuvo noticia de que Tobías, en compañía de su mujer y de su hijo, recogía los cadáveres y les daba sepultura. De este peligro se libertó con la fuga, teniendo que esconderse en un lugar tan estrecho, que no podia estar vestido.

Siguiendo en sus obras piadosas, sucedió cierto día que, volviendo á casa fatigado del trabajo de enterrar muertos, se echó á descansar junto á una pared, y cayéndole sobre los ojos la inmundicia de un nido de golondrinas, le dejó perfectamente ciego. Llevó con paciencia este trabajo, que no le era tan sensible como los que le ocasionaban su mujer y sus amigos. Estos le echaban en cara el ningún fruto que habia sacado de sus decantadas obras de piedad; pues, cuando esperaba que Dios se las premiase con beneficios, se habia visto en peligro de perder la vida, y á la sazón se hallaba pobre y ciego. Unas reconvenciones tan mezcladas de blasfemia no podían menos de contristar á un hombre tan piadoso. Derramaba lágrimas en presencia del Señor, y con oraciones sumamente encarecidas le pedia se dignase darle consuelo y remedio en tantos males.

En el mismo dia en que Tobías hacia esta oración sumamente afligido, dirigía á Dios las suyas una doncella por nombre Sara, hija de Ragüel, vecino de Rages, ciudad de los Medos. Esta santa doncella habia sido casada sucesivamente con siete maridos, y á todos ellos les habia quitado la vida un demonio llamado Asmodeo, en la misma noche de las bodas. Reprendió á una de sus criadas por un descuido que habia tenido, y la criada llena de ira y enojo echó á su ama en cara aquellas desgracias atribuyéndoselas á ella, y llamándola matamaridos. Este baldón la acongojó de tal modo que, retirada á un lugar oculto de su casa, se mantuvo por espacio de tres dias y tres noches sin comer ni beber, pidiendo á Dios con muchas lágrimas y con oración muy fervorosa que le quitase aquel improperio, ó la sacase de esta vida. El Señor oyó las oraciones de Tobías y de Sara, y determinó enviar á su ángel san Rafael para curar á los dos, por cuanto las oraciones de ambos habían sido presentadas á un mismo tiempo.

Pensaba Tobías que en virtud de su oración se dignaría Dios sacarle de los trabajos de la vida, y así llamó á su hijo para bendecirle y darle las últimas instrucciones como acostumbraban los patriarcas. Estas fueron tan santas, que merecen copiarse á la letra. Cuando le tuvo en su presencia, le dijo de esta manera:

Oye, hijo mío, las palabras de mi boca, y consérvalas en tu corazón como fundamento de toda tu conducta. Cuando Dios haya recibido mi alma, entierra mi cuerpo, y honra á tu madre mientras viva, porque debes tener presente cuántos y cuán grandes peligros ha padecido por causa tuya: y cuando muera, ten cuidado de sepultarla junto á mí. Todos los dias de tu vida has de tener á Dios presente, y guárdate de consentir alguna vez en pecado, ni de quebrantar algún precepto de nuestro Dios y Señor. Haz limosna de tu hacienda, y no apartes los ojos de ningún pobre, porque de esta manera tampoco Dios apartará los suyos de tí. Sé misericordioso, según te permitan tus circunstancias; si tuvieres mucho, da mucho; y si poco, haz también con gusto limosna de lo poco. De este modo, te atesoras un buen premio para el día de la necesidad, porque la limosna liberta de todo pecado y de la muerte, y no permitirá que vaya el alma á las tinieblas. La limosna dará una gran confianza á todos los que la hacen delante del sumo Dios. Guárdate, hijo mío, de toda fornicación, y jamás intentes conocer otra que tu mujer. Nunca permitas que domine la soberbia en tus pensamientos ni palabras, porque ella fué el principio de toda la perdición. Paga el salario inmediatamente á aquel que trabaje para tí alguna cosa; y por ningún acontecimiento retengas en ti el estipendio del que le sirve. Lo que no quieras que se haga contigo, ten cuidado de no hacerlo tú jamás con otro. Reparte tu pan con los que tienen hambre y los menesterosos, y cubre con tus vestidos á los que veas desnudos. Sobre la sepultura del justo pon vino y pan, pero no comas ni bebas de él en compañía de los pecadores; pide siempre consejo á aquel que sea sabio; bendice siempre á Dios, y pídele que dirija tus caminos, y que no se aparten de él tus consejos. También te advierto, hijo, que, siendo tú niño, dí diez talentos de plata prestados á Gabelo, natural de Rages, ciudad de los Medos, de lo cual conservo recibo; y así, mira cómo has de ir allá para recibir la dicha cantidad de plata, y restituirle su caución. No temas, hijo mío: á la verdad pasamos una vida pobre; pero tendremos muchos bienes si tememos á Dios, nos apartáremos del pecado y practicáremos la virtud.

Las últimas palabras del anciano, relativas á la deuda de Gabelo, le pusieron en cuidado al joven, y así representó á su padre que seria dificultoso cobrar aquella cantidad, porque ni él conocía á Gabelo, ni Gabelo á él, ni tenia quién le dirigiese á su pueblo. Consolóle su padre, y le mandó salir á buscar á un caminante que le dirigiese á Rages, que fuese bueno y fiel para hacer la dicha cobranza. Obedeció Tobías á su padre; y habiendo salido de su casa, encontró un gallardo joven, ceñido ya y dispuesto para viajar. Saludóle Tobías, y le preguntó de donde era, y si sabia los caminos de la provincia de los Medos, ignorando que aquel con quien hablaba era el ángel de Dios san Rafael, que habia sido enviado para curar á Sara y llenar de bendiciones la casa de Tobías. A estas preguntas satisfizo Rafael, certificando que sabia todos los caminos de los Medos, y que habia estado con Gabelo, señalando el lugar de su morada. Luego que Tobías oyó noticias tan favorables á su intento, suplicó al arcángel que esperase un momento mientras daba cuenta de ello á su padre. Este le mandó venir á su presencia, y habiendo precedido las mutuas salutaciones en que Tobías manifestó gran tristeza por la ceguera que padecía, san Rafael le consoló asegurandole que dentro de poco le daría el Señor remedio á su ceguera, y se trató del viaje proyectado. El anciano Tobías hizo al arcángel todas las preguntas á que le estimulaba el amor que tenia á su hijo y el deseo de su seguridad; pero habiendo quedado perfectamente satisfecho con las respuestas del arcángel, se dispuso todo lo necesario, y se pusieron en camino.

Luego que el joven Tobías se hubo ausentado, comenzó á llorar su madre y á hacer sentidas exclamaciones, diciendo á su marido que hubiera sido mejor que jamás hubiese existido semejante dinero, que haber expuesto á su hijo á los trabajos y peligros de un camino tan largo. Tobías, lleno de confianza en Dios, y presintiendo en cierta manera todos los efectos de su misericordia, la consoló certificándola de que volvería á ver á su hijo sano y salvo; porque, según creía, el ángel bueno de Dios iba en compañía de su hijo, y lo dispondría todo de un modo favorable, y tan bien, que volviese á su presencia lleno de regocijo y alegría.

Salió, pues, el joven Tobías en compañía del arcángel san Rafael á la expedición proyectada, llevando consigo un perro, fiel compañero de los trabajos del hombre. A la primera jornada hicieron mansión á las orillas del rio Tigris; y viendo Tobías la oportunidad, se puso á lavar los piés. Cuando estaba en esta operación, hé aquí que un pez monstruoso por su magnitud y figura salió del río, y acometió á Tobías en ademan de devorarle. Espantóse el joven, y dió voces; pero el arcángel le mandó que se abrazase con el pez, y le sacase fuera del agua. Obedeció, é inmediatamente comenzó á palpitar el pez á sus piés conforme iba perdiendo la vida. Mandóle el arcángel que le abriese y le sacase el corazón, la hiel y el hígado, y lo guardase para hacer uso de ello á su tiempo. Lo demás del pez lo salaron y reservaron para el camino, habiendo comido lo que su necesidad les pedia.

Prosiguiendo nuevamente su viaje, entró Tobías en la curiosidad de saber para qué efecto había reservado aquellas tres partes de las entrañas del pez. Satisfizole el ángel, diciendo: Que, quemando una parte del corazón, servia su humo para ahuyentar todo género de demonios de los miserables que estaban obsesos, y que la hiel tenia virtud para curar los ojos de los que tenían cataratas. Cuando iban en esta conversación, se habian adelantado ya bastante, y le preguntó Tobías al arcángel adonde le parecia que fuesen á tomar posada. El arcángel, que vio estaban ya cerca de la casa de Ragüel, en donde había de manifestar el objeto principal á que había sido enviado de Dios, respondió al joven: Aquí cerca vive Ragüel, pariente tuyo, el cual tiene una hija única llamada Sara, y quisiera que la pidieras para esposa, y de este modo te harías dueño de todas las haciendas de sus padres, que son inmensas. De muy buena gana lo haría, respondió Tobías; pero he oido decir que ha estado casada con siete maridos, y que en la noche de las bodas el demonio les quitó la vida. Sentiría que me sucediese á mí otro tanto, porque seria sumo el dolor que causase á mis padres mi desgracia. No temas, le dijo san Rafael, porque el demonio no tiene potestad sino en aquellos que contraen el matrimonio, no por agradar á Dios y cumplir sus santas ordenaciones, sino para entregarse á los excesos de su lujuria, como el caballo y el mulo que carecen de racionalidad. No así tú; sino que, en recibiéndola por esposa, te contendrás por tres noches, y en ellas te emplearás en su compañía en el ejercicio de la oración. Y en la primera noche quemarás un pedazo del corazón del pez, y el demonio será ahuyentado. De este modo, serás salvo de todos los males, y serás participante en tus hijos de las bendiciones hechas á Abrahan.

No tuvo que replicar Tobías, y así se fueron á casa de Ragüel, el cual apenas supo que era su sobrino cuando le abrazó é hizo todas las demostraciones de alegría y agasajo. Pero luego que vió que le pedia á su hija por esposa, se contristó sumamente temiendo que tendría la misma suerte que habían tenido los otros infelices. Persuadióle lo contrario san Rafael, y sus persuasiones tuvieron tal efecto, que Ragüel quedó enteramente persuadido. Celebróse el matrimonio con grandes banquetes; y venida la noche, introdujeron á Tobías y Sara en el aposento que les estaba preparado. Sosegadas todas las cosas, y persuadido Ragüel de que Tobías estaría ya muerto como los otros siete maridos de Sara, llamó á sus criados á media noche, y les mandó que hiciesen la sepultura para enterrar en ella á Tobías antes del amanecer, caso que hubiese muerto. Pero acordándose el santo joven de las instrucciones del arcángel, sacó de su repostero un pedazo del corazón del pez, y le puso sobre unas brasas encendidas en su aposento. Entonces el arcángel san Rafael cogió al demonio, y atándole, le dejó preso en el desierto del alto Egipto. Tobías por su parte persuadió á su esposa á pasar la noche en oración, en lo que ella convino gustosamente, y de todo resultó el efecto deseado; porque, habiendo persuadido Ragüel á su mujer Ana que enviase secretamente una de sus criadas al aposento de Sara para averiguar lo que habia sucedido, esta volvió alegre con la feliz noticia de que los esposos estaban durmiendo sin la menor novedad. Volvieron á cerrar la sepultura, y á la mañana se dispuso un gran convite, é hizo Ragüel á Tobías una escritura de la mitad de lo que poseía, que lo daba en dote á su hija por entonces, declarando al mismo tiempo que la otra mitad le habia de pertenecer también después de su muerte.

La satisfacción y la alegría eran en todos las mayores que se podían apetecer. Ragüel y Ana rebosaban de gozo viendo á su hija libre ya de la tiranía del demonio, y casada con un primo suyo de tan santas costumbres como su padre. Tobías y Sara por su parte tenían todo el gusto que les cabe justamente á los recíen desposados, y además de esto, el gozo que veian en sus ancianos padres; y el arcángel, finalmente, como autor que era de tantas felicidades, entraba á la parte en las comunes alegrías. Para celebrarlas con todo el espacio y solemnidad que el caso merecía, dispuso Ragüel que Tobías permaneciese en su casa por espacio de dos semanas. Contristar á su suegro negándole una petición tan justa, no cabia en su corazón; por otra parte preveía que, si tardaba mas tiempo del que tenían consentido sus padres, creerían que le había sucedido alguna desgracia, y podia costarles la vida. Llamó, pues, al arcángel, y le rogó que, tomando lo necesario para el viaje, fuese á hacer la cobranza de la deuda de Gabelo. Convino el arcángel san Rafael en la propuesta; marchó á Rages, hizo su cobranza, dió parte á Gabelo de lo que pasaba con el joven Tobías, y le trajo consigo á la casa de Ragüel para que fuese participante de la alegría de todos.

Entre tanto, habiendo pasado el día fijo en que Tobías debia llegar á su casa, sus padres y principalmente su madre se deshacían en lágrimas, temiendo no le hubiese sucedido algún infortunio. Lloraba Ana inconsolablemente, y en el extremo de su dolor decía: «¡Ay, ay hijo mío! luz de nuestros ojos, báculo de nuestra vejez, consuelo de nuestra vida y esperanza de nuestra posteridad, ¿para qué te enviaríamos á un viaje tan largo? ¡Oh! teniendo en ti solo todo nuestro bien y todo nuestro consuelo, no debíamos haber permitido que te separases de nosotros.» Tobías la consolaba con cuantas razones se podían imaginar, y principalmente proponiéndole la bondad y fidelidad de aquel varón, en cuya compañía le había enviado. Pero Ana no recibía consuelo alguno; lloraba sin cesar, salia á los caminos, se subía á los lugares mas elevados para ver si desde allí podía descubrir á su hijo.

Este, que conocía bien el cuidado en que estarían sus padres, sin embargo de las muchas instancias que le hizo su suegro para que permaneciese mas tiempo en su compañía, determinó ponerse en camino. Ragüel, viendo su resolución, y que no habia modo ni medio de apartarle de ella, le entregó la mitad de su hacienda en dinero, ganado y alhajas, y asimismo á su hija Sara con grande acompañamiento de criados y criadas; y habiéndose despedido con muchas lágrimas, abrazos y ternura, los dejaron marchar.

El ángel san Rafael, que atendía á todo, y que conocía la amargura y aflicción en que estarían Tobías el anciano y su mujer, persuadió al joven, después de haber andado un trozo de camino, que se adelantasen los dos á marchas forzadas para no hacer mayor y mas prolongada la pena de sus padres, sino antes bien anticiparles lo mas que fuese posible la noticia de tantas dichas. Hiciéronlo así, y al tiempo de marchar dijo san Rafael á Tobías: Lleva contigo algún tanto de la hiel del pez, porque será necesario dentro de poco. Ana, la madre de Tobías, estaba según su costumbre en la cumbre de un monte acechando si venia su hijo, cuando hé aquí que le descubrió á lo lejos, y corriendo exhalada, avisó de ello á su marido. El perro que habia ido con el joven Tobías se adelantó igualmente, y con sus halagos manifestaba que ya su amo estaba cerca. Llegó finalmente el joven en compañía de san Rafael, y sintiéndole su padre, se levantó con presteza, y tropezando y cayendo, como suele decirse, echó á correr para abrazar á su hijo. Los abrazos, las lágrimas, la alegría y el regocijo fueron recíprocos y extraordinarios. Dieron gracias á Dios, y le adoraron; y tomando el joven Tobías de la hiel del pez, como san Rafael se lo tenia prevenido, untó á su padre en los ojos, é inmediatamente se le cayeron de ellos como unas escamas, y se le quedó la vista clara y perfecta. Bendijo á Dios el anciano y todos cuantos le conocían, y multiplicóse su gozo cuando de allí á siete días vió entrar por las puertas de su casa á la hermosa Sara con tan grande comitiva de criadas y criados, y al mismo tiempo tanta riqueza. Celebróse esta felicidad por siete dias continuos, en los cuales se celebraron grandes banquetes, y llegó la alegría no solo á los amigos y parientes, sino á los mas apartados.

Sosegados los primeros movimientos del regocijo, y conociendo el anciano Tobías que todo aquel cúmulo de bienes les había venido por san Rafael, llamó aparte á su hijo, y le dijo: ¿Con qué podremos agradecer, hijo mío, los bienes que te ha hecho este buen joven, que ha ido y ha venido contigo? A lo cual respondió Tobías: Padre, yo no sé qué premio se le pueda dar que manifieste bien nuestro agradecimiento, y sea digna recompensa de las mercedes que de él tenemos recibidas. A mí me llevó y me trajo sano; él cobró la deuda de Gabelo; él hizo que Sara fuese mi esposa y ahuyentó de ella el demonio: él llenó de alegría el corazón y la casa de sus padres; yo le soy deudor de la vida, pues me libertó del pez que iba ya á devorarme; á tí también te ha restituido la vista, haciendo que veas la luz del cielo; en una palabra, él nos ha colmado de todos los bienes y felicidades. Suplicadle, pues, padre mío, que se digne recibir siquiera la mitad de todo cuanto hemos traído.

Este consejo y parecer de Tobías el joven halló toda la aceptación que merecía en su anciano padre, y llamando aparte al arcángel san Rafael, el padre y el hijo le comenzaron á suplicar con el mayor encarecimiento que en recompensa de los grandes favores que les había hecho, se dignase aceptar la mitad de cuantos bienes habían traído. Entonces san Rafael, encargándoles el secreto, les dijo de esta manera: Bendecid á Dios del cielo, y dadle gracias delante de todos los vivientes, porque ha usado con vosotros de su misericordia. Añadió á estas otras palabras y sentencias que contienen documentos muy importantes para la vida espiritual, que se contienen en la epístola de este dia. Hasta aquel punto les habia ocultado su verdadero nombre y persona; pues, cuando Tobías le preguntó quién era, le respondió el arcángel que era Asarías, hijo del grande Ananías, porque á la verdad el cuerpo aéreo que había tomado para ejecutar los oficios referidos era parecido al de Asarías. Pero ya estando para partirse al que le habia enviado, juzgó debido descubrirles todo el secreto; y así concluyó su razonamiento, diciendo: Yo soy el ángel Rafael, uno de los siete que estamos delante del Señor.

Al oir esto, los dos Tobías se turbaron, y llenos de temblor cayeron boca á bajo en tierra. Entonces les dijo san Rafael: La paz sea con vosotros; no temáis, porque, cuando yo estaba con vosotros, estaba por voluntad de Dios; bendecidle, y cantad sus alabanzas. A la verdad, parecía que yo comiese y bebiese con vosotros; pero yo me sirvo de una comida invisible y de una bebida que no está sujeta á la vista de los hombres. Ya, pues, es tiempo de que me vuelva al que me envió; vosotros bendecid á Dios, y contad todas sus maravillas. Dicho esto, desapareció de delante de sus ojos, y no pudieron volverle á ver mas. Entonces, atónitos al ver las misericordias de Dios, se postraron boca á bajo por espacio de tres horas, bendiciendo á Dios que tanto los favorecía. Levantáronse después, y dieron cuenta á la gran comitiva de lo que les habia pasado, y de como aquel joven, que tantos beneficios les habia hecho, era el ángel san Rafael, uno de los primeros espíritus que hay en el cielo. Dieron todos gracias á Dios, que por medio de su ángel habia derramado tantas bendiciones en la casa del justo Tobías.

En esta historia se comprende todo cuanto se sabe de san Rafael, y al mismo tiempo se insinúan los motivos que ha tenido la Iglesia de España para celebrar su memoria con una fiesta particular, distinta de la de los demás ángeles. Cuando se ha tratado de la custodia que hacen estos á los hombres en la festividad del ángel custodio, que se celebra el dia 2 de octubre en toda la Iglesia, se ha dicho lo suficiente para entender la naturaleza y oficios de los espíritus celestiales. Cuanto se contiene en las sagradas letras, y lo mas principal en que convienen los padres, está allí dicho, y seria inútil repetir aquí una doctrina que puede verse en aquel dia; pero san Rafael tiene sobre los demás ángeles la particularidad de ser destinado por Dios para cuidar de la salud de los hombres. Este oficio se ve claramente en toda su historia, reducida principalmente á dos hechos, que fueron curar á Sara de la opresión del demonio, y á Tobías de la ceguera. Esto mismo reconoce la Iglesia de España, dándole en el oficio eclesiástico el título de médico de nuestra salud; y esto, finalmente, testifica el nombre del mismo arcángel, pues Rafael quiere decir medicina de Dios.

Así lo han reconocido la mayor parte de las iglesias y ciudades de España en los casos mas apurados de pestes y mortandad; y cuando faltase todo otro testimonio, bastaría para persuadir á los Españoles su singular protección, dos testimonios mayores de toda excepción, y comprobados por una multitud de pueblo inmenso que los asegura. El primero es de la religión de san Juan de Dios, cuyos hospitales están bajo la protección y tutela de san Rafael arcángel; y aunque á la exacta observancia de un instituto tan evangélico y tan provechoso á la sociedad puede atribuirse la curiosidad, la limpieza y la exención de contagio que aparecen en los hospitales de esta religión sagrada; sin embargo, los mismos religiosos, haciendo sacrificio á la verdad de su propio interés, confiesan que el patrocinio de san Rafael arcángel tiene la mayor parte en estos beneficios; y en reconocimiento de esta verdad en todos sus conventos le celebran fiesta y devotos novenarios, protestando su piedad y reconocimiento, y excitando á iguales sentimientos á los fieles.

El segundo testimonio es de la ciudad de Córdoba, cuya iglesia se cree de las primeras de la cristiandad en celebrar la fiesta de san Rafael. El arcángel es patrono de la ciudad, y ésta ha reconocido siempre su protección en tantos casos, que de ellos solos pudiera formarse una historia. El magnífico triunfo dedicado al santo arcángel, en cuya cima está su estatua, obra magnífica y costosa por la materia, y excelente por el artificio, es la prueba mas convincente de la obligación en que están al santo arcángel los Cordobeses, puesto que tan costosamente explican su gratitud. Es tradición entre ellos que en el recinto de la ciudad no puede caer rayo ni centella en virtud del patrocinio de san Rafael, que tiene dada palabra de libertarla de estos males. La experiencia de tantos siglos acredita que no es una tradición vana; porque se necesita cerrar los ojos de la razón, y hacerse desentendido de las reglas de buena crítica para atribuir este hecho á pura casualidad. Como quiera que sea, lo dicho hasta aquí es suficiente para conocer los poderosos motivos con que celebra esta festividad la iglesia de España, y asimismo los que tienen todos los fieles para esperar prudentemente que en sus enfermedades los favorezca el santo arcángel, y en esta confianza implorar con humildad y devoción su patrocinio.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.