lunes, 19 de octubre de 2015
San Pedro de Alcántara, Confesor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Philipp. 3, 7-12)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Philippénses Fratres: Quæ mihi fuérunt lucra, hæc arbitrátus sum propter Christum defriménta. Verúmtamen exístimo ómnia detriméntum esse propter eminéntem sciéntiam Jesu Christi, Dómini mei: propter quem ómnia detriméntum feci et árbitror ut stércora, ut Christum lucrifáciam et invéniar in illo, non habens meam justítiam, quæ ex lege est, sed illam, quæ ex fide est Christi Jesu: quæ ex Deo est justítia in fide, ad cognoscéndum illum, et virtútem resurrectiónis ejus, et societátem passiónum illíus: configurátus morti ejus: si quo modo occúrram ad resurrectiónem, quæ est ex mórtuis: non quod jam accéperim aut jam perféctus sim: sequor autem, si quo modo comprehéndam, in quo et comprehénsus sum a Christo Jesu.
Pero estas cosas que antes las consideraba yo como ventajas mías, me han parecido desventajas y pérdidas al poner los ojos en Jesucristo. Y en verdad, todo lo tengo por pérdida o desventaja, en cotejo del sublime conocimiento de mi Señor Jesucristo, por cuyo amor he abandonado y perdido todas las cosas, y las miro como basura, por ganar a Cristo , y en él hallarme, no con tener la justicia mía, la cual es la que viene de la ley, sino aquella que nace de la fe de Jesucristo, la justicia que viene de Dios por la fe, a fin de conocerle a él, esto es, a Cristo , y la eficacia de su resurrección , y participar de sus penas, asemejándome a su muerte, de modo que al cabo pueda arribar a merecer la resurrección gloriosa de los muertos; no que lo haya logrado ya todo, ni llegado a la perfección de asemejarme a Cristo ; pero yo sigo mi carrera para ver si alcanzo aquello para lo cual fui destinado, o llamado, por Jesucristo. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 11 sobre Filipenses — San Juan Crisóstomo
Mas las cosas que para mí eran ganancia, las he reputado por pérdida a causa de Cristo. Y en verdad, todas las cosas las reputo por pérdida ante la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por cuyo amor todo lo he perdido, y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no teniendo justicia propia, la que viene de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios.
En nuestros combates con los herejes debemos acometer con el ánimo vigoroso, para que puedan prestar exacta atención. Comenzaré, pues, el presente discurso donde acabó el anterior. ¿Y cuál fue? Después de enumerar toda jactancia judía, así la que provenía de su nacimiento como la que era de su elección, añadió: Mas las cosas que para mí eran ganancia, las he reputado por pérdida ante la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor; por cuyo amor todo lo he perdido, y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo. Aquí se lanzan los herejes al ataque; pues aun esto proviene de la sabiduría del Espíritu: sugerirles esperanzas de victoria, para que emprendan la lucha.
Porque si se hubiera dicho abiertamente, habrían obrado aquí como han hecho en otros lugares: habrían borrado las palabras, habrían negado la Escritura, al no poder en modo alguno mirarla de frente. Mas, como sucede con los peces, aquello que puede prenderlos está oculto para que suban a la superficie, y no queda a la vista; esto mismo ha acontecido en verdad también aquí. La Ley, dicen, es llamada estiércol por Pablo, es llamada pérdida. Dice que no le fue posible ganar a Cristo sino padeciendo esta pérdida. Todo esto indujo a los herejes a aceptar este pasaje, juzgándolo favorable a ellos; mas cuando lo hubieron tomado, entonces los encerró por todas partes con sus redes. Pues ¿qué dicen ellos mismos? ¡Mirad! La Ley es pérdida, es estiércol; ¿cómo, pues, decís que es de Dios?
Pero estas mismas palabras son favorables a la Ley, y cómo lo son se hará desde aquí manifiesto. Atendamos con exactitud a sus mismas palabras. No dijo: La Ley es pérdida, sino: La he reputado por pérdida. Mas cuando habló de la ganancia, no dijo: Las reputé, sino: Eran ganancia. Pero cuando habló de la pérdida dijo: Reputé; y esto con razón: pues lo primero lo era por naturaleza, mas lo segundo llegó a serlo por mi juicio. ¿Qué, pues? ¿No es así?, dice. Es pérdida a causa de Cristo.
¿Y cómo se hizo la Ley ganancia? Y no fue reputada ganancia, sino que lo era. Pues considerad cuán grande cosa fue conducir a los hombres, embrutecidos en su naturaleza, a la figura de hombres. Si la Ley no hubiera existido, no se habría dado la gracia. ¿Por qué? Porque vino a ser como un puente; pues cuando era imposible subir a lo alto desde un estado de gran abatimiento, se formó una escala. Mas quien ya ha subido no tiene ya necesidad de la escala; y con todo no la desprecia, antes le está agradecido. Porque lo ha colocado en tal posición que ya no la necesita. Y aun por esta misma razón, porque no la necesita, es justo que reconozca su deuda, pues no podía volar hacia lo alto. Y así es con la Ley: nos ha conducido a lo alto; por lo cual era ganancia, mas en adelante la estimamos pérdida. ¿Cómo? No porque sea pérdida, sino porque la gracia es mucho mayor. Pues como un pobre que padecía hambre, mientras tiene plata escapa del hambre, mas cuando halla oro, y no le es lícito guardar ambas cosas, tiene por pérdida retener la primera, y, arrojándola, toma la moneda de oro; así también aquí: no porque la plata sea pérdida, pues no lo es, sino porque es imposible tomar ambas a la vez, y es necesario dejar una. No es, pues, pérdida la Ley, sino el adherirse el hombre a la Ley y abandonar a Cristo. Por lo cual es entonces pérdida, cuando nos aparta de Cristo; mas si nos envía hacia Él, ya no lo es. Por esta causa dice: pérdida a causa de Cristo; si es a causa de Cristo, no lo es por naturaleza. Mas ¿por qué no nos permite la Ley venir a Cristo? Para esto mismo, nos dice, fue dada. Y Cristo es el cumplimiento de la Ley, y Cristo es el fin de la Ley. Sí nos lo permite, si queremos. Porque Cristo es el fin de la Ley. Quien obedece a la Ley, deja la Ley misma. Nos lo permite, si atendemos a ella; mas si no atendemos, no nos lo permite. Y en verdad, todo lo he reputado por pérdida. ¿Por qué, quiere decir, digo yo esto de la Ley? ¿No es bueno el mundo? ¿No es buena la vida presente? Mas si me apartan de Cristo, tengo estas cosas por pérdida. ¿Por qué? Ante la eminencia del conocimiento de Jesucristo mi Señor. Pues cuando ha aparecido el sol, es pérdida sentarse junto a una candela; de suerte que la pérdida viene por comparación, por la superioridad de lo otro. Ved que Pablo hace la comparación por superioridad, no por diversidad de género; pues lo que es superior, es superior a algo de naturaleza semejante a sí. De modo que muestra la conexión de aquel conocimiento por los mismos medios con que saca la superioridad de la comparación. Por cuyo amor todo lo he perdido, y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo. Aún no está manifiesto si habla de la Ley, pues es probable que lo aplique a las cosas de este mundo. Porque cuando dice: las cosas que para mí eran ganancia, ésas he reputado pérdida a causa de Cristo; y en verdad, añade, todo lo reputo pérdida. Aunque dijo todas las cosas, con todo son las cosas presentes; y si quieres que sea también la Ley, ni aun así se la injuria. Pues el estiércol proviene del trigo, y la fuerza del trigo es el estiércol, quiero decir, la paja. Mas como el estiércol era útil en su estado anterior, de suerte que lo recogemos junto con el trigo, y si no hubiera habido estiércol, no habría habido trigo, así también es con la Ley.
¿Veis cómo por todas partes la llama pérdida, no en sí misma, sino a causa de Cristo? Y en verdad, todo lo reputo por pérdida. ¿Por qué de nuevo? Ante la eminencia del conocimiento de Él, por cuyo amor todo lo he perdido. Y otra vez, ¿por qué también todo lo reputo por pérdida? Con tal de ganar a Cristo.
Ved cómo, desde todo punto, se aferra a Cristo como su fundamento, y no permite que la Ley quede en parte alguna expuesta ni reciba golpe, sino que la guarda por todos lados. Y para ser hallado en Él, no teniendo justicia propia, la que viene de la Ley. Si quien tenía justicia corrió a esta otra justicia porque la suya no era nada, ¿cuánto más deben correr a Él los que no la tienen? Y bien dijo: justicia propia mía, no la que gané con trabajo y fatiga, sino la que hallé de la gracia. Si, pues, quien era tan eminente se salva por la gracia, mucho más vosotros. Porque, como era probable que dijeran que la justicia que viene de la fatiga es la mayor, muestra que es estiércol en comparación con la otra. Pues de otro modo yo, que era tan eminente en ella, no la habría arrojado para correr a la otra. Mas ¿cuál es esa otra? La que viene de la fe de Dios, es decir, también ella es dada por Dios. Ésta es la justicia de Dios; ésta es enteramente un don. Y los dones de Dios sobrepujan con mucho aquellas viles buenas obras que se deben a nuestra propia diligencia.
Mas ¿qué significa: Por la fe, para conocerle a Él? Así pues, el conocimiento es por la fe, y sin fe es imposible conocerle. ¿Cómo así? Por ella hemos de conocer la virtud de su resurrección. Pues ¿qué razón puede demostrarnos la Resurrección? Ninguna, sino sólo la fe. Porque si la resurrección de Cristo, que fue según la carne, se conoce por la fe, ¿cómo podrá comprenderse por el razonamiento la generación del Verbo de Dios? Pues la resurrección es menor que la generación. ¿Por qué? Porque de aquélla ha habido muchos ejemplos, mas de ésta ninguno jamás; pues muchos muertos resucitaron antes de Cristo, aunque después de su resurrección murieron, mas nadie nació jamás de una virgen. Si, pues, hemos de comprender por la fe lo que es inferior a la generación según la carne, ¿cómo podrá comprenderse por la razón lo que es mucho mayor, inmensa e incomparablemente mayor? Estas cosas obran la justicia; esto hemos de creer que Él pudo hacerlo, mas cómo pudo no lo podemos probar. Pues de la fe procede la participación de sus padecimientos. Mas ¿cómo? Si no hubiéramos creído, tampoco habríamos padecido; si no hubiéramos creído que, si con Él sufrimos, con Él también reinaremos, no habríamos soportado los padecimientos. Tanto la generación como la resurrección se comprenden por la fe. ¿Veis que la fe no ha de ser sola, sino por medio de las buenas obras? Pues cree singularmente que Cristo ha resucitado quien de igual modo se entrega a los peligros, quien tiene comunión con Él en sus padecimientos. Porque tiene comunión con Aquel que resucitó, con Aquel que vive; por lo cual dice: Y para ser hallado en Él, no teniendo justicia propia, la que viene de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios por la fe; para conocerle a Él, y la virtud de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, haciéndome conforme a su muerte, si de algún modo puedo alcanzar la resurrección de entre los muertos. Dice: hecho conforme a su muerte, esto es, teniendo comunión; como Él padeció de parte de los hombres, así también yo; por lo cual dijo: haciéndome conforme; y de nuevo en otro lugar: y cumplo en mi carne lo que falta de las tribulaciones de Cristo. Es decir, estas persecuciones y padecimientos obran la imagen de su muerte, pues Él no buscó lo suyo propio, sino el bien de muchos.
Por tanto, las persecuciones, las aflicciones y los aprietos no deben turbaros, antes deben aun alegraros, porque por ellas somos hechos conformes a su muerte. Como si dijera: Somos moldeados a su semejanza; como dice en otro lugar donde escribe: llevando siempre en el cuerpo la mortificación del Señor Jesús. Y también esto proviene de una gran fe. Pues no sólo creemos que Él resucitó, sino que también después de su resurrección tiene gran poder; por lo cual recorremos el mismo camino que Él recorrió, esto es, venimos a ser hermanos suyos también en esto. Como si dijera: Venimos a ser de Cristo en esto. ¡Oh cuán grande es la dignidad de los padecimientos! ¡Creemos que somos hechos conformes a su muerte por los padecimientos! Pues como en el bautismo fuimos sepultados con la semejanza de su muerte, así aquí, con su muerte. Allí dijo con razón: la semejanza de su muerte, pues allí no morimos enteramente, no morimos en la carne, al cuerpo, sino al pecado. Puesto que se habla de una muerte y de otra muerte; mas Él en verdad murió en el cuerpo, mientras que nosotros morimos al pecado, y allí murió el Hombre que Él asumió, el que estaba en nuestra carne, mas aquí el hombre del pecado; por esta causa dice: la semejanza de su muerte; mas aquí, ya no la semejanza de su muerte, sino su muerte misma. Pues Pablo, en sus persecuciones, ya no moría al pecado, sino en su propio cuerpo. Por lo cual soportó la misma muerte. Si de algún modo, dice, puedo alcanzar la resurrección de entre los muertos. ¿Qué dices? Todos los hombres tendrán parte en ella. Pues no todos dormiremos, mas todos seremos transformados, y todos tendremos parte no sólo en la Resurrección, sino en la incorrupción. Unos, en verdad, para honra, mas otros como medio de castigo. Si, pues, todos tienen parte en la Resurrección, y no sólo en la Resurrección, sino también en la incorrupción, ¿cómo dijo: Si de algún modo puedo alcanzar, como quien va a tener parte en algo especial? Por esta causa, dice, soporto estas cosas, si de algún modo puedo alcanzar la resurrección de entre los muertos. Pues si no hubieras muerto, no resucitarías. ¿Qué es, pues? Parece insinuarse aquí alguna gran cosa. Tan grande era, que no se atrevió a afirmarla abiertamente, sino que dice: Si de algún modo. He creído en Él y en su resurrección, más aún, padezco por Él, y con todo no puedo estar seguro acerca de la Resurrección. ¿De qué resurrección habla aquí? De aquella que conduce a Cristo mismo. Dije que había creído en Él, y en la virtud de su resurrección, y que tengo comunión con sus padecimientos, y que soy hecho conforme a su muerte. Y sin embargo, después de todas estas cosas, en modo alguno estoy seguro; como dijo en otra parte: El que cree estar en pie, mire no caiga. Y de nuevo: Temo que, habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado.
Vers. 12. No que ya lo haya alcanzado, o que ya sea perfecto; mas prosigo, por si de algún modo alcanzo aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús.
No que ya lo haya alcanzado. ¿Qué significa: ya lo haya alcanzado? Habla del premio; mas si quien había soportado tales padecimientos, quien fue perseguido, quien llevaba en sí la mortificación del Señor Jesús, aún no estaba seguro acerca de aquella resurrección, ¿qué podremos decir nosotros? ¿Qué significa: por si alcanzo? Lo que antes dijo: por si logro llegar a la resurrección de los muertos. Por si alcanzo, dice, su resurrección; es decir, si soy capaz de soportar cosas tan grandes, si soy capaz de imitarle, si soy capaz de hacerme conforme a Él. Por ejemplo, Cristo padeció muchas cosas: fue escupido, fue golpeado, fue azotado, al fin padeció cuanto padeció. Éste es el curso entero. A través de todas estas cosas es menester que los hombres soporten el combate entero, y así lleguen a su resurrección. O quiere decir esto: si soy juzgado digno de alcanzar la gloriosa resurrección, lo cual es materia de confianza, en orden a su resurrección. Pues si soy capaz de soportar todos los combates, seré capaz también de tener su resurrección, y de resucitar con gloria. Porque aún no, dice, soy digno, sino que prosigo, por si de algún modo alcanzo. Mi vida es todavía de combate, estoy todavía lejos del fin, estoy todavía distante del premio, todavía corro, todavía persigo. Y no dijo: corro, sino: persigo. Pues sabéis con qué ahínco persigue un hombre. A nadie ve, aparta con gran violencia a cuantos interrumpirían su persecución. Reúne juntamente su mente, y su vista, y su fuerza, y su alma, y su cuerpo, sin mirar a otra cosa que al premio. Mas si Pablo, que así perseguía, que había padecido tantas cosas, dice con todo: por si alcanzo, ¿qué diremos nosotros, que hemos aflojado nuestros esfuerzos? Luego, para mostrar que la cosa es de deuda, dice: para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. Yo era, dice, del número de los perdidos, jadeaba por respirar, estaba próximo a la muerte, Dios me alcanzó. Pues Él nos persiguió con toda presteza, cuando huíamos de Él. De modo que señala todas aquellas cosas; pues las palabras: fui alcanzado, muestran el ahínco de Aquel que quiere alcanzarnos, y nuestra gran aversión a Él, nuestro extravío, nuestra huida de Él.
Homilía 11 sobre Filipenses, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Luc. 12, 35-40)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Sint lumbi vestri præcíncti, et lucernæ ardéntes in mánibus vestris, et vos símiles homínibus exspectántibus dóminum suum, quando revertátur a núptiis: ut, cum vénerit et pulsáverit, conféstim apériant ei. Beáti servi illi, quos, cum vénerit dóminus, invénerit vigilántes: amen, dico vobis, quod præcínget se, et fáciet illos discúmbere, et tránsiens ministrábit illis. Et si vénerit in secúnda vigília, et si in tértia vigília vénerit, et ita invénerit, beáti sunt servi illi. Hoc autem scitóte, quóniam, si sciret paterfamílias, qua hora fur veníret, vigiláret útique, et non síneret pérfodi domum suam. Et vos estóte paráti, quia, qua hora non putátis, Fílius hóminis véniet.
Estad con vuestras ropas ceñidas a la cintura, y tened en vuestras manos las luces ya encendidas. Sed semejantes a los criados que aguardan a su amo cuando vuelve de las bodas, a fin de abrirle prontamente, luego que llegue, y llame a la puerta. Dichosos aquellos siervos a los cuales el amo al venir encuentra así velando; en verdad os digo, que recogiéndose él su vestido, los hará sentar a la mesa, y se pondrá a servirles. Y si viene a la segunda vela, o viene a la tercera, y los halla así prontos, dichosos son tales criados. Tened esto por cierto, que si el padre de familia supiera a qué hora había de venir el ladrón, estará ciertamente velando, y ni dejaría que le robasen su casa. Así vosotros estad siempre prevenidos; porque a la hora que menos pensáis vendrá el Hijo del hombre. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 12, 35-40 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Teofilato. Después que el Señor estableció a su discípulo en la moderación despojándolo de todo cuidado de la vida y del orgullo, lo induce ahora a servir diciendo: "Tened ceñidos vuestros lomos" -es decir estad siempre dispuestos a imitar a vuestro Dios-. "Y antorchas encendidas", esto es, no viváis entre tinieblas, sino que la luz de la razón os alumbre siempre dándoos a conocer lo que habéis de evitar. Este mundo es una noche, pero tienen ceñidos sus lomos los que llevan una vida práctica o activa. Porque tal es costumbre de los que trabajan, a quienes convienen antorchas ardientes, esto es el don de la discreción, para que puedan conocer en la práctica, no sólo lo que conviene hacer, sino cómo debe hacerse. De otra manera, los hombres caen en el precipicio de la soberbia. Y debe observarse que primero manda ceñir los lomos y después encender las antorchas, porque primero es la acción y después la reflexión, que es la luz del espíritu. Por tanto, estudiemos el modo de ejercer nuestras facultades y entonces tendremos dos antorchas ardientes, a saber: la inhabitación del Espíritu -que nos ilumina brillando en nuestra mente- y la doctrina con la que ilustramos a los demás.
San Máximo, in Cat. graec. Patr. O también nos enseña a tener encendidas las antorchas por la oración, la contemplación y el afecto espiritual.
San Cirilo, in Cat. graec. Patr. O bien el ceñirse los lomos significa la agilidad y prontitud con que debemos sufrir todos los males por el amor de Dios, y la antorcha encendida significa que no debemos permitir el que algunos vivan en las tinieblas de la ignorancia.
San Gregorio, in homil. 13, in Evang. De otro modo: ceñimos nuestros lomos cuando reprimimos la lujuria de la carne por la continencia. Porque la lujuria del hombre se encuentra en sus riñones y la de la mujer en el ombligo, aunque se designa por los riñones a la lujuria, por ser el sexo masculino el principal. Pero como no basta no obrar mal, sino que cada cual debe esforzarse por practicar buenas obras, añade: "Y antorchas encendidas en vuestras manos". Nosotros tenemos las antorchas encendidas en nuestras manos cuando con las buenas obras damos a nuestros prójimos ejemplos brillantes.
San Agustín, De quaest. Evang., lib. 2, cap. 25. O también, nos enseña a tener ceñidos los lomos por la continencia del amor de las cosas terrenas y a tener encendidas las antorchas. Esto es, para que todo ello lo hagamos con buen fin y recta intención.
San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Pero aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: "Y sed vosotros semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas", etc. El Señor marchó a las bodas, porque cuando subió al cielo, se incorporó el hombre nuevo a la multitud de los ángeles.
Teofilato. Todos los días desposa en los cielos las almas de los santos, las que San Pablo u otro santo le ofrece como una casta virgen. Y vuelve de las bodas celebradas en los cielos, quizás de una manera universal, cuando al fin del mundo venga del cielo en la gloria del Padre, o quizás particularmente, apareciendo de repente en la hora de la muerte de cada uno de nosotros.
San Cirilo, ubi sup. Considera también que vuelve de las bodas como de una solemnidad en la que siempre existe la divinidad, porque nada puede causar tristeza a su naturaleza incorruptible.
San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr., ex illius orat., vel. hom. 11, in cant. O de otro modo: terminadas las bodas y habiéndose desposado con la Iglesia y admitiéndola en el tálamo de sus misterios, se regocijarán los ángeles por la vuelta del rey a su natural beatitud. Con ellos conviene que esté conforme nuestra vida, porque así como ellos, exentos de malicia, están siempre preparados a celebrar el regreso de su Señor, así nosotros, vigilando a su puerta, debemos estar prontos a obedecer cuando venga llamando. Sigue pues: "Para que cuando viniere y llamare a la puerta luego le abran".
San Gregorio, in Evang hom, 13. Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: "Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere". Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia.
San Gregorio Niceno, ubi sup. Por esta vigilancia que, como queda dicho, nos mandó tener el Señor, dice que ciñamos nuestros lomos, teniendo encendidas las antorchas. Porque la luz puesta delante de nuestra vista rechaza el sueño, y cuando nuestros lomos están ceñidos con un cíngulo nuestro cuerpo no se duerme fácilmente. Porque el que está ceñido por la castidad e ilustrado por una conciencia limpia, vela siempre.
San Cirilo, ubi sup. Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados. Prosigue pues: "En verdad os digo que se ceñirá". En lo que comprendemos que nos retribuirá con lo mismo, porque se ceñirá El mismo con los que están ceñidos.
Orígenes, in Cat. graec. Patr. Estará ceñido por la justicia alrededor de sus lomos, según lo que dijo Isaías ( Is 11).
San Gregorio, ut sup. Se ciñe por la justicia, es decir, se prepara para la retribución.
Teofilato. O también: Se ceñirá en el sentido de que no dispensará toda la abundancia de sus bienes, sino que la retendrá en una cierta medida. Porque, ¿quién puede recibir a Dios en toda su grandeza? Por esto se dice que los mismos serafines velan sus rostros a causa de la excelencia del resplandor divino ( Is 6). Prosigue: "Y los hará sentar a la mesa", etc. Así como el que se sienta hace descansar todo su cuerpo, así a su futura venida los santos descansarán totalmente. Aquí no tuvieron descanso corporal, pero allí, hechos sus cuerpos espirituales e incorruptibles, gozarán con sus almas de eterno descanso.
San Cirilo, ubi sup. Hará que se sienten como queriendo desahogarlos del cansancio, ofreciéndoles satisfacciones espirituales y poniéndoles delante la mesa espléndida (u opípara) de sus dones.
San Dionisio, in epist. 9 ad Titum. Por el acto de sentarse creen algunos que debe entenderse el descanso de muchos trabajos, la vida sin molestias y el trato con Dios en la claridad y en la región de los vivos, cumplido con todo santo afecto y abundante donación de todas sus gracias, lo cual será el complemento de la alegría. Esto es lo que Jesús hará con los que haga sentarse, dándoles el descanso eterno y distribuyéndoles multitud de beneficios. Por esto sigue: "Y pasando los servirá".
Teofilato. Lo mismo hará cuando vuelva; porque así como ellos lo sirvieron, El los servirá.
San Gregorio, , in Evang hom. 13, ut sup. Se dice que pasando cuando vuelva del juicio a su reino. O bien, el Señor pasa a nosotros después del juicio porque nos eleva de la forma de la humanidad a la contemplación de su divinidad.
San Cirilo, ut sup. El Señor conoce, pues, la fragilidad humana para caer en el pecado. Pero como es bueno, no nos deja desesperar, sino que más bien se compadece y nos da la penitencia como remedio saludable. Por tanto añade: "Y si viniese en la segunda vela", etc. Los que velan en las murallas de las ciudades dividen, pues, en tres o cuatro vigilias la noche para que observen las acometidas de los enemigos.
San Gregorio, in homil. 13, ut sup. La primera vela es el primer tiempo de nuestra vida, esto es, la infancia. La segunda, la adolescencia o la juventud. La tercera, la ancianidad. Por tanto, el que no quiso vigilar en la primera vela, vigile en la segunda y el que no quiso vigilar en la segunda, no pierda el remedio de la tercera, para que aquellos que no se hayan convertido en la infancia se conviertan al menos en la juventud o en la ancianidad.
San Cirilo, ubi sup. No hace mención de la primera vigilia porque la niñez no es castigada por Dios, sino que merece perdón. Pero la segunda y la tercera edad deben obedecer a Dios y llevar una vida honesta para complacerlo.
Griego, id est, Servus Antiochenus, in Cat. graec. Patr. O bien pertenecen a la primera vigilia los que por su virtuosa vida han llegado al primer rango, a la segunda los que no son tan virtuosos y a la tercera los inferiores a éstos. Lo mismo debe pensarse de la cuarta y de la quinta, si la hubiera, porque son diversos los grados de la virtud y el buen remunerador mide a cada uno la recompensa que merece.
Teofilato. O bien, porque las vigilias son las horas de la noche que provocan el sueño, hemos de entender también que en nuestras vidas hay algunas horas que nos hacen bienaventurados si se nos halla vigilantes. ¿Te ha quitado alguno lo que es tuyo? ¿Se te han muerto tus hijos? ¿Has sido acusado? Pues si en todas estas ocasiones no haces nada en contra de lo que Dios tiene mandado, te encontrará despierto en la segunda y en la tercera vigilia, es decir en el tiempo de la desgracia que sume a las almas débiles en un sueño pernicioso.
San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Para sacudir la pereza de nuestro espíritu, el Señor también nos da a conocer los daños exteriores con una comparación. Por esto añade: "Mas esto sabed, que si el padre de familia supiere la hora en que vendría el ladrón", etc.
Teofilato. Algunos creen que este ladrón es el diablo, la casa el alma y el padre de familia el hombre, pero esta opinión no parece conforme con lo que sigue. La venida del Señor se compara con este ladrón porque viene cuando menos se espera, según lo que dice el Apóstol ( 1Tes 5,2): "El día del Señor vendrá como el ladrón en la noche". Por esto se añade aquí: "Vosotros, pues, estad apercibidos, porque a la hora que no pensáis", etc.
San Gregorio, in Evang hom. 13. No sabiéndolo el padre de familia, el ladrón entra en la casa. Porque mientras el espíritu duerme abandonando la custodia, llega la muerte de manera imprevista e irrumpe en nuestro interior. Resistiría al ladrón si estuviese despierta. Porque precaviendo la venida del juez, que en secreto arrebata el alma, le saldría al encuentro con el arrepentimiento para no sucumbir impenitente. Quiso el Señor, por tanto, que nos fuese desconocida la última hora, para que no pudiendo preverla, estemos siempre preparándonos para ella.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena