viernes, 16 de octubre de 2015
Santa Eduvigis, Viuda
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santa Hedwigis, mucho mas ilustre por el resplandor de su virtud, que por la nobleza de su sangre, fué hija del príncipe Bertoldo, duque de Carintia, marqués de Moravia, conde del Tirol; y de Inés, hija de Rotlech, marqués del sacro imperio. Tuvo cuatro hermanos y tres hermanas; Inés, que fué la mayor, casó con Felipe Augusto, rey de Francia; la segunda con Andrés, rey de Hungría, y fué madre de santa Isabel; la tercera se consagró á Dios en religión, y fué abadesa de Lutzing en Franconia. Nació Hedwigis hacia el fin del siglo duodécimo, habiéndola dotado Dios de tan dichoso natural y de tal conjunto de prendas, que no parecía posible princesa mas cabal. A la elevación de su nacimiento añadió tanta inocencia y tanta pureza de costumbres, que la nobleza de su alma fué muy superior á la de su augusta sangre. Desde la misma niñez manifestó un juicio muy maduro, tan inclinada á la virtud desde la cuna, que parecía haber nacido ya cristiana. Siendo aun niña, dispusieron sus padres que entrase en el monasterio de benedictinas de Lutzingen para su mejor educación; pero las monjas encontraron en ella mas asunto de admiración que necesidad de cultivo ni materia de enseñanza. Eran todas las delicias de la santa niña pasar largos ratos en la iglesia, ó estar de rodillas delante de una imagen de la santísima Virgen; y aunque muy inclinada á la lectura, no hallaba gusto en otra que en la de libros espirituales y devotos.
Nunca la deslumbró el esplendor ni la grandeza de su casa; y si hubiera podido excusarse de obedecer á los príncipes sus padres, jamás hubiera abrazado otro estado que el religioso, donde fuera la mas humilde de las esposas de Jesucristo. Pero la providencia de Dios, que, para confundir los falsos pretextos del mundo, se complace en poner á su vista de cuando en cuando ilustres ejemplos de la mas elevada santidad en todos los estados, tenia destinada á Hedwigis para modelo de perfección en el del santo matrimonio. Contaba solos doce años cuando la casaron con el príncipe Enrique, duque de Silesia y de Polonia: con el nuevo estado descubrió nuevas virtudes. Luego que se dejó ver en la corte, se declaró por la piedad, y lejos de contemporizar con el espíritu del mundo, que tanto reina en aquellas, jamás reconoció otras obligaciones que las que autoriza la religión, ni otro mérito que el que se funda en la verdadera virtud; de manera que hacían mal su corte á la princesa los que se preciaban de mundanos.
Su primer estudio fué comprender el genio y las inclinaciones del duque su marido, para dedicarse á servirlo y complacerle. Logrólo tan perfectamente, que, ganándole el corazón para sí, se le ganó para Dios; y aprovechándose del amor que el duque le profesaba, consiguió hacerle uno de los mas cristianos y mas virtuosos príncipes de Alemania. Juzgó, y juzgó con acierto la princesa, que el medio mas eficaz para encontrar la propia salvación era cuidar con el mayor desvelo de la cristiana educación de sus hijos, considerando esta por una de las primeras obligaciones de su estado. Concedióle el cielo tres hijos y tres hijas: los primeros fueron Enrique, Boleslao y Conrado; las segundas Inés, Sofía y Gertrudis. Mientras estaba en cinta era una de sus devociones, consintiéndolo su marido, vivir en continencia todos los nueve meses, pasando aquel tiempo en cierta especie de retiro. Tenia distribuidas las horas del dia en la oración, en devociones particulares, en leer libros devotos y en ejercitar obras de misericordia; siendo una de sus máximas que á la mayor elevación de nacimiento correspondía mayor elevación de virtudes, y que las personas que mas descollaban sobre las otras, estaban mas obligadas á la eficaz persuasión del buen ejemplo.
Habiéndose encargado ella misma de criar á sus hijos en las máximas mas puras de la religión y de la virtud, tuvo el consuelo de verlos á todos tan señalados por su ejemplar piedad, como por las demás grandes y nobilísimas prendas que los hicieron muy ilustres en todas las cortes de la Europa. Enrique su primogénito, y heredero de los estados del duque su padre, lo fué también de su virtud; tanto, que se mereció el renombre de Piadoso. No dedicó menos cuidado la virtuosa princesa á arreglar toda su familia y casa ducal; damas, señoras de honor, criadas y criados inferiores, todos vivian con regla, todo olia á virtud, y todo publicaba por cierto aire de religión y de modestia la eminente santidad del ama á quien servían.
No podía verse sin mucha admiración que una princesa joven, adornada de todas las bellas prendas que tanto brillan en el mundo, en medio de una corte tan pomposa como lucida, adorada de un esposo magnífico y poderoso, estimada, respetada y aplaudida de todo el mundo, hallándose en lo mas florido de su edad, viviese mas como religiosa, que como soberana, pasando los dias en retiro y en ejercicios de austeridad y de penitencia. Pero lo mas asombroso fué que, después de tener el sexto hijo, supo persuadir al duque su marido á que pasasen el resto de su vida en perfecta continencia, y los dos esposos hicieron secretamente este voto en manos de su obispo. Desde aquel dia, así el duque como la duquesa hicieron portentosos progresos en el camino de la perfección. Sintió Hedwigis inflamado su corazón con un nuevo incendio del divino amor; de manera que ya todos sus deseos, todas sus ansias, todos sus suspiros eran por el cielo, no considerándose ya sino como madre de los huérfanos, de las viudas y de los pobres. Todos los dias sustentaba un gran número de ellos en su palacio, y muchos comían á su mesa sirviéndoles ella misma la comida; de suerte que ya era dicho común en la corte que la duquesa solo se divertía visitando los pobres enfermos en los hospitales. Persuadió al duque su marido que fundase á corta distancia de Breslau, capital de la Silesia, donde residían los dos, el grande y célebre monasterio de Trebnitz, que la santa duquesa entregó á las religiosas del Cister. Dotóle el duque ricamente, pero Hedwigis aumentó tanto sus rentas, que alcanzaban para mantener á mil personas. Eran recibidas en él todas las viudas y todas las doncellas que se querían consagrar á Dios. Al principio se contaban en la comunidad muchos centenares de monjas, á cuyo frente estaba la princesa Gertrudis, hija de nuestra santa; y muy en breve fué aquel famoso monasterio escuela de perfección y asilo de la inocencia. Además de esto, hizo santa Hedwigis que se educasen en él muchas señoritas pobres y huérfanas, con otras muchas doncellas de inferior esfera, dando el hábito á unas, casando á otras, y proporcionando á todas medios muy oportunos para su salvación.
Nunca había gustado de galas; pero después que hizo el voto de continencia, se vistió mas llanamente; de manera que ninguna mujer anduvo jamás vestida con mayor honestidad y modestia. Su ejemplo reformó muy en breve la vana profanidad de las señoras de la corte, como la ejemplar virtud del duque corrigió las costumbres y la conducta de los cortesanos. Pasaba Hedwigis lo mas del tiempo dentro del monasterio de Trebnitz en compañía de las religiosas, con que sin mucha dificultad pudo conseguir el beneplácito de su marido para tomar también el hábito, aunque sin hacer los votos; bien que observaba todas sus reglas con mas exactitud que las mismas religiosas. En nada quiso admitir la mas leve distinción. Abatíase á los mas humildes oficios, diciendo á las monjas: «Vosotras sois esposas de Jesucristo, yo no soy mas que una de vuestras criadas; con que, de obligación me tocan estos menesteres.» En virtud de este dictámen, tomaba siempre el ínfimo lugar en el coro, en el refectorio y en todos los demás actos de comunidad; usando únicamente en esto del derecho que le daba el título de fundadora, ni jamás fué posible rendir su humildad á que admitiese otras preeminencias.
El tierno amor y el sumo agradecimiento que profesaba á Cristo crucificado le inspiraban un deseo tan encendido de padecer mucho por su amor, que costó trabajo á sus directores poner algunos límites al rigor de sus penitencias. Siendo joven, delicada y de flaca complexión, maceraba tanto su carne, que tocaba ya la raya de cierto inocente exceso. Ayunaba todos los dias á excepción de los domingos y fiestas mas principales del año, y se prohibió absolutamente toda comida de carne. En una grave enfermedad le mandó el legado de la silla apostólica en Polonia que usase de todo género de alimentos: obedeció, pero aseguró después que esta delicadeza había ejercitado mas su paciencia que toda su dolorosa enfermedad. Los domingos, martes y jueves, comia pescado y leche; los lunes y sábados, legumbres solamente; y los miércoles y viernes, ayunaba á pan y agua. Ni de día ni de noche se desnudaba un áspero cilicio que le rodeaba la cintura, y estaba todo teñido de sangre cuajada. Andaba con los piés descalzos por la nieve y por el hielo, cuyo rigor, abriéndoselos en grietas, descubría los sitios por donde pasaba, dejando en ellos ensangrentadas las huellas. La cama de respeto era correspondiente á su alta representación; pero era de respeto y nada mas, porque ella no usaba de otra que de unos humildes sarmientos. Eran excesivas sus vigilias; apenas descansaba dos ó tres horas, y levantándose á maitines, pasaba lo restante de la noche en oración y en otras devociones, las que interrumpía para mortificarse con sangrientas disciplinas, de cuya fervorosa crueldad daban buen testimonio las paredes salpicadas de sangre. Si sus indisposiciones la precisaban á mitigar algo estos rigores permitiéndose algún alivio, admitía por cama un brazado de paja cubierta con una gruesa manta. Extenuóse tanto su cuerpo al continuado tesón de una vida tan penitente, que parecía un animado esqueleto. Todas las mañanas oia cuantas misas se celebraban en la iglesia del monasterio, con tanta devoción, que la comunicaba á los mas indevotos: comulgaba con mucha frecuencia, y sentía en la comunión aquellos dulcísimos consuelos con que regala el Señor á las mas fervorosas y mortificadas. Pero no hay virtud sobresaliente sin pesadas cruces, no hay santo sin grandes pruebas.
Conrado, duque de Kirne ó de Cirna, entró en las tierras del duque de Polonia Enrique, marido de nuestra santa: dióse la batalla, y en ella quedó este herido y prisionero. Sintió vivísimamente Hedwigis este desgraciado suceso; pero sin que por eso se alterase su tranquilidad, contentándose con decir á los que trajeron tan melancólica noticia que esperaba en Dios ver muy presto al duque restituido á su libertad y sano de sus heridas. Pero resistiéndose Conrado á poner en libertad al duque de Polonia, sin embargo de las razonables condiciones que se le propusieron para ajustar la paz, se vio precisado el joven Enrique, primogénito de la santa, y heredero presuntivo de los estados, á levantar un poderoso ejército, para que hiciese la fuerza lo que no había podido la negociación. Horrorizada la piadosísima duquesa de la sangre que se habia de derramar, se determinó á pasar ella misma á la corte de Conrado á exponer su persona para salvar á los demás. Apenas la vió en su presencia el duque de Kirne cuando, apoderado de un respetuoso terror, y olvidado de aquella fiereza con que se habia mostrado inflexible, concedió á la princesa todo cuanto le pidió, se ajustó la paz, y puso en libertad al duque de Polonia. Murió este virtuoso duque poco tiempo después, y todos admiraron la constancia, el tesón y la superior virtud de la duquesa. Viole espirar con ojos enjutos; y como las religiosas de Trebnitz mostrasen su excesivo dolor, explicándole en copiosas lágrimas, les dijo con una santa entereza: «Todos debemos recibir con humilde rendimiento, en vida y en muerte, las amorosas disposiciones de la divina Providencia.»
Tres años después quiso también el Señor ejercitar la heroica constancia de Hedwigis con otra prueba no menos dolorosa en la muerte del duque Enrique el Piadoso, su hijo primogénito, que murió en una acción contra los Tártaros. Llególe al alma esta pérdida; pero la llevó con tanta resignación y con tanta serenidad, que tuvo pocos ejemplares, acreditando lo muerta que estaba la duquesa á todos los desordenados movimientos de la carne y sangre.
No obstante el grande estudio que ponia en ocultar á la noticia de sus hijas las extraordinarias gracias con que el Señor la favorecia y los celestiales consuelos con que la inundaba en la oración, no podían menos de dar bastantemente á entender estos divinos favores sus dulces lágrimas, sus tiernos suspiros y sus amorosos ímpetus. Ni podia reprimir las lágrimas cuando se hablaba de Dios, ni otros podían reprimir las suyas cuando la oian hablar del amor de Jesucristo. Solo con oir pronunciar el dulce nombre de María, se bañaba de gozo su semblante.
Favorecióla Dios con el don de milagros y de profecía, pronosticando el día de su muerte mucho tiempo antes de su última enfermedad; y aunque toda su vida fué una continuada preparación para aquella postrera hora, redobló su fervor cuando vió que se iba acercando. Mientras duró la enfermedad de que murió, le manifestó el Señor muchas cosas que jamás habia aprendido ni oido á persona humana. Quiso recibir los sacramentos cuando parecía que ya estaba buena; pero presto conocieron todos que estaba bien informada de la hora de su muerte, pues poco después de haberlos recibido pasó tranquilamente al descanso del Señor el dia 15 de octubre del año de 1243; habiendo vivido con cierta especie de milagro continuado cuarenta años enteros entregada á penitentísimos rigores, que confunden sin excusa la delicadeza y la cobardía de las personas del mundo.
Fué enterrado su cuerpo en la iglesia del monasterio de Trebnitz con la pompa y con la solemnidad que era debida á tan santa como respetable princesa; y muy luego comenzó á hacerse glorioso su sepulcro por el número y la magnitud de sus milagros. Trabajóse sin cesar en los procesos de su canonización, que se celebró solemnemente el día 15 de octubre del año 1267, veinte y cuatro después de su muerte, por el papa Clemente IV; y aun se asegura que, cuando el papa estaba celebrando la misa para canonizarla, suplicó humildemente á Dios que se dignase dar vista á cierta doncella ciega en testimonio de la santidad de Hedwigis, y que en el mismo punto cobró su vista la venturosa doncella. El año siguiente á los 17 de agosto fué elevado de la tierra el santo cuerpo, exhalando una suavísima fragrancia, que llenó de admiración y de consuelo á todos los circunstantes. Encontráronse consumidas todas sus carnes, á excepción de tres dedos de la mano izquierda, en que tenia asida una imagen de la santísima Virgen, que toda la vida había llevado consigo. Murió con ella en las manos, y la apretó con los tres dedos tan fuertemente, que, no pudiéndosela arrancar, la enterraron también con ella. El papa Inocencio XI fijó su fiesta al dia 17 del mismo mes.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.