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miércoles, 14 de octubre de 2015

San Calixto I, Papa y Mártir

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Calixto fué romano de nacimiento, hijo de Domicio, y probablemente de una de aquellas familias romanas que, habiendo tenido la dicha de ser instruidas y convertidas á la fe de Jesucristo por los apóstoles, se conservaban en la pureza de la religión, mientras estuvo ausente de Roma, ya por la malignidad de los sacerdotes de los ídolos y de los magistrados, y ya también por sublevaciones y motines de los pueblos idólatras.

En este número entró san Calixto; y la ocasión de una persecución que hizo tantos mártires, y tanto ilustró á la Iglesia, fué la siguiente. El año de 224 del nacimiento de Cristo cayó un rayo en la parte meridional del Capitolio, y abrasó una gran parte de aquel soberbio edificio. Al mismo tiempo se prendió fuego en otro templo dedicado á Júpiter, cabeza de los dioses; y desprendiéndose por sí misma la mano siniestra de su estatua, se derritió en medio de las llamas. Atemorizáronse los idólatras con uno y otro suceso; juntáronse los sacerdotes de los ídolos, y convinieron en que los dioses estaban irritados, y que era menester aplacarlos con nuevos sacrificios. Destinóse para este acto público de religión el jueves siguiente, dia dedicado á aquella quimérica deidad; pero se convirtió en luto la fiesta por un suceso mas trágico que los dos antecedentes. Habíase dado principio desde el amanecer á aquellas abominables supersticiones; y cuando estaban mas engolfados en ellas, el cielo, que hasta aquel punto se había mostrado sereno, se encapotó de repente, y rompió en una tempestad tan deshecha y tan furiosa, que cuatro sacerdotes de los ídolos perdieron la vida á violencia de los rayos, y el altar de Júpiter quedó reducido á ceniza.

Apoderóse de los idólatras tanto temor y tanto espanto, que muchos de ellos huyeron apresuradamente hasta ponerse en salvo fuera de la ciudad. Otros se retiraron á la otra parte del Tíber, y refugiándose á lugares apartados, encontraron al santo pontífice, con sus clérigos y con una multitud de fieles que se habían juntado para cantar las divinas alabanzas en los sepulcros de los santos mártires. Entre los gentiles que iban huyendo era uno Palmacio, varón consular; y habiendo visto toda aquella gente junta, notando también las sagradas ceremonias de nuestros divinos misterios, no puso la menor duda en que todo el estruendo de rayos y de tempestades era efecto de aquellas secretas ceremonias, hechicerías y encantos de los cristianos: ridícula y extravagante opinión que pasó luego á ser popular.

El mismo Palmacio, zelosísimo gentil, fué de los primeros á delatar á los cristianos ante el gobernador, exponiéndole lo que había visto por sus ojos, y todo lo que había sospechado. Nada se detuvo en deliberar el gobernador, y dió comisión al propio Palmacio para prender aquellos imaginarios encantadores, y para obligarlos con todo género de tormentos á sacrificar á los dioses del imperio. Animado Palmacio de un género de zelo que declinaba en furor, tomó consigo un destacamento de soldados, y los llevó al paraje donde estaban congregados los cristianos. Pero con asombroso prodigio, luego que llegaron á él, todos los soldados perdieron de repente la vista; y atemorizada con tan extraño accidente, la demás gente se puso en precipitada fuga.

Palmacio, mas aturdido que todos, voló á casa del prefecto, y le contó cuanto había sucedido. Ni por eso se dejó de atribuir aquel nuevo portento al arte mágico de los cristianos; y para eludir la fuerza de los supuestos encantadores y hechiceros, se acordó que era preciso hacer en el Capitolio un sacrificio en obsequio de Mercurio. Apenas se había dado principio á la sacrílega ceremonia, cuando una virgen del templo llamada Juliana, que estaba poseída del demonio, comenzó á exclamar en medio de todo el concurso: El Dios que adora Calixto es el verdadero Dios. No puede sufrir las abominaciones de vuestra república, y castigará á todos aquellos que no adoran la verdad. Hizo tanta fuerza á Palmacio esta confesión de la verdad por la boca misma del demonio, compelido de Dios á dar testimonio de ella, que, saliéndose disimuladamente del templo, se fué á arrojar á los piés del santo pontífice, confesó á voz en grito que no había otro verdadero Dios que el Dios de los cristianos, y le pidió con las mayores instancias el bautismo.

Así san Calixto como todos aquellos fieles rindieron mil gracias al Señor por tan milagrosa mudanza. Fué Palmacio en breve tiempo instruido y bautizado, siguiendo tan glorioso ejemplo su mujer, sus hijos y sus criados, hasta el número de cuarenta y dos personas.

Tardó poco en merecer la misma dicha un senador de Roma llamado Simplicio, grande amigo de Palmacio. A la primera conversación que tuvo con él sobre la santidad de nuestra religión, sobre la ceguedad del gentilismo, y sobre todos los sucesos que habían pasado, abrió los ojos, y pidió el bautismo, que recibió de mano de nuestro santo, con otros sesenta y ocho individuos de su familia.

Hallábase paralítico cuatro años había un gentil, por nombre Félix, á quien estimaba mucho Palmacio; visitóle este, y lleno de aquella gran confianza que acompaña siempre á una viva fe, le aseguró que sanaría luego de su accidente si le daba palabra de hacerse cristiano. Prometiólo Félix, hizo oración Palmacio, y en el mismo punto quedó sano, convirtiéndose él y su mujer á la fe de Jesucristo.

No podían menos de meter mucho ruido unos prodigios de tanto estruendo. Aunque el gobernador de Roma, por no tener orden del emperador, procedía lenta y flojamente en las quejas que cada día llegaban á su tribunal contra los cristianos, le pareció que ya no podía disimular mas, temiendo algún alboroto del pueblo. Levantaban el grito los sacerdotes de los ídolos, y los paganos amenazaban una sedición si no castigaba á los que, á su modo de entender, eran la causa de las calamidades públicas. En tan críticas circunstancias mandó el prefecto arrestar á todos los recien convertidos, juntamente con el presbítero Calepodio, que era el que los catequizaba, y sin otra formalidad de proceso les mandó cortar á todos la cabeza.

Dió después sus órdenes expresas para que por todas partes se buscase á san Calixto, autor de todas aquellas conversiones, persuadido de que su muerte sosegaría el furor del pueblo. Hallósele en casa de Ponciano, donde regularmente se retiraba para celebrar el santo sacrificio y los divinos oficios. Cargáronle primero de palos y después de cadenas, metiéndole en la cárcel, donde le dejaron cinco dias sin darle el menor alimento.

Era el ánimo del prefecto deshacerse del santo pontífice sin ruido, sabiendo muy bien que el emperador tenia inclinación á los cristianos, que amaba su disciplina y la mayor parte de sus máximas, como se explica el historiador de este príncipe. Los ministros del gobernador, enemigos declarados del nombre cristiano, añadían á este suplicio todo género de malos tratamientos, y entre ellos una gran tunda de palos todos los dias, martirio que toleraba el santo pontífice con una constancia y con una alegría que llenaba de admiración aun á los mismos paganos.

Sosteníase con el vigor de su fe la flaqueza de su cuerpo debilitado con sus apostólicas fatigas, con sus rigurosas penitencias, y extenuado con sus continuos ayunos. Quísole Dios recrear en sus tormentos, no solo con las dulzuras interiores que inundaban su corazón, sino con una visión que le llenó de consuelo. Apareciósele el santo mártir Calepodio, y le anunció que se acercaba ya el día de su triunfo, asegurándole que el dia siguiente recibiría la corona que Dios le tenia preparada en el cielo.

En el mismo dia tuvo todavía tiempo para bautizar á un soldado, por nombre Privato, y para verle repentinamente sano de muchas úlceras que tenia abiertas en su cuerpo; beneficio que logró en el mismo en que fué reengendrado por las aguas del bautismo. Noticioso el prefecto de este último hecho, pronunció sentencia de muerte contra el santo papa y contra el dichoso soldado, el cual espiró á violencia de los azotes que le dieron con correas emplomadas.

Arrojóse después el furioso populacho sobre nuestro santo, arrastróle inhumanamente por las calles, y al fin le echó en un profundo pozo, donde puso fin á su glorioso martirio, habiendo gobernado la Iglesia católica cinco años, un mes y doce dias.

Diez y siete dias después de su martirio, un santo presbítero llamado Asterio sacó del pozo el santo cuerpo, y le enterró en el cementerio de San Calepodio en la via Aureliana.

El año de 854 consiguió el conde san Everardo del papa León IV el cuerpo de san Calixto, y el año siguiente le mandó trasportar al monasterio de Cisoin, que el mismo conde había fundado, cuya iglesia se dedicó á nuestro santo; pero habiendo sujetado el monasterio de Cisoin á la iglesia de Reims el conde Rodolfo, hijo de san Everardo, el arzobispo Foulques ó Fulcon hizo trasladar á Reims el cuerpo de san Calixto para libertarle de los insultos de los Normandos; y en aquella santa iglesia es reverenciado con gran concurso del pueblo.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.