sábado, 10 de octubre de 2015
San Francisco de Borja, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Francisco de Borja, gloria de su ilustrísima casa, admiración de los príncipes cristianos, modelo de los más perfectos religiosos, y uno de los mayores santos de su siglo, nació al mundo el día 28 de octubre del año 1510, en la ciudad que comunica su nombre al ducado de Gandía. Fué hijo de don Juan de Borja, tercer duque de Gandía, y de doña Juana de Aragón, nieta del rey don Fernando el Católico. Pusiéronle el nombre de Francisco en cumplimiento del voto que había hecho á san Francisco de Asís la duquesa su madre hallándose muy apurada al tiempo de darle á luz. Desde su misma niñez comenzó á verificar el vaticinio de su futura santidad que había hecho su virtuosa abuela doña María Enríquez.
Eran el duque y la duquesa señores de tanta religión como piedad, por lo que se dedicaron cuidadosamente á inspirarle las más virtuosas máximas de una y otra desde los primeros asomos de la razón, en los inocentes ensayos de la infancia; y para no omitir diligencia alguna conducente á su mejor educación, le escogieron un ayo y un maestro, en quien lo virtuoso compitiese con lo hábil. Dióle muy poco que hacer el niño Francisco, en quien era natural la vehemente propensión á la virtud; y juntándose á un corazón noble, dócil y generoso un ingenio vivo, pronto, brillante y perspicaz, iban á la par los progresos en la virtud y el adelantamiento en las letras; tanto, que todos miraban con admiración aquella tierna piedad, que iba creciendo al paso de los años, cuando se observa con tanta frecuencia en otros niños, que, conforme se va despejando la razón, se van disminuyendo las buenas inclinaciones.
A los diez años de su edad perdió á la duquesa su madre, y se notó, no sin admiración, que su excesivo dolor de pérdida tan sensible no se redujo precisamente á desahogarse por muchos días en un torrente de lágrimas, sino á descargar sobre su tierno cuerpecito sangrientas disciplinas, que ofrecía por sufragio, para hacer más meritorias sus fervorosas oraciones, sin poderse averiguar quién había madrugado tanto á inspirar en el inocente niño aquel espíritu de mortificación y penitencia.
Era tío materno de Francisco don Juan de Aragón, arzobispo de Zaragoza; y enamorado de las grandes prendas que se iban asomando en su querido sobrino, quiso absolutamente que se criase dentro de su palacio. Dióle maestros muy hábiles que le perfeccionaron en las letras humanas; y habiéndole deparado por este tiempo la divina Providencia un sabio, prudente y virtuoso confesor de la religión de san Jerónimo, se aprovechó de tan oportuna como diestra y experimentada escuela para hacer maravillosos progresos en la ciencia de la salvación.
Vivían en la ciudad de Baza su bisabuela doña María de Luna, sus tías y sus hermanas; y habiendo pasado á visitarlas, cayó gravemente enfermo en aquella ciudad. Corrió gran peligro su vida, pero este peligro fué de orden inferior al que le expuso la resolución que se tomó de enviarle á la corte. Queriendo el duque su padre que se acostumbrase desde luego al género de vida á que parece le destinaba su mismo nacimiento, logró que entrase á servir con empleo correspondiente en el cuarto de la infanta doña Catalina, hermana de Carlos V. El mismo fué Francisco en el bullicio de palacio, que en la quietud de su familia.
Casóse la infanta con don Juan III, rey de Portugal, y el niño Borja se restituyó á Zaragoza al palacio de su tío para acabar la filosofía, en la que sobresalió mucho la brillantez de su ingenio. Así el arzobispo su tío, como el duque su padre, le observaban más inclinado al retiro de los claustros, que al estrépito del mundo; y para desviarle de aquella inclinación, determinaron enviarle segunda vez á la corte de Carlos V, con esperanza de que su genio dócil, franco y condescendiente poco á poco le iría inspirando distintas inclinaciones. Aun cuando en la vida de cortesano se hubiese eximido dichosamente del naufragio su inocencia, fué cierto que, á lo menos, se entibió su fervor.
Hallábase Francisco justamente en los diez y siete años de su edad, y la naturaleza había andado pródiga con él en todas las perfecciones que hacen á un joven cabal. El talle desembarazado, noble y ventajoso; la tez limpia, delicada y viva; ojos centelleantes, el aire naturalmente despejado, con no sé qué gracia particular en todos los movimientos; todos sus modales gratos, cultos, atentos, que respiraban nobleza y generosidad; ingenio sutil y fino, con cierta discreción pronta y juiciosa, acompañado todo de una modestia y de una compostura natural, que hacía mucho más amable este noble conjunto de prendas naturales; pero este mismo conjunto de que los hombres hacen tanta vanidad, exponía al joven Francisco á más evidentes riesgos.
Conociólos el joven Borja, y se pertrechó contra los vicios de la corte con la frecuencia de sacramentos y con una tierna devoción á la santísima Virgen. Supo encontrar el arte de hermanar los deberes de cortesano con las obligaciones de cristiano verdadero; dificultosa, pero muy posible mezcla, que mereció ganar no solo la estimación, sino el cariño del emperador y de la emperatriz doña Isabel. Prendada esta de tan nobles calidades como concurrían en Francisco, quiso que se casase con doña Leonor de Castro, dama de la misma emperatriz, á quien esta princesa amaba como á hija, reputada por la primera hermosura de palacio, y señora de una de las primeras casas de Portugal. Fué esta boda muy aplaudida del emperador, quien, para dar á Francisco alguna señal de su particular estimación, le hizo marqués de Lombay y caballerizo mayor de la emperatriz.
No vió el mundo matrimonio más igual, ni tampoco más feliz. Bendíjole Dios con posteridad tan numerosa y tan ilustre, que la mayor parte de la grandeza de España se gloria de la descendencia ó de la alianza de sus casas con la de san Francisco de Borja. Cuanto más de cerca trataba el emperador al nuevo marqués de Lombay, mayores fondos descubría en su virtud y en su mérito; tanto, que en breve tiempo las benignidades de favorecido pasaron á ser confianzas de privado. Estudiaban juntos las matemáticas, y por lo común acompañaba al emperador en la diversión de la caza. Era Francisco extrañamente aficionado á la de cetrería; pero acostumbrado ya á santificar todas sus acciones, mortificaba su curiosidad puntualmente cuando el objeto le llamaba con mayor viveza, privándose del inocente deleite que había buscado con tanta fatiga en el mismo punto en que el halcón iba á arrojarse sobre la presa.
Siendo ya confidente y árbitro de todos los secretos del emperador, le acompañó en la expedición de África, y también le siguió á la que intentó con menos felicidad sobre las costas de la Provenza, señalándose en todas ocasiones tanto por la prudencia en el consejo, como por el valor en la campaña. Padeció por este tiempo dos graves enfermedades, que comenzaron á disgustarle del mundo según los intentos de la divina Providencia; pero lo que más contribuyó á confirmarle este disgusto, fué la muerte de la emperatriz, que sucedió en Toledo el año de 1539.
Mandóle el emperador que condujese el cadáver á Granada, y al descubrirle para hacer la entrega, le halló tan horrorosamente desfigurado, que no se reconocía en él ni un solo rasgo de lo que había sido: espectáculo que le dejó fuera de sí; y comparando el presente horror con la pasada hermosura, resolvió no malograr sus servicios en obsequio de quien estuviese expuesto á igual miseria, sino consagrarlos todos á solo Dios. Restituido á la posada, encerrado en su cuarto, postrado en tierra, y deshaciéndose en lágrimas, comenzó á exclamar: «¡Ya, Señor, no; ya no más servir á dueño alguno que se me pueda morir!» En estos tiernos y desengañados afectos le cogió la hora de asistir á las reales exequias, y la oración fúnebre que pronunció en ellas el célebre maestro Ávila, acabó en su corazón la obra que había comenzado el horroroso cadáver; y acudiendo oportunamente los auxilios de la gracia, hizo voto de abrazar la vida religiosa si sobrevivía á la marquesa.
Nombróle el emperador virey de Cataluña, y le hizo comendador de la orden de Santiago; pero en todos los empleos fueron iguales los ejemplos y los efectos de su fervorosa conversión. Luego que tomó posesión de su gobierno, mudó de semblante toda la provincia. Purgóla de los ladrones que infestaban los caminos; corrigió los abusos que turbaban el régimen de los pueblos; reprimió la licencia; exterminó el vicio, y en breve se reconoció florecer en todo el principado de Cataluña la religión, la paz, la justicia y la abundancia; haciendo el santo virey tanto honor á la elevación del empleo con el esplendor de su magnificencia, como á la santidad de la religión con los ejemplos de su virtud.
Desde entonces comenzó á vivir como religioso en su palacio. Dedicaba todas las mañanas cuatro ó cinco horas á la oración; y, sin faltar en nada al despacho de los negocios públicos, se entregaba todo el tiempo que podía á ejercicios de caridad. Su mesa era ostentosa para los convidados, pero muy parca para el virey. Era su ayuno continuo, y, cuando se sentaba á la mesa, no era á comer, sino á mortificarse con alguna nueva invención. Correspondía la misericordiosa profusión en las limosnas á la rigurosa severidad de sus penitencias: todo pobre, todo desvalido sabía muy bien que en el virey tenía protector y padre. Todos los días rezaba el Rosario, acompañando la oración vocal con la meditación; y no contento con comulgar en público las fiestas más solemnes para la edificación, comulgaba en su oratorio todos los domingos del año para consuelo, para conservación y para aumento de su fervor.
Con motivo de esta sólida devoción se suscitaron varias disputas sobre la frecuente comunión; asunto en que se dividieron los pareceres de todas las universidades de España. Quiso el virey saber el dictamen de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, de cuyo nuevo instituto le había dado noticia el padre Antonio Araoz, célebre predicador, informándole individualmente de sus particularidades, como también de la santidad, de la prudencia y de los talentos de su ilustre fundador. Escribióle Borja consultándole el punto que se controvertía, y quedó tan satisfecho de su respuesta, que determinó acudir en adelante á aquel oráculo en todas las dudas que diesen lugar á esperar su decisión.
Ya por aquel tiempo eran largo asunto á la conversación y á la admiración de todos los príncipes de la Europa la prudencia y la santidad del virey de Cataluña, creciendo al paso de su fama la estimación y el amor que le profesaba Carlos V. Dióle las mayores pruebas de uno y de otro en las cortes de Monzón, donde en las familiares y frecuentes conversaciones que tuvo con él le descubrió su corazón, manifestando el emperador á Francisco la grande impresión que le hacían sus ejemplos.
Muerto el duque su padre, y entrando el virey á ser duque cuarto de Gandía, lejos de llenarle el corazón la nueva grandeza, renovó con su desengaño más vivas y más encendidas ansias del retiro. Costóle la licencia muchas representaciones, grandes instancias y repetidas súplicas. Rindióse en fin el emperador, y Francisco se retiró á la capital de sus estados. Apenas puso los pies en Gandía cuando reedificó el hospital, y dió principio á la fundación de un colegio de la Compañía, al mismo tiempo que estaba fundando un convento á los padres dominicos en su marquesado de Lombay. Entró á la parte en todas estas buenas obras del duque la virtuosa duquesa su mujer; pero cuando Francisco se prometía más dilatados auxilios de su amable compañía, le dejó viudo á los treinta y seis años de su edad, y en prendas de su amor dos hijos y tres hijas, que todos se enlazaron con las primeras casas de España, á excepción de la última hija, la cual se consagró á Dios en el convento de Santa Clara de Gandía.
La muerte de la duquesa dejó á Francisco con entera libertad para cumplir su antiguo voto. Duróle poco la indecisión sobre la elección del instituto. Conveníale mucho el de la Compañía por la circunstancia particular de cerrarse en él la puerta á las dignidades eclesiásticas; y habiendo hecho los ejercicios espirituales, siendo su director el padre Fabro, uno de los primeros profesos de la Compañía, reconoció tan visible la voluntad del Señor, que convirtió el voto general de religión en el particular de entrar en la Compañía de Jesús. Dió prontamente cuenta de todo á san Ignacio, que recibió esta noticia con el mayor consuelo; y aprobando su resolución, le envió una instrucción de lo que debía hacer para poner en ejecución sus fervorosos deseos. Aconsejóle que estudiase teología, y que recibiese el grado de doctor en su universidad de Gandía.
Pero como todavía restaban muchos negocios que arreglar en su familia, y crecían cada día en su corazón las ansias de cumplir el voto que había hecho, obtuvo licencia del papa para hacer los votos religiosos, y quedarse otros cuatro años más en el siglo. Luego que recibió el breve pontificio, hizo la profesión en su colegio de Gandía; y dejando el palacio en que vivía á su hijo primogénito, se retiró á otra casa para vacar más libremente á sus estudios y á los ejercicios de su nueva profesión.
La primera orden que recibió de su superior Ignacio fué que moderase sus rigores y sus excesivas penitencias. No hubo jamás religioso más arreglado. Levantábase regularmente á las dos de la mañana; empleaba seis horas en la meditación y en oraciones vocales; á las ocho se confesaba, oía misa, y comulgaba al fin de ella todos los días. Hasta la hora de comer estudiaba teología, y poco antes de sentarse á la mesa daba audiencia por breves instantes á sus vasallos y á los ministros de justicia. Comía, gastaba después una hora en conversación familiar con sus hijos y con sus criados; volvía á otro gran rato de estudio, y concluido este, daba puerta franca á cuantos tenían que hablarle. La mayor parte de la noche la pasaba delante del Santísimo Sacramento, y la aprovechaba también en macerar su cuerpo con sangrientas disciplinas. Su cama de allí adelante fué siempre una pobre alfombra, tendida sobre unos sarmientos; y toda su vida un continuo ejercicio de la más rigurosa penitencia.
Concluidos felizmente todos los negocios que le habían obligado á representar en lo exterior el papel de duque y de grande de España, recibió el grado de doctor, después de haber adquirido la ciencia y la suficiencia para merecerle. Hizo después su testamento en virtud de la facultad que el papa le concedió en un breve particular; y habiendo sido él mismo testamentario y ejecutor, partió en derechura á Roma, cuyo viaje no interrumpió sus diarios devotos ejercicios. Recibióle el papa Julio III con desacostumbrados honores, y hospedado en el colegio de la Compañía, recibió y pagó las visitas de toda la corte romana. Entregóse enteramente á la dirección de san Ignacio, y escribió al emperador dándole parte de sus intentos, y pidiéndole su imperial consentimiento para renunciar solemnemente sus estados, títulos y empleos.
Luego que se extendió por Roma esta noticia, así el papa como todo el sacro colegio pensó en honrar con la sagrada púrpura aquel grande ejemplo de virtud; lo que entendido por Francisco, todo sobresaltado, se salió de Roma repentinamente para volverse á España. Escondióse, por decirlo así, entre las peñas de la reducida provincia de Guipúzcoa, y visitó por devoción la casa de Loyola donde había nacido san Ignacio. Hallábase en Oñate cuando le llegó la respuesta del emperador, que recibió con inexplicable gozo; y luego que leyó la carta, postrado en tierra, rindió humildes gracias al Señor, porque ya en fin había llegado la dichosa hora de ver perfectamente cumplidas sus fervorosas ansias; renunció con solemnidad todo cuanto poseía en favor de su hijo primogénito, cortóse el cabello y se vistió la sotana de la Compañía.
El primer día de agosto de aquel mismo año se ordenó de sacerdote, y fué á celebrar su primera misa en la capilla de la casa de Loyola para satisfacer su devoción particular; pero se vió obligado á celebrar la segunda en campo descubierto para satisfacer la del público. Fué tan inmenso el concurso de los que quisieron recibir de su mano la sagrada comunión, que no pudo acabar la misa hasta las dos ó las tres de la tarde. Predicó después á toda aquella muchedumbre con tanta moción y con tanto fruto, que le obligaron muchas veces á interrumpir el sermón las lágrimas de los oyentes, seguidas (y este fué su mayor consuelo) de grandes y ruidosas conversiones.
Entretanto, solicitado el papa por las instancias del emperador, no menos que por su propia inclinación, pensaba hacer cardenal á nuestro santo. Todo estaba ya resuelto y prevenido, cuando san Ignacio supo representar con tanta viveza á su Santidad así sus razones como las del padre Francisco, que desistió de su intento, diciendo que las oraciones y los ruegos de los santos siempre eran eficaces. Dióle orden su general para que saliese del retiro de Guipúzcoa y pasase á la corte, donde el emperador y todos los grandes de España ansiosamente deseaban verle; obedeció, aunque le costó mucho sacrificio, el que premió Dios con los copiosos frutos que hicieron sus sermones, sus ejemplos, su modestia y sus conversiones particulares en Burgos, en Valladolid, donde se hallaba la corte á la sazón, en toda Castilla la Vieja, en Portugal y en toda la Andalucía.
Experimentando san Ignacio las bendiciones que echaba el cielo sobre todo aquello en que el padre Francisco ponía la mano, le hizo comisario general de España, de Portugal y de las Indias Orientales; pero al mismo tiempo que le nombraba superior de todos, le sujetó á la obediencia de otro padre en lo tocante á la dirección y gobierno de sus penitencias, que cada día eran más excesivas. Bendijo Dios sus trabajos y su zelo. No solo introdujo y fundó la Compañía en las doce ciudades más principales de España, sino que renovó el primitivo fervor en no pocos monasterios, reformó las costumbres en las provincias y en la corte, resucitó la devoción á la santísima Virgen, introdujo en todas partes la frecuencia de sacramentos, y solo con dejarse ver, movía y enternecía á todos hasta derramar muchas lágrimas.
Murió Ignacio, y Francisco sintió su muerte; pero la sintió como santo. El miedo de que, si volvía á Roma, se avivase más en el papa el pensamiento de hacerle cardenal, que nunca había depuesto del todo, le hizo encontrar mil razones para excusarse de asistir á la elección de nuevo general. El padre Laínez, que sucedió á san Ignacio, quería tener á Borja cerca de sí; pero como aconteció por este tiempo el retiro del emperador al monasterio de Yuste, se vió precisado á dejarle todavía en España.
Deseaba Carlos V ver al padre Francisco; y no ignorando éste las malignas impresiones de que habían imbuido en Alemania el ánimo de aquel príncipe contra su sagrada religión los enemigos de la Iglesia y de la Compañía, pasó al punto á visitarle. Recibióle el emperador con las mayores demostraciones de amor y de estimación; tuvo con él diferentes conversaciones sobre las reglas, el espíritu y el fondo de su instituto; quedando tan desengañado, que no solo formó un alto concepto del mérito de Francisco, sino también el más superior aprecio de la excelencia y de la santidad de su nueva religión. Honróle más que nunca con su imperial benevolencia, y le encargó varias comisiones para las cortes de España y de Portugal, que desempeñó Francisco felizmente, acompañando siempre á todas sus empresas el zelo de la salvación de las almas.
Había nacido la Compañía de Jesús en el monte de los mártires; quería Dios que se criase en medio de las persecuciones á imitación del divino Salvador, con cuyo nombre se honraba, y permitió que por entonces fuese perseguida furiosamente en España. Conjuró Borja dichosamente todas aquellas tempestades, y en breve tiempo se descubrió el cielo sereno. Murió el emperador Carlos V; pronunció Francisco su oración fúnebre en presencia de toda la corte, y todos convinieron en que aquel gran emperador había sido dichoso, mereciendo los elogios de un hombre tan santo y de un juez tan íntegro, justo apreciador del mérito verdadero.
Padeció el santo por este tiempo una grave enfermedad; convaleció de ella, y habiendo hecho la visita de todos los colegios de la Compañía que había en Portugal, habiendo predicado la cuaresma en la catedral de Évora, y habiendo visitado al célebre don fray Bartolomé de los Mártires, que acababa de fundar un colegio de jesuítas en su ciudad arzobispal de Braga; estando en la ciudad de Oporto, tuvo noticia (sin que le causase la menor inmutación) de que la inquisición de España había condenado un libro espiritual que corría con su nombre.
Siendo duque de Gandía, había compuesto para su uso particular dos trataditos espirituales sobre la humildad, que toda la vida fué su querida virtud, intitulados, el uno: Espejo del hombre cristiano; y el otro, Colirio espiritual. Ambos se habían impreso sin noticia suya en diversas ciudades del reino; pero viendo los libreros que era corta la ganancia por lo reducido del volumen, resolvieron abultarle, añadiendo á los dos tratadillos del padre Francisco otros once de diferentes autores sobre materias espirituales; y para asegurar el despacho á todos, los intitularon Obras del duque de Gandía. Con este título salieron en el edicto de la inquisición ó en el expurgatorio, sin hacerse distinción de las que eran obras del santo y de las que no lo eran. No había cosa más fácil para Francisco que justificarse; pero no se lo permitió su amor á la humillación, queriendo más padecer aquel sonrojo, entregándose al silencio, que perder el mérito de la humildad volviendo por su causa.
Los padres Laínez y Salmerón tenían que pasar al concilio de Trento como teólogos del papa, por lo que recibió Borja una orden de su general para que se transfiriese á Roma á ejercer el oficio de vicario suyo durante el tiempo de su ausencia. Desempeñó este empleo con tan universal aplauso, que, muerto el padre Laínez el año de 1565, fué electo general, sin que hiciesen fuerza sus razones ni sus ruegos. Aplaudió el mundo esta elección, que costó á Francisco muchas lágrimas, y necesitó largo tiempo para enjugarlas.
Muy desde luego experimentó la Compañía las bendiciones que echó el cielo sobre su feliz gobierno. Propagóse aquella con asombrosa multitud de casas por uno y otro mundo, creciendo aun más que las mismas fundaciones el fervor en la virtud y la aplicación al estudio de las letras. Reconocióse cada día más ardiente el zelo de los operarios evangélicos bajo la dirección de tal jefe; y á las órdenes de un general santo brillaba en todas partes la santidad de aquella tierna y recién nacida Compañía. Dió nuevo vigor á sus constituciones; enriqueció su instituto con prudentísimos reglamentos; y puso, por decirlo así, la última mano tanto á la disciplina regular, como al régimen más acertado de la escuela.
El papa san Pío V hizo muchas ventajas á sus predecesores en la grande estimación que profesó á nuestro santo, y en los favores con que honró á su religión. Apreciaba mucho sus consejos, y consultaba á Borja en casi todas las necesidades de la Iglesia. No hubo provincia en la cristiandad adonde su caridad no se extendiese; no hubo país inficionado del error que no experimentase los efectos de su zelo.
El único privilegio que juzgó le concedía aquella suprema prefectura, era no reconocer ya superior dentro de la religión que pudiese poner límites á los rigores de sus penitencias. Mortificaba su cuerpo con todos los modos que podía inventar una ingeniosa crueldad. Confesaba que sería para él intolerable la vida si se pasase un solo día sin solicitar que experimentase su carne algún extraordinario dolor. No contaba los ayunos en el número de las penitencias; las disciplinas eran de ochocientos golpes; repetíalas muchas veces al día, de manera que sus espaldas eran una sola llaga.
Pero bien se puede decir que su principal virtud fué la humildad. Ningún hombre se despreció más á sí mismo; ninguno deseó con mayores veras ser despreciado de los demás. Firmábase por lo común Francisco Pecador. De las mismas dignidades á que le elevaban sabía aprovecharse diestramente para humillarse más, y confesó con ingenuidad á un confidente suyo que para él no había gusto ni alegría más sensible que cuando le maltrataban. Así, pues, no hay ya de qué admirarse si Dios inundaba aquel corazón con torrentes de espirituales delicias, destellos anticipados de los gozos de la gloria. Era su oración un éxtasis continuado, y sus dulcísimas lágrimas en el santo sacrificio de la misa efecto del ardor de aquel corazón abrasado en el amor de su Dios. Bastaba pronunciar en su presencia los santos nombres de Jesús y de María para observar sus ojos arrasados en tiernas lágrimas, y todo inflamado su semblante.
Por su extraordinaria devoción á la santísima Virgen se puso en camino para Loreto en lo más fuerte de una violenta enfermedad: luego que partió, comenzó esta á ceder; y, cuando llegó al término de su peregrinación, se halló enteramente sano. Nombróle el papa para que acompañase al cardenal Alejandrino, su nepote, en las legacías de España, Francia y Portugal. En todas partes dejó un admirable olor de su santidad; en todas las cortes renovó el zelo de la religión; y no contentándose con el oficio de medianero de la paz, ejercitó el ministerio de predicador apostólico.
Al volver á Roma, cayó gravemente enfermo en Ferrara á tiempo que estaba junto el cónclave de los cardenales, donde seriamente se pensó en hacerle papa; pero con la noticia de su enfermedad y con la memoria del tesón con que por siete veces se resistió á admitir el capelo, se dejó aquel pensamiento. Prosiguió en su rigor la enfermedad, y tomó el camino de Roma por Loreto, donde satisfizo su ardiente devoción á la santísima Virgen. Llegó á Roma muy postrado, y no quiso admitir más visitas que las de sus hermanos. Envió uno de ellos al papa pidiéndole su bendición y una indulgencia plenaria de sus pecados. Recibió los sacramentos con extraordinario fervor; pidió perdón á los padres de los malos ejemplos que le parecía haberles dado; recogióse en oración; elevóse su espíritu á Dios por un éxtasis maravilloso; volvió de él, y lleno de aquella confianza que acompaña á los santos hasta el último suspiro, entregó tranquilamente el alma á su Criador el día primero de octubre del año 1572, al ir á cumplir los sesenta y dos de su edad.
Luego que espiró, todos los padres de la casa profesa, testigos de la santidad de sus obras y de los milagros de su vida, se hincaron de rodillas para implorar su intercesión. Hallábase presente don Tomás de Borja, hermano del santo, y deseoso con devota curiosidad de ver por sí mismo la piel vacía, correspondiente al estómago, que le doblaba toda la cintura, efecto portentoso de sus ayunos y de sus penitencias, todas las veces que para este fin aplicó la mano debajo de la sotana la sintió inflamada, entorpecida y sin movimiento. Así depone esta maravilla el mismo señor en la relación de las virtudes y milagros de su santo hermano, que compuso siendo arzobispo de Zaragoza; y compulsada en los procesos verbales de su beatificación y canonización, se halló en todo conforme con las deposiciones de todos los demás testigos.
El prodigioso concurso del pueblo que acudió á su entierro fué como la voz de Dios que publicaba la gloria de su fiel siervo. No hubo cardenal ni prelado que no quisiese besarle los pies. Colocóse por entonces el precioso depósito de su cuerpo en la iglesia antigua de la casa profesa, donde fué venerado por la devoción particular de los fieles hasta el año de 1617. El día 23 de febrero del mismo año le pasaron á la sacristía de la misma casa; algunos días después le transfirieron á la iglesia de Jesús, y de esta el cardenal duque de Lerma, primer ministro de estado de Felipe III, y nieto de nuestro santo, logró con su autoridad y valimiento trasladarle á la corte de Madrid, donde fué colocado en la suntuosa iglesia de la casa profesa de la Compañía, que el mismo cardenal había edificado á sus expensas, celebrándose esta traslación con grande solemnidad.
Luego que el santo fué beatificado por el papa Urbano VIII en 24 de noviembre de 1624, le escogió la villa de Madrid por su protector, juntamente con san Isidro labrador, su principal patrono: disposición admirable de la divina Providencia para que los grandes del mundo tuviesen á la vista dos ejemplos que por caminos diferentes les enseñasen á usar cristianamente de la grandeza de la tierra: el de Isidro, despreciándola teniendo delante de los ojos un pobre labrador elevado á tanta gloria; el de Borja, aprovechándose de ella, con un grande de España á la vista, venerado en los altares. Aceleró mucho su canonización el crecido número de milagros que obró Dios por intercesión de nuestro santo; y terminada felizmente por el papa Clemente X, el año de 1671, fué solemnizada con grandes fiestas en los pueblos de España. Su fiesta se celebró al principio el día... Inocencio XII.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.