viernes, 9 de octubre de 2015
San Juan Leonardi, Confesor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (2 Cor. 4, 1-6, 15-18)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Corinthios Fratres: Habéntes administratiónem juxta quod misericórdiam consecúti sumus, non defícimus, sed abdicámus occúlta dedécoris, non ambulántes in astútia, neque adulterántes verbum Dei, sed in manifestatióne veritátis commendántes nosmetípsos ad omnem consciéntiam hóminum coram Deo. Quod si étiam opértum est Evangélium nostrum: in iis, qui péreunt, est opértum: in quibus Deus hujus sǽculi excæcávit mentes infidélium, ut non fúlgeat illis illuminátio Evangélii glóriæ Christi, qui est imágo Dei. Non enim nosmetípsos prædicámus, sed Jesum Christum Dóminum nostrum: nos autem servos vestros per Jesum: quóniam Deus, qui dixit de ténebris lucem splendéscere, ipse illúxit in córdibus nostris ad illuminatiónem sciéntiæ claritátis Dei, in fácie Christi Jesu. Omnia enim propter vos: ut grátia abúndans, per multos in gratiárum actione, abúndet in glóriam Dei. Propter quod non deficimus: sed licet is, qui foris est, noster homo corrumpátur: tamen is, qui intus est, renovatur de die in diem. Id enim, quod in præsenti est momentáneum et leve tribulatiónis nostræ, supra modum in sublimitáte ætérnum glóriæ pondus operátur in nobis, non contemplántibus nobis quæ vidéntur, sed quæ non vidéntur. Quæ enim vidéntur, temporália sunt: quæ autem non vidéntur, ætérna sunt.
Por lo cual teniendo nosotros este ministerio de predicar la nueva ley, en virtud de la misericordia que hemos alcanzado de Dios, no decaemos de ánimo; antes bien desechamos lejos de nosotros las ocultas infamias o disimulos vergonzosos de los falsos hermanos, no procediendo con artificio, ni alterando la palabra de Dios, sino alegando únicamente en abono nuestro para con todos aquellos que juzguen de nosotros según su conciencia, la sinceridad con que predicamos la verdad delante de Dios. Que si todavía nuestra buena nueva está encubierto, es solamente para los que se pierden para quienes está encubierta; para esos incrédulos cuyos entendimientos ha cegado el Dios de este siglo, para que no les alumbre la luz de la buena nueva de la gloria de Cristo , el cual es la imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, Señor nuestro, haciéndonos siervos vuestros por amor de Jesús . Porque Dios, que dijo que la luz saliese o brillase de en medio de las tinieblas, él mismo ha hecho brillar su claridad en nuestros corazones, a fin de que nosotros podamos iluminar a los demás por medio del conocimiento de la gloria de Dios, según que ella resplandece en Jesucristo. Pues todas las cosas que pasan en nosotros se hacen por causa de vosotros, a fin de que la gracia esparcida con abundancia, sirva a aumentar la gloria de Dios por medio de las acciones de gracias que le tributarán muchos. Por lo cual no desmayamos; antes aunque en nosotros el hombre exterior o el cuerpo se vaya desmoronando, el interior o el espíritu se va renovando de día en día. Porque las aflicciones tan breves y tan ligeras de la vida presente nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria, y así no ponemos nosotros la mira en las cosas visibles, sino en las invisibles. Porque las que se ven, son transitorias; mas las que no se ven, son eternas. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 8 sobre 2 Corintios — San Juan Crisóstomo
Por tanto, teniendo este ministerio, según la misericordia que hemos alcanzado, no desfallecemos, sino que hemos renunciado a las cosas ocultas de la vergüenza.
Como había proferido grandes cosas y se había puesto a sí mismo y a todos los fieles por encima de Moisés, consciente de la altura y grandeza de lo que había dicho, observad cómo modera de nuevo su tono. Pues era menester, a causa de los falsos apóstoles, exaltar también a sus oyentes, y de nuevo apaciguar aquella hinchazón; mas no suprimirla del todo, porque esto sería propio de un hombre frívolo. Por eso lo dispone de otra manera, mostrando que no fue por los propios méritos de ellos, sino todo por la bondad amorosa de Dios. Por lo cual dice también: Por tanto, teniendo este ministerio. Pues nada más aportamos, sino que nos hicimos ministros y nos pusimos al servicio de las cosas dadas por Dios. Por eso no dijo «larguesa» ni «provisión», sino «ministerio». Y ni aun con esto se contentó, sino que añadió: según la misericordia que hemos alcanzado. Porque aun esto mismo, dice, el servir a estas cosas, es de misericordia y de bondad amorosa. Y sin embargo, propio de la misericordia es librar de los males, no dar además tantos bienes; mas la misericordia de Dios abarca también esto.
No desfallecemos. Y también esto ha de atribuirse a su bondad amorosa. Pues la cláusula según la misericordia que hemos alcanzado tomadla como dicha en referencia tanto al ministerio como a las palabras no desfallecemos. Y observad con cuánto empeño procura rebajar lo suyo propio. «Porque —dice— que quien ha sido juzgado digno de tales y tan grandes cosas, y esto sólo por misericordia y bondad amorosa, muestre tales trabajos, y afronte peligros, y soporte tentaciones, no es cosa grande. Por eso no sólo no nos abatimos, sino que hasta nos gozamos y hablamos con confianza.» Así, habiendo dicho no desfallecemos, añadió:
Antes bien, hemos renunciado a las cosas ocultas de la vergüenza, no procediendo con astucia, ni adulterando la palabra de Dios. ¿Y cuáles son las cosas ocultas de la vergüenza? No profesamos ni prometemos —dice— grandes cosas, y en nuestras obras mostramos otras, como hacen ellos; por lo cual dijo también: Miráis las cosas según la apariencia exterior; mas nosotros somos tales cuales parecemos, sin tener doblez alguna, ni diciendo y haciendo aquello que deberíamos ocultar y encubrir con vergüenza y rubor. Y para interpretar esto, añadió: no procediendo con astucia. Pues lo que ellos tenían por alabanza, eso él demuestra ser vergonzoso y digno de desprecio. Mas ¿qué es con astucia? Tenían fama de no tomar nada, pero tomaban y lo mantenían en secreto; tenían carácter de santos y de apóstoles probados, pero estaban llenos de innumerables males. Nosotros, empero —dice—, hemos renunciado a estas cosas (pues éstas son las que también llama las cosas ocultas de la vergüenza), siendo tales cuales parecemos, y sin mantener nada encubierto. Y esto no sólo en nuestra vida, sino también en la Predicación misma. Pues esto significa: ni adulterando la palabra de Dios.
Sino por la manifestación de la verdad. No por el semblante y la ostentación exterior, sino por la prueba misma de nuestras obras.
Recomendándonos a la conciencia de todo hombre. Pues no sólo a los creyentes, sino también a los incrédulos, somos manifiestos; expuestos ante todos para que examinen nuestras obras, como quieran; y con esto nos recomendamos, no representando un papel ni llevando una máscara engañosa. Decimos, pues, que nada tomamos, y os llamamos por testigos; decimos que no tenemos conciencia de maldad alguna, y de esto también recibimos de vosotros el testimonio, no como aquéllos, los falsos apóstoles, que, encubriendo sus cosas, engañan a muchos. Nosotros, en cambio, exponemos nuestra vida ante todos los hombres, y descubrimos la Predicación, de suerte que todos la comprendan.
Luego, como los incrédulos no conocían su poder, añadió que esto no es culpa nuestra, sino de la propia insensibilidad de ellos. Por lo cual dice también: Y si nuestro Evangelio está aún velado, en los que se pierden está velado; en los cuales el dios de este siglo cegó los ojos de los incrédulos.
Como dijo también antes: Para unos, olor de muerte para muerte; para otros, olor de vida para vida, así habla también aquí. Mas ¿qué es el dios de este siglo? Los que están contagiados de las opiniones de Marción afirman que esto se dice del Creador, que sería sólo justo y no bueno; pues dicen que hay cierto Dios justo y no bueno. Y los maniqueos dicen que aquí se designa al diablo, queriendo, a partir de este pasaje, introducir otro creador del mundo además del verdadero, muy insensatamente. Porque la Escritura suele emplear a menudo el término «dios», no atendiendo a la dignidad del así llamado, sino a la flaqueza de los que le están sujetos; como cuando llama señor a Mammón, y dios al vientre. Mas ni por eso es el vientre dios, ni Mammón señor, sino solamente de aquellos que se postran ante ellos. Nosotros, empero, afirmamos de este pasaje que no se dice ni del diablo ni de otro creador, sino del Dios del universo, y que ha de leerse así: Dios ha cegado las mentes de los incrédulos de este siglo. Pues el siglo venidero no tiene incrédulos, sino sólo el presente. Y si alguno lo leyere aun de otro modo, a saber, el dios de este siglo, tampoco esto da asidero alguno, pues no muestra que Él sea el Dios de este siglo solamente. Porque es llamado el Dios del cielo, y sin embargo no es Dios sólo del cielo; y decimos «Dios del día presente», y no lo decimos limitando su poder a él solo. Y además es llamado el Dios de Abrahán, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob, y sin embargo no es Dios de ellos solos. Y muchos otros testimonios semejantes puede uno hallar en las Escrituras. ¿Cómo, pues, los ha cegado? No obrando para este fin: ¡lejos tal pensamiento! Sino tolerándolo y permitiéndolo. Porque es propio de la Escritura hablar así, como cuando dice: Dios los entregó a un sentido reprobo. Pues cuando ellos mismos primero se hicieron incrédulos, y se hicieron indignos de ver los misterios, Él también en adelante lo permitió. Mas ¿qué convenía que hiciese? ¿Atraerlos por fuerza, y revelarse a los que no querían ver? Pero así habrían despreciado aún más, y tampoco habrían visto. Por lo cual añadió también:
Para que no resplandezca en ellos la luz del Evangelio de la gloria de Cristo. No para que descrean de Dios, sino para que la incredulidad no viese cuáles son las cosas de dentro, como también nos lo mandó al ordenar que no arrojásemos las perlas ante los puercos. Porque si Él se hubiera revelado aun a los que descreen, su enfermedad se habría agravado más. Pues si uno obliga al que padece oftalmía a mirar los rayos del sol, más bien acrecienta su dolencia. Por eso los médicos hasta los encierran en la oscuridad, para no agravar su mal. Así también aquí hemos de considerar que estas personas se hicieron incrédulas por sí mismas, y, hechas tales, ya no vieron las cosas secretas del Evangelio, excluyéndolas Dios en adelante de sus rayos. Como dijo también a los discípulos: Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven. Mas lo que digo puede aclararse también con un ejemplo: supóngase un griego que tiene nuestra religión por fábulas. Éste, pues, ¿en qué se aprovechará más: entrando y viendo los misterios, o quedándose fuera? Por eso dice: Para que no resplandezca en ellos la luz, deteniéndose todavía en la historia de Moisés. Porque lo que a los judíos les sucedió en el caso de éste, eso les sucede a todos los incrédulos en el caso del Evangelio. Y ¿qué es lo que queda en sombra, y no se les ilumina? Oídle decir: Para que no resplandezca en ellos la luz del glorioso Evangelio de Cristo, que es la imagen de Dios. A saber: que la Cruz es la salvación del mundo, y su gloria; que este mismo Crucificado ha de venir con mucho esplendor; y todas las demás cosas, las presentes, las venideras, las visibles, las invisibles, el inefable esplendor de las cosas esperadas. Por eso dijo también resplandecer, para que no busquéis aquí el todo, pues lo que aquí se da es sólo, por así decir, un pequeño amanecer del Espíritu. Por eso también antes, indicando esto, habló de olor; y de nuevo, de arras, mostrando que la mayor parte permanece allá. Mas, con todo, todas estas cosas les han sido ocultadas; y les fueron ocultadas porque primero descreyeron. Luego, para mostrar que no sólo ignoran la gloria de Cristo, sino también la del Padre, puesto que no conocen la suya, añadió: que es la imagen de Dios. Porque no os detengáis sólo en Cristo. Pues así como por Él veis al Padre, así, si ignoráis la gloria de Él, tampoco conoceréis la del Padre.
Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús. Y ¿cuál es la naturaleza de la conexión aquí? ¿Qué tiene esto de común con lo dicho? O bien alude a ellos como quienes se exaltaban a sí mismos y persuadían a los discípulos a llamarse con sus nombres, según dijo en la Epístola anterior: Yo soy de Pablo, y yo de Apolo; o bien otra cosa de la mayor gravedad. ¿Cuál es, pues, ésta? Como ellos les hacían feroz guerra y por todas partes maquinaban contra ellos, dice: «¿Acaso es contra nosotros con quienes peleáis y guerreáis? Antes bien, contra Aquel que es predicado por nosotros, pues no nos predicamos a nosotros mismos. Yo soy siervo, yo soy sólo ministro, aun de los que reciben el Evangelio, obrándolo todo por Otro, y por su gloria haciendo cuanto hago. De suerte que, al guerrear contra mí, echáis por tierra lo que es suyo. Porque tan lejos estoy de volver en provecho propio parte alguna del Evangelio, que ni siquiera rehusaré ser siervo vuestro por amor de Cristo; pues le plugo honraros así, pues así os amó e hizo todas las cosas por vosotros.» Por lo cual dice también: y a nosotros como siervos vuestros por amor de Cristo. ¿Veis un alma pura de vanagloria? «Porque en verdad —dice— no sólo no tomamos para nosotros nada de lo de nuestro Maestro, sino que aun a vosotros nos sometemos por amor de Él.»
Porque Dios, que dijo: De las tinieblas brille la luz, es quien ha brillado en vuestros corazones.
¿Veis cómo de nuevo, a los que deseaban ver aquella gloria sobreeminente, digo la de Moisés, se la muestra fulgurando con brillo añadido? «Así como sobre el rostro de Moisés, así también ha brillado en vuestros corazones», dice. Y primero les trae a la memoria lo que fue hecho al principio de la creación, la luz sensible y las tinieblas sensibles, mostrando que esta creación es mayor. Y ¿dónde mandó que la luz brillase de las tinieblas? En el principio y como preludio de la creación; pues dice: Las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Y dijo Dios: Hágase la luz, y la luz fue hecha. Mas entonces, en verdad, dijo: Hágase, y fue hecha; pero ahora nada dijo, sino que Él mismo se hizo Luz para nosotros. Pues no dijo «también ahora ha mandado», sino que Él mismo ha brillado. Por eso tampoco vemos los objetos sensibles por el brillo de esta Luz, sino a Dios mismo por medio de Cristo. ¿Veis la invariabilidad en la Trinidad? Pues del Espíritu dice: Mas todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Señor, que es Espíritu. Y del Hijo: Para que no resplandezca en ellos la luz del glorioso Evangelio de Cristo, que es la imagen de Dios. Y del Padre: El que dijo que de las tinieblas brillase la luz, ha brillado en vuestros corazones, para dar la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo. Porque así como, habiendo dicho: Del Evangelio de la gloria de Cristo, añadió: que es la imagen de Dios, mostrando que estaban privados también de la gloria de Él; así, después de decir el conocimiento de Dios, añadió en el rostro de Cristo, para mostrar que por Él conocemos al Padre, así como también por el Espíritu somos llevados a Él.
Homilía 8 sobre 2 Corintios, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Luc. 10, 1-9)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Designávit Dóminus et álios septuagínta duos: et misit illos binos ante fáciem suam in omnem civitátem et locum, quo erat ipse ventúrus. Et dicebat illis: Messis quidem multa, operárii autem pauci. Rogáte ergo Dóminum messis, ut mittat operários in messem suam. Ite: ecce, ego mitto vos sicut agnos inter lupos. Nolíte portáre sácculum neque peram neque calceaménta; et néminem per viam salutavéritis. In quamcúmque domum intravéritis, primum dícite: Pax huic dómui: et si ibi fúerit fílius pacis, requiéscet super illum pax vestra: sin autem, ad vos revertétur. In eádem autem domo manéte, edéntes et bibéntes quæ apud illos sunt: dignus est enim operárius mercéde sua. Nolíte transíre de domo in domum. Et in quamcúmque civitátem intravéritis, et suscéperint vos, manducáte quæ apponúntur vobis: et curáte infírmos, qui in illa sunt, et dícite illis: Appropinquávit in vos regnum Dei.
Después de esto eligió el Señor otros setenta y dos discípulos, a los cuales envió delante de él, de dos en dos. Por todas las ciudades y lugares adonde había de venir él mismo. Y les decía: La mies de la verdad es mucha, mas los trabajadores pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id vosotros, he aquí que yo os envío a predicar como corderos entre lobos. No llevéis bolsillo ni alforja, ni zapatos, ni os paréis a saludar a nadie por el camino. Al entrar en cualquier casa, decid ante todas las cosas: La paz sea en esta casa; que si en ella hubiere algún hijo de la paz, descansará vuestra paz sobre él; donde no, se volverá a vosotros. Y perseverad, en aquella misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan; pues el que trabaja, merece su recompensa. No andéis pasando de casa en casa. En cualquier ciudad que entrareis y os hospedaren, comed lo que os pusieren delante, y curad a los enfermos que en ella hubiere, y decidles: El reino de Dios está cerca de vosotros. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 10, 1-9 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Cirilo. Había dicho el Señor, por medio de sus profetas, que la predicación del Evangelio no sólo se extendería a todos los pueblos de Israel, sino también a todos los gentiles. Por esto el Señor no sólo escogió doce apóstoles, sino que instituyó también otros setenta y dos. Por lo que se dice: "Y después de esto señaló el Señor también otros setenta y dos", etc.
Beda. Oportunamente fueron enviados setenta y dos, porque había de predicarse el Evangelio a otras tantas naciones en el mundo. Y así como antes había escogido doce, a causa de las doce tribus de Israel, así ahora éstos son escogidos para enseñar a las gentes de fuera.
San Agustín, de quaest. evang. 2, 14. Como en el espacio de veinticuatro horas la luz recorre e lumina todo el mundo, así la función de ilustrar al universo por el misterio de la Trinidad se confía a setenta y dos discípulos, porque veinticuatro repetido tres veces hace setenta y dos.
Beda. Así como no hay quien dude que los doce apóstoles representaban a los obispos, así estos setenta y dos fueron la figura de los presbíteros (esto es, los sacerdotes de segundo orden). Sin embargo, en los primeros siglos de la Iglesia (como se sabe por tradición apostólica), unos y otros se llaman obispos y presbíteros; el uno significa madurez de sabiduría, y el otro cuidado del cargo pastoral.
San Cirilo. Esto ya lo había prefigurado Moisés, eligiendo setenta por orden de Dios ( Núm 11), a quienes Dios infundía su divino Espíritu. También se dice en el libro de los Números ( Núm 33), que los hijos de Israel vinieron a Elim (que quiere decir ascenso), y encontraron allí doce fuentes de agua viva y setenta palmeras. Aspirando nosotros así al ascenso espiritual, encontraremos doce fuentes (esto es, los santos apóstoles, de quienes sacamos la ciencia de la salvación, como de la fuente del Salvador), y setenta palmeras, es decir, éstos que ahora son destinados por Cristo. Es la palmera un árbol de buena médula, profunda raíz, fértil, y que siempre se cría junto a las aguas; es también alta y extiende hacia arriba sus ramas.
San Cirilo. Prosigue: "Y los envió de dos en dos".
San Gregorio, hom. 17, in Evang. Los mandó así, porque dos son los preceptos de la caridad: el amor de Dios y el del prójimo; y entre menos de dos no puede haber caridad. Esto nos indica que, quien no tiene caridad con sus hermanos, no debe tomar el cargo de predicador.
Orígenes. Así como los doce apóstoles fueron nombrados de dos en dos, como en el catálogo de ellos demuestra San Mateo, así que sirviesen también de dos en dos a la palabra de Dios parece que es antiguo. Sacó el Señor a Israel de Egipto por medio de Moisés y Aarón ( Ex 12); Josué y Caleph, unidos, apaciguaron al pueblo sublevado por doce exploradores ( Núm 13;14). Por lo que se dice: "Un hermano ayudado por otro es como una ciudad fortificada" ( Prov 18,19).
San Basilio. También dio a entender aquí que, si algunos son iguales en dones espirituales, esto no dejará que prevalezca en ellos la pasión de la opinión propia.
San Gregorio in Evang. hom. 17. Se añade muy oportunamente: "Delante de El, a toda ciudad y lugar, a donde El había de venir". El Señor sigue a sus predicadores. La predicación prepara y entonces el Señor viene a vivir en nuestra alma, cuando preceden las palabras de la exhortación y la verdad se recibe así en la mente. Por esto dice Isaías a los predicadores ( Is 40,3): "Preparad los caminos del Señor, enderezad las sendas que a El conducen".
Teofilato. El Señor había designado discípulos a causa de la multitud que necesitaba de instructores. Porque así como nuestros campos, cuando están espigados, necesitan muchos espigadores, así los que habían de creer, como eran innumerables, necesitaban de muchos doctores. Por lo que sigue: "La mies ciertamente es mucha".
Crisóstomos. Y ¿cómo llama mies a lo que aún no ha nacido? Todavía no ha arado, ni ha abierto surcos y ya habla de las mieses. Podían, pues, los discípulos vacilar, meditar entre sí y decir: ¿Cómo será posible que nosotros, tan pocos en número, podamos convertir a todo el mundo; los sencillos a los sofistas, los desnudos a los vestidos, los súbditos a los que dominan? Para que no se turbasen con la reflexión de todo esto, llama al Evangelio mies, como diciendo: Todo está preparado. Os envío a la recolección ya preparada de frutos; en el mismo día podéis sembrar y coger. Así como el colono disfruta viendo el estado de sus mieses, así vosotros debéis salir mucho más contentos al mundo; porque ésta es la mies y yo os presento los campos ya preparados.
San Gregorio ut sup. Pero no sin tristeza podemos decir lo que sigue: "Los trabajadores son pocos". Porque, aun cuando hay muchos que oyen, hay muy pocos que predican. El mundo está lleno de sacerdotes, pero en la siega del Señor son pocos los que se ocupan, pues aceptamos el cargo sacerdotal pero no cumplimos los deberes de este cargo.
Beda. Así como la abundancia de mies es toda la turba de los creyentes, así los pocos operarios son los apóstoles y los imitadores de ellos, que son enviados a la mies.
San Cirilo. Como los campos dilatados exigen mayor número de trabajadores, así la multitud de los que habían de creer en Cristo. Por lo que prosigue: "Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe trabajadores a su mies". Obsérvese que cuando dijo: "Rogad al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies", los envió El después. Luego El es el Señor de la mies, y por El y con El Dios Padre lo domina todo.
Crisóstomo, hom. 33, in Matth. Después los multiplicó, no añadiendo al número, sino dándoles poder. Insinúa que es un gran don que se envíen operarios a la mies divina, por eso dice que debe rogarse al Señor de la mies.
San Gregorio, in Evang. hom. 17. Por esto debe invitarse a los súbditos a que rueguen por sus pastores para que trabajen dignamente y su lengua no cese de exhortar. Muchas veces la lengua de los predicadores se restringe por su indignidad; pero otra gran culpa de los súbditos es que se retire la palabra de la predicación a quienes los gobiernan.
San Cirilo. Dice San Lucas a continuación que los setenta discípulos aprendieron de Cristo la erudición apostólica, la modestia, la inocencia, la equidad. Aprendieron a no preferir cosa alguna del mundo a las santas predicaciones y a aspirar de tal modo a la fortaleza del alma que no temiesen ningún terror, ni la misma muerte. Por lo que dice: "Id".
Crisóstomo, in Mat. hom. 34. La virtud del que los enviaba era su consuelo en todos los peligros. Por ello dice: "He aquí que yo os envío". Como si dijese: Esto basta para vuestro consuelo, esto es suficiente para esperar y no temer los males que puedan sobrevenir; lo que significa cuando añade: "Como corderos entre lobos".
Isidoro Abad. Dando a conocer la sencillez y la inocencia de los discípulos, pues no llama corderos, sino cabritos, a los que son irascibles e injurian a la naturaleza con sus excesos.
San Ambrosio. Son contrarios entre sí estos animales, por lo que son devorados unos por otros, esto es, los corderos por los lobos. Pero el buen Pastor no quiere que su rebaño tema a los lobos. Por tanto, estos discípulos no fueron enviados como presa, sino a extender la gracia; pues la solicitud del buen Pastor hace que los lobos nada puedan emprender contra los corderos. Luego envía a los corderos entre los lobos para que se realizara aquella profecía: "Entonces los lobos y los corderos se apacentarán juntos" ( Is 65,25).
Crisóstomo hom. 14. Esto fue indicio manifiesto del gran triunfo, que, estando los discípulos rodeados de enemigos, como los corderos lo están de los lobos, sin embargo los convirtiesen.
Beda. O llama especialmente lobos a los escribas y a los fariseos, que son los sacerdotes de los judíos.
San Ambrosio. O los herejes se deben comparar a los lobos, pues los lobos son fieras que acechan los rediles y merodean cerca de las casas de los pastores. No se atreven a penetrar en ellas, pero exploran el sueño de los perros y aprovechan la ausencia o la torpeza de los pastores para acometer a la garganta de las ovejas y ahogarlas inmediatamente. Son fieros, rapaces, rígidos de cuerpo por naturaleza, de modo que no pueden retornar fácilmente. Son llevados por cierto ímpetu propio y por eso se les burla muchas veces. Si ven antes a algún hombre, el instinto natural los lleva a ahogar su voz; pero si el hombre los ve a ellos antes, temen ser rechazados. Así los herejes asedian los rediles de Jesucristo. Aúllan junto a las casas de noche, porque es siempre de noche para los pérfidos, que oscurecen la luz de Cristo con las nubes de sus falsas interpretaciones. Sin embargo, no se atreven a penetrar en los rediles de Cristo y por ello no son sanados como aquel que fue curado en el establo, cuando cayó en manos de los ladrones. Acechan en ausencia de los pastores, porque estando ellos presentes, no se atreven a acometer a las ovejas de Cristo. Son duros y rígidos por su mala intención, y no acostumbran dejar sus propios errores, a quienes Cristo, verdadero intérprete de la Sagrada Escritura, burla, para que en vano derramen sus ímpetus y no puedan dañar. Si previenen a alguno con los artificios de su disputa, lo hacen enmudecer; pues mudo es el que no confiesa la palabra de Dios con la gloria que le es propia. Guárdate, pues, de que el hereje te quite la voz, si no le sorprendes primero, porque serpea mientras su perfidia está oculta. Mas si conoces las ficciones de su impiedad, no tendrás que temer la pérdida de la voz piadosa. Invaden la garganta y hieren los órganos vitales mientras atentan contra el alma. Si oyes también que alguno se dice sacerdote y conoces su rapiñas, quede claro que es oveja en el exterior y lobo por dentro, que desea satisfacer su rabia con crueldad insaciable de matanza humana.
San Gregorio, hom. 17, in Evang. Muchos hay que cuando reciben el cargo de pastores se enardecen para desgarrar a sus súbditos y hacerles sentir el terror de su poder. Y como no tienen entrañas de caridad, quieren mostrarse señores y no se reconocen padres, mudando la humildad en orgullo de dominación. Contra todo lo cual debemos considerar que somos enviados como corderos en medio de los lobos, para que guardando el candor de la inocencia, evitemos la mordedura de la malicia. El que se dedica a predicar no debe hacer mal, sino sufrirle; y si el celo de la justicia exige que alguna vez proceda contra sus súbditos, debe amar interiormente a aquellos que castiga y parece perseguir exteriormente. Entonces el pastor aparecerá como tal, cuando no pone su alma bajo el pesado yugo de la codicia terrena. Por lo que sigue: "No llevéis bolsa, ni alforja".
San Gregorio Nacianceno Orat. 1. El resumen de todo esto es que deben ser tan virtuosos, que el Evangelio se propague no menos por el modelo de su vida que por su palabra.
San Gregorio, ut sup. Tanta debe ser la confianza que el predicador ha de tener en Dios que, aunque no tenga lo necesario para vivir, no debe fijarse siquiera en si esto le falta, no sea que, mientras se ocupa en las cosas de la tierra, no cuide del bien eterno de los demás.
San Cirilo. Así, pues, había mandado no tener cuidado de su misma persona, cuando dijo: "Os envío como corderos entre lobos". Ni concedió tampoco que anduviesen solícitos acerca de las cosas extrínsecas para el cuerpo, cuando dijo: "No llevéis bolsa, ni alforja". Ni aún les permitió llevar algo de lo que no está unido al cuerpo. Por lo que añade: "Ni calzado". No les prohibió solamente que llevasen bolsa y alforja, sino también todo cuidado o distracción, aún para saludar al que encontrasen; por lo que añade: "Ni saludéis a ninguno en el camino". Lo que antes dijo también Eliseo. Como si dijera: "Id rectos a vuestra obra, sin cambiar saludos", porque es un daño emplear en vano el tiempo de la predicación, a excepción de las cosas necesarias.
San Ambrosio. No prohibió esto el Señor porque le desagradasen las obras de benevolencia, sino porque le agradaba más la intención de proseguir su obra.
San Gregorio Nacianceno. Les mandó también esto el Señor en honor a la palabra; para que no pareciese que podían ser ya accesibles a las adulaciones, quiso que no se cuidasen de las palabras ajenas.
San Gregorio ut sup. Si se quiere considerar esto como una alegoría, diremos también que el dinero encerrado en la bolsa representa la sabiduría oculta. El que tiene la sabiduría y no quiere hacer participante de ella a su prójimo, la tiene como encerrada en un saco. Por alforja se entienden los cuidados de la vida; por el calzado, los ejemplos de las obras de los muertos. El que toma, pues, a su cargo la predicación, no debe cuidarse de las cosas mundanas; no sea que, preocupándose demasiado por ellas, no pueda elevarse a la predicación de la celestial doctrina. Ni debe fijarse tampoco en los ejemplos de las obras de los necios, para que no crea proteger sus actos con pieles muertas, y que, viendo a los otros obrar así, piense que puede hacer lo mismo.
San Ambrosio. El Señor nos quiere desprender de todo lo terreno; por esto mandó a Moisés que se descalzase, cuando había de enviarle a libertar a su pueblo ( Ex 3). Mas si alguno desea saber por qué se mandó a los israelitas que comiesen el cordero de pie y con el calzado puesto, al salir de Egipto ( Ex 12), mientras que a los apóstoles se les manda ir a predicar el Evangelio sin calzado, ha de considerar que el que está en Egipto debe temer todavía la mordedura de la serpiente, porque el veneno abunda en Egipto; y el que celebra la Pascua figurativa puede ser herido, mientras que el ministro de la verdad no teme los venenos.
San Gregorio. Todo el que saluda en el camino saluda por la ocasión del viaje, no por el celo de desear la salud. Aquel, pues, que predica, no por amor de la vida eterna, sino por la ambición de los premios que pueden ofrecerle los oyentes, se parece al que saluda en el camino, porque desea la salvación a los oyentes con ocasión, no con intención.
Crisóstomo in Epis. ad Col. 3. La paz es la madre de todos los bienes; sin ella todos los demás bienes son inútiles. Por ello el Señor mandó a sus discípulos que cuando entrasen en alguna casa, inmediatamente invocasen la paz sobre ella, como señal de los demás beneficios que venían a traer, diciéndoles: "En cualquier casa que entrareis, primeramente decid: paz sea a esta casa".
San Ambrosio. Esto es, debemos anunciar la paz y procurar que se celebre nuestra entrada con la bendición de la paz.
Crisóstomo, in Epis. ad Col. 3 et in Sal. 124. Por esto el Pontífice le da a la Iglesia diciendo: "La paz sea con vosotros". Los santos imploran la paz, no sólo la que existe entre los hombres, sino la que debe existir dentro de nosotros mismos. Porque muchas veces llevamos la guerra en nuestro corazón, nos afligimos sin que nadie nos ofenda y se levantan contra nosotros los malos deseos.
Tito Bostrense. Dice, pues: "Paz sea a esta casa". Esto es, a los que habitan en esta casa. Como diciendo: Hablad a todos, a los grandes y los pequeños; sin embargo, vuestro saludo no será dirigido a los indignos. Por lo que sigue: "Y si hubiese allí hijo de paz, reposará sobre él vuestra paz". Como diciendo: Vosotros pronunciaréis la palabra y Yo aplicaré la paz al que juzgue digno de ella. Y si no hubiere ninguno digno, no seréis defraudados, ni se perderá la gracia de vuestras palabras, sino que volverá a vosotros. Por eso añade: "Y si no se volverá a vosotros".
San Gregorio. La paz que se ofrece por el predicador, o descansa en la casa, si en ella hay algúno que esté presto para oírla y sigue la palabra celestial que oye; o si ninguno quiere oírla, el predicador no quedará sin fruto, porque la paz volverá sobre él, como una recompensa que el Señor le da por el trabajo de su obra. Mas si se recibe nuestra paz, entonces somos acreedores a que se nos recompense por aquéllos a quienes facilitamos el camino de la gloria. Por lo que prosigue: "Y permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan". He aquí que El mismo, que prohibió llevar bolsas y alforjas, nos permite percibir estipendio y alimentos por la predicación.
Crisóstomo ut sup. Mas para que alguno no diga: "Consumo mis bienes preparando la mesa a los forasteros", primero hace que aquél al entrar te ofrezca el don de la paz, al cual nada iguala, para que sepas que recibes más de lo que das.
Tito Bostrense. O de otro modo: Puesto que no estáis constituidos jueces de los que son dignos o indignos, comed y bebed lo que os ofrezcan y dejadme a mi el examen de los que os reciben; a no ser que conozcáis que allí no hay hijo de paz, porque entonces tal vez debéis retroceder.
Teofilato. Ved cómo ordenó a sus discípulos que pidiesen limosna y que tuviesen su alimento por salario; pues se añade: "Porque el trabajador es digno de su salario".
San Gregorio in Evang. hom. 17. Los alimentos que sustentan al obrero son ya una parte de su salario, de suerte que aquí se empiece la gracia del trabajo de la predicación, que se completa allí con la visión de la verdad. En lo que debe considerarse que se ofrecen dos premios a nuestro trabajo: uno en esta vida, que nos sustenta en el trabajo; otro en la patria, que nos remunera en la resurrección. La recompensa que en esta vida se recibe debe alentarnos para merecer con más seguridad la otra. El verdadero predicador no debe predicar con el fin de recibir la recompensa de esta vida, sino recibir la recompensa para poder predicar. Todo el que predica con el solo fin de la alabanza o de la recompensa de este mundo, se priva de la del cielo.
San Ambrosio. Se añade otra virtud: no andar de casa en casa con vaga facilidad; pues sigue: "No paséis de casa en casa". Esto es, que seamos constantes en la hospitalidad y no disolvamos fácilmente los vínculos de la amistad.
Beda. Después de haber hablado de cómo deben portarse sus discípulos en las casas, pasa ahora a enseñarles cómo deben portarse en las ciudades. A saber, comunicar en todo con los piadosos y apartarse enteramente de la sociedad de los impíos. Por lo que prosigue: "Y en cualquier ciudad en que entrareis y os recibieren, comed lo que os pusieren delante".
Teofilato. Aún cuando sea poco y vil lo que allí se encuentre, no pidáis más. Díceles también que, obrando milagros, atraigan a los hombres a sus predicaciones. Por lo que añade: "Y curad los enfermos que en ella hubiere, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios". Porque si curáis primero y después enseñáis, vuestra predicación producirá sus frutos y los hombres creerán que se aproxima el reino de los cielos, pues no se curarían si esto no lo hiciese alguna virtud divina. Además, cuando se curan en cuanto al alma, se acerca a ellos el reino de Dios, el cual está lejos de aquél a quien domina el pecado.
Crisóstomo, in Mat. hom. 33. Observa la dignidad de los apóstoles. No se les advierte que lleven cosa alguna material como a Moisés y a los profetas (esto es, bienes terrenos), sino cosas nuevas y admirables, esto es, el reino de los cielos.
San Máximo. Dice "se acercó", no para demostrar la brevedad del tiempo, porque el reino de Dios no viene con advertencia; sino que demuestra la disposición de los hombres para recibir el reino de Dios, el cual está en potencia en todos los que creen, y en acto en los que desprecian la vida corporal y eligen sólo la espiritual. Estos son los que pueden decir: "No soy yo quien vivo, sino Cristo que vive en mí" ( Gál 2,20).
San Ambrosio. Después les dice que deben sacudir el polvo de sus pies, cuando en alguna ciudad crean que no se les quiere recibir, diciéndoles: "Mas en la ciudad en que entrareis, si no os recibieren, sacudid el polvo", etc.
Beda. O para hacer constar el trabajo físico, que vanamente se tomaron por ellos, o para demostrar que hasta tal punto no buscan nada terreno de ellos, que ni el polvo de su tierra quieren que se les pegue. O por los pies se significa el trabajo y la marcha de la predicación, y el polvo que los cubre representa la ligereza de los pensamientos terrenos, de la cual no se ven libres ni aún los más grandes doctores. Aquellos, pues, que despreciaren la doctrina, los trabajos y los peligros de los que les enseñan, se exponen al testimonio de su condenación.
Orígenes. Sacudiendo contra ellos el polvo, les dicen en cierto modo: "El polvo de vuestros pecados con razón vendrá sobre vosotros". Y obsérvese que todas aquellas ciudades que no reciben a los apóstoles, ni su celestial doctrina, tienen plazas, según estas palabras: "Ancho es el camino que conduce a la perdición" ( Mt 7,13).
Teofilato. Y así como a los que reciben a los apóstoles se dice que se acerca el reino de Dios para su beneficio, así se dice para perjuicio de los que no los reciban. Por esto añade: "Esto no obstante, sabed que se os acerca el reino de Dios". Como sucede cuando viene un rey a una ciudad, que viene para bien de unos y para mal de otros. Por lo que tratando de su castigo, añade: "Os digo, en verdad, que en aquel día habrá menos rigor para Sodoma", etc.
Eusebio. Porque en la ciudad de Sodoma los ángeles no carecieron de hospitalidad, sino que Loth fue considerado como digno de recibirlos ( Gén 19) 1. Si, pues, a la llegada de los discípulos, no hay uno siquiera en la ciudad que los reciba, ¿cómo no será peor que la ciudad de Sodoma? Este lenguaje les enseñaba a abrazar con confianza la regla de la pobreza, pues no podía existir ciudad, villa ni aldea, sin algún habitante amigo de Dios. Ni Sodoma subsistiría, no hallándose en ella Loth; por eso, apenas la abandonó, pereció toda de repente.
Beda. Los sodomitas mismos, aunque fueron hospitalarios en medio de los desórdenes de la carne y del alma, sin embargo, no se hallaron entre ellos huéspedes como los apóstoles; pues aunque Loth era justo en su proceder y en su trato ( 2Pe 2,3), no se dice que hubiera enseñado ni obrado prodigios.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena