jueves, 8 de octubre de 2015
Santa Brígida, Viuda
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santa Birgita, llamada vulgarmente santa Brígida, fué hija de Birgerio, príncipe de la sangre real de Suecia, y de Sigrida, princesa de casa no menos ilustre. Siendo en los dos tan grande la nobleza, aun era mayor en ambos la virtud. No se reconoció en el reino familia más cristiana, siendo su ejemplar piedad edificación y admiración de la corte. Estando Sigrida embarazada de Brígida, corrió gran peligro de naufragar en el mar, de que se libertó por un milagro. La noche siguiente se le apareció en sueños un venerable anciano, que le dijo haberle salvado Dios la vida por la niña que traía en sus entrañas, y le añadió: Críala con cuidado, porque ha de ser una gran santa.
Nació Brígida por los años de 1302, y fué acompañado su nacimiento de una extraña maravilla; porque, habiendo estado tres años sin poder pronunciar palabra, tanto que se llegó á temer quedase para siempre muda, de repente se le desató la lengua, y comenzó á hablar, no ya tartamudeando como los demás niños, sino con tanta libertad y con tanto vigor en la pronunciación, como cualquiera persona adulta. Poco después perdió á su madre, y su padre Birgerio confió su educación á una tía suya, cuya virtud y capacidad tenía muy conocida.
Presto conoció esta virtuosa señora que, á los medios exteriores que se aplicaban para su mejor educación, hacía grandes ventajas otro maestro interior, que alumbraba el entendimiento, y formaba el corazón de la niña, y que Dios era su director. Con efecto, á los siete años de su edad se mostró plenamente instruida en los caminos de la perfección, practicando las más heroicas virtudes con tanto espíritu y con tanto primor, que todos admiraban su infancia como especie de prodigio.
Aquel Dios que la había escogido para hacer de ella un vaso de elección, la previno con los más señalados favores desde su misma niñez. Estando un día en su cuarto, se le apareció la santísima Virgen rodeada de un celestial resplandor, con una corona de inestimable precio en la mano, y la convidó á que fuese á recibirla. Arrebatada de gozo la bendita niña, corrió apresuradamente á ella, y se arrojó á los piés de la Señora llamándola su querida madre; quedando este insigne favor tan fuerte y tan tiernamente impreso en su corazón y en su memoria, que le tuvo presente toda la vida, durándole por toda ella los efectos de su dulcísima ternura.
Aun no había cumplido los diez años cuando oyó un sermón de la pasión de Cristo, el que se le imprimió tan vivamente en el alma, que aquella misma noche tuvo otra visión aun más tierna que la precedente. Apareciósele el divino Salvador del mismo modo que estuvo en la cruz cuando le enclavaron en ella, pero cubierto todo de la sangre que derramaban sus llagas. Penetrada de un vivísimo dolor á vista de tan lastimoso objeto, exclamó con un amoroso suspiro: ¡Ah, Señor! ¿y quién os puso tan reciamente en ese doloroso estado? Aquellos, respondió el Señor, que desprecian mis mandamientos, y mostrándose insensibles á lo que padecí por ellos, corresponden á los excesos de mi amor con excesos de ingratitud.
Desde aquel punto quedó tan conmovida con aquella visión, que en adelante no podía pensar en la pasión del Señor sin exhalarse en suspiros, y sin deshacerse en lágrimas. Nunca se le borró de la imaginación aquella imagen del Salvador; en todas partes la tenía presente, y cuando estaba bordando, se veía muchas veces precisada á interrumpir la labor por la abundancia de las lágrimas.
Habíale señalado la tía su tarea para cada día, temiendo que dedicase demasiado tiempo á la contemplación; y queriendo un día observar en qué se ocupaba la tierna princesita, la vió con la aguja en la mano, la labor sobre las rodillas, los ojos elevados al cielo, inmoble y derritiéndose en lágrimas; pero notó que otra doncellita de extraordinaria hermosura estaba trabajando en su misma labor mientras ella se mantenía toda enajenada en su Dios. Asombrada la virtuosa Señora de una y otra maravilla, cogió disimuladamente la labor de Brígida, y la guardó con el mayor cuidado como preciosa reliquia.
Recayendo estos favores tan extraordinarios en un corazón noble y naturalmente generoso, eran correspondidos con una devoción y con un fervor nada común. No contenta con pasar en oración todo el día, no perdiendo jamás de vista á su Dios, se levantaba muchas veces de noche para orar, inventando fuera de eso mil industrias para castigar su inocente cuerpo con mortificaciones superiores á su edad. Reprendiéndole en una ocasión su tía estos excesos, le respondió: No temáis, amada tía mía, porque mi divino Salvador, que se me apareció en la cruz, me enseñó lo que debía hacer.
Cuando cumplió los trece años, el príncipe su padre, sin atender á sus deseos de no admitir á otro esposo que á Jesucristo, la casó con un joven señor, llamado Wolfango, príncipe de Nericia. Echó Dios la bendición á este matrimonio, en el cual la eminente virtud de la mujer muy desde luego se comunicó al marido, siendo uno de los más ejemplares príncipes de la corte, y toda la familia una de las más cristianas que jamás se vieron; porque Brígida, igualmente santa cuando casada que cuando soltera, fué la admiración del pueblo, y santificó á toda su casa.
Concedióle Dios cuatro hijos y cuatro hijas. Carlos y Bergerio, dos príncipes cabales, murieron en la Palestina yendo á la guerra santa contra los infieles; á Benito y Gudmar los encontró maduros el cielo antes que la edad estragase su inocencia. Sus hijas Margarita y Cecilia fueron en la corte dos perfectos modelos de señoras cristianas; Ingeburgis mereció ser venerada por una de las santas religiosas de su tiempo; y la menor de todas fué la ilustre santa Catalina de Suecia. La santidad de los hijos fué fruto de la educación y de los grandes ejemplos de la virtuosa madre.
Consideró siempre el cuidado de su familia como la primera de todas sus obligaciones; y aunque dedicada toda á obras de caridad, nunca la pudieron distraer sus devociones de lo que debía á sus hijos y á sus criados. Por sí misma instruía á los primeros la santa princesa, y siempre eran eficaces sus lecciones, porque iban acompañadas con los ejemplos. Desde su tierna infancia los iba ensayando en la devoción, acostumbrándolos á todas las obras de misericordia, y á varios ejercicios de penitencia.
Luego que se vió con suficiente número de hijos para asegurar la sucesión de su casa, persuadió á su marido que en adelante viviesen como hermano y hermana en perfecta continencia; y pudo tanto con sus discretas exhortaciones, que insensiblemente le fué retirando de la corte, donde hacía uno de los primeros papeles. Comunicóle su espíritu de devoción, arregló con él todos los ejercicios espirituales, siendo uno de ellos el rezar todos los días inviolablemente el oficio parvo de la santísima Virgen, y el confesar y comulgar todos los viernes de cada semana.
Hízole consentir en que los pobres fuesen contados en el número de sus hijos para sustentarlos; y habiendo fundado, con su aprobación, un hospital en el lugar donde residían, no contentándose con proveer á todas sus necesidades, ella misma iba regularmente todos los días á servirlos en persona, haciendo oficios de criada.
Deseaba con tan vivas ansias la salvación de su marido, que, no satisfecha con las continuas oraciones que hacía á Dios por él, ni con dirigirle con sus consejos y animarle con sus ejemplos, hacía todo lo posible para que perdiese el gusto del mundo, y hacerle gustar de Dios. Así sus conversaciones, como sus reflexiones, meditaciones y lecturas, todas se encaminaban á hacer cada día más cristiano á aquel querido esposo; y con el fin de desprenderle de ciertas inclinaciones que le tenían aun asido al amor de su país, le persuadió á que emprendiese la penosa peregrinación á Santiago de Galicia, y ella misma quiso también hacerle compañía en aquel devoto y trabajoso viaje. Pudiéranle hacer con toda comodidad; pero solo dieron oídos al espíritu de penitencia con que le habían determinado.
Al volver de su peregrinación, cayó Wolfango gravemente enfermo en la ciudad de Arras; pero Dios le restituyó la salud por las oraciones de su santa mujer, á quien se le apareció san Dionisio, de quien era muy devota, y asegurándole el recobro de su marido, le manifestó lo que Dios quería de ella. Luego que se restituyeron á Suecia, se sintió Wolfango tan disgustado del mundo, que hizo voto, consintiéndolo su mujer, de dejarle enteramente haciéndose religioso. Así lo ejecutó tomando el hábito en el monasterio de Albastro, de la orden del Cister, donde murió santamente el día 26 de julio, como se lee en el Menologio de la orden.
Hallándose ya nuestra santa enteramente libre de todos los lazos, solo se aprovechó de su mayor libertad para hacer una vida más penitente y más perfecta. Hechas las particiones de los bienes entre los hijos, con ocasión del luto, se vistió en traje de penitencia. Condenó el mundo esta resolución, y se burló de ella la corte; pero ni la corte ni el mundo eran su regla.
Manifestóle luego el Señor cuán grata le había sido la determinación que había tomado, porque se le apareció Jesucristo rodeado de una resplandeciente luz, y le dijo que la tomaba por esposa suya, y que le manifestaría varios secretos conducentes á la salvación de muchas almas escogidas, y le añadió: Presta, pues, oídos á mi voz con humildad, y da fiel cuenta á tu confesor de todo lo que yo te descubriere en adelante.
Desde aquel día comenzaron las revelaciones tan frecuentes en que Dios la comunicó tan singular conocimiento de muchos misterios de la religión, y aquella luz sobrenatural necesaria para gobernarse en los caminos del Señor, y para arribar á tan eminente grado de santidad. Y aunque no podía dudar que la gobernaba el espíritu de Dios, toda la vida observó un perfecto rendimiento á su confesor, sujetando á su censura todas sus revelaciones, y no haciendo cosa alguna sin su aprobación, ó sin su orden.
En los treinta años que sobrevivió á su marido, juntó perfectamente las obligaciones de la vida interior con los ejercicios de la más ardiente caridad, de la más tierna devoción y de la más austera penitencia. No usó cosa de lienzo en aquellos treinta años: cubrió su cuerpo con un áspero cilicio, y traía á raíz de las carnes una cuerda llena de nudos que se metían dentro de ellas. Su cama era una sola manta tendida sobre unos palos, sin que los excesivos fríos de Suecia la hiciesen buscar otro abrigo. Hacía tantas genuflexiones, postrábase tantas veces, y besaba la tierra con tanta frecuencia, que no se podía comprender cómo era capaz de resistir tan rigurosas penitencias una princesa tan delicada y de tan débil complexión.
No hubo en el mundo persona de más ingeniosa inventiva para darse á sí misma en que padecer. Tenía una llaga voluntaria, que renovaba todos los viernes, echando en ella cera derretida para que se le imprimiese más la memoria de los dolores de Jesucristo en su sagrada pasión. Ayunaba cuatro días en la semana, y los viernes á pan y agua. No era menos penitente en sus vigilias. Pasaba la mayor parte de la noche en oración, interrumpiéndola solo cuando la vencía el sueño por poco tiempo.
Al rigor de su penitencia correspondía perfectamente la ternura de su devoción. Una gran parte del día la empleaba á los piés de Jesucristo delante del Santísimo Sacramento, donde gustaba consuelos y delicias inefables. Desde su niñez fué su favorecida devoción la que profesaba á la santísima Virgen; y en sus mismas revelaciones se conoce el tierno amor con que la correspondía la Madre de Dios. En la frecuencia de sacramentos se abrasaba su alma cada vez con nuevo incendio. Los treinta últimos años de su vida todos los días se confesaba, y comulgaba muchas veces cada semana.
Era tan dulce y tan suave con los otros, como severa y rigurosa consigo misma; pero su caridad y su amabilidad se explicaban particularmente con los pobres. Cada día daba de comer á doce, sirviéndolos ella misma á la mesa. Sola una especie de ambición se le conoció en toda la vida; esta era el deseo de haber nacido pobre, haciendo tanta estimación y teniendo tanto amor á la pobreza, que muchas veces en sus peregrinaciones se mezclaba entre los mendigos y pedía limosna con ellos. Para hacerse verdaderamente pobre de Cristo, hizo donación de lo poco que le había quedado á favor de cierta persona virtuosa, y después recibía de ella por caridad y como de limosna lo que había menester para sustentarse.
Fundó en Wastein un monasterio para religiosas, y admitió en él hasta sesenta, á quienes dió unas constituciones, que se conocía bien ser dictadas por el espíritu de Dios. Brindó también con ellas á veinticinco religiosos que vivían bajo la regla de san Agustín. Admitiéronlas con gusto, y este fué el origen de aquella religión monacal, que se llamó después del Salvador, ó los monjes brigitanos, y fué aprobada por la silla apostólica.
Había dos años que estaba retirada en su monasterio de Wastein cuando se le apareció nuestro Señor, y le dijo ser su voluntad que fuese en peregrinación á Roma para venerar las reliquias de tantos santos y singularmente el sepulcro de los santos apóstoles. Obedeció; y sin acobardarle las dificultades de un viaje tan trabajoso y tan largo, se puso en camino acompañada de su querida hija Catalina.
En Roma brilló más que en otra parte el resplandor de su eminente santidad. Todas las curiosidades que se admiran en aquella capital del universo no fueron capaces de despertar ni aun ligeramente la suya. No salía de casa con su hija sino para andar las estaciones y para ejercitarse en buenas obras. Después que satisfizo en Roma su devoción, se sintió inspirada del Señor para ir á visitar los lugares santos de Jerusalén y de Palestina. Solo tardó en obedecer lo que tardó en asegurarse ser aquella la voluntad del Señor. Inmediatamente que la conoció, ninguna consideración fué bastante para detenerla.
Embarcóse con su amada hija santa Catalina, y en el discurso de aquel penoso y dilatado viaje experimentó sensibles pruebas de la divina protección. Luego que llegó á la Tierra Santa, se encaminó á Jerusalén, y visitó los santos lugares con extraordinaria devoción. Durante esta peregrinación, tuvo nuevas revelaciones, de las cuales eran unas acerca de las revoluciones de diferentes monarquías; pero la mayor parte fueron sobre varias particularidades de la pasión del Salvador, de que no se tenía noticia por el Evangelio.
Ya había mucho tiempo que santa Brígida arrastraba una salud muy débil, y que cada día lo iba siendo más al rigor de sus penitencias y de sus frecuentes enfermedades. Partió de Jerusalén para restituirse á Italia con una calentura lenta, acompañada de tanta flaqueza de estómago, que se temía mucho de su vida; ni hubiera podido aguantar tan dilatado viaje á no haberla sostenido su natural espíritu y su íntima unión con Dios; pero en llegando á Roma, se le agravó la enfermedad.
Apareciósele el Señor, aseguróle su eterna bienaventuranza, prescribióle lo que debía hacer hasta que llegase el tiempo de gozarla, señalóle el día, la hora y el momento de su preciosa muerte, y le manifestó muchos sucesos que se verificaron después. En fin, el día 23 de julio del año de 1373, á los setenta y un años de su edad, colmada de merecimientos, y recibidos los sacramentos de la Iglesia, rindió su alma á Dios entre los brazos de su querida hija santa Catalina.
Tres días después se dió sepultura al santo cuerpo en la iglesia de las religiosas de Santa Clara del convento de San Lorenzo, llamado in Panisperna; pero con el hábito de las religiosas de San Salvador de Wastein. Un año después de su muerte fué elevado de tierra, y trasladado á Suecia á solicitud de su hijo Bergerio y de su hija santa Catalina. A los muchos milagros que hizo en vida se siguió la multitud de los que obró Dios después de muerta. San Antonino cuenta diez muertos resucitados, con crecido número de otras maravillas; en cuya virtud el papa Bonifacio IX se resolvió publicar la bula de su canonización el año de 1391 después de las informaciones y formalidades acostumbradas.
Por haberse celebrado en Roma esta ceremonia el día 7 de octubre, se fijó entonces la fiesta á este mismo día, y después se transfirió al día siguiente. Quedóse Roma con un brazo de la santa, é inmediatamente después de su canonización se erigió en su honor una magnífica capilla en el mismo lugar de su sepultura.
Tenemos un volumen entero de sus revelaciones repartidas en ocho libros, los cuales fueron aprobados por los padres del concilio de Basilea, después de haberlas examinado, de orden del mismo concilio, el sabio Juan de Torquemada, maestro á la sazón del sacro palacio, y después cardenal, quien declaró no haber hallado en dichas revelaciones cosa contraria á la sagrada Escritura, á la regla de las buenas costumbres, ni á la doctrina de los santos padres.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.