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viernes, 2 de octubre de 2015

Los Santos Ángeles Custodios

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

No parece hay fiesta alguna que mas interese á cada uno de los fieles en particular, que la fiesta del santo Angel de la guarda. La santidad de la persona, su excelencia, su valimiento con Dios, y su ministerio; los importantes servicios que nos hace, los que nos ha hecho, los que nos puede hacer; en una palabra, la justicia, la obligación, el interés, la religión, el agradecimiento, todo, dice san Bernardo, exige de todos los fieles un tributo anual de homenaje, de alabanzas y de solemnidad. Este es el objeto que tuvo presente la Iglesia, gobernada siempre por el Espíritu Santo, y siempre atenta al bien espiritual de sus hijos en la institución de esta festividad.

Celebrábala ya muchos siglos ha con gran devoción la santa iglesia de Toledo; y es verisímil que de ella la recibió la iglesia de Rodez en Rouergue, por el zelo y por la devoción del santo obispo Francisco de Estaing, que vivía en tiempo de Luis XII y de Francisco I; también se derivó de España á los Países Bajos, cuyas iglesias, según consta, la celebraban todas el dia primero de marzo. Sin embargo la devoción á los santos Angeles de la guarda era ya muy antigua en Francia, puesto que san Luis mandó edificar en su honor una capilla dentro de la catedral de Nuestra Señora de Chartres; y mucho antes del décimosexto siglo se encuentran altares dedicados á los santos Angeles en Clermont de Auvernia y en otras partes. Celebrábase esta fiesta en Córdoba de España, el dia 10 de marzo; y el dia 10 de mayo en Siria, hasta que el papa Paulo V la fijó al primer dia libre después de la fiesta de san Miguel, que es el segundo de octubre.

El archiduque Fernando de Austria, que fué después emperador, movido de su particular devoción al santo Angel de la guarda, suplicó instantemente al papa que hiciese general esta fiesta en toda la Iglesia; y así lo hizo su Santidad, por satisfacer á tan piadosos deseos, expidiendo una bula á este fin, que encendió y avivó mas la devoción de los fieles.

Pero la institución de la fiesta no fué institución del culto, ni de la devoción á los santos angeles; esta y aquel eran tan antiguos como la Iglesia misma. Cuando Jesucristo enseñó á los fieles que cada uno en particular tenia un ángel destinado á la custodia de su persona, al mismo tiempo les enseñó también el culto, el respeto, la confianza y el amor que pedia de ellos el reconocimiento á tan religioso ministerio. Aun dentro de la sinagoga era ya conocido el culto de los ángeles en general; pero el del Angel custodio en particular parece que no nació hasta que nació la Iglesia, y por lo que dicen los santos padres se conoce lo familiar que era á todos los fieles la devoción con el santo Angel de la guarda, ya desde aquellos primeros tiempos.

Si en los cuatro ó cinco primeros siglos no se edificaron templos en reverencia de los Angeles de la guarda, fué precisamente por no dar ocasión á los gentiles para creer que los cristianos tributaban adoración á los genios, como los adoraban ellos. Pero luego que la Iglesia no tuvo ya que temer las calumnias de los paganos, y cuando logró entera libertad para instruir á los fieles, no se quedó encerrada dentro del corazón la devoción á los Angeles de la guarda. En todas partes se les edificaron templos, se les erigieron altares, se les solemnizaron fiestas, y se experimentaron cada dia los provechos de esta utilísima devoción.

Debemos confesar, dice san Jerónimo, que ninguna cosa contribuye tanto á formar un elevado concepto de la dignidad de nuestra alma, como lo que Dios hizo por ella, y singularmente el haber destinado á cada una un ángel custodio desde el mismo dia de su nacimiento: Magna dignitas animarum, ut unaquaeque ab ortu nativitatis habeat in custodiam sui angelum delegatum. Hácese juicio de lo que se estiman las cosas por el cuidado que se tiene de ellas. Es verdad que basta la sangre de Jesucristo para darnos una justa idea de lo que vale nuestra alma. Este infinito precio de una redención sobreabundante llena de admiración, deja estáticas y suspensas á las celestiales inteligencias, de modo que no puedan menos de amar, dice san Bernardo, y aun de respetar á aquellos por cuyo rescate entregó Dios á su unigénito Hijo: Ipsi nos, quia nos Christus amavit (Serm. de S. Mich.).

Entre todas las obras de la omnipotencia bien se puede decir que ninguna costó tanto á Dios como el hombre; por lo que no es de admirar cuidase tan particularmente de esta su obra, que destinase un ángel para su custodia. El Señor, dice el Profeta, además de la providencia general, que se extiende á todas las criaturas, te entregó al cuidado de sus ángeles, para que te guardasen, y te hiciesen siempre compañía en todos tus caminos: Angelis suis mandavit de te, ut custodiant te in omnibus viis tuis (Salmo 90).

Hay muchos caminos escabrosos, sendas arduas y peligrosas, dice san Bernardo: Multae sunt viae, et genera multa viarum. Tropiézase en ellos con muchos malos pasos; nacen los peligros, por decirlo así, con nosotros mismos: todo es precipicios, todo despeñaderos en esta carrera. Desde la cuna nos arma lazos el demonio. ¿A cuántos peligros está expuesto un niño antes que se desenvuelva el uso de la razón? No basta toda la ternura de sus padres; es muy corta, es muy limitada toda la vigilancia del ama mas cuidadosa para prevenirlos todos. ¿Pues qué hace el Señor? Encarga á uno de sus espíritus celestiales que cuide de aquel niño desde el primer instante de su nacimiento. Este ángel tutelar, á quien llama Angel custodio la Iglesia, vela perpetuamente en desviar de aquella tierna criatura todo lo que le puede perjudicar, y en desvanecer los perniciosos intentos de los espíritus malignos, siempre inclinados á hacernos mal. ¿De cuántos funestos accidentes somos preservados por la asistencia de nuestros Angeles en aquellos primeros años de la niñez? Ellos son, dice san Hilario, los que conjuran los maleficios; ellos, dice san Bernardo, los que preservan á los niños de mil peligros, y los que los detienen en sus caídas.

Siendo tan grandes los beneficios que recibimos de los Angeles de la guarda en los diferentes acasos de la vida, ¿cuántas obligaciones les debemos por los auxilios que nos prestan en todo lo que toca al negocio de la salvación? Conociendo el Señor, dice san Gregorio Niseno, la perversa intención de los espíritus malignos, que quisieran hacer que ningún hombre ocupase las sillas que ellos perdieron en el cielo; y sabiendo muy bien nuestra ignorancia y nuestra flaqueza después del primer pecado, quiso darnos á cada uno de nosotros un ángel tutelar, que hiciese inútiles todos los artificios de este enemigo de la salvación: E coelo nobis Christus angelos institutores praefecit; ejusmodi scilicet, qui injuriae daemonum suum robur apponant (In Matth. 18).

Concediéronsenos, dice san Hilario, estos ángeles tutelares, para que nos guiasen en el camino de la salvación: Hi spiritus ad salutem humani generis missi sunt; porque seria muy dificultoso en nuestra humana flaqueza evitar todos los artificios de este temible enemigo: Neque enim infirmitas nostra, nisi datis ad custodiam angelis, tot tantisque spiritualium nequitiis obsisteret (In Ps. 134).

Pero los buenos ángeles no solo hacen inútiles los esfuerzos de los ángeles malignos, no solo nos libran de mil peligros, sino que insensiblemente nos desvian de muchas ocasiones en que según nuestra actual constitución preveen que infalible y funestamente caeríamos. A los santos ángeles debemos, después de Dios, dicen los padres, la mayor parte de los buenos pensamientos, y tantas saludables reflexiones, que contribuyeron á nuestra conversión. Aquellos auxilios imprevistos del cielo en accidentes tan peligrosos, aquellos milagros de la divina Providencia tan dichosos como no esperados, efecto son, por lo común, de la protección de los ángeles de la guarda. ¡Qué amor, qué veneración, qué agradecimiento les debemos!

Mira, Moisés, le dice Dios, yo voy á enviar un ángel mío que vaya delante de ti, que te sirva de guia en el camino, te conduzca á la tierra que te tengo prometida: Ecce ego mittam angelum meum, qui praecedat te (Exod. 23). Respétale, oye su voz, guárdate bien de despreciarle; esto es, según la versión de los Setenta, sé dócil á sus consejos, y haz todo lo que él te previniere: Observa et audi vocem ejus; porque has de tener entendido que todo lo que dijere y obrare lo hace en mi nombre: Est nomen meum in illo. Si dieres crédito á sus palabras haciendo lo que te mando, quod si audieris vocem ejus, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré yo á los que te afligieren á ti: Inimicus ero inimicis tuis, et affligam affligentes te. Mi ángel caminará continuamente delante de ti, y te hará entrar en la tierra prometida.

En este misterio del ángel tutelar de los Israelitas se cifra la instrucción, la comisión y la diputación de nuestros ángeles de la guarda. También son figura bien expresa de los oficios que hacen cada dia con nosotros los que hizo con Tobías el ángel san Rafael. No hubo discípulo mas dócil ni mas agradecido á su ayo, que el joven Tobías: Padre mío, ¿con qué cosa digna podremos agradecer á este fiel conductor y á este buen amigo tanto como le debemos? ¿Qué expresión le podemos hacer, que sea correspondiente á tantos beneficios como hemos recibido de su mano? Quam mercedem dabimus ei? aut quid dignum poterit esse beneficiis suis (Tob. 12)?

Él me sacó, y me volvió sano y robusto á tu casa: Me duxit et reduxit sanum; librándome de mil peligros en el viaje. El camino era largo y penoso: podia perderme á cada paso, y muchas veces corrió peligro mi vida. Si me veo restituido á la casa de mi padre con tanta felicidad, después de Dios, se lo debo á este amable conductor; pero no pararon aquí sus beneficios: él mismo en persona fué á recibir el dinero de Gabelo; él me consiguió la mujer con quien me casé; él lanzó de ella el demonio, que tanto tiempo habia la estaba atormentando, cuyo lastimoso accidente tenia toda la casa en un continuo llanto y en perpetuo luto, llenando con tantos beneficios de alegría á su pobre padre y á su afligida madre; él me libró á mí de aquel formidable pez que me iba ya á tragar; él te hizo ver á ti la luz del cielo; y en una palabra, por él estamos llenos de bienes: Me ipsum a devoratione piscis eripuit; te quoque videre fecit lumen coeli, et bonis omnibus per eum repleti sumus.

¿Quién no descubre en esta misteriosa menudencia, y en toda la serie de esta dulcísima historia los ministerios, los importantes servicios que recibimos de nuestros ángeles de la guarda por todo el curso de nuestra peregrinación en esta vida? Peligros desviados; funestos acasos prevenidos; malicia del demonio descubierta y confundida; negocios de importancia terminados con felicidad; dichosos sucesos en las empresas mas arduas, y en los proyectos mas espinosos; esta es, en resúmen, una parte de lo mucho que debemos á los ángeles custodios. Quid illi ad haec poterimus dignum dare? ¿Pues qué le podremos dar, que sea correspondiente á tanto como le debemos, á los beneficios de que nos ha colmado, á los servicios que nos ha hecho, y á los muchos que debemos esperar nos haga todavía?

Ya nos lo enseña san Bernardo cuando, habiendo admirado la inefable bondad de nuestro Dios en la designación de los ángeles tutelares, exclama: Mira dignatio et vere magna dilectio charitatis! (In Ps. Qui habitat.) ¡Oh caridad! ¡oh exceso de amor! ¡oh bondad verdaderamente incomprensible! Pues logramos la dicha de estar continuamente bajo la tutela de aquellos espíritus bienaventurados, de tener inseparablemente uno de ellos á nuestro lado, de merecerle por guia durante el curso de nuestra vida: Quantam tibi debet hoc verbum inferre reverentiam, afferre devotionem, conferre fiduciam! ¡Qué veneración, qué respeto, qué devoción, qué confianza debe inspirarte esta amable, esta dulce verdad!

Reverentiam pro praesentia. Su presencia te debe infundir respeto. ¿Cómo me atreveré á hacer delante de él lo que no me atrevería á presencia del mas vil hombre del mundo? Tu ne audeas, illo praesente, quod, vidente me, non auderes? Si la presencia de los grandes del mundo contiene á los mas rústicos y á los mas descompuestos, ¿qué compostura no debe infundir en mi corazón y en mi alma la continua presencia de aquel á quien el Salvador del mundo declaró por mayor y mas respetable que todos los grandes de la tierra?

Devotionem pro benevolentia. Su benevolencia te debe inspirar devoción, prosigue el mismo padre. ¿Cuánto cuida de nosotros nuestro buen ángel? ¿qué oficios no nos hace? ¿qué servicios no ejecuta con nosotros en este destierro? Presérvanos de mil peligros; líbranos de mil males; solicítanos todo género de bienes; presenta nuestras oraciones al Señor; consíguenos mil beneficios y mil gracias; defiéndenos de toda suerte de enemigos; llévanos, por decirlo así, en palmitas; estorba nuestras caídas espirituales y corporales; y cuando á pesar de sus desvelos caemos en pecado nos ayuda á levantar, siempre está viendo á Dios, y nunca nos pierde á nosotros de vista: lleno de Dios, ocupado en Dios, no está menos ocupado en nosotros, ni menos atento á todo lo que nos concierne; observa y guía todos nuestros pasos; enderézanos cuando nos descaminamos; alúmbranos en nuestras dudas; determínanos en nuestras perplejidades; y después de habernos conducido tan constantemente durante el curso de la vida, ¿cuánto nos ayuda, cuánto nos asiste en la hora de la muerte? Quid ad haec poterimus dignum dare? ¿Qué reconocimiento le debemos por tan prodigioso número de beneficios?

Su custodia te debe inspirar confianza: Fiduciam pro custodia. Todos estos beneficios son ciertamente la prueba mas segura de su buena voluntad; y si la buena voluntad, junta con el poder, es lo que mas alienta la confianza, ¡cuánta debemos tener en nuestro santo Angel custodio! ¿Hubo nunca buena voluntad mas descubierta, ni valimiento mas eficaz ni mas seguro? ¿hubo bondad ni inclinación á favorecernos mejor manifestada? Lo que hasta aquí ha hecho por nosotros es el mejor fiador de lo que está pronto á hacer. Atento á todas nuestras necesidades, expedito para socorrernos, y encargado por oficio de gobernar en todo; ¿cómo puede dejar de estimar nuestra confianza, ni cómo puede negarnos su protección siempre que le hayamos menester?

Debemos, pues, á nuestros ángeles estas tres cosas: honor y respeto, porque estamos en su presencia; amor y devoción, porque nos aman con ternura; recurso y confianza, porque son mas zelosos de nuestro bien y de nuestra salvación, que nosotros mismos. Affectuose diligamus angelos, exclama san Bernardo. Amemos, pues, tiernamente á nuestros ángeles por moradores de la patria celestial, de la cual también esperamos ser nosotros algún día coherederos y conciudadanos, tanquam futuros aliquando cohaeredes nostros; y por ser ayos y tutores nuestros destinados por el Padre de las misericordias para asistirnos y para gobernarnos: Interim vero actores tutores a Patre positos, et propositos nobis. ¿Qué podemos temer con tales protectores y con tales guias? Quid sub tantis custodibus timeamus?

No hay que temer, ni que nuestros enemigos los venzan, ni que sus artificios los engañen, ni que nos descaminen por no saber guiarnos: Nec superari, nec seduci, minus autem seducere possunt qui custodiunt nos in omnibus viis nostris. Son nuestros amigos fieles, nuestros guias seguros, nuestros poderosos protectores; ¿qué tenemos, pues, que temblar? Fideles sunt, prudentes sunt, potentes sunt, cur trepidamus? Nada hay que hacer de nuestra parte sino ser dóciles á sus inspiraciones, puntuales en obedecer, fieles en servirlos, y prontos á sus piadosas inspiraciones, impulsos y llamamientos: Tantum sequamur eos, adhaereamus eis. Seguros podemos vivir de que estamos debajo de la protección de Dios, mientras estamos bajo la tutela de nuestro ángel de la guarda: Et in protectione Dei coeli commoremur.

En fin, añade san Bernardo, siempre que nos combata alguna violenta tentación, siempre que nos hallemos en ocasiones peligrosas, siempre que nos sucedan molestos accidentes, siempre que se nos ofrezcan dudas y perplejidades, siempre que esté turbado el corazón, y esté el alma afligida, cuando se ofrezca algún negocio, algún viaje donde haya que temer dificultades, riesgos y peligros, invoquemos con fervor y con toda confianza á nuestro ángel de la guarda. Si queremos granjearnos la benevolencia de aquellas personas de quienes tenemos necesidad, imploremos el favor de sus ángeles custodios, porque ninguno como ellos podrá inclinar su ánimo á nosotros.

No hay santo en el cielo que no tuviese singular devoción á su ángel custodio. Cada reino, cada región, cada ciudad, dice santo Tomás, tiene su ángel tutelar. En las iglesias donde hay Sacramento asiste innumerable multitud de estos espíritus celestiales, que continuamente están haciendo corte á su soberano dueño realmente presente en la Eucaristía. ¡Oh, y cuántos asisten, dice el mismo padre, al santo sacrificio de la misa mientras esta se celebra! Todos ellos son dignos de nuestro culto, y cada uno nos alcanzará una devoción mas respetuosa y mas tierna como se lo pidamos.

Acordémonos en fin que en todas partes encontramos santos ángeles, prontos á asistirnos en todas nuestras necesidades. Ellos nos aman como á hermanos, dice san Agustín: Ipsi sunt fratres nostri, qui valde nos diligunt: en todo nos enseñan, y en todo nos asisten: nos ubique instruunt, in cunctis nos protegunt; y están como con una santa impaciencia por vernos ocupar en el cielo aquellas sillas de que se hicieron indignos los ángeles rebeldes: Sedes paradisi per nos repleri exspectantes.

Acudamos, pues, á nuestro ángel de la guarda, concluye san Bernardo, en todas las tentaciones, en todos los peligros, en todas las adversidades, en todos los negocios espinosos, en todas nuestras dudas, en todas nuestras empresas; imploremos su protección, pidámosle que nos alumbre, que nos aliente, que nos asista, y digámosle en todas ocasiones en que corremos algún peligro: Señor, sálvanos, que perecemos. Quotiescumque ergo gravissima cernitur urgere tentatio, et tribulatio vehemens imminere, invoca custodem tuum, doctorem tuum, adjutorem tuum in opportunitatibus, in tribulatione: inclama eum, et dic: Domine, salva nos, perimus.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.