viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 22 de septiembre de 2015

Santo Tomás de Villanueva, Obispo y Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Santo Tomás de Villanueva, ornamento de la iglesia de España, nació en Fuenllana, lugar pequeño de la Mancha, el año de 1488; pero se crió en Villanueva de los Infantes, á tres leguas de dicho lugar, por serlo de su padre, y de él tomó el sobrenombre de Villanueva. No era ilustre su familia; pero era muy limpia y muy honrada, con bastantes bienes de fortuna para vivir honradamente según su condición. Sobre todo eran muy conocidos sus padres por la ejemplar caridad que tenían con los pobres. Se habían impuesto á sí mismos la ley de no amontonar dinero, sino de repartir en limosnas todo lo que les sobraba de su hacienda. No vendían los granos ni los demás frutos en los mercados, como lo hacían los otros labradores: separaban lo que habían menester para el gasto de la casa, y todo lo demás lo distribuían entre los pobres que acudían á ellos con toda confianza, como á bienhechores suyos. Esta virtud de la misericordia y de la limosna fué la más preciosa herencia que dejaron á su hijo y heredero, inspirándosela desde la cuna.

No perdonó medio alguno Alfonso García, padre de nuestro santo, para darle una cristiana educación; y su madre Lucía Martínez, mujer de gran virtud, dedicó al mismo fin todos sus maternales desvelos, tardando poco en reconocer que la gracia ayudaba á su piadoso trabajo, aun más eficazmente que ella. Contaba Tomás solo siete años cuando dió grandes muestras de su compasivo amor á los pobres con mil industrias, que solo podían ser sugeridas por el espíritu de Dios. Cada día salía con alguna nueva invención en favor de los necesitados. Unas veces dejaba la comida para darla de limosna; otras se desnudaba de sus vestidos para cubrir con ellos á algún niño desnudito. Todo cuanto podía encontrar en casa que fuese de algún alivio á los pobres, todo lo atrapaba y lo distribuía entre los muchos mendigos que á todas horas concurrían á su puerta. Trigo, legumbres, viandas y pan eran la materia ordinaria de sus piadosos hurtos, y sus caritativos padres, en lugar de reprenderle, eran los primeros que lo celebraban.

Sobre todo, la virtuosa madre tenía especial gusto en ver las industrias de que se valía para tener siempre que dar á los pobres que le pedían limosna. Hiciéronle un vestido nuevo, y el primer día que le estrenó le dio al primer pobre que encontró al salir de casa, y él se volvió á vestir el viejo. Sorprendida la madre, le preguntó qué había hecho del vestido nuevo, y el santo niño le respondió que, como estaba acostumbrado al viejo, se acomodaba más bien con él, y el otro le pareció que era mejor para los pobres. Otro día estaba solo en casa, y no teniendo la llave de la despensa para dar pan á seis pobres que llegaron á la puerta, se acordó de que había en el corral una gallina con seis pollos; dio á cada uno un pollo, y los despidió. Cuando volvió la madre y echó menos sus pollos, el santo niño con su natural candor le confesó lo que había hecho, añadiendo con igual ingenuidad que, si hubiera venido otro pobre más, pensaba darle la gallina.

A esta virtud de la caridad acompañaban todas las demás que son ordinarias en los santos. Hechizaba á cuantos le trataban la dulzura y la apacibilidad de su genio. No conocía Tomás ni aun aquellas mentirillas que son tan comunes en los niños. Su ingenuidad era seguro indicio del candor y de la pureza de su alma; delicada virtud, que nunca se ajó en él, ni aun con el más leve vapor; tanto, que hasta su aire, sus conversaciones y sus modales la inspiraban en los jóvenes más libres; y su devoción se pegaba á todos los que observaban el respeto y la compostura con que estaba horas enteras en las iglesias.

Las primeras palabras que sus padres le enseñaron á pronunciar fueron los dulcísimos nombres de Jesús y de María. Por eso era tan tierna su devoción á la Madre de Dios, que comúnmente le llamaban el hijo de la Virgen, habiéndose reparado que los sucesos particulares de su vida fueron en alguna festividad de esta Señora. El día de la Presentación tomó el hábito de religioso, en el de la Asunción le hicieron obispo, y en el de la Natividad de la Virgen fue su dichosa muerte.

Habiendo estudiado en su patria las primeras letras, en las cuales por su ingenio y por su aplicación adelantó mucho en poco tiempo, le enviaron sus padres, siendo de edad de quince años, á la universidad de Alcalá, que acababa de fundar el cardenal Jiménez. Luego se hizo muy señalado en ella por su ingenio, y mucho más por su virtud; y lo que suele ser escollo en que naufraga la inocencia de los jóvenes, solo sirvió para añadir nuevo lustre á la de nuestro Tomás. Lejos de dejarse arrastrar por los malos ejemplos de otros jóvenes de su edad, él los traía al amor de la virtud con los buenos que les daba á ellos. No se sabía lo que más se había de admirar en el santo mancebo, ó los asombrosos progresos que hacía en las ciencias, ó lo que adelantaba cada día en la virtud.

Anticipóse su reputación á la madurez de la edad. Aun no tenía veinte años, y ya le buscaban para árbitro de las diferencias. Por más que su modestia se esforzaba á ocultar sus raros talentos, se descubría su extraordinario mérito á pesar de su humildad; y así, habiendo recibido el grado de maestro en artes á los veinte y seis años, fue nombrado por catedrático de filosofía. Extendida su fama por España, al cabo de dos años fué llamado á la universidad de Salamanca, adonde fué muy gustoso, porque ya se le hacían insoportables los honores que le tributaban en Alcalá; pero como á todas partes llevaba consigo su mérito y su virtud, en todas daba mucho que padecer á su humildad la admiración, el concepto y el aplauso de los hombres.

Hacía mucho tiempo que Tomás suspiraba ansiosamente por la soledad, y los mismos aplausos del mundo avivaban más y más en su humilde espíritu estos ansiosos deseos. Aunque su vida era recogida, austera y retirada, siendo su principal estudio el de la salvación, se le hacía intolerable el preciso trato con las gentes de que no podía excusarse; y habiendo llegado á su noticia que así en Alcalá como en Salamanca se pensaba seriamente en fijarle en la universidad para elevarle á las primeras dignidades eclesiásticas, se determinó á tratar eficazmente de su retiro. Duró poco la deliberación. Después de examinado el espíritu y los estatutos de muchas sagradas religiones, le pareció que le llamaba Dios á la de los ermitaños de san Agustín. Apenas descubrió su ánimo, cuando fué recibido con extraordinario gozo de toda la orden. Entró en ella el año de 1518, en el mismo día en que el desgraciado Lutero la había abandonado, como se notó con el tiempo: como que la divina Providencia quería consolar á la religión en el justo dolor que le causaba la deserción de un apóstata, recompensándola de esta pérdida con la admisión de un gran santo.

Muy desde luego se reconoció que en lugar de un novicio había sido recibido un gran maestro de la vida espiritual. Para él eran alivios los ejercicios más penosos de la religión, recreo las más rígidas austeridades. Acostumbrado desde la edad de diez años á los ayunos, á las más dolorosas mortificaciones del cuerpo, y á la perfecta abnegación de la propia voluntad, todos los rigores de la religión se le representaban lenitivos y temperantes. Por eso, aunque su mortificación llegaba á ser excesiva, solía decir que desde que había entrado religioso ya no hacía penitencia. No hubo novicio más exacto en el cumplimiento de todas las obligaciones, ni religioso más rendido ni más humilde. Al ver la santa simplicidad con que se portaba en todo, se podía juzgar que enteramente estaba olvidado de que había sido catedrático en las universidades más célebres de España. Por la constante uniformidad de su conducta se llegó á creer, ó que había nacido sin pasiones, ó que por privilegio particular se las había Dios extinguido en su inocente alma.

A su fervor y á su inocencia correspondía su tierna devoción. Por eso, apenas acabó el año de noviciado cuando le ordenaron de sacerdote; y añadiendo el sacerdocio nuevo lustre á su virtud, en el mismo año le mandaron los superiores que repartiese al pueblo el pan de la palabra de Dios; lo que hizo con tanta dignidad y con tanto fruto, que desde allí en adelante solo era conocido por el renombre del apóstol de España. Con este empleo volvió á reproducir su caridad con los pobres, que había estado como suspensa durante el retiro del noviciado; de suerte que al mismo tiempo era el predicador de la palabra de Dios, enfermero, mayordomo de los pobres, y el recurso universal de todos los necesitados.

Hicieron escrúpulo los superiores de que esta grande antorcha estuviese más largo tiempo escondida debajo del celemín, y le mandaron enseñar la teología en el convento de Salamanca. Desempeñó el nuevo empleo con universal aplauso, sin aflojar por eso ni en su fervor ni en su celo. Toda la ciudad concurría á sus lecciones movida de su gran reputación, y en ellas aprendía al mismo tiempo la ciencia de las escuelas, la de la religión y la de la salvación eterna.

Por el singular talento de predicador, de que le había dotado el cielo, le pidieron las más principales y populosas ciudades de España para que predicase en ellas. Hízolo con maravilloso fruto en Burgos y en Valladolid, donde toda la corte concurría á oírle con un ansia verdaderamente asombrosa. Ninguno asistía con más frecuencia á sus sermones que el mismo emperador Carlos V, el cual le nombró por su teólogo, y por su predicador ordinario. Preguntado en cierta ocasión de dónde sacaba unos pensamientos tan sólidos, unos conceptos tan elevados, una elocuencia tan dulce, tan pegajosa y tan enérgica, acompañada de tanta moción, respondió con su acostumbrada humildad, que el crucifijo era el gran maestro de los predicadores, y que la oración debía ser su principal escuela. Es verdad que recibía en ella unas luces tan soberanas, que solo Dios se las podía comunicar, y que muchas veces fué visto arrebatado en éxtasis.

Como los religiosos de su orden le trataban más de cerca que los seglares, tenían también mejor conocidos sus extraordinarios talentos y su raro mérito; en cuya consideración les pareció debían dispensar con él una constitución de la orden, que prohíbe sean promovidos á superiores los que no tengan siete años de profesión. Solo tenía dos de profeso cuando le hicieron prior del convento de Salamanca, después del de Burgos, en tercer lugar del de Valladolid, dos veces provincial de Andalucía y una de Castilla. Desempeñó estos cargos con tanta dignidad y con tanta satisfacción de todos sus súbditos, que en él se verificó lo que escribe san Pablo á Timoteo: La virtud sirve para todo, y los santos sobresalen en todo lo que les encarga la obediencia.

En vista de lo que iba creciendo cada día la santidad y el mérito de nuestro Tomás, no se puede explicar la general veneración que se mereció en toda España. Había condenado á muerte el emperador Carlos V á ciertos caballeros, reos de lesa majestad; intercedieron por ellos los grandes de España, y entre otros el almirante, el condestable, el arzobispo de Toledo, y hasta su mismo hijo el príncipe de Asturias don Felipe: estuvo inexorable el emperador; pero no se pudo resistir á la súplica que hizo en favor de ellos nuestro santo; y como vió que toda la corte se admiraba mucho de esta preferencia, dijo públicamente: Habéis de tener entendido que los ruegos del prior de los agustinos de Valladolid son para mí como preceptos de Dios: justo es que se concedan algunas gracias de la tierra á un varón santo y tan amigo de Dios, á quien debemos recurrir para que nos consiga las del cielo.

Andaba nuestro santo visitando los conventos de su provincia cuando tuvo noticia de que el emperador le había nombrado para el arzobispado de Granada, y que había mandado expedirle la cédula. Sobresaltóse extrañamente su profunda humildad, sugiriéndole tantas razones para renunciar aquella dignidad, y representólas al emperador con tanta elocuencia, que se vió éste precisado á rendirse, y á admitirle la renuncia. Pero vacando después el arzobispado de Valencia por dimisión de don Jorge de Austria, promovido al obispado de Lieja por el papa Paulo III, y hallándose en Flandes el emperador muy arrepentido ya de la facilidad con que había condescendido la primera vez con la humildad de fray Tomás, le nombró para este arzobispado. Recibió el santo la cédula imperial sin asustarse mucho, pareciéndole que la segunda renuncia sería tan eficaz como la primera; pero se engañó. Conspiraron contra su resolución uno y otro poder, el temporal y el espiritual, mandándole sus superiores, bajo pena de excomunión, que se rindiese á la voluntad de Dios tan descubierta. No tuvo otro remedio que obedecer.

Consagróle en Valladolid el arzobispo de Toledo el año de 1544, y al punto partió para su iglesia sin otra comitiva ni familia que un religioso, que era su socio, y dos criados del convento de donde venía. Hizo el viaje á pie, con su hábito raído, y un sombrero que le había servido ya veinte y seis años, y le sirvió después en todos sus viajes. Tuvo pensamiento de ir á ver á su madre, que, habiendo cedido su casa al hospital, se había consagrado al servicio de los pobres, y le había escrito que pasase por Villanueva para darle este consuelo antes de morir. Al principio le pareció cosa muy justa; pero consultándolo con Dios, halló que la carne y sangre tenían mucha parte en aquella condescendencia, y así por pura virtud se privó de aquel consuelo.

Hizo la entrada pública en su iglesia el primer día del año de 1545; y viendo los canónigos su pobreza, le regalaron cuatro mil ducados. Admitiólos el santo con el mayor agradecimiento; pero en su misma presencia mandó que los llevasen luego al hospital para alivio de los pobres, diciendo que, no siendo incompatible la pobreza con la dignidad episcopal, estaba determinado á vivir en la misma conformidad que siempre había vivido. Con efecto, su vestido era el de un pobre y mero religioso, y su mesa la misma que en el convento; siendo de dictamen que el obispo solo se había de distinguir por la virtud y por las buenas obras, no por la preciosidad de los muebles, ni por la magnificencia y suntuosidad de las carrozas.

Siempre consideró sus rentas como patrimonio de los pobres, en que él solo tenía la incumbencia de distribuírselo; y así los mismos pobres llamaban públicamente su casa al palacio arzobispal. Raro día se dejaba de dar limosna á más de cuatrocientos, sin las secretas que se hacían á todas las familias vergonzantes. No había personas nobles tan ingeniosas en ocultar sus necesidades, como era industriosa la caridad del arzobispo en descubrirlas, y su liberalidad en socorrerlas. Nunca tuvo cruz arzobispal propia, ni oratorio, ni ornamento; todo lo tenía prestado de la catedral. La vajilla de su mesa era de barro, y toda su plata se reducía á unas cucharas para los huéspedes ó convidados. Observó toda la vida los ayunos de la orden y los de la Iglesia á pan y agua.

A su penitente vida correspondía el celo por la salvación de sus ovejas. Ningún pastor le excedió en el cuidado de su rebaño. No solo visitaba todos los años el arzobispado, sino que predicaba todos los días, y algunos más de una vez. Bastaba verle para moverse, y oírle para convertirse; por lo que en brevísimo tiempo mudó de semblante toda la diócesis. Ocupaba el día en visitar los pobres enfermos, en instruir á los ignorantes, en convertir los pecadores y en arreglar las diferencias: las dos partes de la noche las pasaba en devociones. Extendíase particularmente su solicitud pastoral á las doncellas pobres, á los niños expósitos, á los encarcelados y á los huérfanos. Todos estos encontraban en el santo prelado socorro, consuelo, poderosa protección y asilo.

Convocó el papa Paulo III un concilio general en Trento; y viéndose imposibilitado el santo prelado de concurrir á él por la debilidad de su salud, consumida al rigor de sus penitencias y de sus grandes trabajos, nombró en su lugar al obispo de Huesca. Casi todos los prelados de España que concurrieron al concilio pasaron por Valencia para tomar parecer de nuestro santo, venerado como oráculo en la Iglesia; y se asegura que, hallándose en el mar estos obispos muy en peligro de padecer naufragio, imploraron la intercesión de santo Tomás, que se les apareció vestido de pontifical, los tranquilizó, y al punto se sosegó la tormenta. Así lo afirmaron en Trento los mismos prelados.

Entre tanto, el alto concepto que formaba el santo arzobispo de las obligaciones de un buen pastor, y el bajísimo que hacía de sí por su profunda humildad, le tenía en un continuo sobresalto, temiendo la terrible cuenta que había de dar á Dios. Este temor le congojaba día y noche, obligándole á solicitar muchas veces que se le admitiese la renuncia del arzobispado; y no queriendo darle oídos en España, acudió á Roma. Pero viendo cerradas todas las puertas, se volvió al Señor, pidiéndole con muchas lágrimas que librase á su iglesia de tan indigno prelado. Oyóle su Majestad, y le sacó luego de este mundo, no para librar á su iglesia de un prelado indigno, sino para darle un poderoso protector en el cielo, y para premiar con la gloria eterna su eminente virtud.

Hallándose en oración el día de la Purificación de la santísima Virgen el año de 1555, y creciendo en su corazón el ansioso deseo de gozar cuanto antes de su Dios, oyó una voz que le dijo clara y distintamente: Tomás, no te aflijas: ten un poco de paciencia: el día de la natividad de mi Madre recibirás el premio de tus trabajos. Desde aquel instante vivió el santo arzobispo en una especie de continua contemplación, siendo su vida un continuado ejercicio de penitencia, de oración y de obras de caridad.

En fin, el día 29 de agosto se sintió acometido de una esquinencia acompañada de violenta calentura. Conocieron todos que se acercaba su última hora por la extraordinaria alegría que manifestó en su semblante. Quiso recibir con tiempo los santos sacramentos. Tres días antes de su muerte, deseando que le acompañase hasta la sepultura la caridad con los pobres, que, por decirlo así, había nacido con él, mandó traer delante de sí cinco mil ducados, los únicos que le habían quedado, y dió orden de que se distribuyesen entre los pobres de todas las parroquias de la ciudad, sin que se reservase ni un solo maravedí. El día antes de su muerte, diciéndole que, después de haber socorrido largamente á todos los pobres de la ciudad, habían sobrado mil y doscientos escudos, exclamó: Por amor de Dios os ruego que en esta misma noche y antes que amanezca el día de mañana repartáis todo ese dinero entre los pobres: este es el mayor servicio que me podéis hacer.

A la media noche fue preciso obedecerle; y diciéndole la mañana siguiente que estaba obedecido en todo lo que había mandado: Gracias os doy, Señor (exclamó), por la merced que me hacéis de morir pobre. Encargásteisme la administración de vuestros bienes, y ya los he repartido según vuestra divina voluntad. Entró un instante después el tesorero de la iglesia, y le dijo que le acababa de traer un poco de dinero: Pues id prontamente (le respondió el santo), y distribuidle entre los pobres, llevando luego luego todos los muebles de mi cuarto al rector del colegio que fundé. Acordándose después que la pobre camilla en que moría era suya, tuvo algún escrúpulo, y viendo en su cuarto al alcaide de la cárcel eclesiástica, le dijo: amigo, doyte desde luego esta cama en que estoy: solo te pido de gracia y por amor de Jesucristo, que me la dejes prestada hasta que espire.

Deshacíanse en lágrimas todos los presentes, y el santo mandó que le administrasen la extremaunción. Después hizo que le dijesen misa en su cuarto; y al acabarse el santo sacrificio, pronunciando los dulcísimos nombres de Jesús y de María, rindió dulcemente el alma en manos de su Salvador el día 8 de setiembre del año 1555, á los 67 de su edad, y el onceno de su obispado. Los funerales fueron de los más magníficos; pero ninguna cosa los honró tanto como los clamores y las lágrimas de más de ocho mil y quinientos pobres que lloraban la pérdida de un buen padre, y no se podían consolar en ella.

El mismo día de su muerte manifestó Dios su alta santidad con gran número de milagros. Treinta y tres años después se halló entero el santo cuerpo; y en el de 1618 fué solemnemente beatificado por el papa Paulo V, que mandó que en todos sus retratos se le pintase con una bolsa en la mano, rodeado de pobres. En fin, el primer día de noviembre de 1658 fué solemnemente canonizado por el papa Alejandro VII, quien mandó se rezase de él en la Iglesia.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.