viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 8 de septiembre de 2015

La Natividad de la Bienaventurada Virgen María

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Hoy es el día del nacimiento de la santísima Virgen, canta la Iglesia: Nativitas est hodie sanctæ Mariæ virginis. Celebremos este dichoso día con toda la solemnidad posible: Nativitatem hodiernam solemniter celebremus; celebrémosle con la mayor alegría, cum jucunditate. Tu nacimiento, oh Virgen madre de Dios, llenó de alegría á todo el universo: Nativitas tua, Dei genitrix Virgo, gaudium annuntiavit universo mundo. Hízonos el cielo en este día un magnífico presente, un presente de inestimable valor, dice san Bernardo: Pretiosum hodie munus cælum nobis largitum est. Este fué propiamente el día en el cual se comenzaron á disipar las espesas tinieblas en que por más de cinco mil años yacía el mundo sepultado, rayando la primera luz en el nacimiento de aquella brillante aurora, esperada por tantos siglos, y objeto tan largo tiempo de las ansias y de los deseos de tantos patriarcas y profetas.

Celebremos todos el nacimiento de la Madre de Dios, dice san Juan Damasceno, por la cual fué como reintegrado todo el género humano, siendo ella la que convirtió en alegría la tristeza que nos causó nuestra primera madre Eva. Dei Genitricis natalem complectamur, per quam mortalium genus redintegratum est; per quam primogenitæ matris Evæ mœror in lætitiam mutatus est. Así como la aurora es el fin de la noche, dice el abad Ruperto, de la misma manera este nacimiento fué el fin de nuestros males, y el principio de nuestra dicha y de nuestro consuelo: Sicut aurora finis præteritæ noctis est, sic nativitas Virginis finis dolorum, et consolationum fuit initium. ¿Dónde hay alegría más pura, más santa ni más llena que la que causa este dichoso día á toda la Iglesia por el nacimiento de aquella que habían anunciado los oráculos de los profetas, como dice san Jerónimo: Vaticinium prophetarum; nacimiento que fué como prenda de las promesas de Dios en frase de san Juan Damasceno: Pignus promissionis; y como seguridad del futuro nacimiento de todo un Dios: Genitale votum nascituri Dei? Parece, añade el mismo santo, que desde la creación del mundo andaban en competencia los siglos sobre cuál de ellos había de tener la gloria de honrarse con el nacimiento de la santísima Virgen: Certabant sæcula quodnam ortu Virginis gloriaretur.

Llegó, en fin, aquel dichoso tiempo determinado desde la eternidad en los secretos de la divina Providencia, aquel tiempo tan esperado y tan suspirado después de tantos siglos. El año cinco mil ciento ochenta y tres de la creación del mundo; el año de dos mil novecientos cuarenta y uno del diluvio universal, y el año de mil novecientos noventa y nueve del nacimiento de Abrahán, y el año de mil cuatrocientos noventa y cuatro de la salida de Moisés y del pueblo de Israel del cautiverio de Egipto; y el año mil diez y seis después que David fué ungido y consagrado por rey, hacia la semana sesenta y cinco, según la profecía de Daniel, y en la olimpíada ciento y noventa, el año setecientos treinta y tres de la fundación de Roma, y veinte y seis del imperio de Octaviano Augusto: en la sexta edad del mundo, aquella bienaventurada Niña, predestinada por los decretos eternos para ser madre del Verbo encarnado, habiendo sido concebida sin pecado por singular privilegio, á los nueve meses de su inmaculada concepción nació en Nazareth, ciudad de Galilea, á treinta leguas de Jerusalén, el día ocho de setiembre.

Hasta entonces no había visto el mundo nacimiento más recomendable, así por la nobleza de la sangre y circunstancias de sus padres, como por la santidad y por el mérito de aquella tierna niña que nacía para consuelo de todo el universo, y para admiración de toda la corte celestial. Su padre san Joaquín era de sangre real, hijo de Barpanther, y descendiente de David por Nathan. Esta rama de la familia real era originaria de Judea; pero habiendo decaído de su antiguo esplendor y sumídose en mucha pobreza de bienes de fortuna por singular disposición de la divina Providencia, que quería fuesen los parientes más cercanos del Salvador de la misma condición que él, se había como desnaturalizado de su propio país, y arraigando su casa en Nazareth, estaba reputada por familia de Galilea. Su madre santa Ana era hija de Mathan, sacerdote de Belén, de la tribu de Leví, y de la familia de Aarón, de manera que en la persona de su hija María se hallaban dichosamente unidas la sangre real y la familia sacerdotal, de la cual era cabeza Aarón entre los judíos.

No hubo dos esposos, dice san Juan Damasceno, más nacidos el uno para el otro; la misma índole, las mismas inclinaciones y el mismo parecer en todo; acreditando así que era obra de Dios aquel dichoso matrimonio. Siendo Dios el único objeto de sus deseos, y dirigiéndose todos sus afectuosos suspiros á la venida del prometido Mesías, vivían casi siempre en dulce y sosegado retiro, pasando en oración todo el tiempo que les quedaba libre. Eran, dice santa Brígida, dos astros resplandecientes, que, aunque encubiertos con las nubes de una vida oscura y abatida, no dejaban de deslumbrar con su claridad á los mismos ángeles, y á todo el cielo enamoraba su piedad y su pureza.

Hacía años que san Joaquín y santa Ana vivían con aquella paz, con aquella unión, y entregados á aquellos devotos ejercicios que tanto edificaban á todos, cuando quiso el Señor que saliese aquel misterioso retoño de la vara de Jesé, de que habla el profeta Isaías; que amaneciese aquella aurora tan deseada, que había de preceder por breve tiempo al divino sol, el suspirado Mesías. Es opinión común que ya san Joaquín y santa Ana iban declinando á la vejez sin haber tenido sucesión, y sin esperanzas de tenerla; de suerte que aquella esterilidad considerada entonces como maldición de Dios, y reputada por la más ignominiosa desgracia que podía suceder á una familia, quitándole toda esperanza de tener alguna afinidad con el Mesías prometido, humillaba mucho tiempo había á los dos santos esposos; y como por una parte su avanzada edad, y por otra su modo de vivir en perfecta continencia, según afirma santa Brígida, los tenía destituidos de toda esperanza de sucesión, se contentaban con derramar su corazón en la presencia de Dios, pidiéndole solamente aquello que fuese de su mayor gloria.

Créese generalmente que reveló el Señor á los dos santos esposos que tendrían una hija, la cual había de ser bendita entre todas las mujeres, y Dios se había de valer de ella para la salvación del pueblo de Israel; pero sea lo que fuere, lo cierto es que tuvieron á la santísima Virgen, la cual nació milagrosamente, dice san Juan Damasceno, de una madre estéril, y librando á sus padres de la ignominia de la esterilidad, los transformó en las dos personas más dichosas y más respetables de la tierra. Quid autem est, pregunta este santo, cur Virgo mater ex sterili orta sit? Pero ¿por qué razón fué conveniente que naciese de madre estéril esta Virgen madre? Porque lo era, responde el mismo, que una cosa tan nueva y nunca vista debajo del sol viniese también por un camino extraordinario, y que naciese milagrosamente la que ella misma era el mayor milagro: Quoniam scilicet oportebat, ut ad id quod solum novum sub sole erat, ac miraculorum omnium caput, via per miracula sterneretur. Era muy puesto en razón que la naturaleza cediese á la gracia, no siendo aquella capaz de tanta gloria. Natura gratiæ cedit, ac trémula stat, progredi non sustinens. Quoniam itaque futurum erat ut Dei Genitrix ac Virgo ex Anna oriretur, natura gratiæ fœtum anteire minime ausa est: verum tantisper exspectavit, dum gratia fructum suum produxisset. Habiendo de nacer de santa Ana la Virgen madre de Dios, no se atrevió la naturaleza á concurrir, digámoslo así, por respeto á lo que había de ser obra de la gracia; detúvose en cierta manera como para dar lugar á que la gracia produjese el fruto que le pertenecía.

Fácilmente se deja comprender el gozo de aquel afortunado padre y de aquella dichosa madre en el momento que nació aquella bienaventurada hija. Alumbrados con cierta luz sobrenatural, desde luego conocieron que Dios la había criado únicamente para sí, y que ellos no eran más que depositarios de aquel tesoro. El milagroso nacimiento de aquella niña fué para ellos presagio cierto de su mérito y de su excelencia. ¡Oh dichosos padres, exclama san Juan Damasceno, que disteis á luz una virgen que será madre de Dios sin dejar de ser hija vuestra: Virginem enim Dei matrem mundo peperistis! ¡Dichoso el vientre, oh Virgen santa, que te llevó, y dichosos los pechos que mamaste! Dense priesa todos los fieles, exclama el devoto Sergio de Hierápolis, por venir á saludar á la que acaba de nacer, porque antes de su nacimiento estaba predestinada para ser madre de Dios, y con ella renace y se renueva el mismo mundo. Venid, pueblos; venid, naciones, de cualquiera clima que seáis; venid todos, de cualquiera edad y de cualquiera condición que fuéreis, venid á celebrar el nacimiento de esta Virgen, con la cual, por decirlo así, nació nuestra salvación: Hodie mundi salus inchoavit: jubilate Deo omnis terra, cantate, et exultate et psallite. Así exclama san Juan Damasceno.

¿Cuándo hubo motivo más justo de regocijo? ¿en qué otro día hemos de mostrar más nuestro alborozo, puesto que en el nacimiento de la santísima Virgen, como dice san Ildefonso, comenzó en cierta manera el nacimiento de Jesucristo? In nativitate Virginis, felix Christi est inchoata nativitas. Hasta aquí sólo había mirado Dios la tierra como región de llanto, destinada para habitación de miserables delincuentes; pero desde el mismo instante en que María se deja ver en el mundo, ya hay en él un objeto en que se complace mucho el mismo Dios, y ya no le puede mirar con ojos airados.

Algunos días después que santa Ana se levantó del parto, fué llevada al templo la santa Niña, donde precediendo las oraciones acostumbradas, se le impuso el nombre de María, asegurando san Ambrosio, san Bernardo y otros muchos santos padres, que este nombre le fué dado por el mismo cielo, revelándole el Señor á santa Ana y á san Joaquín como el más propio para explicar la grandeza, la dignidad y la excelencia de aquella bendita Niña: Dignitas Virginis annuntiatur ex nomine, dice el Crisólogo.

Atorméntanse los ingenios, agótanse todos los artificios, todos los esfuerzos de la elocuencia para componer un genetlíaco, ó un panegírico magnífico y pomposo para celebrar el nacimiento de algún príncipe. Con efecto, ¿qué se puede decir de un niño que acaba de nacer? ¿ensalzar su nobleza? Esto no es elogiarle á él, sino á sus abuelos y ascendientes. No hay asunto más estéril ni más pobre que su persona en aquellos primeros días. Por lo que toca á lo de adelante, todo lo que se puede asegurar con la mayor certeza es, que se verá sujeto á mil trabajos y miserias; pero se ignora si será bueno ó malo, discreto ó tonto; en una palabra, hasta ahora nada ha hecho, y se ignora lo que hará. No así en María: aunque acaba de nacer, es cierto que ya ha hecho mucho, y no podemos ignorar que ha de hacer aún mucho más. Entra María en el mundo colmada de merecimientos, y sabemos que ha de colmar al mundo de felicidades y dichas.

No hay duda que el alma de la Virgen fué la más hermosa alma que Dios crió antes que fuese criada el alma de Jesucristo; pudiéndose decir que esta fué la más excelente obra que salió de las manos del Criador: Opus quod solus opifex supergreditur, dice san Pedro Damiano. A la hermosura de aquella bella alma correspondía la del cuerpo. Sábese que desde el mismo instante en que aquella purísima alma fué unida á aquel hermosísimo cuerpo, fué también santificada, y el cuerpo concurrió con sus órganos á todas las funciones de la vida racional. Siendo María concebida sin pecado en el primer instante, recibió con la gracia el perfecto uso de la razón, y desde entonces fué ilustrado su entendimiento con todas las luces de la sabiduría, y enriquecido con la cabal comprensión de todas las verdades morales.

Pero ¿cuál fué la medida de aquella gracia que recibió, y cuál el primer empleo de aquella razón tan divinamente ilustrada? Fué tan abundante aquella gracia, dice san Vicente Ferrer, que excedió á la de todos los santos y á la de todos los espíritus celestiales. Virgo sanctificata fuit in útero super omnes sanctos, et omnes angelos. En aquel primer instante en que todos los hombres son objeto de horror á los ojos de Dios, María lo fué de admiración á las celestiales inteligencias, y de complacencia á los cariños del mismo Dios. Esta fué la santísima Virgen desde el primer instante de su inmaculada concepción; y habiéndose multiplicado en todos los instantes aquel inmenso caudal de gracias, de luces, de sabiduría y de virtudes, concibamos, si fuere posible, cuál sería el tesoro de merecimientos con que se hallaría enriquecida el día de su nacimiento.

¿Pues qué asunto más digno de nuestras admiraciones, de nuestros respetos, de nuestros elogios, y añadamos también, del culto de toda la Iglesia, que el nacimiento de esta santa Niña? Ya no nos debe causar admiración que el ángel quince años después la salude como llena de gracia; ni que los santos padres, hablando de la gracia con que se halló en el último momento de su vida, es decir, sesenta y dos años y nueve meses después de su concepción, se valgan de expresiones tan fuertes y tan significativas. Tuvo mucha razón san Epifanio para decir que fué inmensa aquella gracia; san Agustín que fué inefable, y Dionisio Cartusiano que fué como infinita: Mariæ sanctitas est infinita. San Juan Crisóstomo llama á María el tesoro de toda la gracia. San Jerónimo dice que toda se derramó en ella; y san Bernardino de Sena se adelanta á asegurar que recibió toda la que es capaz de recibir una pura criatura: Tanta gratia Virgini data est, quanta uni, et puræ creaturæ dari possibile est.

Y á la verdad, si los pueblos acostumbran hacer tantos regocijos cuando nacen hijos á sus soberanos y á sus príncipes, porque también á ellos les nacen reyes y monarcas que los gobiernen y los manden, ¿qué mucho es que el nacimiento de María llenase de regocijo al cielo y á la tierra, como canta la Iglesia, pues en ella nació la Reina de los ángeles y de los hombres; nuestra única esperanza después de Jesucristo, dice san Epifanio; nuestra fiadora con Dios, dice san Agustín; nuestra medianera con el Mediador, dice san Bernardo; el remedio de todos los males, dice san Buenaventura; nuestra paz, nuestra alegría, nuestra buena madre, dice san Efrén; y en fin, nuestro consuelo, nuestra alegría y nuestra vida, como canta toda la Iglesia?

Descendió María de reyes y de patriarcas; pero lo que la engrandece más á los ojos de Dios no es el esplendor de su dignidad, no su grandeza, no su poder, no el ruido de sus gloriosas hazañas; su santidad fué la que la hizo tan recomendable en su concepción, y esta sola es la que constituye toda su dicha y toda su gloria en su alegre nacimiento. Nace, no rodeada de esplendor como los grandes del mundo; no entre el fausto, la pompa, la majestad como los reyes de la tierra: sin ese aparato, sin ese esplendor mundano es su nacimiento, aunque al parecer tan oscuro, con grandes ventajas, preferible al nacimiento de todos los grandes y de todos los monarcas del mundo. Todos ellos fueron concebidos en pecado; todos nacieron en desgracia de Dios, hijos de ira y objetos de odio: sola María nace ya objeto de las divinas complacencias, hija muy amada del Altísimo, colmada de sus más abundantes bendiciones, y enriquecida con todos los dones de su espíritu. Esta es la verdadera grandeza, y así honra el rey de la gloria á la que quiere honrar.

Creced, santa Niña, creced así para mayor gloria del mismo Dios que os crió, como para mayor dicha de aquellos en cuyo favor y beneficio habéis nacido. Algún día daréis vos su nacimiento al mismo Dios, de quien ahora le recibís. Creced, pues, para disponerle su digno tabernáculo. Cuando se encierre en vuestro purísimo seno, os conferirá el más augusto carácter, elevándoos á su divina maternidad. Vivid y creced para dignidad tan eminente, y para el mayor y más glorioso destino. Por medio de vos quiere venir á nosotros para libertarnos de la esclavitud. Vivid y creced para nuestra salvación, y para que, naciendo de vos nuestro Salvador, quedéis constituida madre de todos los creyentes.

Nos admiraríamos justamente de que una fiesta tan santa y que tanto nos interesa no se celebrase en la Iglesia desde sus primeros siglos, si no se supiese la razón que tuvieron aquellos primitivos fieles, sin duda más devotos de María y más celosos de su culto que nosotros, para no dar motivo de creer á los gentiles y á las naciones groseras, criadas por la mayor parte en la idolatría, que los cristianos adoraban como diosa á la madre de su Dios. Este era el motivo que en aquellos nebulosos tiempos tenían los verdaderos fieles para no manifestar su celo por el culto de la santísima Virgen en fiestas ruidosas y solemnes; contentándose con rendirle sus respetos reverentes con una tierna devoción y con un culto reservado.

Pero luego que gozó de paz la Iglesia del Señor, y pudieron los pastores instruir públicamente á su rebaño, floreció en todo el mundo cristiano el culto público y solemne de la santísima Virgen; celebráronse con pompa y solemnidad sus principales misterios; solemnizáronse sus fiestas con magnificencia; convinieron griegos y latinos en este punto de religión, no obstante el desgraciado cisma; y el nacimiento de la santísima Virgen fué una de las principales fiestas de los cristianos. Ortum Virginis didici in Ecclesia, dice san Bernardo, et ab Ecclesia indubitanter haberi festivum atque sanctum; firmissime cum Ecclesia sentiens, eam accepisse in útero ut sancta prodiret. La Iglesia es la que me ha enseñado á celebrar la Natividad de la santísima Virgen con toda la devoción y con toda la solemnidad posible. Creo firmemente con toda la Iglesia que, habiendo sido santificada en el vientre de su madre, es objeto único de nuestro culto desde el primer instante que nació.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.