viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

miércoles, 2 de septiembre de 2015

San Esteban, Rey de Hungría, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Esteban I, rey de Hungría. Hacia el año 372 del nacimiento de Cristo, los Hunos, pueblo de la antigua Sarmacia, junto á las márgenes de la laguna Meotis, saliendo de su país en número de un millón y novecientos mil hombres, conducidos por el famoso Atila, fueron á establecerse en la Hungría, y le comunicaron su nombre. Después de muchas revoluciones, en las cuales fueron expelidos del país, volvieron por la cuarta vez á él por los años de 970, y fundaron una especie de monarquía, que fué gobernada por sus soberanos con el título de duques, siendo Geysa el cuarto príncipe de la nación, que reinó en ella con este título. Era pagano, y naturalmente severo con los suyos; pero suave, benigno y apacible con los extranjeros, á quienes recibía con agasajo, y honraba con su benevolencia; y como por la mayor parte eran cristianos, enamorado de sus buenas costumbres, y prendado de sus conversaciones, formó un alto concepto de la religión que profesaban.

Noticioso san Adalberto, obispo de Praga en Bohemia, de lo bien dispuesto que estaba el ánimo del duque, determinó anunciar la fe en los estados de Hungría; y no bien le oyó Geysa, en las primeras conferencias, cuando él mismo se declaró la más ilustre conquista del apostólico prelado. Instruido por san Adalberto, recibió de su mano el santo bautismo con la duquesa su esposa, que se llamaba Sarolta, y con otros muchos señores de la corte; quedando transformado el duque en otro hombre con la gracia de aquel primer sacramento. A la duquesa, con la de su conversión, se le comunicó también el don de una sobresaliente virtud, y con ésta un ardentísimo deseo de desterrar de toda Hungría el paganismo, á cuyo zelo no era inferior el del duque.

Ocupada enteramente un día la imaginación de la piadosa duquesa en discurrir medios para lograr sus religiosos intentos, se quedó dormida; y apareciéndosele en sueños san Estéban protomártir, le aseguró que presto daría á luz un hijo, destinado por el cielo para poner en ejecución la grande empresa que ella y su marido tenían tanto en el alma; pues no solo sería el primer rey, sino también el apóstol de toda la nación húngara. Tardó muy poco en ser completo este gozo, por el nacimiento de aquel hijo feliz que vió la luz del mundo el año de 978, y en el bautismo se le dió el nombre de Estéban.

No perdonaron los piadosos duques medio ni diligencia alguna para que el príncipe fuese educado en las más santas máximas de nuestra religión, y en los más tiernos y devotos afectos de las virtudes cristianas; poniendo igual esmero en buscarle maestros excelentes que le cultivasen el entendimiento, instruyéndole en las letras y ciencias humanas. Había dotado el cielo al tierno príncipe de tan bellas disposiciones para la virtud, concediéndole un corazón tan noble, tan generoso y tan recto, con un ingenio tan penetrante, y al mismo tiempo tan dócil, que dejó muy poco ó nada que hacer á los cuidados de la educación, y fueron tan rápidos sus progresos en las ciencias y en la piedad, que ya en aquellos tiernos años era reputado por el príncipe más cabal que se conocía en su siglo.

Fué su maestro el mismo san Adalberto, quien se dedicó á formar aquel tiernecito corazón, que supo aprovecharse maravillosamente de sus santas instrucciones. Éstas se reducían á las máximas puras del Evangelio, de que le daba lección todos los días, y el niño Estéban les tomó desde luego tanto gusto, que nunca supo después acomodarse con otras. Casi desde la cuna descubrió aquella tierna devoción á la santísima Virgen, que con el tiempo le movió á erigir en su honor tantos y tan magníficos templos. Sus diversiones eran la oración, y á los ejercicios espirituales se reducían los ejercicios de su niñez.

En todas las cortes de Europa apenas se acertaba á hablar de otra cosa que de la virtud del príncipe de Hungría, y hasta sus mismos vasallos, aunque paganos, y naturalmente feroces y groseros, le miraban con admiración, y le amaban con ternura, ganándoles el corazón aquella dulzura, aquella afabilidad, aquellos nobles y gratísimos modales, con aquella inagotable caridad que ejercitaba con todos los pobres; de manera que, siendo la veneración de los grandes, era el hechizo de los pueblos.

En vista de una prudencia tan anticipada, y de una virtud tan sobresaliente, resolvió el duque su padre asociarle al gobierno del estado, aunque contaba solos quince años, descargando en sus tiernos hombros el peso de los más graves y más importantes negocios. Faltóle en un mismo año, que fué el de 997, el duque su padre y su maestro san Adalberto, por lo que se vió precisado á cargar solo con el gobierno de todos sus estados, no obstante de hallarse como á la primera entrada de su florida juventud.

Fué su primera diligencia asegurar una paz sólida con todos los príncipes vecinos, con el fin de desviar todo embarazo á la ejecución del glorioso intento que formó inmediatamente de desterrar, si pudiese, de sus dominios hasta la memoria del paganismo. Dió principio á la grande empresa reformando las costumbres de sus vasallos, y aboliendo todos los usos y estilos que todavía respiraban su natural barbaridad. Juntaba ya á unos, ya á otros en su palacio, y él mismo los instruía, uniendo con las funciones de soberano los ministerios de apóstol.

Irritados furiosamente los sacerdotes de los ídolos, viendo disminuirse su autoridad y sus rentas al paso que se multiplicaban las conversiones, amotinaron á los paganos que componían la mayor parte de la nación, persuadiéndolos á que tomasen las armas contra el joven duque. Tenían á su frente al conde de Zegzard, el cual, considerándose con bastantes fuerzas para disputarle la soberanía, levantó un numeroso ejército, y marchó á poner el sitio á Vesprin, que era la principal plaza de Hungría, después de Strigonia. El duque por su parte también levantó tropas compuestas todas de cristianos; pero en tan corto número, que naturalmente no podían resistir á la prodigiosa multitud de los rebeldes.

Érale muy fácil al piadoso duque vivir en paz con sus vasallos, sin otra diligencia que dejar á los infieles proseguir tranquilos en el ejercicio de su ciega idolatría; pero pudieron más en su religioso corazón los motivos de la religión, que las razones de estado. Lleno, pues, de confianza en la asistencia de aquel Señor, por cuya gloria combatía, habiendo puesto su persona y su reinado bajo su poderosa protección, imploró fervorosamente su favor; y aunque con fuerzas tan desiguales, marchó á buscar al enemigo, y le presentó la batalla, que fué obstinada y sangrienta.

Era el virtuoso duque tan valeroso como santo, y trabada la acción, acreditó bien su valor, exponiendo á los mayores peligros su persona. Hallábase en todas partes donde era mayor el riesgo, y en todas iba siguiendo á su valerosa espada la victoria. Fué tan completa, que los rebeldes quedaron enteramente derrotados; su general el Cap, conde de Zegzard, muerto y tendido en el campo de batalla, y todo aquel numeroso ejército de amotinados desbaratado. Atribuyó el santo duque toda la gloria del triunfo al Señor Dios de los ejércitos, y después de haber mandado que se le tributasen solemnes gracias en todos sus dominios, erigió en el mismo campo de batalla un magnífico monasterio.

Libre ya de todos los estorbos, dedicó toda su atención á desterrar de todos sus estados hasta las reliquias de la idolatría, haciendo venir de todas partes zelosos religiosos que predicasen el Evangelio; y como el virtuoso príncipe se hallaba siempre al frente de aquellos apostólicos obreros, fué portentoso el suceso, y en breve tiempo fué universal la conversión del país. Luego que tuvo el consuelo de ver cristianos á todos sus estados, los dividió en doce diócesis, destinando á Strigonia para silla arzobispal y metropolitana, cuyo plan remitió á Roma para que le aprobase la santa sede, á quien despachó una solemnísima embajada, nombrando por jefe de ella á Atico, ó Anastasio, abad benedictino.

Reducíanse sus instrucciones á que en nombre del duque rindiese la obediencia al papa Silvestre II, suplicándole tomase bajo la protección de la santa sede aquellos estados, nuevamente convertidos á la religión cristiana; dignándose confirmar lo que el duque había arreglado acerca de la religión en sus dominios de Hungría, y rogándole tuviese á bien que tomase el título, las insignias y los honores de rey, para promover con mayor autoridad lo que el tiempo y las ocasiones lo permitiesen hacer en beneficio y propagación de la fe.

Llegó el embajador á Roma poco después que habían entrado en ella los de Boleslao, duque de Polonia, que, habiéndose convertido con toda su nación treinta años antes á la luz del Evangelio, tenía entablada la misma pretensión. Ya habían logrado audiencia de su Santidad los embajadores de Boleslao, y ya el papa, queriendo premiar los grandes servicios que habían hecho á la religión él y su padre Micislao, tenía prevenida una rica corona de oro para enviarla al duque de Polonia; pero habiendo oído por boca de Anastasio en la audiencia que le concedió todo lo que había obrado el duque Esteban en tanto aumento de la fe, determinó darle á éste la preferencia.

Concedióle, pues, el título y la dignidad de rey, ciñiéndole la corona; á lo que añadió el regalo de una rica cruz, para que la hiciese llevar siempre delante de sí, autorizando con una bula todo lo que había dispuesto, así en los obispados, como en los obispos presentados por él para gobernarlos, y reconociéndole por apóstol de su nuevo reino. Habiendo recibido Esteban las insignias de su nueva majestad, convocó en Strigonia todos los prelados del reino con la nobleza del país, y recibió la sagrada real unción de manos de los mismos prelados; y reconociendo que toda legítima potestad desciende originariamente del mismo Dios, y que á sola su piedad debía la corona, se hizo á sí mismo y á sus sucesores feudatarios de la santa sede apostólica.

La felicidad de tan gloriosos sucesos suscitó zelos en algunos príncipes vecinos, que, no acertando á mirar con buenos ojos aquel aumento de grandeza, se coligaron para sofocar en la cuna la reciente monarquía. El príncipe de Transilvania, olvidado del estrecho parentesco, pues era primo del rey, entró armado por sus tierras, haciendo en ellas grandes daños. Marchó contra él san Esteban con las tropas que pudo juntar tumultuariamente, atacóle, derrotóle, y le hizo prisionero, sin querer otro rescate por su libertad que su conversión y la de sus pueblos. Los Búlgaros le dieron más en que entender; porque le hicieron la guerra con mayores fuerzas, pero con tan infeliz suceso como los Transilvanos, pues al cabo los venció ó los humilló, obligándolos á pedirle la paz, que les concedió, sin aprovecharse demasiado de su victoria.

Contrajo una estrecha alianza con el emperador san Enrique, casándose con su hermana Gisela, princesa de extraordinaria virtud, que parecía haberla destinado singularmente para él la divina Providencia, por lo que no era posible matrimonio más cabal. Nunca tuvo la reina otras inclinaciones que las del rey, el mismo zelo por la religión, los mismos ejercicios espirituales, la misma devoción, la misma liberalidad con las iglesias, y la misma caridad con los pobres.

Restituida la tranquilidad á todo el reino, convirtió el rey toda su aplicación á procurar la felicidad de sus vasallos, á reformar los abusos, y á no omitir medio alguno para que cada día floreciese más la religión y la piedad. Siendo su virtud sobresaliente, y como la más favorecida entre todas, aquella tierna devoción que profesaba á la santísima Virgen, á quien siempre apellidaba su soberana Señora, título que después se hizo hereditario y familiar en todos los Húngaros, erigió en su honor un suntuoso templo en la ciudad de Alba, que comenzó á llamarse la Real, por haberla escogido el santo rey para su ordinaria residencia, y porque los reyes sus sucesores se coronaban después en su iglesia de la Madre de Dios, escogiéndola también para su panteón ó sepultura.

Apenas hubo provincia alguna en sus estados, ó ciudad considerable en las provincias, donde el piadoso monarca no fundase algún monasterio, no erigiese alguna iglesia, ó no dotase algún hospital. Ni su real piadosa liberalidad se estrechó precisamente en los límites de su reino: extendióse también á los extraños, fundando iglesias y hospitales para los Húngaros en Roma, en Jerusalén y en Constantinopla.

Dedicado únicamente á procurar que floreciese la religión en sus dominios, á exterminar los vicios y los abusos, á solicitar que en todas partes reinase la justicia y la piedad, y á promover por todos los medios posibles la felicidad de sus vasallos, promulgó leyes prudentísimas para desterrar de ellos las bárbaras costumbres, y para cortar con la severidad de las penas los robos, los homicidios, los adulterios, las blasfemias, y todo género de impiedades y disoluciones; formando una especie de código para mayor permanencia de estos reglamentos, en que comprendió debajo de cincuenta y cinco títulos ó capítulos las más saludables leyes.

Habiendo nacido con él, por decirlo así, la caridad y la misericordia con los pobres, tomó debajo de su real protección á las viudas y á los huérfanos, proveyendo con una liberalidad, de que hay pocos ejemplares, á la subsistencia de las familias necesitadas, todo con tanto orden, con tanta prudencia y con tanto acierto, que se decía comúnmente que en su dichoso reinado no había pobres en Hungría.

Queriendo en cierta ocasión tener el consuelo de dar la limosna por sus mismas reales manos, se disfrazó para no ser conocido. Luego que le vieron los primeros pobres con un bolsillo lleno de dinero, que llevaba para repartirle entre ellos, se echaron sobre él brutal y atrevidamente, arrojáronle en el suelo, pateáronle, maltratáronle, y arrancándole el bolsillo con violencia, se pusieron en precipitada fuga. Dejóse ultrajar el santo rey sin despegar siquiera los labios; y levantándose todo cubierto de lodo, no menos que de contusiones por la violencia de los golpes, vuelto á la santísima Virgen, su querida Madre, le habló de esta manera: Bien veis, ó reina de los cielos, mi soberana Señora, cómo han tratado vuestros soldados al que vos os dignasteis de hacer rey: si esto lo hubieran hecho los enemigos de la religión, ya vería yo lo que había de hacer con ellos; pero siendo obra de los criados de vuestro Hijo, y mi dulce Salvador, recibo con alegría esta aventura, y os doy gracias por ella. Con efecto, toda la satisfacción que tomó de aquella brutalidad fué hacer mayor limosna á los mismos mendigos.

Empleaba la mayor parte del día en los negocios de la religión, del estado y de la justicia, que administraba á sus pueblos por sí mismo. Nunca hubo príncipe más accesible: daba audiencia á todos y en cualquiera hora, pero eran preferidos en todo caso los pobres; por lo que era dicho común, que los Húngaros tenían un soberano que más era su padre que su rey. Todos los días asistía al santo sacrificio de la misa con tanto respeto, con tanta modestia y con tanta devoción, que la infundía en todos los circunstantes, consagrando las demás horas que le quedaban desocupadas al ejercicio de buenas obras; y decía con gracia que ésta era su caza, éste su juego y éstas sus diversiones. La mayor parte de la noche la empleaba en la meditación y en la oración, menos las vísperas de comunión que eran muy frecuentes, las cuales las pasaba todas en vela. Correspondían sus penitencias al fervor y á la inocencia de su vida; siéndole muy familiares los ayunos, los cilicios, los instrumentos de mortificación y la maceración del cuerpo, tanto, que no pocas veces descubrió Dios con prodigios sus más secretas mortificaciones.

Siendo san Esteban tan agradable á los ojos del Señor, no le podían faltar trabajos y adversidades. Padeciólas muy penetrantes y muy vivas, las que acrisolaron su virtud con las más sensibles pruebas. Sufrió por espacio de tres años una prolongada enfermedad, acompañada de cruelísimos dolores, sin que se alterase un punto ni la majestuosa alegría de su semblante, ni la serenidad de su corazón. Arrebatóle la muerte todos sus hijos, no dejándole más que al príncipe Emérico su primogénito, joven dotado de todas las prendas que se podían desear para formar un gran príncipe. Educado por un padre que le servía de maestro, siendo á un mismo tiempo el modelo más perfecto que podía imitar, caminaba á largos pasos por sus huellas; y siendo perfecto imitador de sus virtudes, observaba escrupulosamente todas las santas máximas que el rey le había inspirado, componiendo de ellas el mismo monarca un precioso libro para la instrucción de su querido hijo. Pero le quitó Dios este amable hijo cuando se hallaba en lo más florido de su edad; golpe que sintió el rey con el más vivo dolor, sin hallar otro consuelo en tan dolorosa pérdida que el que buscó y encontró en su mucha religión y en su heroica virtud; pudiéndose decir con verdad que nunca se mostró más santo que en aquella grande aflicción.

Los Besas, pueblos bárbaros, hicieron una irrupción en sus tierras; pero quedaron tan enamorados de la virtud del santo rey, que deputaron sesenta de los más principales de la nación para pedirle su amistad. Desarmólos precisamente su piedad, y los acabó de encantar, cuando mandó el rey que se les restituyese todo lo que les habían tomado sus tropas, que batían el país, sin embargo de que se podía quedar con ello por vía de represalia, en recompensa de los daños que habían hecho en sus estados.

Muerto el emperador Enrique, su cuñado y sucesor Conrado entró en Hungría con un poderoso ejército. Vióse precisado Esteban, á pesar de su amor por la paz, á marchar contra él al frente de sus tropas; pero movido de la compasión y del horror que le causaba ver derramar sin justo motivo la sangre de sus vasallos, recurrió á Dios y á su continua protectora la santísima Virgen. Apenas acabó su oración, cuando las tropas de Conrado se pusieron en desordenada fuga, con tanta precipitación como si hubieran sido enteramente derrotadas, sin que hasta ahora se hubiese podido averiguar el verdadero motivo que tuvo aquel formidable ejército para retirarse.

Hacía ya algunos años que el rey guardaba casi siempre cama, reducido á ella por sus frecuentes enfermedades, cuando algunos señores, descontentos de la inexorable rectitud con que administraba justicia, resolvieron quitarle violentamente la vida, cometiendo el más negro, el más atroz y el más execrable de todos los crímenes. Uno de ellos entró en el cuarto del rey con este sacrílego intento, llevando una espada desnuda debajo de la capa. Oyó el rey algún ruido, y preguntando quién era, la majestad de su voz llenó de tanto terror al asesino, que, dejando caer la espada, se arrojó á sus reales piés, confesó su delito, é imploró su piedad y clemencia. Perdonóle benignamente el rey, y convirtióle.

En fin, habiendo tenido el santo monarca revelación de su dichosa muerte, se dispuso para ella con nuevo fervor, acabando con el de perfeccionar su virtud. Recibidos los santos sacramentos, rindió tranquilamente su espíritu en manos del Criador el mismo día de la Asunción, cuya fiesta había él mismo hecho la más solemne para toda la nación húngara. Murió, pues, el día 15 de agosto del año 1038, á los sesenta de su edad, y cuarenta y uno de su glorioso reinado, con llanto universal de todo el reino, lastimándose cada uno de haber perdido no tanto un rey, como un apóstol y un padre. Fué sepultado su cuerpo en la magnífica iglesia de Alba Real, que él mismo había edificado, siendo las lágrimas de los pobres el más bello ornamento de la pompa funeral.

Por los muchos milagros que obró en vida, y por los que se continuaron en su sepulcro después de muerto, se movió la santa sede á decretarle los honores que se deben á los santos, y el papa Inocencio XI fijó su fiesta para el día dos de setiembre.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.