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viernes, 28 de agosto de 2015

San Agustín, Obispo y Doctor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Agustín, ornamento del orden episcopal, uno de los más brillantes astros del orbe cristiano, y tan sobresaliente entre los santos doctores de la Iglesia, nació en Tagaste, ciudad de Numidia en África, el día 15 de noviembre del año 354. Fue de honrada familia; y aunque patricio, su padre no era todavía cristiano, pero su madre santa Mónica ganó tanto el corazón de su marido con su mansedumbre, con su sufrimiento, con su paciencia y con su virtud, que logró fuese cristiano todo el resto de la casa. No ejercitó poco la virtud y la paciencia de su santa madre la inquieta y bulliciosa infancia de Agustín. Por la vivacidad extraordinaria de su ingenio, y por la vehemencia de sus tiernas pasionzuelas, que ya asomaban la cabeza, era poco dócil á las instrucciones. La misma facilidad que tenía en comprender, le hacía flojo y descuidado en estudiar. Era su pasión dominante el amor de la libertad y de las diversiones, no pudiendo tolerar ni freno ni sujeción. No perdonaba la virtuosa madre medio alguno para darle una cristiana educación; ya le había hecho alistar en el número de los catecúmenos, cuando cayó peligrosamente enfermo, y se vió á las puertas de la eternidad. Él mismo pidió entonces el bautismo; pero aliviándosele poco después la enfermedad, y desconfiando todos de sus malas inclinaciones, se tuvo por conveniente dilatárselo, hasta que con la madurez de la edad mejorase de disposición.

Luego que aprendió á leer y á escribir en Tagaste, le enviaron á Madaura, ciudad poco distante, á estudiar la gramática y letras humanas. Inmediatamente se enamoró mucho de las fábulas y de todos los vanos delirios de la profana antigüedad. Muy desde luego comenzó á sobresalir entre todos sus condiscípulos por la superior valentía de su ingenio, distinguiéndose particularmente en el ejercicio de la elocuencia. Dieron á su padre informes tan ventajosos de su rara comprensión y extraordinarios talentos, que á los diez y seis años de edad le retiró de Madaura, y le envió á Cartago para que allí continuase sus estudios. Pero mientras se disponía el viaje para aquella ciudad, se detuvo un año en Tagaste sin aplicarse á nada en casa de sus padres; y en este tiempo de ociosidad, se entregó sin freno á todo género de disoluciones. Afligida íntimamente la piadosísima madre, hacía cuanto podía para que volviese sobre sí el mal aconsejado hijo; pero ni sus ruegos, ni sus amorosas reprensiones, ni sus saludables consejos hacían impresión en un joven perdido, á quien todo se lo disimulaba la excesiva indulgencia de su padre.

Pasando á Cartago, aun se abandonó más desbocadamente á los excesos de la lascivia, fomentada con las perversas compañías y los espectáculos profanos, á que era vehementemente inclinado. Con todo eso, en medio de tanto desorden, como no podía borrar de su corazón aquellas impresiones que habían grabado en él las primeras cristianas lecciones de su virtuosa madre, pedía á Dios de cuando en cuando el don de la castidad, pero con miedo de que se le concediese. Deleitábase mucho en leer las obras de Cicerón, en las cuales solo le disgustaba, como él mismo lo dice, no encontrar el nombre de Jesucristo, que se le había imbuido en el alma desde sus más tiernos años. Como el desorden de las costumbres conduce casi siempre á la irreligión, cayó en todos los errores de los maniqueos, bien que en el fondo los reconocía muy extravagantes. Entretanto, afligida más y más santa Mónica, noticiosa de aquel nuevo desbarro de su hijo, lloraba amargamente día y noche delante del Señor, pidiéndole sin cesar que tuviese misericordia de su hijo. En la amargura de su corazón acudió por consuelo á un santo obispo, el cual la serenó, diciéndole: Anda, hija, continúa en gemir y en suplicar al Señor, que no es posible se pierda un hijo de tantas lágrimas.

Siendo ya Agustín la admiración de los sabios por su perfecta comprensión de todos los libros de Aristóteles, y por su celebrada elocuencia, enseñó la retórica en Cartago á los veinte años de su edad; y creciendo en él la ambición con el aplauso, resolvió pasar á Roma. Por más que hizo, no pudo este intento ocultársele del todo á su piadosa madre, que había venido á Cartago para trabajar más eficazmente en su conversión. Quiso seguir á Agustín; pero este se desembarazó de aquel estorbo con un artificioso engaño. Aconsejóla que pasase en oración aquella noche en una capilla de san Cipriano, que estaba inmediata al puerto; y mientras su santa madre se hallaba tan devotamente divertida, él se hizo á la vela. Hospedóse en Roma en casa de un maniqueo, donde cayó peligrosamente enfermo; pero ni por eso se convirtió. Profesó en aquella ciudad la retórica aun con mayor aplauso que en Cartago, á tiempo que el magistrado de Milán escribió al prefecto de Roma, pidiéndole que le enviase un retórico hábil y sobresaliente. Hubo poco que deliberar en la elección, y fue Agustín preferido á todos los demás.

Luego que llegó á Milán, pasó á visitar al obispo Ambrosio, cuya fama metía mucho ruido en el mundo. Recibióle con tanto agrado, que le comenzó á ganar el corazón; y asistiendo después con frecuencia á los sermones del santo prelado, sintió renovarse en su alma todos los remordimientos de su conciencia. Ya había tiempo que, habiendo confundido á Fausto, el más célebre de los obispos maniqueos, en una conferencia pública, miraba con muchísimo desprecio sus errores, y estaba muy disgustado de su secta; pero el comercio carnal en que estaba enredado con una mujer, de quien había tenido un hijo, le servía de estorbo para abrazar la religión católica, sin embargo de estar bien persuadido de que ella sola era la verdadera. En estas circunstancias llegó á Milán santa Mónica, resuelta á no desistir hasta alcanzar de Dios la conversión de su hijo, ayudada también de san Ambrosio. Encontróle ya en términos que ni era maniqueo ni católico. Parecióle á aquella santa madre que convenía casarle para separarle de aquella mala vida: consintió Agustín en la proposición, y luego despachó al África la mujer con quien vivía amancebado, la que pasó el resto de sus días haciendo penitencia.

En este intermedio, como no cesaba la gracia de solicitar interiormente el corazón de Agustín, ya por los consejos de santa Mónica, ya por las conversaciones y sermones de san Ambrosio, le inspiró el deseo de tener una conferencia con un santo presbítero llamado Simpliciano, que había instruido el mismo san Ambrosio. Este le exhortó con viveza á que rompiese generosamente los lazos que le tenían aprisionado, y le refirió la conversión de Victorino, en que había tenido tanta parte el mismo Agustín, y era conocido de él. Hízole tanta fuerza el ejemplo de un hombre tan famoso, que resolvió imitarle; pero esta no era más que una media voluntad, que nunca pasaba á la ejecución. Estando un día en su cuarto con su amigo Alipio, entró Ponciano, que lo era de los dos. Vió en la mesa las epístolas de san Pablo, de que se mostró muy edificado; y como era un caballero muy cristiano, tomó de aquí ocasión para hablar de la asombrosa vida de san Antonio, de la multitud de monasterios que poblaban los desiertos, y de la admirable conversión de los dos oficiales del emperador, que, leyendo la vida de este gran santo, inmediatamente volvieron las espaldas al mundo, y abrazaron la vida cenobítica, entregándose á la oración y á la penitencia.

Despidióse Ponciano de la visita; y Agustín, vivísimamente conmovido de lo que acababa de oir, se levantó del asiento, y vuelto á su amigo Alipio, le dijo con un tono de voz, que mostraba bien lo mucho que iba obrando la gracia en su corazón: ¿Qué es esto, Alipio? ¿en qué nos detenemos ya? Levántanse los indoctos, y nos arrebatan el cielo; ¿y nosotros con toda nuestra ciencia andamos siempre arrastrando por la tierra? ¡Pues qué! porque ellos fueron más cuerdos que nosotros, ¿no nos atreveremos nosotros á serlo tanto como ellos? Y porque ellos fueron delante, ¿tendremos nosotros vergüenza de seguirlos? En diciendo esto, se salió del cuarto arrebatadamente. Admirado Alipio de tan extraña mudanza, le fue siguiendo hasta el jardín. Allí se sentó Agustín, y comenzó á desahogarse en lágrimas y en suspiros; pero no teniendo toda la libertad que deseaba á vista de su amigo, se levantó, y sin hablarle palabra, se encaminó á lo más retirado del jardín, arrojóse al suelo debajo de una higuera; y desatados sus ojos en dos torrentes de lágrimas, comenzó á exclamar con una voz interrumpida de sollozos: ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo tengo de experimentar los efectos de vuestra indignación? ¿hasta cuándo dejaré siempre para mañana lo que puedo hacer hoy? Y si mañana, ¿por qué no desde ahora?

Al pronunciar esto, oyó una milagrosa voz que le decía: Toma y lee, toma y lee. Atónito con lo que oía, se levanta, vuelve á buscar á Alipio, toma en las manos las epístolas de san Pablo que había dejado junto á él, ábrelas, y encuéntrase con estas palabras: Alejaos de la disolución, de los sucios deleites, de las inmundicias; pero vestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no cuidéis de la carne en lo que toca á sus concupiscencias. Apenas acabó de leer la última palabra cuando de repente se halló muy superior á todas las irresoluciones, y en una gran tranquilidad. Igualmente movido Alipio quiso también ser su compañero en la nueva vida. Saliéronse los dos, buscaron á santa Mónica, y le refirieron cuanto les había pasado. Fue inexplicable el gozo de la virtuosa matrona, especialmente cuando oyó á su hijo Agustín que ya no pensaba en casarse, sino en la soledad y en el retiro.

Para disponerse mejor á recibir el santo bautismo, se retiró Agustín á una casa de campo poco distante de Milán, en compañía de su madre, de su hijo Adeodato y de su amigo Alipio. En este retiro compuso el libro contra los académicos, el tratado de la vida feliz, el de la inmortalidad del alma, el del orden de la Providencia y los soliloquios. Pasaba casi la mitad de la noche meditando las verdades de la religión; continuaba sus oraciones hasta muy entrado el día, y encontraba en los salmos un gusto muy exquisito. Escribió á san Ambrosio, que tanto suspiraba por la conversión del hijo de Mónica, dándole cuenta de la disposición en que se hallaba, y pidiéndole sus instrucciones para prevenirse al sagrado bautismo. Al principio de la cuaresma del año 387 se restituyó á Milán, y en fin fue bautizado por san Ambrosio el sábado santo en compañía de su hijo Adeodato, y de su grande amigo Alipio. Dícese que en aquella solemnísima función compusieron entre san Ambrosio y san Agustín el himno, ó el cántico Te Deum laudamus... en acción de gracias por una conversión que colmaba de gozo á toda la Iglesia, siendo una insigne victoria contra todo el infierno. Contaba treinta y tres años san Agustín cuando fue bautizado.

Elevado por el bautismo á la dignidad de hijo de Dios, resolvió conservarla toda la vida con la pureza de costumbres, y con el arreglo de toda su conducta; pero considerando que el bullicio del mundo podía servir de estorbo á sus intentos, tomó el partido de retirarse; y resolvió buscar en el África aquel lugar que le pareciese más á propósito para llorar sus pecados. Partió de Milán en compañía de su madre y de su hijo, y se detuvo en el puerto de Ostia esperando embarcación. Aquí perdió á su querida madre santa Mónica, y no pudo negar sus tiernas lágrimas á la muerte de aquella que tantas había derramado por él en el discurso de su vida. Concluidos los funerales de su santa madre, pasó á Roma con ánimo de detenerse algún tiempo en aquella ciudad, y todo le empleó en solicitar la conversión de los maniqueos. No pudiendo sufrir el descaro con que se jactaban de su imaginaria continencia, para curarlos y para reducirlos á la fe, compuso entonces los dos libros de las costumbres de la Iglesia católica, y de las costumbres de los maniqueos; y poco después el tratado del libre albedrío contra los mismos herejes.

Habiéndose detenido en Roma de quince á diez y seis meses, se embarcó en Ostia, y aportó al África hacia el fin del invierno del año 389. Retiróse á una casa de campo con algunos amigos suyos, y por espacio de tres años se entregó enteramente á ejercicios de devoción y de rigurosa penitencia. Ocupábase día y noche en oración, y en el estudio de la religión y de la sagrada Escritura. Ayunaba todos los días con extremado rigor, y maceraba su carne con grandes y continuas penitencias. En aquel santo retiro compuso los dos libros sobre el Génesis, y el que intituló el Maestro, que es un admirable diálogo con su hijo Adeodato. Este hijo tan querido se le murió poco tiempo después en el mismo retiro. Luego compuso aquel libro de la verdadera religión, una de las obras más excelentes de tan esclarecido varón.

Contaba Agustín casi tres años en las piadosas delicias, sosiego y gusto de aquella amable soledad, cuando le obligó á salir de ella la fama de su eminente virtud y de su rara sabiduría. Cierto gran señor de la ciudad de Hipona, una de las principales de la Numidia, gran cristiano y grande amigo de nuestro santo, le instó para que pasase á verle. Consintió Agustín en este viaje por la esperanza de ganar á aquel caballero, y de reducirle á que aumentase el número de su pequeña comunidad. Hallándose en Hipona el obispo de aquella ciudad, llamado Valerio, propuso al pueblo la necesidad que tenía aquella iglesia de un presbítero virtuoso y sabio que le ayudase en las funciones de su ministerio episcopal. Como los vecinos tenían tan conocida la virtud y la sabiduría de Agustín, no quisieron otro; pero era menester sorprenderle, porque le sobresaltaba hasta la sombra de toda dignidad. Entró un día en la iglesia á tiempo que estaban juntos los fieles, y al instante echaron mano de él; y sin dar oídos, ni á sus lágrimas, ni á sus ruegos, ni á sus razones, todos á una voz comenzaron á clamar que le ordenasen de presbítero. El obispo Valerio, que estaba ya de acuerdo, hizo menos caso que todos de los elocuentes argumentos esforzados por su humildad y por su ingenio, con que le fue preciso rendirse; y habiendo recibido los demás órdenes sagrados, le ordenó de presbítero el mismo obispo. Lo más que pudo capitular fue que le habían de hacer donación de una huerta de la iglesia para fundar en aquel sitio un monasterio. Luego que se acabó la fábrica, concurrieron á llenarla gran número de sujetos excelentes, para los cuales compuso el santo su regla. Era en ellos extrema la pobreza, el ayuno y el silencio continuo, la oración poco interrumpida. Y esta es aquella admirable regla, que fue como fecunda madre de tantas familias religiosas, y lo es el día de hoy una de las más ilustres y de las más santas que adornan la santa Iglesia.

Aunque todavía no se acostumbraba en la de África que predicasen los presbíteros, siendo este ministerio propio y privativo del pastor, no dudó Valerio dispensar esta costumbre en favor de san Agustín. Quiso, pues, que repartiese al pueblo el pan de la divina palabra, y lo hizo con tanto fruto, que ya no le conocían por otro nombre, sino por el del apóstol de la palabra de Dios. Predicaba todos los días, y cada día á mayores concursos, y con más universal aplauso. No contentándose Agustín con hacer guerra á los vicios por medio de sus sermones, se la hacía también, y no menos sangrienta, con las armas de sus escritos. Compuso el libro de la utilidad de la fe, con el cual reformó muchos abusos que se habían introducido en Hipona. Tuvo una disputa pública con Fortunato, que era el héroe de los maniqueos, en la cual no solo le confundió, sino que también le movió, pues prometió convertirse; aunque esta promesa se redujo después á ausentarse, y á no parecer más en la ciudad. El año de 393 asistió al concilio de Hipona, convocado por Aurelio, obispo y primado de Cartago, en que, á ruego de los padres, compuso el libro de la fe y del símbolo, que es un admirable compendio de la doctrina cristiana. En el mismo año publicó varios escritos contra los donatistas y los maniqueos, declarándose el azote de todos los herejes.

El año de 394 se estrechó aquella íntima amistad entre san Jerónimo y san Agustín, habiéndola formado Alipio con ocasión de un viaje que hizo á Palestina. También san Paulino de Nola quiso tener correspondencia con nuestro santo, que ya era venerado en el mundo como el oráculo de la Iglesia; y en fin, no había en toda ella sujeto alguno sobresaliente en letras ó en virtud, que no solicitase entablarla con aquel grande hombre. Pero el obispo Valerio, temiendo que le arrebatasen á Agustín para alguna iglesia destituida de pastor, quiso asegurarle; pidióle por coadjutor suyo, y lo consiguió. Juntos los obispos de la provincia, y despreciando su resistencia á aquella sublime dignidad, le obligaron á rendirse á la voluntad del Señor, consagrándole por obispo coadjutor del de Hipona el año de 395, á los cuarenta y dos de su edad.

Estremeciéronse todas las sectas luego que vieron á Agustín colocado en la silla episcopal. Los donatistas, de que estaba lleno aquel país, previendo el peligro que corría su partido si Agustín se declaraba contra él, pidieron composición. Ofrecióles una conferencia, obligaron á Proculiano su obispo á que la aceptase; pero este nunca tuvo valor para medir sus fuerzas con tan formidable adversario. Recurrieron á una tropa de bandidos y de facinerosos, que era la gente más honrada y la más escogida de los donatistas. Llamábanlos circunceliones, porque su ocupación se reducía á rondar continuamente alrededor de las casas, para cometer todo género de insolencias y de crueldades. Sedientos de la sangre de los católicos, se alampaban mucho más por la de Agustín: muchas veces intentaron asesinarle; pero siempre le libró Dios milagrosamente. En medio de eso, no cesaba el santo de trabajar en su conversión, ya con sus palabras, ya con sus escritos; y con esta ocasión, compuso sus tratados sobre el bautismo, y sobre la unidad de la Iglesia. Asistió á muchos concilios que se convocaron en Cartago y en otras partes, siendo el alma y el oráculo de todos ellos. Pero no le ocupaban tanto los herejes, que no dedicase su primera y principal atención al cuidado de su rebaño, particularmente después de la muerte del obispo Valerio, su predecesor, visitando su diócesis con todo el celo y con todo el fruto que correspondía al alto concepto de su santidad y de su mérito.

Como los donatistas no cesaban de turbar la iglesia de África, se vió precisado el emperador Honorio á permitir una disputa pública entre los sujetos más hábiles de los dos partidos. Celebróse en Cartago el año de 411; concurrieron á ella doscientos ochenta y seis obispos católicos, y doscientos setenta y nueve donatistas. Asistió á este famoso congreso el tribuno Marcelino, á quien nombró el emperador por su comisario para evitar todo desorden. El principal, ó por mejor decir, el único actor, fue nuestro Agustín, que dejó confundido á Petiliano, el Aquiles de los herejes. Triunfó la religión católica, y se desvaneció como humo aquella espesa nube de donatistas. Pero ni fueron estos los únicos herejes que combatió nuestro santo, ni fue esta la única victoria que consiguió. Habíale escogido Dios para perseguir, para quitar la máscara, para atacar y para vencer á todas las herejías. Después que confundió, postró y aterró á los arrianos, á los priscilianistas, á los origenistas y á los maniqueos, fue preciso que midiese sus armas con Pelagio. Este monje, originario de Irlanda, de tal manera había engañado al mundo con su compostura exterior, con su cara de hombre penitente y mortificado, y con todo el aparato de varón ejemplar y virtuoso, que generalmente era tenido por hombre santo, y á la sombra de esta reputación había derramado por todas partes el veneno de la más perniciosa herejía. Mientras el maestro la iba extendiendo por el Egipto, su discípulo Celestino la sembraba y la defendía en el Occidente. Refutó san Agustín todos los errores de esta emponzoñada secta por un prodigioso número de escritos, que con razón le merecieron el glorioso nombre de doctor y defensor de la gracia.

No se hablaba ya en todo el orbe cristiano sino de los talentos, de las obras, de las victorias de san Agustín, venerado por el asombro del mundo, y por el hombre de la Iglesia. Acudían á él de todas partes para consultarle; ni se celebraba concilio, ó junta, ó congreso de obispos y de doctores á que no fuese llamado, y donde no fuese oído como oráculo. Pero lo más admirable fue que, siendo tan elevado su mérito y siendo su fama tan extraordinaria, aun era mucho mayor su humildad. No había hombre que hiciese más bajo concepto de sí, ni se conoció jamás fiel alguno más rendido á la silla apostólica. Aquel grande y sublime ingenio nunca perdió de vista su nada, ni los descaminos de su juventud. Con este humildísimo espíritu compuso el libro de sus confesiones, procurando templar la eminente reputación de su santidad con aquella pública confesión de sus pecados. Dícese que, paseándose un día por la orilla del mar, ocupada la imaginación en querer apurar algunos puntos incomprensibles del inefable misterio de la Trinidad, en que á la sazón estaba trabajando, encontró un niño muy afanado al parecer en meter el agua del mar en una poza que había abierto en la arena. Preguntóle el qué pretendía con aquello. Meter toda el agua del mar en esta poza, respondió el niño. Pues, hijo, replicó Agustín, ¿no ves que eso no puede ser? Más fácil es esto, respondió el niño, que comprender con tu limitado entendimiento la grandeza del misterio incomprensible.

Así como su sabiduría no había hinchado su corazón, así tampoco habían entibiado su devoción los estudios. De pocos santos se cuenta virtud más afectuosa ni más tierna que la de san Agustín; de pocos, que tuviesen el corazón más abrasado en un amor de Dios tan puro, tan activo y tan fogoso; de pocos, que profesasen á Jesucristo y á su santísima Madre una devoción más viva ni más tierna. Atravesaste, Señor, mi corazón, dice en una parte, con una flecha de amor tan penetrante, que, introducida profundamente en el pecho, se quedó el encendido arpón dentro de la misma herida. Este era aquel divino fuego que ilustraba su entendimiento, que inflamaba su corazón, y que encendía en él aquel fogoso celo, por cuyo impulso fue siempre el azote de los herejes. Solo con leer sus soliloquios, sus meditaciones y sus confesiones, se reconoce el fuego del amor de Dios que le consumía, y la mucha razón con que le pintan con el corazón en la mano, rodeado todo de llamas, siendo cierto que no se podía discurrir símbolo más adecuado. El esmero en la pureza no pudo subir á mayor punto: jamás permitió que entrase en su casa mujer alguna, ni su misma sobrina, ni su propia hermana, ni volvió á mirar la cara de alguna mujer. La caridad con los pobres correspondía á su abrasado amor de Dios. Decía que las rentas del obispo eran rentas de los pobres; y que, si el pobre no hallaba que comer en casa del obispo, era preciso que el obispo aquel día se quedase sin comer. No podía sufrir á los murmuradores por el horror que tenía á la murmuración; y era dicho común, que tanto temía la murmuración la presencia de Agustín, como el error sus disputas.

Hallándose el santo doctor cargado de años, pues ya contaba sesenta y dos, y mucho más cargado de trabajos públicos, que se multiplicaban cada día, pidió que le diesen por compañero al presbítero Eraclio para repartir con él los cuidados de la diócesis. Viéndose por este medio con algún alivio, emprendió la revisión y el examen de sus obras, que componían ya el número de 232 libros, comprendidos en ochenta tratados de diferentes materias, sin incluir en ellos un número casi infinito de cartas y de sermones sobre asuntos muy importantes. Este examen y esta revisión produjo la obra de sus retractaciones, en que corrige todo lo menos justo, ó menos exacto que pudo habérsele escapado, censurando y criticando sus escritos con extrema severidad.

Había ya algún tiempo que san Agustín, consumido de penitencias y de trabajos, se sentía muy desfallecido, cuando el conde Bonifacio, resentido del emperador Valentiniano III de quien se imaginaba desairado, llamó á los Vándalos de España. Desembarcó en el África su rey Genserico al frente de ochenta mil hombres, y en menos de dos años se hizo dueño de toda ella, á excepción de las tres ciudades principales Cartago, Hipona y Cirta. Muchos obispos se retiraron al acercarse los bárbaros; pero san Agustín nunca quiso desamparar á su rebaño. Exhortábale todos los días á aplacar la cólera de Dios con la penitencia, no cesaba de llorar día y noche en la presencia del Señor, suplicándole que no perdonase al pastor para que se salvasen las ovejas. Estaba sitiada la ciudad, y sin esperanza de socorro. Pidió al Señor que, si era su voluntad que la ciudad cayese en poder de los bárbaros, le retirase de este mundo antes que fuese testigo de aquella desdicha. Conoció que Dios le había oído por la enfermedad en que cayó; y se dispuso para morir con un fervor muy correspondiente á aquella grande alma. Recibió los sacramentos con la fe y con la piedad de que estaba animado, y el día 28 de agosto del año 430 rindió tranquilamente su espíritu, rodeado de sus discípulos y de su clero, que todos se deshacían en lágrimas, siendo de sesenta y seis años de edad, y al tercer mes del sitio de la ciudad.

Tal fue la preciosa muerte de este hombre verdaderamente grande, á quien los mayores hombres de la Iglesia llaman la lumbrera de los doctores, el modelo de los prelados, el escudo de la fe, el almacén de la religión, la torre de David de donde penden mil arneses, el azote de los enemigos de Jesucristo, la columna de la Iglesia, y el más iluminado maestro de la moral cristiana. Los sumos pontífices, y hasta los mismos concilios han hecho magníficos elogios de la doctrina de san Agustín y de sus escritos. El papa san Celestino engrandece su fe, y le llama, con otros pontífices sus predecesores, uno de los primeros doctores de la Iglesia. San Paulino le apellida sal de la tierra; san Jerónimo, el enemigo del error; y Severo Sulpicio, industriosa abeja que sustenta á los fieles con la miel de su doctrina, y con el aguijón taladra de parte á parte á los herejes.

Fue enterrado su santo cuerpo con toda la solemnidad posible en la iglesia catedral. Al año siguiente se apoderaron los bárbaros de la ciudad, la incendiaron; pero las llamas respetaron el sepulcro y la librería del santo donde estaban todas sus obras. Los obispos de África, que fueron desterrados á Cerdeña, llevaron consigo el santo cuerpo, y en su destierro les sirvió de mucho consuelo aquel precioso tesoro. Allí estuvo por espacio de 206 años, hasta que Luitprando, rey de los Longobardos, le hizo trasladar á Pavía el año de 712, en cuya ciudad se conserva hasta el presente expuesto á la pública veneración.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.