viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

lunes, 24 de agosto de 2015

San Bartolomé, Apóstol

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Bartolomé, á quien el Evangelio cuenta siempre el sexto en el número de los doce apóstoles, fué galileo, de condición tan humilde como todos ellos, siendo de oficio pescador; pero eran muy puras sus costumbres. Fué hijo de Tolmai, como lo da á entender su propio nombre; porque Bar en hebreo significa lo mismo que hijo. Creyeron algunos que san Bartolomé fué aquel Natanael que san Felipe llevó á la presencia del Salvador, de quien el mismo Señor hizo aquel bello elogio cuando dijo: Veis ahí un verdadero israelita, en quien no hay dolo ni artificio. Pero san Agustín impugna esta opinión, asegurando que Jesucristo no escogió á Natanael para apóstol suyo, precisamente porque era doctor de la ley; y no quería valerse para el ministerio evangélico de letrados ni de sabios, sino de hombres idiotas y groseros, á fin de que resplandeciese visiblemente su omnipotencia en una obra tan grande, en la cual no había de tener parte alguna la humana sabiduría.

Fué este santo apóstol uno de los que más mostraron su generosidad y su fervor en seguir á Jesucristo. Luego que fué llamado al apostolado, todo lo dejó, y nunca pensó volver á tomar lo que una vez había dejado. Algunos otros apóstoles, después de su vocación, volvieron al ejercicio de pescar; pero san Bartolomé no se apartó de su divino Maestro, siendo uno de los más ansiosos por acompañarle á todas partes, de los más embelesados con sus conversaciones, de los más atentos á sus discursos, y de los más adictos á su divina persona.

Hacía fiel compañía á Jesucristo, y fué el más continuo testigo de sus milagros. Hallóse presente en Cafarnaúm cuando el Salvador sanó al criado del Centurión; en Naím, cuando resucitó al hijo de la viuda; y fué testigo de la milagrosa curación de aquel hombre poseído del demonio, que, dueño de su cuerpo, le tenía privado del uso de la lengua y de la vista. Asistió también con su Maestro en las bodas de Caná, donde fué testigo del milagro que hizo, convirtiendo el agua en vino; y también concurrió en el convite de Simón el fariseo, cuando se convirtió aquella famosa pecadora María Magdalena. En fin, pocos milagros hizo el Salvador en el espacio de su vida de que no hubiese sido testigo san Bartolomé.

Había mucho tiempo que el Señor, acompañado de sus apóstoles, iba de ciudad en ciudad, y de pueblo en pueblo predicando sin cesar en las sinagogas, no perdiendo ocasión de anunciar á los judíos el reino de Dios, y confirmando siempre su doctrina con la milagrosa curación de los enfermos, cuando determinó señalar su misión á los apóstoles que hasta entonces se habían contentado solo con seguirle; y para excitar en ellos el celo de la salvación de las almas, virtud tan necesaria en los obreros evangélicos, viendo un día la multitud de gente que le cercaba, se mostró muy condolido de que pereciesen tantas almas por falta de predicadores y maestros, andando como ovejas sin pastor, errantes y esparramadas por aquí y por allí, expuestas á mil peligros, consumidas de enfermedades, y totalmente desamparadas. Penetrado su corazón de un compasivo dolor, y todo enternecido, vuelto á sus apóstoles, les dijo: La mies es grande, y no hay quien la recoja; rogad al Señor de la mies que envíe obreros á ella.

Y entonces declaró á sus apóstoles, cómo los tenía escogidos á ellos para que recogiesen esta cosecha; y después de comunicarles todos aquellos dones que más podían contribuir á autorizar su misión, esto es, un poder absoluto sobre los demonios y sobre las enfermedades más incurables, para lanzar los primeros, y sanar de las segundas sin auxilio de remedio ó medicina natural, los envió de dos en dos, para que se ayudasen uno á otro, poniendo siempre á san Pedro á la frente de todos como el principal y la cabeza de aquella escogida tropa. Fué nombrado san Bartolomé por compañero de san Felipe, y se mostró uno de los más celosos de la salvación de las almas. En todas partes predicaban las máximas evangélicas, exhortaban á la penitencia, daban salud á los enfermos, y lanzaban los demonios de los cuerpos. En fin, volvieron después gloriosos, habiendo lanzado los demonios, y curado las enfermedades más incurables.

Preso el Salvador del mundo por los judíos, fué general la consternación en todos los apóstoles. Aunque ya estaban muy prevenidos por todo lo que habían oído al Hijo de Dios acerca de su pasión, con todo eso, se llenaron de tristeza, de espanto y de pavor. Sobrecogió tanto el dolor á san Bartolomé viendo á su divino Maestro tan maltratado, que se estuvo encerrado todos los tres días de la pasión en la casa donde se habían hospedado en Jerusalén derramando continuas lágrimas. Enjugáronsele con la Resurrección del Salvador; hasta la Ascensión estuvo con los demás en la escuela de Jesucristo; y desde la Ascensión hasta el día de Pentecostés, retirado en el cenáculo.

En aquel día, que fué el quincuagésimo después de la Resurrección, en aquella solemnísima fiesta, llamada Pentecostés, el Espíritu Santo, cuya inmensidad llena todo el universo, sin dejar el cielo, vino á la tierra, santificada ya con los trabajos del Salvador, haciéndole sensible su particular presencia por la admirable profusión de sus dones y por una comunicación más admirable de su persona, de que se sintieron llenos todos los apóstoles y todos los discípulos. Con efecto, se hallaron todos abrasados en aquel divino fuego, iluminados con sobrenaturales luces, y recibieron desde entonces el milagroso don de lenguas.

En el repartimiento que hicieron entre sí de todas las regiones del universo, tocó á nuestro santo apóstol la misión de la Licaonia, de Albania, de las Indias orientales y de la Armenia. Llevó á ellas el Evangelio en hebreo, que ya había escrito san Mateo. Extendió las luces de la fe en todas las provincias por donde pasaba, y no fué el menor de sus milagros la multitud prodigiosa de conversiones que hacía. Dice san Crisóstomo que hasta los mismos gentiles se admiraban de aquella repentina mudanza de costumbres, y que en las regiones por donde transitaba san Bartolomé se miraba con asombro la pureza, la templanza y las demás grandes virtudes que resplandecían en los nuevos fieles.

Habiendo dado todas las providencias que juzgó necesarias para la conservación de la fe en Licaonia, en la Albania y en las Indias orientales, dejando en ellas operarios formados de su mano, pasó él mismo á la Armenia, que algún día había de ser el campo más fértil de su mies y el más glorioso teatro de su celo. Llegó á una de las ciudades principales, donde á la sazón estaba el rey con toda su corte; y luego que el apóstol entró en el templo, donde el demonio daba oráculos por boca de un ídolo llamado Astarot, enmudeció este; silencio que llenó de pasmo á los Armenios, y de consternación á toda la ciudad.

Acudieron á otro ídolo, por nombre Berit, para saber la causa de tan funesto suceso. Respondió el demonio por su boca que la causa era la presencia de cierto hombre, llamado Bartolomé, apóstol del verdadero Dios, y que lo mismo le sucedería á él si aquel hombre llegaba á entrar en su templo. Añadió que no daría oráculos Astarot mientras no echasen de allí á aquel hombre; porque cien veces al día, y otras tantas á la noche, hacía oración á Dios, acompañado de una prodigiosa multitud de espíritus bienaventurados que le escoltaban y le defendían.

Quedó admirado el pueblo de este testimonio, que, obligado de Dios y á su pesar, dió el demonio de la virtud milagrosa de nuestro santo, y entró en una impaciente curiosidad de conocer al apóstol; pero conociendo los sacerdotes que iría por tierra su estimación si el santo llegaba á ser reconocido, pusieron en movimiento todos sus artificios para perderle. Buscáronle por espacio de tres días, pero en vano, porque Dios le hacía invisible; hasta que, habiendo lanzado al demonio de muchos cuerpos, y dado salud á muchos enfermos desahuciados, sus mismos milagros le descubrieron. Esparcida la fama por todas partes, no le conocían ya por otro nombre que por el de apóstol del verdadero Dios y el obrador de milagros.

Llegó presto á noticia de la corte el ruido de sus maravillas, y teniendo el rey una hija poseída de un furioso demonio que la atormentaba cruelmente, deseaba con ansiosa impaciencia ver al santo apóstol. Apenas se puso en su presencia san Bartolomé, cuando la princesa quedó libre de aquel infernal huésped; y queriendo el rey mostrar su agradecimiento con magníficos presentes, el apóstol le dió á entender que no había venido á buscar oro ni piedras preciosas, sino la salvación de su alma y la conversión de sus vasallos.

Vengo, añadió el santo, á daros á conocer al verdadero Dios, único Criador de todo este vasto universo; y que solo él es digno de nuestro amor, de nuestra adoración y de nuestros religiosos cultos. Vuestros ídolos son órganos de los demonios; adoráis lo más execrable que hay en toda la naturaleza; esos que llamáis dioses son los mismos demonios; y para convenceros, señor, de que es verdad todo lo que digo, quiero que el más acreditado de vuestros dioses confirme, mal que le pese, todo lo que yo os predico.

Aceptóse luego la condición; y el rey, acompañado del santo y de toda su corte, se encaminó al templo; pero apenas puso el pié en él san Bartolomé, cuando el demonio comenzó á gritar que él no era dios, que ni había, ni podía haber más que un solo Dios, y que ese era Jesucristo, á quien el apóstol predicaba. Hecha esta confesión, mandó el santo al demonio, en nombre de Jesucristo, que al instante y sin réplica hiciese pedazos todos los ídolos de la ciudad. Obedeció, y en el mismo punto todos ellos fueron reducidos á polvo.

A vista de tan estupenda maravilla quedaron tan movidos los corazones, como convencidos los entendimientos; convirtióse toda la ciudad, y después de algunas instrucciones recibió el bautismo el rey y toda la corte. Siguieron el mismo ejemplo doce ciudades principales, rindiendo la cerviz al yugo de Jesucristo; y habiendo cultivado san Bartolomé aquella viña por algún tiempo, la proveyó de dignos ministros del altar, obispos y predicadores.

No podían menos de pensar en la venganza todas las potestades del infierno viéndose tan maltratadas. Los sacerdotes de los ídolos eran el oprobio de la nación, y conociendo que no era posible pervertir al rey Polemón, en cuyo corazón había echado la religión profundísimas raíces, recurrieron á Astiages, hermano del mismo príncipe que reinaba en una parte de la Armenia. Era Astiages idólatra supersticioso, y resolvió vengar la afrenta que hacía á sus dioses aquel desconocido extranjero. Convidóle artificiosamente á que pasase á sus estados, y san Bartolomé, que ninguna cosa deseaba tanto en este mundo como derramar la sangre por Jesucristo, corrió apresuradamente á la corona del martirio.

Así fué; pues no bien había puesto los piés en la corte de Astiages, cuando el tirano le hizo desollar vivo. No parecía posible tormento más cruel; pero el santo le sufrió con tan invicta paciencia, que hasta los mismos gentiles quedaron asombrados. Y como en medio del cruelísimo tormento no cesase de predicar la divinidad de Jesucristo y las grandes verdades de la fe, mandó el tirano que le cortasen la cabeza. Créese que sucedió esto el día 25 de agosto, y que el día antecedente había sido desollado por amor de Jesucristo; siendo acaso este el motivo por que algunas iglesias celebran su fiesta el día veinte y cinco, que fué el de su muerte, y otras el veinte y cuatro, que fué el de su suplicio.

Presto vengó el cielo la muerte de nuestro santo con un visible castigo. Así Astiages como todos los sacerdotes, cómplices de su delito, fueron inmediatamente poseídos del demonio, que, después de haberlos atormentado de un modo horrible por espacio de treinta días, al cabo de ellos á todos los ahogó. Los cristianos se apoderaron del cuerpo de san Bartolomé, y le enterraron en una caja de plomo, haciéndose luego glorioso su sepulcro por la multitud de milagros. Pasados muchos años, se hicieron dueños los gentiles del lugar donde estaban las santas reliquias; y las arrojaron al mar, el cual llevó la caja de plomo hasta la isla de Lípari, no lejos de Sicilia. Pero habiéndose apoderado los sarracenos de esta isla hacia la mitad del noveno siglo, fué trasladado este precioso tesoro á Benevento, de donde el año de 983, siendo emperador Otón II, fué transportado á Roma, donde es reverenciado con singular devoción de los fieles.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.