viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 20 de agosto de 2015

San Bernardo, Abad y Doctor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Bernardo, primer abad de Claraval, ilustre por la santidad de su vida, por su doctrina y por sus milagros; siervo muy zeloso y muy querido de la santísima Virgen; luz del mundo cristiano, y uno de los mayores ornamentos de la iglesia de Francia, nació el año de 1091, en la reducida población de Fontaines, provincia de Borgoña, diócesis de Langres, y á tres cuartos de legua de Dijon. Era señor del mismo lugar su padre Tescelino, descendiente de los condes de Chatillon, y una de las casas más ilustres de la provincia. Su madre Alicia era hija de Bernardo, señor de Mombard, pariente de los duques de Borgoña, ambos más distinguidos por su virtud, que por su noble nacimiento; pero ninguna cosa añadió tanto esplendor á su heredada nobleza, como el haber sido padres de nuestro santo.

Fue el tercero de siete hijos que tuvieron, seis varones y una hembra, á todos los cuales, andando el tiempo, ganó nuestro Bernardo para Dios. A todos los crió á sus pechos la piadosa madre, y á todos los amaba con ternura; pero á ninguno con tanta como á Bernardo, después de un misterioso sueño que tuvo estando en cinta de él. Soñó que traía en el vientre un perrillo que ladraba; y atemorizada con este sueño, se desahogó con un siervo de Dios, á quien se le comunicó, y este la consoló, pronosticándole que daría á luz un niño, el cual con el tiempo sería muy vigilante custodia del rebaño del Señor, dando incesantes ladridos contra los enemigos de la fe y de la Iglesia. Con esta profecía de tanto consuelo sintió en su corazón la virtuosa señora un amor muy especial hacia su hijo Bernardo, sin que esta preferencia causase zelos ni envidia en los otros sus hermanos. Fuera de eso, justificaban sobradamente esta particular distinción las otras grandes prendas con que el niño había nacido.

Educóle Alicia en la virtud con singularísimo cuidado, inspirándole desde muy tierno un alto menosprecio de todo lo más engañoso del mundo. Y porque Guido y Gerardo, sus dos hermanos mayores, seguían ya la profesión de las armas, única carrera á que se dedicaban en aquel tiempo los caballeros mozos de su calidad, quiso Alicia que Bernardo se aplicase al estudio de las letras. Con este fin, le envió á Chatillon sobre el Sena, para que á un mismo tiempo se dedicase al estudio de las ciencias y al de la virtud. Era Bernardo, sobre un natural extremadamente dócil, de un ingenio naturalmente vivo, veloz y perspicaz, por lo que en breve tiempo hizo progresos muy superiores á sus años; pero como estaba tan prevenido de la divina gracia, y parecía que la virtud había nacido con él, todavía se adelantó más en la santidad que en las ciencias.

Hablaba poco, meditaba mucho y amaba la soledad. Distinguíase aun más por su modestia, que por sus raros talentos; las prendas de su persona le ganaban los corazones; su elocuencia natural acababa de rendirlos, y como tomó tanto gusto á las ciencias, sin exceptuar las profanas, pensó muchas veces abandonarse á ellas; pero las prudentes y oportunas advertencias de su virtuosa madre le desviaron de este lazo. Parecía haber nacido con una devoción tan tierna y tan sensible á la santísima Virgen, que, siendo aun niño, bastaba pronunciar delante de él el nombre de María para hacerle saltar de gozo y de contento; ni para corregirle de aquellos defectillos que son inseparables de la infancia había otro medio más eficaz, que decirle que aquello desagradaba á la Virgen. Muy luego reconoció lo mucho que debía á esta Señora; ni tampoco se duda que su extremo amor á la pureza fuese un don singular de la Reina de las vírgenes.

Corría en Bernardo tanto más peligro esta delicada virtud, cuanto la naturaleza le había liberalmente favorecido con todo lo que podía hacerle amable. Así, pues, tanto su inocencia, como su castidad, fueron combatidas con los modos más violentos que se pueden discurrir, y en circunstancias en que sin milagro parecía imposible la resistencia. Las victorias no disminuían los peligros; y reconociendo que el mundo estaba cubierto de lazos, resolvió buscar asilo en alguna soledad. No por haber tomado esta resolución dejó de estar siempre centinela contra los artificios del tentador. Detuvo un día incautamente los ojos en la vista de una mujer con alguna curiosidad, y se indignó tanto contra sí mismo, que al punto se metió desnudo hasta el cuello en un estanque helado, que la casualidad le proporcionó inmediato, para extinguir el fuego de la concupiscencia aun á costa de su vida.

Impaciente ya por ejecutar cuanto antes su determinación, ninguna vida le pareció más conveniente para conservar su inocencia, que la nueva reforma del Cister. Eran pocos los que tenían valor para abrazarla; aterraban á todos las excesivas penitencias y la extremada pobreza que se observaba en ella. Habíala fundado doce ó trece años antes el bienaventurado Roberto, abad de Molesme, y apenas se hallaba quien se atreviese á profesarla. No le atemorizó á Bernardo; salió del Egipto del siglo, y le robó santamente, llevándose consigo lo más precioso que en él había: treinta caballeros distinguidos fueron los primeros frutos de su zelo, comenzando sus conquistas por sus seis hermanos, que ya todos estaban armados caballeros, y hacían la mayor oposición á sus intentos.

Yendo todos á Fontaines á tomar la bendición de su padre, Guido, que era el primogénito, dijo á Nivardo, el menor de todos siete, que le dejaban heredero de todos sus bienes; á que Nivardo respondió prontamente: Vosotros escogéis el cielo, y á mí me dejáis la tierra; el partido no es igual; y con efecto, los siguió poco después. Igualmente ganó Bernardo para Dios á su tío Gaudrido, señor de Tully, cerca de Autun, y á un caballero muy conocido, llamado Hugo Macón, que después fué obispo de Auxerre. A raro joven hablaba que no se sintiese luego movido á alistarse en la milicia espiritual; de suerte que, cuando aparecía Bernardo, las madres escondían á sus hijos, y las casadas tenían divertidos á sus maridos, persuadidas á que ninguno podía resistir á su elocuencia y á su gracia.

Juntos ya todos sus compañeros en número de treinta, se retiraron al Cister. No cabe en la explicación el gozo con que todos fueron recibidos del abad san Estéban, sucesor de Alberico, á quien había dejado por abad el beato Roberto cuando se restituyó á su monasterio de Molesme. Cumplía entonces Bernardo los veinte y dos años de su edad; y recibido en el noviciado, dió principio á la nueva vida con tanto fervor, que sus primeros pasos excedieron desde luego la perfección de los más santos religiosos en el fin de su carrera. Desde entonces declaró eterna guerra á su cuerpo y á sus sentidos. Sus mortificaciones ordinarias eran excesos. La abstinencia y el ayuno no se podían estrechar más. Estos rigores arruinaron del todo su salud; enteramente perdió el sentido del gusto. Su dominio sobre el de la vista fué tan grande, que, después de haber estado un año en el noviciado, no sabía si el techo era de bóvedas, ni si había en la iglesia más que una ventana.

Fué fruto de la pureza de su corazón y de la mortificación de su carne el maravilloso gusto que hallaba en la oración. Desde luego, se le concedió un don muy elevado de contemplación, complaciéndose Dios en comunicarse á aquel inocente espíritu; y este delicioso gusto, esta íntima unión con Dios, esta tierna devoción, le duró constantemente toda la vida. Acabado su noviciado, hizo Bernardo su profesión en manos del santo abad Esteban, juntamente con los otros treinta novicios que le habían seguido; y se celebró este devoto acto por el mes de abril del año de 1114. Unido más estrechamente con Dios por este nuevo vínculo, creció en Bernardo la encendida ansia de una consumada perfección.

Ningún hombre le excedió nunca en domar la delicadeza de su complexión, ni la debilidad natural del temperamento. Los más penosos y los más viles oficios de la casa eran, al parecer, los que más lisonjeaban su amor propio. Pareciéndole al abad que no tenía fuerzas ni habilidad para segar, como lo hacían los otros monjes, le eximió de esta labor; pero el santo pidió al Señor con tiernas instancias le diese maña y fuerzas para aquel ejercicio, que fué oído; y en la siguiente siega hizo muchas ventajas á todos en la destreza, actividad y vigor con que ejercitó aquel trabajoso oficio.

El trabajo de manos no interrumpía su íntima unión con Dios, ni su oración. Oyósele decir muchas veces en el discurso de su vida, que en los campos y en los bosques había recibido la inteligencia de la sagrada Escritura por la oración y por la meditación, siendo sus maestros las encinas y las hayas en el estudio de los libros sagrados. Con efecto, aquella sublime penetración, así de las verdades, como de los misterios de nuestra religión, en que fué tan sobresaliente nuestro santo, se ha reputado siempre en la iglesia por sobrenatural y milagrosa.

Fueron tantos los que concurrieron al monasterio del Cister movidos de la reputación de san Bernardo, y del ejemplo de sus treinta compañeros, que fué preciso enviar muchos de ellos á poblar otros desiertos. Después que el santo abad despachó unos á la Ferté, sobre el río Carona, y otros á Pontigny, escogió á san Bernardo para que fuese á fundar la tercera colonia en Claraval, que en breve tiempo se hizo más célebre, y fué más numerosa que la matriz. La ceremonia que entonces se observaba en semejantes fundaciones era enviar el abad doce religiosos, y entregar una cruz al superior de ellos. Salió Bernardo de la iglesia del Cister con este estandarte en la mano; y seguido de sus compañeros, llegaron á un espantoso desierto de la diócesis de Langres, cerca del río Auba.

Era aquel sitio una madriguera de ladrones, y se llamaba quizá por eso el valle de los Ajenjos. No dudó Bernardo que aquel era puntualmente el paraje que le tenía destinado la divina Providencia. Comenzaron todos á desmontar la maleza, y levantaron unas estrechas chozas de madera, con un oratorio. Tuvieron mucho que padecer; pero todo lo suplía la santidad de Bernardo; y el nuevo monasterio se hizo tan ilustre, y recibió tanto esplendor, que se convirtió en el nombre de Claraval, ó Claro Valle, el del valle sombrío de los Ajenjos.

Por más que nuestro santo procuró sepultarse vivo en aquel oscuro desierto, como el Señor le tenía destinado para brillante antorcha de todo el orbe cristiano, le dió á conocer en todo él. Cada día llegaban nuevos reclutas de soldados de Jesucristo, que venían á alistarse en los estandartes de Bernardo. Reyes, obispos, príncipes de todas partes concurrían á tomar sus consejos. En poco tiempo se convirtió Claraval en escuela de la religión y en seminario de santos. No siendo ya suficiente el vasto edificio para contener tantos monjes, fué preciso destacar muchos para poblar otros desiertos.

Tescelino, padre de san Bernardo, después que vió que todos sus hijos, unos tras otros, le dejaban por irse á servir á Dios en el Claraval, él mismo siguió su ejemplo, y vino también á abrazar la vida monástica, en la que murió en olor de santidad, llegando á una extremada vejez. No tuvo menos dichosa suerte su hija Humbelina. Yendo á ver á su hermano san Bernardo, hizo tanta impresión en ella su religiosa conversación, que, renunciándolo todo, se encerró en el monasterio de Julli, fundado poco tiempo antes para religiosas.

Desde que Bernardo se vió nombrado por abad, solo había usado de la dignidad de superior para mortificar con toda libertad su cuerpo, sin dependencia de nadie. Esto tenía tan estragada su salud, que ya comía sin gusto, y siempre con repugnancia. En lugar de manteca, por muchos días estuvo comiendo sebo, ó unto muy rancio, que le pusieron por equivocación, y el santo lo comió sin conocerlo; de la misma manera bebió en cierta ocasión aceite por agua sin advertirlo. Hallóse muchas veces á las puertas de la muerte, y por sus excesivas penitencias llegó al extremo de no poder tragar cosa alguna sólida; siendo para él un amarguísimo tormento la necesidad de comer, que á otros les es de tanto gusto. Con todo eso, en medio de sus trabajos conservaba siempre un semblante tan sereno, tan risueño y tan alegre, que mostraba bien la tranquilidad de su alma.

Pero lo más extraordinario, y lo que verdaderamente asombra más, es que un hombre de una salud tan estragada, y que casi siempre estaba enfermo, pudiese hacer tantas maravillas. Él solo fundó ciento y seis monasterios en diferentes provincias de la cristiandad. El primero fué el de las Tres Fontanas en la diócesis de Chalons, el año de 1118. A este se siguió en el mismo año el de Tarouca en Portugal, adonde el santo envió una colonia. Fueron pocos los reinos de la cristiandad que no deseasen tener discípulos suyos. La Saboya, la Italia, la Sicilia, España, Inglaterra, Escocia y Alemania vieron resucitado en sus dominios todo el primitivo fervor y toda la perfección de la vida monástica luego que entraron en ellos los monjes de Claraval; y fueron pocos los príncipes cristianos y los prelados eclesiásticos que no los pidiesen.

Pero ninguna cosa hace formar más justo ni más elevado concepto del extraordinario mérito y la eminente santidad de san Bernardo, que los grandes, importantes é innumerables servicios que hizo á la Iglesia. Después de haber sido padre de los pobres, maestro de los religiosos, reformador de la disciplina y predicador de la penitencia, mostró Dios que también le había escogido para ser pacificador de las turbaciones públicas, árbitro de las diferencias, Taumaturgo de su tiempo, azote de los enemigos de la fe, y uno de los mayores doctores de la Iglesia.

En el año de 1124, reconcilió al pueblo de Reims con su arzobispo; en el de 1127, á Estéban, obispo de París, con Luis el Craso, rey de Francia. En el mismo año, hizo varias excursiones para el mismo fin por diferentes partes del reino. En estos viajes, compuso aquel importante tratado que nos dejó sobre la gracia y el libre albedrío. Al año siguiente, envió á Francia el papa Honorio II por su legado al cardenal Mateo para que celebrase un concilio en Troya, y quiso que san Bernardo asistiese á él. Habíase ya retirado el santo á Claraval, con firme resolución de no salir más de allí, y alegó mil razones para excusarse, pero no le valieron. Fuéle preciso obedecer, y después de haber mostrado al mundo que era el restaurador de la disciplina monástica, le hizo ver que era también el alma de los concilios. Por sus decisiones y por sus consejos se arreglaron los cánones del de Troya.

Diósele comisión á san Bernardo para que dispusiese los estatutos del orden militar de los Templarios, y con esta ocasión escribió al gran maestre aquel admirable tratado, que se intitula: Exhortación á los caballeros del Temple.

Ya había vuelto nuestro santo á tomar el camino de Claraval, impelido de su amor á la soledad, cuando un funesto cisma que se suscitó, le obligó á acudir al socorro de la Iglesia. Acababa de formarle la ambición de Pedro de León, que tomó el nombre de Anacleto, contra Inocencio II, legítimo pontífice. Tuvo arte el antipapa para atraer á su partido, no solo la ciudad de Roma y el Milanés, sino también á Rogerio, rey de Sicilia, al duque de Aquitania, y á otros muchos príncipes. Refugióse á Francia el papa Inocencio, y celebró en ella los concilios de Clermont y de Etampes, á que se halló presente Luis el Craso. Obligósele á Bernardo á que concurriese á él. Examináronse las elecciones de Inocencio y de Anacleto, y convinieron todos los padres en que se le dejase al santo abad la decisión de un punto tan delicado. Después de un maduro examen, pronunció Bernardo su sentencia en favor del papa Inocencio, y todo el concilio abrazó y veneró como oráculo el dictámen de nuestro santo, declarando por antipapa á Anacleto. El mismo partido siguieron la Alemania, Inglaterra y España.

Solo el duque Guillelmo, famoso por sus excesos, defendía con obstinación el cisma en que se había empeñado. Hizo san Bernardo muchos viajes á la corte del duque para reducirle á la razón; pero todas sus diligencias las frustraba Gerardo, obispo de Angulema, ciego partidario de Anacleto. Pidió el santo á Dios en la misa por la conversión del duque, y la alcanzó. Después de la consagración, y dada la paz al pueblo, tomó Bernardo el cuerpo de Cristo sobre la patena, sálese fuera de la iglesia donde estaba el duque, y arrojando fuego por el semblante y centellas por los ojos, le habló en tono tan imperioso y tan terrible, que, atemorizado el duque, cayó derribado en tierra medio muerto, y no se pudo levantar hasta que el santo le dió con el pié mandándole que lo hiciese, y escuchase con respeto y reverencia lo que Dios le intimaba por su boca. De repente se convirtió aquel lobo en un manso cordero; y de insigne pecador, pasó á ser modelo de la más austera penitencia.

Después de esta ilustre conquista, voló san Bernardo á sepultarse en su Claraval; pero todavía tuvo necesidad la Iglesia de su zelo y de sus apostólicos trabajos. Hallándose el papa en Lieja, recibió la obediencia de Lotario, rey de Romanos; pero se halló muy embarazado con las pretensiones y demandas de aquel príncipe. Apenas se vió Bernardo con el rey cuando todo quedó arreglado á satisfacción del papa. Hallóse el santo en precisión de hacer un viaje á Flandes, donde con su presencia perfeccionó muchas ilustres conversiones, que ya habían comenzado su reputación y sus escritos. Más de treinta caballeros le vinieron siguiendo á Claraval para entregarse á su dirección; y en el propio año, el mismo papa con toda su corte vino á visitarle en su monasterio.

Fué recibido con aquella pomposa simplicidad que tanto cautiva y tanto edifica á los grandes; halláronse en medio de una multitud de ángeles en carne mortal, que movieron la admiración, y aun sacaron lágrimas á toda la corte romana. Ni uno solo de tanto número de santos monjes levantó siquiera los ojos para satisfacer una curiosidad tan digna de perdonarse.

Siguióse después el concilio de Reims, en que presidió el mismo papa, y también este concilio obligó á Bernardo á abandonar su amado desierto. Luego que se concluyó, hizo mil instancias para que se le permitiese restituir á su Claraval; pero se le mandó que siguiese al papa en su viaje á Italia. Asistió al concilio de Plasencia; y habiendo reconciliado á los de Pisa con los Genoveses, acompañó á su Santidad hasta Roma. Habíale destinado el cielo para ser árbitro de todas las diferencias. Hízole el pontífice legado suyo á Alemania para reconciliar á Conrado, duque de Suabia, con el emperador, y de vuelta se halló en el concilio de Pisa. Fué el oráculo de él, como lo había sido de los precedentes; y desde allí pasó á Milán para purgarla de la infección del cisma.

Al rededor de él no se oían más que aclamaciones, gritos de alegría, apellidándole en todas partes el ángel de la paz y la columna de la Iglesia. Es verdad que á todas le acompañaba el don de milagros. Obró un prodigioso número de ellos en Milán, en Pisa y en Cremona; pero el mayor y el más asombroso de todos sus milagros era el mismo Bernardo. Entre tanta multitud de gravísimas y penosísimas ocupaciones, compuso la admirable obra del Cántico de los cánticos; y como si no tuviese otra cosa en que pensar que en cuidar y en extender las colonias de su monasterio de Claraval, en aquel mismo año fundó cinco monasterios. Parecía que no era posible mantenerse la Iglesia universal sin su actividad, siempre victoriosa y eficaz.

Proseguía el rey de Sicilia Rogerio en sostener el cisma con porfía y con obstinación. También esta conversión estaba reservada á nuestro santo abad. Hallábase á la sazón mal convalecido de una enfermedad; y no obstante, marchó á la corte de Rogerio, confundió y desvaneció en su presencia todas las razones del cardenal Petro de Pisa, reputado por el hombre más elocuente de su siglo, y finalmente apagó enteramente el cisma. De todas las magníficas ofertas que le hizo el papa Inocencio, en reconocimiento de sus grandes é importantísimos servicios, solo admitió un diente de san Cesáreo, mártir, con cuya reliquia se volvió á encerrar en su amada soledad, de donde envió dos colonias de sus hijos á Sicilia, en cuyo reino acababa de fundar el rey Rogerio dos monasterios para los monjes del Claraval, y despachó á Irlanda otra tercera, á petición de su grande amigo san Malaquías.

Parecía que, para vencer todos los enemigos de la fe y de la Iglesia, no había otro que el abad de Claraval. Pedro Abelardo, célebre doctor, por la viveza de su ingenio y por su brillante erudición, que ostentaba con orgullo, se estragó primero en las costumbres, y muy poco después desbarró también en la fe, enseñando muchos errores, que obligaron á los prelados á convocar un concilio en Sens. Fué llamado á él san Bernardo, refutó los errores de Abelardo, confundióle, y en fin le movió á que hiciese penitencia el resto de su vida. Ni fué este solo el triunfo que consiguió nuestro santo de los enemigos de la Iglesia. Pedro de Bruis y Enrique su discípulo quedaron igualmente confundidos por él, no menos que Arnaldo de Brescia, y todos sus secuaces. Combatió con el mismo valor á otra casta de herejes, que se llamaban apostólicos, y se opuso con vigor al monje Raúl ó Raido, que, movido de indiscreto zelo, predicaba se debía quitar la vida á todos los judíos; haciendo asimismo condenar en el concilio de Reims á Gilberto Porretano, obispo de Poitiers, y á Eon de la Estrella.

Llamábanle el Taumaturgo del Occidente, por el prodigioso número de milagros que obraba, no ya en secreto ó en el rincón de Claraval, sino á vista de todo el mundo. El año de 1145 tuvo el consuelo de ver elevado á la cátedra de san Pedro á uno de sus discípulos, Pedro Bernardo de Paganella, á quien el mismo santo había nombrado por abad del monasterio de San Anastasio en Roma. Tomó el nombre de Eugenio III, y con el tiempo le dirigió el santo abad su precioso libro de la Consideración. En su pontificado se le encargó á san Bernardo que predicase la Cruzada contra los infieles. Hízolo con suceso tan feliz, y autorizó con tantos milagros lo que predicaba, que nunca se vió ejército más numeroso de cruzados. Malogróse esta empresa por los enormes pecados y excesos que los soldados cometieron. Atribuyó el santo á solas sus culpas esta desgracia; y padeció con alegría una especie de persecución que ella misma le ocasionó.

Habiendo asistido san Bernardo, como oráculo de la Iglesia, á los concilios de Etampes, de Reims y de Tréveris, se retiró á Claraval para recibir al papa Eugenio, y en presencia de su Santidad celebró allí mismo un capítulo general de su orden. Pero conociendo que cada día se le iban debilitando más las fuerzas, consiguió en fin que le dejasen quieto en su destierro. No fué inútil á la Iglesia este corto descanso; en él compuso muchas obras llenas de aquella unción y dulzura espiritual que se experimenta en todos sus escritos; efecto de aquel abrasado amor de Dios que inflamaba su corazón, y de aquella ternísima devoción que era propiamente su carácter.

Pero lo que más se dejaba admirar era la que profesaba á la santísima Virgen. No hubo siervo alguno de esta Señora, ni más fervoroso, ni más delicado, ni más elocuente, ni más zeloso en inspirar su devoción y en extender su culto. Basta leer sus obras para dudar si en todos los siglos tuvo jamás la santísima Virgen favorecido más amado, ni siervo más fiel. Hallándose un día en la catedral de Espira, en medio del pueblo y clero que le rodeaba, extático y arrebatado, como acostumbraba, hizo tres genuflexiones, y exclamó: ¡O clemens! ¡o pia! ¡o dulcis virgo Maria!; palabras que después añadió la Iglesia á la antífona que tan frecuentemente reza á esta Señora.

Ningún día dejó de celebrar el santo sacrificio de la misa, ni por sus viajes, ni por sus ocupaciones, ni por sus trabajos apostólicos, ni mucho menos por sus penosas enfermedades, que se le aumentaron los últimos años de su vida. Continuó ofreciendo el divino sacrificio hasta la última extremidad de esta, y siempre con nueva devoción y con más encendido fervor.

En su última enfermedad, fué visitado por Gumardo, rey de Cerdeña, que, movido de la fama de su eminente santidad, vino expresamente á Claraval para este intento. Hablóle el santo del abuso y de la vanidad de las cosas humanas, exhortándole á que se quedase en Claraval; viole poco dispuesto á seguir su consejo, y dejóle ir; pero le pronosticó que presto antepondría la quietud de una celda en aquel monasterio á todo el esplendor del reino de Cerdeña, y así sucedió efectivamente un año después.

Hizo un viaje á Claraval Illino, arzobispo de Tréveris, para suplicar al santo fuese á poner paz en los moradores de Metz y algunos príncipes vecinos que desolaban aquella provincia. Hallábase san Bernardo poco menos que moribundo, y quiso sacrificar lo poco que le restaba de vida á la quietud y á la salvación de aquellos pueblos. Dióle fuerzas el Señor; separó dos ejércitos, pacificó los ánimos, reconciliólos; y cimentando aquella paz con muchos milagros, se restituyó á Claraval para terminar tan santa vida con una santa muerte.

Fueron sus últimos suspiros continuados actos del más puro y más encendido amor de Dios, y efectos todos de aquella su extremada y tierna confianza en la santísima Virgen. En fin, el día 20 de agosto del año 1153, este gran santo, restaurador de la vida monástica, modelo de la más eminente santidad, oráculo del mundo cristiano, órgano del Espíritu Santo, alma de los concilios, mediador y árbitro de todas las diferencias, objeto de veneración á los papas y á los reyes, y de admiración á todos los pueblos, habiendo renunciado los más altos puestos y las más elevadas dignidades de la Iglesia, murió en Claraval con la muerte de los justos, entre los brazos de sus monjes, á presencia de gran número de obispos y de abades que de todas partes habían concurrido á recibir su bendición, y hallarse presentes á su muerte. Murió á los sesenta y tres años de su edad, cuarenta de la vida religiosa, y treinta y ocho de abad.

Fueron sus funerales los que se acostumbran en la muerte de los santos, acompañados de mucha devoción, de grande respeto y de suma veneración á sus santas reliquias. Diósele sepultura en la iglesia de Claraval, delante del altar de la santísima Virgen, á quien está dedicada. Fueron tantos y tan ruidosos los milagros que obró Dios en el sepulcro de san Bernardo, que no se le dilató largo tiempo el culto público. Veinte años después de su muerte, fué solemnemente canonizado por el papa Alejandro III, que celebró de pontifical el día de su canonización, cantándole la misa de doctor de la Iglesia.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.