viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 11 de agosto de 2015

Santos Tiburcio y Susana Virgen, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Nació san Tiburcio en Roma, de familia distinguida, así por sus grandes bienes, como por sus elevados empleos. Fué hijo del ilustre Cromacio, vicario del prefecto de la ciudad, que desde el primer año del imperio de Diocleciano tuvo especial comisión para juzgar á los acusados del cristianismo, y fué convertido á la fe por san Sebastián y por san Tranquilino, padre de los santos mártires Marco y Marcelino; y después de haber dado libertad á mil cuatrocientos esclavos que se hicieron cristianos, habiendo recibido el bautismo toda su familia, renunció el empleo y se retiró á su casa de campo, la cual fué el refugio de los perseguidos fieles.

Siguió Tiburcio la dichosa suerte de su padre, y desde su conversión sobresalió entre los más fervorosos cristianos, así como había sobresalido en los tribunales por su ingenio y por su rara elocuencia, siendo reputado, aunque muy joven, por uno de los hábiles abogados de su tiempo. Luego que se hizo cristiano, le causaron tedio y disgusto todos aquellos vanos aplausos, trocando el amor á las ciencias humanas por el estudio y aplicación á la importante ciencia de la salvación. Renunció la abogacía, y aunque su virtuosa inclinación le llamaba al retiro de la soledad, el deseo que por otra parte tenía del martirio le representó este retiro como especie de fuga, con visos de cobardía.

Viendo el papa san Cayo que de día en día iba creciendo el fuego de la persecución, deseaba que Tiburcio se ausentase de Roma, considerando el peligro de un joven recién convertido á la fe, y en lo más florido de sus años; pero el santo mancebo le rogó con tanta instancia le permitiese quedarse en la ciudad al riesgo y fortuna de los confesores de Cristo, que el santo pontífice se rindió á las razones de su fervoroso ahijado.

Presto hicieron ruido su zelo y su virtud. Salió un día de su casa, y se halló en la calle con un hombre, que, habiendo caído de un cuarto elevado, se había hecho pedazos, y no daba señal alguna de vida. Compadecióse de aquella desgracia, y mucho más de la pérdida de aquella alma; lleno de fe y de confianza se acercó al moribundo, hizo sobre él la señal de la cruz, y le mandó en nombre de Jesucristo que se levantase y que renunciase las supersticiones del gentilismo. Hízolo al punto el que parecía cadáver; siguióse la salud del alma á la del cuerpo; y divulgada por la ciudad esta maravilla, los cristianos se confirmaron en la fe, y muchos gentiles la abrazaron.

Crecía cada día el zelo de Tiburcio, explicándole en el continuo ejercicio de obras de caridad. No cesaba de recorrer día y noche así las casas de los cristianos, como los lugares subterráneos donde los tenía escondidos la persecución, exhortándolos á la perseverancia, animándolos á derramar generosamente la sangre por Jesucristo y socorriendo con limosnas á los necesitados. Deseaba ansiosamente que los que hacían profesión de cristianos acreditasen su religión con la pureza de las costumbres y con la santidad de la vida; por tanto no se podía contener sin corregir con blandura y con caridad á los menos ajustados que deshonraban su profesión con el desconcierto de su vida.

Entre los que habían recibido el bautismo se hallaba un tal Torcuato, insigne hipócrita, que, habiendo renunciado la fe secretamente, se fingía cristiano en lo exterior, aunque vivía como hombre verdaderamente mundano. No pudo Tiburcio disimular su profanidad en el vestido, sus excesos en la mesa, su desordenada pasión al juego, ni sus modales licenciosos y afeminados. Reprendióle con zelo y con caridad la licencia que se tomaba en dispensarse en los ayunos y oraciones de la Iglesia, gastando en dormir el tiempo que los fieles empleaban en orar y en velar. Afectó Torcuato oír con docilidad y aun con estimación estos caritativos avisos; pero altamente ofendido en su corazón, conservó dentro de él un implacable deseo de vengarse y de perder al que con tanta caridad solicitaba la salvación de su alma.

Habiendo mandado el emperador Diocleciano que se hiciese una exacta pesquisa de todos los cristianos, y que fuesen condenados sin remisión al último suplicio todos aquellos que se negasen á sacrificar á los dioses, advirtió secretamente Torcuato á los ministros del emperador que Tiburcio era cristiano, y que con toda seguridad podían echar mano de su persona; mas para encubrir mejor que él hubiese sido el delator, les previno artificiosamente que también le prendiesen á él. Hiciéronlo así, y le presentaron ante el tribunal de Fabiano, sucesor de Cromacio.

Preguntado Torcuato por su religión, confesó que era cristiano, y que le había convertido Tiburcio, á quien respetaba y amaba como á su maestro, estando muy resuelto á seguirle en todo. Desde luego conoció Tiburcio el artificio, como quien tenía tan calado el fondo de aquel perverso corazón; y así, volviéndose á él, le dijo: No pienses que se me esconden tus embustes, ni que dejo de penetrar tu perfidia. Ninguno de nosotros te reconoció jamás por discípulo de Jesucristo; tu vida desmintió siempre tu fe; ni era posible que se contase en el número de los fieles á quien vivía como un gentil: tus vergonzosos desórdenes eran el mejor testimonio de la religión que profesabas. Es verdad que vivías entre nosotros; pero no eras de nosotros. Buena prueba es de eso tu alevosa traición. Pero no creas que me has ofendido con ella; antes al contrario, intentando mi ruina, me has proporcionado el mayor bien á que yo podía aspirar. Nada deseaba con más ardiente pasión que derramar toda mi sangre, y dar mi vida por amor de aquel Señor que primero quiso espirar por mi amor clavado en un afrentoso madero.

Irritado Fabiano con este discurso, le interrumpió diciéndole que se dejase de hablar tanto, y que tratase de sacrificar á los dioses del imperio. No, respondió el santo, no reconozco otro Dios que al único Dios verdadero, criador del cielo y de la tierra; á este solo ofrezco sacrificios; dichoso yo, si yo mismo mereciera ser víctima sacrificada por su amor. Sea lo que fuere, replicó el juez, es preciso obedecer en este mismo punto, ó disponte sino á pasearte muy despacio sobre carbones encendidos. Pronto estoy, replicó Tiburcio, á sufrir los más crueles tormentos, pues ya es cosa muy sabida que estos no espantan á los cristianos.

Admirado Fabiano de aquella intrepidez, ordenó que se tendiese sobre el pavimento un gran montón de carbones encendidos; y que una de dos, ó que Tiburcio echase incienso en aquellas brasas á honor de los dioses, ó que en su presencia y con los pies descalzos se pasease muy despacio por encima de ellas. No esperó el Santo á que le descalzasen; él mismo se quitó apresuradamente el calzado, y se comenzó á pasear sobre las brasas con tanto sosiego y con tanta serenidad, como si se paseara sobre una alfombra de rosas.

Llenáronse de admiración los circunstantes; pero el juez, encendido en cólera y no pudiendo sufrir aquel ilustre testimonio de la verdad de la religión cristiana, á falta de razones echó mano de las injurias y recurrió á las blasfemias. Ya sabemos todos mucho tiempo ha, exclamó irritado, que ese vuestro Cristo enseña el arte mágica á todos sus secuaces, y así no nos causa admiración el sortilegio que acabas de ejecutar.

No pudo Tiburcio oír sin horror aquella gran blasfemia; penetróle hasta el corazón el ultraje hecho á Jesucristo; y encendido su fervoroso zelo, habló con tanta elocuencia y con tanta energía, así de la divinidad como del poder del Salvador; demostró con tanta evidencia la impostura y la falsedad de aquella negra calumnia, que, no pudiendo Fabiano sufrir más el desprecio de sus dioses, pronunció sentencia de muerte contra el santo. Condujéronle á una legua de la ciudad en la vía Lavicana, y allí le cortaron la cabeza el día 11 de agosto del año 286. Un cristiano, que se halló presente á la ejecución, cuidó de enterrar su cuerpo; y desde luego hizo Dios célebre y glorioso su sepulcro con multitud de milagros. Dos piadosas señoras, llamadas Lucina y Fermina, parientas del mismo santo, fabricaron en aquel sitio una especie de retiro para servir en él á Dios el resto de sus días.

Con la fiesta de san Tiburcio junta la Iglesia la de santa Susana, virgen y mártir. Era una nobilísima doncella romana, parienta del emperador Diocleciano, hija de san Gabino, y sobrina del santo papa Cayo. Cuidaron los dos hermanos de dar á Susana la más cristiana educación, inspirándole continuas máximas de la más elevada santidad. El tierno amor que profesó desde la cuna á la Reina de las vírgenes, la infundió un amor constante á la castidad; y apenas pudo conocer lo que valía esta admirable virtud cuando hizo voto de no admitir otro esposo que Jesucristo, dedicando su virginidad desde la misma infancia.

No ignoraba el emperador que sus sobrinos Gabino y Cayo eran cristianos; ni tampoco dudaba que Susana, más conocida por su rara virtud, que por su extraordinaria hermosura, sería también de la religión de su padre y de su tío; pero como Diocleciano en los primeros años de su imperio parecía favorable á los cristianos, los dejaba vivir en paz, y su misma familia estaba llena de ellos. Aprovechándose nuestra santa de esta tranquilidad, hacía asombrosos progresos en la virtud. Era su modestia la admiración de todos; y por su amor á la oración y á la contemplación hallaba en el retiro todas sus delicias. Su ejemplo era el que más se respetaba, y su vida la que se ponía por modelo á las doncellas cristianas. A una virtud tan singular necesariamente había de corresponder un glorioso fin; y parecía como de justicia que á la victoriosa palma de virgen se añadiese la triunfante corona de mártir.

Al mismo tiempo que Diocleciano creó cesar á Maximino Galerio, le hizo también yerno suyo, dándole por esposa á su única hija Valeria. Muerta esta, quiso que Maximino se casase con Susana, hija de su sobrino Gabino, y mandó á un señor pariente suyo, llamado Claudio, que hiciese á Gabino de su parte esta proposición. Oyóla Gabino con el mayor agradecimiento, manifestando á Claudio lo reconocido y lo obligado que le dejaba la honra que se dignaba dispensarle la bondad del emperador; pero añadió que ante todas cosas era indispensable el consentimiento de su hija. Convino Claudio en lo mismo, y suplicó á Gabino que la llamase.

Luego que Susana se dejó ver, se adelantó aquel caballero para saludarla cortesanamente y para darle un reverente ósculo, según la costumbre. Retiró Susana el rostro, diciendo que jamás había permitido á hombre alguno semejante licencia, y mucho menos se la permitiría á un gentil. Sorprendido Claudio, le dijo con respeto: Señora, vos miráis en mí como un crimen mi religión: si vivo errado, añadidme la honra de hacerme conocer mi error. Animada entonces la santa con el espíritu de Dios, le representó con tanta gracia y al mismo tiempo con tanta energía los absurdos y las impiedades del paganismo, que aquel señor se mostró extraordinariamente conmovido, y con las lágrimas en los ojos le suplicó le dijese qué debía hacer para reparar los descaminos de su vida. Nada más, respondió Susana, que renunciar de todo tu corazón las supersticiones gentílicas y lavar las culpas de tu alma en las aguas del bautismo; por lo demás, mi padre y mi tío te enseñarán cómo te debes disponer para recibir esta gracia.

Gustosamente sorprendidos Gabino y Cayo de aquella dichosa mudanza, le hablaron con tanta eficacia sobre la santidad de nuestra religión, que, después de haberle suficientemente instruido así á él como á su mujer Prepedigna y á dos hijos suyos, tuvieron el consuelo de administrarles á todos el santo bautismo.

Mientras tanto, viendo el emperador que Claudio no volvía con la respuesta de su comisión, y aun observando que no se dejaba ver en la corte, mandó á Maximino, hermano del mismo Claudio, que se informase del motivo de esta novedad. Quedó Maximino admirado cuando entró en el cuarto de su hermano, y le halló postrado á los pies de un crucifijo, anegado en dulces lágrimas; pero creció su admiración cuando oyó de su misma boca que era cristiano y que lloraba la ceguedad y los desaciertos de su vida. Atónito Maximino á tan inopinada mudanza y solicitado interiormente por los poderosos impulsos de la gracia, se mostró igualmente ansioso de ser instruido en los misterios de nuestra fe y de recibir el bautismo. Informado de todo el santo papa Cayo, le instruyó en los puntos esenciales de la religión; y hallándole muy dispuesto, le bautizó y le exhortó á ser fiel.

Prosiguiendo las milagrosas operaciones de la gracia en el corazón de aquellos dos hermanos verdaderamente convertidos, tomaron la resolución de vender todos sus bienes y de emplear el producto de ellos en la asistencia de los fieles. Noticioso el emperador de que los dos hermanos, lejos de desempeñar su comisión, se habían convertido á la fe, y eran los primeros que confirmaban á Susana en la santa resolución de no admitir aquella ni otra alguna boda, entró en tanta cólera, que juró la pérdida general de todos los cristianos, y en el mismo punto envió desterrados á Ostia á Claudio y á Maximino, que pocos días después recibieron en aquel puerto la corona del martirio.

Mandó también que fuese presa Susana con su padre Gabino, y no perdonó diligencia alguna para pervertir á la primera; pero de todo triunfó su fe y su inmutable constancia. Ni las promesas tentadoras, ni las esperanzas más lisonjeras, ni el mismo augusto título de emperatriz, fueron bastantes para deslumbrarla. Amenazáronla con todos los tormentos que podían causarle más horror, hasta que espirase entre los mayores y más crueles suplicios; pero su respuesta fue mostrar cada instante más encendidas ansias de padecer más y más por su celestial Esposo.

Informado Diocleciano del tesón de sus respuestas y de su última resolución, se abandonó á toda la cruel barbaridad de su genio. Dió orden para que se hiciese afrentoso insulto y violencia á la virginal integridad de la santa; pero un ángel del Señor la defendió contra la brutalidad de los paganos. Atribuyéronse como siempre á efectos de la magia estos auxilios del cielo; y Diocleciano dió comisión á uno de sus oficiales llamado Macedonio, para que prosiguiese la causa y obligase á Susana á sacrificar á los ídolos.

Presentáronle un simulacro de Júpiter, y la santa, levantando los ojos al cielo, suplicó humildemente al Señor que se dignase confundir la superstición de los paganos. Al punto desapareció la estatua, y la encontraron en la calle á doscientos pasos de la casa. Dejó atónito al oficial esta maravilla, pero no le convirtió; y sin hablarle ya de inciensos ni sacrificios, mandó que la despedazasen á azotes dentro de su misma casa; lo que se ejecutó sin que le pudiesen sacar ni la más leve queja. A cada golpe volvía dulcemente los ojos hacia el cielo, rindiendo mil gracias á Dios porque la hacía digna de padecer alguna cosa por su gloria.

Desesperado el tirano á vista de aquella constancia, dió parte de todo al emperador, asegurándole que Susana era inflexible; y Diocleciano mandó que dentro de su misma casa le cortasen la cabeza. Dícese que Serena, mujer del emperador, y cristiana oculta, fué secretamente por la noche al lugar de la ejecución, donde embebió su mismo velo en la sangre de la ilustre mártir, conservándole después como una preciosa reliquia. Fué sepultado el cuerpo de la santa en una gruta que se llamaba la cueva de los mártires, y su casa fué convertida en iglesia por el papa san Cayo, quien celebró en ella el divino sacrificio en honor de la misma santa. Reedificóse con el tiempo esta misma iglesia, la que hoy subsiste, y están en la posesión de ella las religiosas bernardinas. El martirio de santa Susana se cree sucedió el año 295, seis meses antes que el de san Gabino, y ocho anterior al de su tío san Cayo.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.